Recuperando críticamente cuatro mensajes de la iglesia costarricense: fe, dignidad humana, justicia, fraternidad y bien común ante los desafíos políticos y sociales de Costa Rica. I parte.
Recuperando
críticamente cuatro mensajes de la iglesia costarricense: fe, dignidad humana,
justicia, fraternidad y bien común ante los desafíos políticos y sociales de
Costa Rica.
Ocean Castillo Loría.
Politólogo y teólogo.
Introducción.
El análisis y reflexión, que aquí
se presenta, desarrolla una comparación teológica de cuatro intervenciones
eclesiales producidas en el contexto político y social costarricense de 2026.
El contexto político y social de Costa Rica durante el año 2026 constituye un
escenario particularmente significativo para analizar la relación entre fe,
Iglesia y realidad histórica.
En una sociedad marcada por la
polarización política, la violencia, las desigualdades sociales, las
dificultades económicas, los debates sobre la vida, la familia, la educación,
la libertad religiosa y el papel de las instituciones, la palabra de la Iglesia
adquiere una dimensión que trasciende el ámbito estrictamente religioso.
No se trata únicamente de
interpretar acontecimientos desde la doctrina cristiana, sino de discernir cómo
la fe se confronta con las condiciones concretas de la vida de las personas y
de la sociedad. En este marco adquieren especial relevancia cuatro
intervenciones eclesiales: la participación del presbítero Jeison
Víquez Acuña durante la Solemne Sesión por la Anexión del
Partido de Nicoya; la homilía de monseñor Manuel Eugenio Salazar Mora durante la Novena a
la Virgen de los Ángeles; la homilía de monseñor José Manuel Garita Herrera, pronunciada el 2 de
agosto de 2026; y el mensaje colegiado de la Conferencia Episcopal de Costa
Rica al pueblo costarricense y a la Iglesia, con ocasión de su
CXXXII Asamblea Ordinaria.
Aunque estos cuatro
pronunciamientos pertenecen a géneros discursivos distintos y poseen diferente
autoridad eclesial, todos participan de una preocupación común: interpretar la
realidad nacional desde la dignidad de la persona humana y desde las exigencias
del Evangelio.
La comparación de estos textos
exige, por tanto, un método que permita superar una simple descripción de sus
contenidos. El criterio fundamental será el método teológico ver–juzgar–actuar,
enriquecido por la lectura de la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio
de la Iglesia, la doctrina social y la experiencia histórica de la Iglesia
latinoamericana.
Este procedimiento permite
preguntar, en primer lugar, qué realidad observa cada autor; desde dónde la observa; con qué
categorías teológicas la interpreta; y qué respuesta histórica, pastoral, ética
o política propone.
Hay un discurso cívico-pastoral
del padre Jeison Víquez, Monseñor Salazar, por su parte, desarrolla una
perspectiva predominantemente antropológica y moral, preguntándose por la
concepción del ser humano que subyace a determinados fenómenos sociales,
políticos, educativos y científicos.
Monseñor Garita introduce otra
clave: la relación entre María, Cristo, filiación, fraternidad, pueblo, bien común, justicia y paz.
De este modo, la mariología deja de ser solamente una expresión devocional y se
convierte en una puerta de entrada para pensar la sociedad y sus fracturas.
Finalmente, la Conferencia
Episcopal ofrece una lectura de carácter nacional e institucional, articulada
alrededor del bien común, la solidaridad, el diálogo y la paz social. El
conjunto revela así cuatro acentos distintos: la opción por los pobres, la
defensa antropológica de la persona, la fraternidad y reconciliación, y el bien
común y la paz social.
Sin embargo, una lectura
teológica crítica no puede limitarse a establecer coincidencias entre estos
pronunciamientos y la tradición católica. También debe preguntarse por sus
tensiones, sus límites y sus posibilidades de profundización.
El método teológico implica
discernir. Por ello, será necesario examinar si la denuncia de la pobreza
alcanza a identificar las estructuras que la producen; si la defensa de la
dignidad humana distingue adecuadamente entre doctrina de fe, doctrina moral,
interpretación teológica y juicio prudencial; si la fraternidad se traduce en
justicia social e institucional; y si el diálogo y el consenso son capaces de
conservar, al mismo tiempo, la necesaria dimensión profética de la Iglesia.
En este sentido, la comparación
será enriquecida por distintas tradiciones del pensamiento cristiano: la
patrística, San
Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Basilio, San Juan Crisóstomo, León XIII,
Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida
y el magisterio de Francisco y León XIV.
Asimismo, se incorporarán las
contribuciones de la Teología de la Liberación, particularmente de Gustavo
Gutiérrez e Ignacio Ellacuría, y de la Teología del Pueblo, mediante autores como Lucio Gera,
Rafael Tello y Juan Carlos Scannone.
El propósito no será forzar a los
cuatro textos dentro de una única corriente teológica, sino identificar sus
convergencias, diferencias y posibilidades de diálogo. La cuestión fundamental
que recorrerá todo el análisis puede formularse de manera sencilla, pero
teológicamente exigente: ¿Dónde está el pobre; dónde está la persona y qué estructuras sociales
permiten o impiden que su dignidad sea efectivamente reconocida?
La II Conferencia del Episcopado
Latinoamericano en Medellín (1968) y Gustavo Gutiérrez permiten
profundizar todavía más la pregunta: no basta preguntar cómo ayudar al pobre;
es necesario preguntar por qué existe la pobreza y qué estructuras históricas la producen.
De ahí que la caridad, la
justicia y la liberación constituyan tres niveles diferentes, aunque
relacionados, de la respuesta cristiana ante el sufrimiento humano. Desde esta
perspectiva, los cuatro pronunciamientos pueden ser comprendidos como
expresiones diferentes de una misma convicción fundamental: la
persona humana no puede ser sacrificada en función de los sistemas económicos,
políticos, institucionales o culturales; por el contrario, estos deben estar al
servicio de la persona y del bien común.
El desafío teológico consiste
entonces en determinar hasta dónde cada uno de estos discursos consigue
traducir esa convicción evangélica en criterios concretos de justicia,
participación, fraternidad, transformación social y construcción de una
sociedad verdaderamente orientada al bien común.
El análisis que sigue parte, por
tanto, de una premisa: la fe cristiana no puede ser reducida a una esfera privada cuando la
realidad histórica pone en juego la dignidad humana. Pero, al
mismo tiempo, la intervención de la Iglesia en la sociedad debe conservar su
especificidad teológica y evitar confundirse con la acción partidaria o con una
determinada opción política contingente. Precisamente en esa tensión entre
Evangelio e historia, entre profecía y pastoral, entre fraternidad y justicia,
entre doctrina y discernimiento prudencial, se encuentra la riqueza de estos
cuatro textos.
I
Un resumen amplio de los cuatro mensajes de la iglesia costarricense,
de julio a agosto del 2026.
La participación del padre Jeison
Víquez Acuña, fue una reflexión ético-política, social y cristiana pronunciada
por el párroco de Nicoya, durante la sesión solemne del Concejo Municipal del
25 de julio de 2025. Su eje central es la pregunta: ¿Qué
lugar ocupa la persona humana en las decisiones que toma la sociedad?
La reflexión parte del pasaje
evangélico en el que Jesús afirma que ha sido enviado a “anunciar
la buena nueva a los pobres, a dar la libertad a los oprimidos y a proclamar un
año de gracia del Señor”.
A partir de esta referencia, el sacerdote sostiene que Jesús coloca a los
pobres en el centro de su misión, y que esa centralidad tiene
consecuencias para la manera de comprender la política, el gobierno y la
administración pública.
Por ello, gobernar no puede
reducirse a una tarea meramente técnica. No consiste solamente en:
-
Administrar recursos.
-
Equilibrar presupuestos.
-
Reducir déficits.
-
Aumentar la recaudación.
-
Alcanzar indicadores económicos positivos.
La verdadera finalidad de
gobernar debe ser servir a personas concretas. El discurso propone así una
concepción humanista de la política: detrás de las cifras económicas existen
personas y familias que experimentan directamente las consecuencias de las
decisiones públicas.
Uno de los planteamientos más
importantes de la reflexión consiste en trasladar la discusión política desde
las estadísticas hacia la vida cotidiana de la población. El párroco establece
una relación directa entre las decisiones económicas y sus efectos sociales:
-
Detrás de cada estadística existe una familia.
-
Detrás de cada decisión fiscal existe un trabajador.
-
Detrás de cada impuesto existe una mesa familiar en la que debe
colocarse el alimento cotidiano.
De esta manera, la política
económica no puede evaluarse únicamente por sus resultados contables. Una
decisión fiscal puede ser técnicamente correcta desde el punto de vista de las
finanzas públicas y, al mismo tiempo, producir efectos negativos sobre sectores
vulnerables.
La reflexión introduce, por
tanto, una dimensión
ética en la política fiscal: las decisiones económicas deben
preguntarse no solamente cuánto recauda el Estado, sino quién
soporta el costo de esa recaudación.
El discurso adquiere una
dimensión política particularmente concreta cuando hace referencia a la
discusión sobre posibles modificaciones al tratamiento tributario de la canasta
básica. El principio que propone es contundente: Las cuentas
del Estado no pueden equilibrarse desequilibrando las mesas de las familias.
La frase sintetiza la posición
central del sacerdote frente a la política fiscal. La responsabilidad del
Estado en materia presupuestaria es reconocida, pero se establece un límite
ético: el equilibrio financiero no debe alcanzarse trasladando
desproporcionadamente sus costos a quienes tienen menos recursos.
Por eso, el texto no rechaza la
responsabilidad fiscal. Por el contrario, reconoce explícitamente que Costa
Rica necesita administrar responsablemente los recursos públicos. Sin embargo,
afirma que la responsabilidad fiscal debe estar acompañada por justicia social.
El documento introduce un
principio fundamental de justicia: los
impuestos no afectan de la misma manera a todas las personas. Un
impuesto puede representar un sacrificio relativamente pequeño para una persona
con altos ingresos, mientras que para una familia con recursos limitados puede
significar dejar de comprar alimentos, medicamentos u otros bienes esenciales.
Por eso, la reflexión cuestiona
una visión puramente matemática de la tributación. No basta con determinar
cuánto dinero puede recaudar el Estado. También debe preguntarse qué impacto tiene esa recaudación sobre los diferentes grupos sociales.
En consecuencia, el texto plantea
implícitamente una concepción de justicia tributaria basada en la consideración
de las condiciones materiales de las personas. Otro aspecto fundamental es la
crítica a la idea de que el desarrollo nacional pueda medirse exclusivamente
mediante indicadores macroeconómicos.
El texto reconoce la importancia
de:
-
La recaudación estatal.
-
El crecimiento económico.
-
La reducción del déficit.
Pero sostiene que estos
indicadores son insuficientes. Para determinar si una nación realmente se
desarrolla, también habría que preguntar:
-
¿Cómo viven las personas pobres?
-
¿Cómo están los adultos mayores?
-
¿Qué condiciones enfrentan
agricultores y pescadores?
-
¿Cómo llegan las familias al final del mes?
-
¿Cuál es la situación real de los sectores vulnerables?
El desarrollo, por tanto, debe
medirse también desde la
calidad de vida de las personas. Aquí aparece una concepción
claramente humanista del desarrollo: la
economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de
las cifras económicas.
La segunda gran dimensión del
discurso se refiere a la educación y la libertad de pensamiento. El párroco afirma
que Costa Rica debe proteger sus aulas del proselitismo y del adoctrinamiento
político. Las instituciones educativas, según esta visión, deben ser espacios
donde los estudiantes puedan formarse sin ser sometidos a determinadas
posiciones políticas.
Sin embargo, el discurso introduce
inmediatamente una distinción importante: combatir el adoctrinamiento no significa tener miedo de enseñar a pensar. La
educación auténtica no debe consistir en decirles a los jóvenes qué pensar,
sino en enseñarles:
-
A pensar.
-
A formular preguntas.
-
A discernir.
-
A dialogar con quienes piensan diferente.
-
A participar responsablemente en la sociedad.
Se trata de una defensa de la educación crítica y democrática. Una democracia saludable
requiere ciudadanos capaces de:
-
Pensar autónomamente.
-
Cuestionar.
-
Escuchar posiciones distintas.
-
Deliberar.
-
Discernir.
-
Participar responsablemente.
De ahí surge una de las
afirmaciones más importantes del discurso: una
democracia no debería temer a ciudadanos que piensan, sino al momento en que
sus ciudadanos dejen de hacerlo. La frase contiene una crítica
implícita a cualquier forma de política que pretenda convertir a los ciudadanos
en seguidores pasivos. La democracia necesita ciudadanos activos y críticos, no
simplemente personas que acepten las decisiones de quienes ejercen el poder.
En la parte final, el párroco
dirige directamente su mensaje a quienes han recibido del pueblo costarricense
la responsabilidad de ejercer autoridad. El llamado se resume en una expresión:
“Escuchen al pueblo.”.
Pero la escucha que propone no es
selectiva. No se trata únicamente de escuchar a quienes apoyan al gobierno o a
las autoridades. El sacerdote insiste en escuchar también:
·
A quienes discrepan;
·
A los trabajadores;
·
A los agricultores;
·
A los educadores;
·
A los jóvenes;
·
Y especialmente a quienes tienen poca capacidad para hacer llegar su voz
a los espacios donde se toman las grandes decisiones.
Aquí aparece una concepción de la
política como escucha, diálogo y servicio.
La última parte del discurso profundiza especialmente en aquellos sectores que
poseen menor capacidad de influencia política.
La preocupación no se limita a
los pobres en términos económicos. El texto también presta atención a quienes
tienen una “voz demasiado pequeña” para llegar a los lugares donde
se toman las decisiones.
Esto amplía la perspectiva del
discurso: la exclusión no es solamente económica, sino también política y comunicativa. Una sociedad puede ser
formalmente democrática y, sin embargo, producir situaciones en las que
determinados grupos tengan muchas más posibilidades de ser escuchados que
otros. El discurso reclama, por tanto, una democracia capaz de incorporar las
voces de quienes normalmente quedan fuera de los centros de poder.
En términos generales, la
reflexión del párroco de Nicoya puede resumirse como una llamada a recuperar la centralidad de la persona humana en la política,
la economía, la educación y la democracia.
Su argumento puede organizarse
alrededor de cinco grandes principios:
-
La política debe estar al servicio de la
persona: Gobernar no es solamente administrar recursos; es servir a seres
humanos concretos.
-
La política fiscal debe tener una dimensión
ética: La responsabilidad fiscal es necesaria, pero no puede alcanzarse a costa
de profundizar las dificultades de las familias más vulnerables.
-
El desarrollo debe medirse por la vida de las
personas: Crecimiento económico, recaudación y reducción del déficit son
importantes, pero no constituyen por sí mismos el desarrollo humano.
-
La educación debe formar ciudadanos capaces de
pensar: La lucha contra el adoctrinamiento no debe convertirse en una excusa
para limitar el pensamiento crítico, el diálogo y el discernimiento.
-
La autoridad democrática debe escuchar
especialmente a quienes tienen menos poder: Escuchar al pueblo implica escuchar
tanto a quienes apoyan como a quienes discrepan, y prestar particular atención
a las voces que normalmente no llegan a los centros de decisión.
En definitiva, el texto propone
una visión de la sociedad en la que la
economía, el Estado, la educación y la política deben estar subordinados a la
dignidad de la persona humana. Desde la perspectiva cristiana
que estructura el discurso, la referencia a Jesús y a su misión entre los
pobres funciona como fundamento ético para reclamar una política orientada al
servicio, la justicia, la inclusión y la escucha.
El mensaje del párroco puede
condensarse, entonces, en una idea fundamental: una
sociedad no puede considerarse verdaderamente desarrollada ni plenamente
democrática si sus decisiones producen bienestar en las estadísticas, pero
dejan atrás a las personas concretas que deberían constituir el centro de la
vida pública.
En lo que refiere a la homilía de
Monseñor Manuel Eugenio Salazar Mora, en la Novena, de cara a lo que fue, la
celebración de la Virgen de los Ángeles, podemos decir lo siguiente: presenta
una reflexión pastoral y social de fuerte contenido político, ético y
religioso, centrada en el papel de la Iglesia católica ante los
problemas de Costa Rica. Su idea central es que la Iglesia no debe permanecer
indiferente frente a la realidad social, pero tampoco convertirse en un actor
partidista.
El autor comienza reconociendo
que habla como pastor y no como técnico, por lo que considera que
los especialistas deben debatir y buscar soluciones a los problemas nacionales.
Su intención, afirma, no es atacar al Gobierno ni a ninguna persona, sino interpelar a todos los ciudadanos. Ante una sociedad
polarizada, hace un llamado a la unidad nacional y presenta a María como
símbolo de unión del pueblo costarricense.
A partir de allí desarrolla una
concepción de la Iglesia como institución
comprometida con la realidad humana y social. Sostiene que la
Iglesia debe iluminar la realidad mediante la Biblia, la tradición y el
magisterio, porque todo aquello que afecta al ser humano también le concierne. La
fe, por tanto, debe encarnarse en la cultura y contribuir a transformar la
sociedad. Rechaza una religiosidad puramente espiritualista o desconectada de
los problemas concretos de las personas.
El texto defiende explícitamente
una Iglesia profética, capaz de denunciar las injusticias y
anunciar esperanza. Para fundamentar esta posición, recurre a figuras como
monseñor Víctor Manuel Sanabria, monseñor Óscar Arnulfo Romero, san Juan Pablo
II y el papa Francisco. La Iglesia, según esta perspectiva, debe hablar desde
la conciencia y la recta intención, aunque ello pueda generar críticas o
persecución.
Una cuestión importante es la
concepción de que la Iglesia no está constituida
únicamente por la jerarquía eclesiástica. Está integrada por
clérigos, laicos, religiosos, religiosas, gobernantes y gobernados. Por ello,
la responsabilidad cristiana frente a la sociedad es colectiva. Su misión
profética implica denunciar el pecado, anunciar la salvación y recuperar una
esperanza que considera necesaria para Costa Rica.
El autor reconoce, al mismo
tiempo, que la Iglesia tiene pecados,
errores y contradicciones históricas y que necesita una
permanente conversión. Sin embargo, sostiene que su autoridad moral no procede
de la perfección de sus miembros, sino de Jesucristo, su fundador. De ahí que
defienda un profetismo que no sea visceral ni partidista, sino inteligente, justo, equilibrado y capaz de cuestionar tanto a unos como a
otros.
En el terreno político establece
una distinción fundamental: los pastores católicos pueden
y deben pronunciarse sobre los problemas nacionales y el bien común,
pero no deben involucrarse en política partidista ni en banderías electorales.
De esta manera, intenta delimitar la participación política de la Iglesia:
intervención en los asuntos públicos desde principios éticos y sociales, pero
no militancia partidaria.
Posteriormente aborda la familia y la defensa de la
vida. Considera a la familia como célula básica de la sociedad
y reclama mayores políticas públicas de apoyo a las familias. Vincula esta
preocupación con el descenso de la natalidad y plantea la necesidad de promover
una cultura de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Uno de los puntos más polémicos
del discurso es su crítica a determinadas políticas relacionadas con los embriones congelados y la eutanasia. Cuestiona qué hará
la Caja Costarricense de Seguro Social con los embriones almacenados y
considera problemáticos ciertos aspectos de las normas sobre adecuación del
esfuerzo terapéutico en pacientes terminales.
Interpreta la posibilidad de
retirar alimentación e hidratación como un riesgo de convertir determinadas
prácticas en una forma de eutanasia pasiva. También critica la ausencia, según
su interpretación, de una suficiente dimensión espiritual en esas políticas.
Otro eje importante es su
preocupación por la educación
superior. El autor afirma respetar la democracia, la libertad
de cátedra, la libertad de expresión y el debate universitario, pero denuncia
que algunos profesores —subraya que no todos ni la mayoría— atacarían
sistemáticamente al cristianismo y a la Iglesia Católica.
Considera especialmente grave que
esto pueda producirse en universidades financiadas mediante impuestos pagados
también por ciudadanos creyentes. De ahí plantea una preocupación por la
libertad religiosa y por el uso de los recursos públicos.
Finalmente, la homilía, adquiere
un marcado contenido de crítica
social y política. Rechaza un Costa Rica convertido en “narco
país” o “narco Estado”, denuncia las drogas, la corrupción y la desigualdad
económica, y cuestiona tanto la extrema izquierda atea como la extrema derecha
asociada con un capitalismo considerado salvaje. También rechaza las dictaduras
de cualquier signo ideológico.
El texto incorpora además una
posición contraria a la llamada “ideología
de género”, atribuyéndola también al pensamiento expresado por
el papa Francisco en una reunión con obispos. Finalmente, el discurso retorna a
su preocupación inicial: la
unidad nacional, el diálogo democrático y la concertación.
La oración final pide a María
ayudar a Costa Rica a enfrentar sus problemas dentro del marco democrático,
promover el diálogo y alcanzar las reformas necesarias. La conclusión sintetiza
toda la reflexión en una exhortación: “o
nos unimos o nos hundimos”.
En términos generales, el texto
sostiene cinco grandes tesis:
-
La Iglesia debe participar en la vida social, porque el
Evangelio tiene consecuencias para la realidad humana y el bien común.
-
La Iglesia debe ejercer un papel profético, denunciando
injusticias y anunciando esperanza, aunque ello genere conflictos.
-
La participación eclesial en lo público debe ser apartidista,
pues puede pronunciarse sobre problemas nacionales, pero no debe convertirse en
militancia política.
-
La defensa de la familia, la vida, la libertad religiosa y la dimensión
espiritual de la persona constituye una parte esencial de su
visión social.
-
Costa Rica necesita superar la polarización, combatir
narcotráfico, corrupción y desigualdad, rechazar los extremismos y recuperar el
diálogo, la fraternidad y la concertación democrática.
En definitiva, es un discurso que
intenta articular fe católica, doctrina social,
defensa de la vida, crítica de la desigualdad, preocupación por la democracia y
participación de la Iglesia en la esfera pública, desde una
posición que pretende situarse por encima de las banderías partidistas y
cuestionar tanto a la izquierda como a la derecha.
El tercer mensaje que queremos
recuperar críticamente, es propiamente la homilía del 2 de agosto, día de la
Virgen de los Ángeles, pronunciada por Monseñor José Manuel Garita Herrera, allí,
se presenta a la Virgen María como Madre
de todos los costarricenses, signo de unidad nacional y modelo de esperanza
activa.
En el marco del 391.º aniversario
del hallazgo de la imagen y del centenario de su coronación pontificia, el
obispo de Ciudad Quesada interpreta la corona de María no como símbolo de
poder, sino como expresión de su amor
y servicio maternal.
A partir del texto del Apocalipsis
—“una mujer vestida de sol…”— y de las lecturas bíblicas de la celebración, la
homilía desarrolla la idea de que María es el lugar donde Dios quiso habitar
para acercarse a la humanidad.
Su maternidad espiritual tiene su
fundamento en Cristo: María es Madre porque dio al mundo al Hijo de Dios y,
desde la cruz, Jesús la entregó como madre a todos sus discípulos. Por ello, la
relación con la Virgen no debe reducirse a buscar consuelo o presentar
necesidades; también implica escuchar
su llamado y transformar la propia vida.
Un elemento central es la
interpretación de la historia de la Virgen de los Ángeles como un símbolo de inclusión social y unidad. El hecho de que la
imagen fuera encontrada en un lugar sencillo y no asociado con los centros del
poder es presentado como un mensaje de que ante Dios no existen privilegios ni
exclusiones.
La “Negrita” acoge a todos sin
distinguir origen, condición social, ideología, edad o cultura. Agricultores y
empresarios, indígenas y habitantes de las ciudades, jóvenes y ancianos,
enfermos y sanos pueden encontrarse bajo una misma maternidad.
La homilía traslada
posteriormente este mensaje religioso al contexto
social y político de Costa Rica. El país es descrito como una
sociedad que enfrenta graves desafíos: violencia, criminalidad, narcotráfico,
corrupción, pobreza, incertidumbre económica y social, falta de oportunidades,
desesperanza juvenil, soledad, indiferencia y ansiedad. Frente a esta realidad,
el mensaje de María es presentado como una invitación a no caer en la
resignación, sino a practicar una “esperanza
activa”, semejante a la actitud de María ante la cruz.
Uno de los principales llamados
del obispo es recuperar el valor
de la unidad nacional. Sin embargo, aclara que unidad no
significa que todos deban pensar de la misma manera. La verdadera unidad
consiste en reconocer al otro como hermano, respetar las diferencias, dialogar
y buscar objetivos comunes. De esta manera, la homilía reivindica valores como
el diálogo, el respeto mutuo, la fraternidad, la tolerancia, la solidaridad
y la búsqueda del bien común.
Desde esta perspectiva, se
plantea una responsabilidad compartida entre distintos sectores de la sociedad.
Las familias deben ser espacios de amor y reconciliación; los educadores deben
formar en valores; los jóvenes deben encontrar ideales capaces de dar sentido a
sus vidas; los gobernantes y servidores públicos deben ejercer sus
responsabilidades con honestidad y espíritu de servicio; y los ciudadanos deben
comprometerse con la legalidad, la solidaridad y el cuidado del prójimo.
La imagen pequeña de la Virgen
también adquiere un significado social: las grandes
transformaciones comienzan mediante pequeños actos cotidianos.
La reconciliación, la justicia, la solidaridad con quien sufre, la unidad
familiar y la honestidad individual son presentadas como semillas de una
transformación nacional más amplia.
Finalmente, la homilía redefine
simbólicamente la corona de la Virgen.
La verdadera corona que Costa Rica puede ofrecer a Nuestra Señora de los
Ángeles no sería de oro ni de piedras preciosas, sino una sociedad
reconciliada, con menos violencia, mayores oportunidades para los pobres,
jóvenes con esperanza, familias fortalecidas y una cultura política y social
basada en el encuentro, la unidad y la paz.
En síntesis, el mensaje central
de la homilía puede expresarse así: la
devoción a la Virgen de los Ángeles debe traducirse en responsabilidad social y
nacional. María no solamente protege y consuela al pueblo
costarricense, sino que lo convoca a construir una Costa Rica donde nadie sea
excluido, se respete la dignidad de cada persona y prevalezcan la fraternidad,
la justicia, la paz, la esperanza y el bien común. La invitación final es a
vivir bajo el modelo de María y a cumplir las palabras de Caná: “Hagan lo que Él les diga”.
El último mensaje que vamos a
recuperar es: el mensaje de la Conferencia
Episcopal de Costa Rica, emitido el 7 de agosto de 2026 al
finalizar su CXXXII Asamblea Ordinaria. Su eje central es un llamado a
construir una Costa Rica más fraterna, solidaria y reconciliada, poniendo en el
centro la dignidad humana, el bien común, el diálogo y la paz social.
Los obispos parten de la
experiencia de la peregrinación al Santuario Nacional de Nuestra Señora de los
Ángeles y observan en ella una manifestación de que el pueblo costarricense continúa buscando a Dios, anhelando la paz y creyendo en la posibilidad
de construir una sociedad más fraterna y solidaria. Desde esta
perspectiva, la Iglesia se presenta como acompañante de las preocupaciones y
esperanzas de la población.
El primer gran eje del documento
es la renovación del compromiso con el bien común. Los obispos
reconocen los avances oficiales en materia de pobreza, pero advierten que
persisten problemas importantes: el elevado costo de la vida, las desigualdades
económicas y territoriales, la precariedad laboral y la informalidad.
También llaman la atención sobre
la crisis de salud mental, particularmente entre niños, adolescentes, jóvenes y
adultos mayores, así como sobre la soledad, la desesperanza, las adicciones, la
violencia, la desintegración familiar, el descenso de la natalidad y la falta
de oportunidades.
Frente a estas situaciones, la
Iglesia propone fortalecer las políticas públicas
orientadas a la dignidad de la persona, la inclusión social, la
educación, el trabajo y el desarrollo integral. El bien común es presentado,
siguiendo a Benedicto XVI, como una exigencia simultáneamente de justicia y
caridad. La Iglesia se compromete a acompañar especialmente a las personas
vulnerables mediante la escucha, la acogida y la solidaridad.
El segundo eje es la necesidad de
progresar en el diálogo para alcanzar la paz social. Los
obispos consideran que Costa Rica atraviesa un contexto de polarización y
desconfianza y sostienen que los grandes problemas nacionales no pueden
resolverse mediante la confrontación.
Invitan, por ello, a establecer
procesos amplios, transparentes y participativos de diálogo, en los que
prevalezcan la búsqueda conjunta de la verdad, el respeto a la dignidad humana,
el cuidado de la creación y el bien común.
Un tercer elemento fundamental es
la defensa de la institucionalidad democrática y la colaboración entre los
tres poderes de la República. El Ejecutivo, el Legislativo y el
Judicial deben mantener relaciones de respeto e independencia, pero también colaborar
lealmente para responder a las necesidades de la población.
Los obispos llaman además a
quienes ejercen funciones públicas a practicar la autocrítica, mejorar las
instituciones y actuar con altura moral, capacidad de escucha y disposición para
construir consensos, especialmente en favor de los sectores más vulnerables.
El documento dedica
posteriormente una atención especial a los
jóvenes, considerados un signo de esperanza para la Iglesia y
para Costa Rica. Los obispos los exhortan a no dejarse dominar por la
violencia, la indiferencia o el desaliento y los llaman a participar
activamente en la construcción de una cultura del encuentro, la solidaridad, la
defensa de la dignidad humana y el cuidado de la creación.
La paz
aparece como una responsabilidad colectiva y no solamente como una tarea de las
autoridades. El documento afirma que la paz no puede reducirse a políticas de
seguridad, sino que comienza con la transformación del corazón, se aprende en
la familia, se cultiva en la escuela, se fortalece en las comunidades y se
construye mediante la verdad, la justicia, la solidaridad y el bien común.
Finalmente, los obispos dirigen
mensajes específicos a las
familias, los sacerdotes, diáconos, consagrados, agentes pastorales y fieles
católicos. A las familias les reconocen su papel como primera
escuela de amor, perdón y servicio; a los agentes pastorales les piden una
Iglesia cercana, misericordiosa y samaritana; y a los católicos les exhortan a
vivir como discípulos misioneros y a convertir las comunidades en espacios de
fraternidad, acogida y servicio.
El mensaje concluye invocando el
ejemplo de san Francisco de Asís como modelo de fraternidad, paz,
reconciliación y cuidado de la creación, y colocando bajo la protección de
Nuestra Señora de los Ángeles el proyecto de una patria reconciliada.
En términos generales, el
documento puede resumirse en cinco
grandes llamados:
-
Defender la dignidad humana y trabajar por el
bien común.
-
Atender las desigualdades, la pobreza, la
precariedad laboral y las nuevas formas de sufrimiento social.
-
Superar la polarización mediante el diálogo, el
encuentro y la búsqueda de consensos.
-
Fortalecer la democracia mediante el respeto, la
independencia y la colaboración entre los poderes de la República.
-
Construir la paz desde la familia, la educación,
las comunidades y el compromiso ciudadano, con especial protagonismo de los
jóvenes.
Por tanto, no se trata únicamente
de un mensaje religioso dirigido a los católicos. El documento contiene también
una propuesta de orientación social y política para Costa Rica, en la que la Iglesia plantea como
criterios para la vida nacional el bien
común, la dignidad humana, la solidaridad, el diálogo, la institucionalidad
democrática, la justicia y la paz social.
II
Sobre el método teológico, con el que se analizan los cuatro mensajes,
de julio a agosto del 2026.
Nuestro reúne cuatro
intervenciones de naturaleza eclesial diferente: la participación del
presbítero Jeison Víquez, la homilía de monseñor Manuel Eugenio Salazar Mora,
la homilía de monseñor José Manuel Garita y el mensaje colegiado de la
Conferencia Episcopal de Costa Rica. La propia investigación advierte que no
poseen la misma autoridad ni el mismo género discursivo.
Hay un discurso cívico-pastoral
del padre Jeison Víquez, una homilía de carácter más polémico y bioético de
monseñor Manuel Eugenio Salazar, una homilía mariana y nacional de monseñor
José Manuel Garita, y finalmente, un mensaje colegiado de la Conferencia
Episcopal. El propio análisis identifica estos cuatro acontecimientos como un
conjunto significativo dentro del contexto político costarricense de 2026.
Para comparar los cuatro textos
conviene utilizar un método teológico que no se limite a preguntar qué
dicen, sino que permita recorrer tres momentos fundamentales: ver
→ juzgar → actuar. Este procedimiento tiene antecedentes en la
tradición de la Acción Católica y fue asumido de manera particularmente fecunda
por la teología latinoamericana. En Gaudium et Spes,
además, el Concilio Vaticano II invita a escrutar los signos de los tiempos y a
interpretar los acontecimientos históricos desde la fe.
El resultado más importante es
que los
cuatro textos comparten una misma matriz teológica, pero difieren
considerablemente en la manera de interpretar la realidad y en las
consecuencias pastorales y políticas que extraen de ella.
El padre Jeison Víquez realiza
quizá el ver
más socioeconómico y político de los cuatro textos. Su punto de
partida es explícito: la persona está antes que las cifras; detrás de una
estadística existe una familia; detrás de un impuesto existe una mesa; detrás
de una decisión pública existe un trabajador. El documento caracteriza su
discurso por cuatro ejes: dignidad humana, opción por los pobres, libertad de
conciencia y escucha de quienes tienen menos poder.
Aquí aparece una metodología
teológica claramente cercana a Gustavo Gutiérrez: la teología no comienza con una
abstracción, sino con la realidad histórica del sufrimiento. La pregunta deja
de ser: ¿Cuánto recauda el Estado? para convertirse en: ¿Qué ocurre con las
personas como consecuencia de esa decisión?
Esto acerca el texto a la
metodología latinoamericana de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano
de Medellín
y la III Conferencia de ese Episcopado en Puebla, donde la
pobreza deja de ser solamente un problema individual y pasa a ser interpretada
también como realidad histórica y estructural.
El análisis, señala precisamente
que Medellín desplaza la mirada hacia las estructuras económicas, políticas y
sociales que producen exclusión. En el resultado del paso de “ver”, Víquez mira
principalmente:
-
Al pobre.
-
Al trabajador.
-
Al campesino.
-
Al joven.
-
A la familia.
-
Al ciudadano.
-
Al que tiene una voz pequeña.
Es, por tanto, un ver
desde las periferias sociales.
Monseñor Manuel Eugenio Salazar
utiliza un “ver” diferente. Su mirada es más amplia en materia moral y
antropológica: pobreza, corrupción, concentración de riqueza, familia,
universidad, libertad religiosa, embriones, eutanasia, educación, democracia y
relación entre Iglesia y política.
El texto de Salazar,
explícitamente afirma que la Iglesia debe iluminar la realidad desde Biblia,
Tradición y Magisterio, y que todo lo relacionado con el ser
humano interesa a la Iglesia. Por ello, su “ver” no es primordialmente
económico, como el de Víquez, ni primordialmente comunitario, como será el de
Garita. Es un ver
antropológico-moral.
Su pregunta fundamental podría
formularse: ¿Qué concepción del ser humano está detrás de las decisiones
sociales, políticas, educativas y científicas? Aquí aparecen autores como San
Agustín, Santo Tomás de Aquino, Jacques Maritain, así como la
antropología del Vaticano II.
Sin embargo, el análisis de la
propia homilía de Salazar, permite identificar un problema metodológico: en
algunos puntos el “ver” de Salazar corre el riesgo de comenzar ya condicionado
por una conclusión doctrinal.
Esto es particularmente visible
en sus afirmaciones sobre los embriones congelados y la llamada “eutanasia
pasiva”. El análisis realizado, señala que la preocupación ética es legítima,
pero que algunas formulaciones requieren precisión doctrinal: el “limbo” no es
dogma católico y la suspensión de tratamientos desproporcionados no equivale
automáticamente a eutanasia.
Esto es importante
metodológicamente: el método teológico exige distinguir el dato de fe, la interpretación
teológica, la valoración moral y la opinión prudencial.
Monseñor José Manuel Garita parte
de un lugar completamente distinto: María. Su método comienza en la mariología y desemboca en
la cuestión social. La estructura es: María → Cristo → filiación → fraternidad
→ pueblo → sociedad → bien común → justicia → paz.
Nuestro análisis, destaca
precisamente esta secuencia. Esto es teológicamente interesante porque Garita
evita convertir la devoción mariana en refugio intimista. La maternidad de
María se convierte en una categoría para interpretar la sociedad.
El “ver” de Garita es, por tanto,
fundamentalmente relacional. Observa una Costa Rica marcada por:
-
Polarización.
-
Violencia.
-
Narcotráfico.
-
Corrupción.
-
Pobreza.
-
Incertidumbre.
-
Fragmentación social.
Y pregunta: ¿Cómo podemos llamarnos
hermanos si la sociedad produce exclusión? Aquí resulta especialmente útil el
Papa Francisco,
particularmente Fratelli Tutti. Pero existe una
crítica teológica importante: la fraternidad no puede sustituir a la justicia.
Nuestro propio análisis, señala
que este constituye el principal desafío de la homilía: la fraternidad debe
convertirse en estructuras concretas de justicia. En este punto, León
XIII, Thiel, Sanabria y la corriente de la Teología de la Liberación, obligan a
llevar a Garita más lejos. No basta decir: “somos hermanos”. Hay
que preguntar: ¿Qué estructuras económicas, laborales, políticas y culturales
permiten o impiden que vivamos como hermanos?
El
mensaje episcopal constituye el “ver” más institucional. Los obispos
identifican:
-
Pobreza.
-
Costo de vida.
-
Desigualdades territoriales.
-
Precariedad laboral.
-
Violencia.
-
Falta de oportunidades.
El
análisis, caracteriza su eje como bien común,
solidaridad, diálogo y paz social, vinculados con dignidad,
vulnerabilidad, trabajo, democracia y fraternidad. Aquí aparece una diferencia
significativa. Mientras Víquez habla desde una experiencia pastoral localizada
—Nicoya— y Garita habla desde la celebración mariana nacional, la Conferencia
Episcopal intenta construir una lectura nacional y
colegiada. Su “ver” es menos polémico que el de Salazar y menos
estructuralmente radical que el de Víquez. Es, sobre todo, un diagnóstico pastoral nacional.
Ahora
bien, el siguiente paso en el método teológico que estamos desarrollando, es el
juzgar: aquí, encontramos cuatro formas de interpretar teológicamente la
realidad: Aquí aparece la mayor riqueza comparativa.
Víquez
encuentra su texto bíblico fundamental en Lucas 4,18-19: el Espíritu del Señor
está sobre Jesús y lo envía a anunciar la Buena Nueva a los pobres. Por ello,
su criterio de discernimiento es: Evangelio → pobre → dignidad → justicia →
bien común.
Nuestro
análisis, destaca que su discurso no comienza desde la eficiencia
administrativa, sino desde la persona y particularmente desde el pobre. Este es
un criterio claramente cristológico y de la
corriente de la Teología de la Liberación.
Aquí
convergen:
-
Lucas 4.
-
San Basilio.
-
Juan Crisóstomo.
-
Santo Tomás.
-
León XIII.
-
Medellín.
-
Puebla.
-
Gustavo Gutiérrez.
-
Ignacio Ellacuría.
-
Francisco.
La
tradición patrística proporciona el fundamento de la crítica a la riqueza
cuando existe pobreza extrema; Medellín introduce la dimensión estructural;
Gutiérrez pregunta por las causas de la pobreza. Por eso
Víquez realiza un juzgar desde el pobre.
En
Salazar Mora, el criterio fundamental es: ¿qué protege o destruye la dignidad
humana? Su juzgar se articula alrededor de:
-
Vida.
-
Familia.
-
Libertad religiosa.
-
Educación.
-
Democracia.
-
Justicia.
-
Propiedad.
-
Trabajo.
-
Bien común.
Esto
lo aproxima especialmente a Santo Tomás,
Rerum Novarum,
Pacem in
Terris, Gaudium et Spes y Dignitatis Humanae. Es decir, a la Teología, del
doctor seráfico, las encíclicas de León XIII y Juan XXII; así como las
Constituciones del Concilio Vaticano II.
Pero
aquí hay una diferencia importante respecto de Víquez. Víquez pregunta: ¿Qué
sucede con el pobre?; Salazar pregunta: ¿Qué concepción del ser humano está
detrás de determinada práctica? Son dos preguntas complementarias, pero no
idénticas. La primera tiene una orientación más socio estructural. La segunda posee una orientación más antropológica y moral.
Garita
introduce una categoría que los otros textos no desarrollan con la misma
intensidad: la fraternidad. La maternidad de María conduce a la filiación común
y ésta a la fraternidad social. El documento destaca que la homilía transforma
la devoción mariana en una propuesta de fraternidad, reconciliación, dignidad,
justicia y bien común.
Aquí
el pensamiento de Lucio Gera, Rafael
Tello y Juan Carlos Scannone (Teólogos de la corriente de la Teología del
Pueblo), resulta particularmente pertinente. El concepto de
pueblo no significa simplemente población. El pueblo posee:
-
Memoria.
-
Cultura.
-
Identidad.
-
Religiosidad.
-
Historia.
-
Capacidad de construcción colectiva.
El
análisis, vincula precisamente esta categoría con la Teología del Pueblo.
Garita, por tanto, realiza un juzgar desde la
comunión. Pero el método
teológico permite introducir una corrección: comunión sin justicia, puede
convertirse en simple armonía social. La tradición tomista y la Doctrina Social
de la Iglesia (DSI), recuerdan que el bien común no es simplemente ausencia de
conflicto. Una sociedad puede estar aparentemente unida y ser profundamente
injusta.
El
juicio episcopal es probablemente el más equilibrado institucionalmente:
dignidad → bien común → solidaridad → diálogo → paz. Aquí el gran referente es Juan XXIII, especialmente Pacem in
Terris. La estructura es prácticamente paralela: dignidad +
derechos + participación + diálogo + institucionalidad + justicia + solidaridad
+ paz.
El
análisis, señala expresamente esta correspondencia con Juan XXIII. La
Conferencia no propone una solución partidaria. Formula un juicio ético-pastoral sobre la sociedad.
Aquí aparece una cuestión central de la teología política católica: la Iglesia
no gobierna, pero tampoco puede ser indiferente ante la justicia o la
injusticia. El presente análisis, expresa esta doble dimensión: pastoral y
profética.
Los
cuatro textos coinciden en que la fe debe producir consecuencias históricas,
pero no conciben exactamente de la
misma manera el actuar. En Víquez, Su actuar es: escuchar →
participar → proteger → democratizar. Su palabra clave es “escuchen al pueblo”.
Pero
introduce una corrección decisiva al populismo: escuchar al pueblo no significa
decir “yo soy el pueblo”. El documento contrapone explícitamente democracia
participativa y populismo. Por eso su actuar tiene una dimensión fuertemente democrática y participativa.
En
el caso de Monseñor, Manuel Eugenio Salazar Mora, Su actuar consiste fundamentalmente
en: defender → denunciar → educar → proteger la vida → fortalecer la familia →
defender la libertad religiosa → promover justicia. Es el actuar del profetismo moral.
En
Monseñor Garita, Su actuar es: reconciliar → dialogar → reconocer al otro → construir
fraternidad → buscar el bien común. Su palabra central es reconciliación. Pero el
método teológico exige preguntarle a Garita: ¿Cómo pasa la reconciliación de
virtud interpersonal a transformación institucional? Aquí entran Thiel, Volio,
Sanabria y la Teología de la Liberación. La fraternidad necesita: organización
+ derechos + políticas públicas + justicia distributiva + participación.
En
lo que refiere a la Conferencia Episcopal de Costa Rica, su actuar es el más
institucional: dialogar → solidarizarse → acompañar → fortalecer comunidades →
recuperar institucionalidad → construir paz social. No llama a una movilización
partidista, sino a una reconstrucción del tejido social.
Así,
Los cuatro textos pueden colocarse dentro de una misma tradición histórica:
Evangelio → Padres → Agustín → Tomás → León XIII → Thiel → Volio → Sanabria →
Juan XXIII → Vaticano II → Medellín → Puebla → Santo Domingo → Aparecida →
Francisco → León XIV.
El
análisis, identifica precisamente esta continuidad histórica. Sin embargo, cada
texto enfatiza un tramo distinto de esa tradición. No significa que los autores
citados estén necesariamente presentes explícitamente en cada texto.
La
comparación permite descubrir cuatro grandes categorías. En Víquez, es el pobre. La
pregunta es: ¿Qué lugar ocupa el pobre en las decisiones públicas?; en Salazar,
es la persona, La pregunta es: ¿Qué decisiones respetan o lesionan la dignidad
humana?; en el caso de Garita, es el hermano: La pregunta es: ¿Cómo podemos
reconocernos como hermanos en una sociedad dividida?; finalmente: en el caso de
la Conferencia Episcopal, la pregunta es: ¿Cómo reconstruimos el tejido social
y el bien común?
Así,
los cuatro textos pueden condensarse de esta manera:
-
Víquez = opción por los pobres.
-
Salazar = defensa antropológica de la persona.
-
Garita = fraternidad y reconciliación.
-
Conferencia Episcopal = bien común y paz social.
Pero
no son cuatro teologías separadas. Son cuatro dimensiones de
una misma antropología cristiana. Y esa antropología, a nuestro
juicio, es el núcleo teológico más profundo de la comparación. Víquez dice, en
esencia: detrás de las cifras existen personas. Salazar sostiene: la realidad
social debe juzgarse desde la dignidad humana. Garita afirma: la persona debe
ser reconocida como hermano. Los obispos plantean: la dignidad humana debe
conducir al bien común.
Los
cuatro terminan encontrándose en una afirmación central de la Doctrina Social:
la economía, la política, el Estado, las instituciones y la tecnología existen
para la persona; la persona no existe para servir a esos sistemas.
El
propio documento formula esta continuidad explícitamente: la persona nunca debe
ser sacrificada al sistema y los sistemas deben estar al servicio de la persona
y del bien común. Esta es una línea que puede rastrearse desde San Basilio y San Juan Crisóstomo,
pasando por Santo Tomás, León XIII, Thiel, Sanabria, el Vaticano II,
Medellín, Puebla y hasta Francisco y León XIV.
Una
comparación verdaderamente teológica no puede limitarse a
demostrar que los cuatro textos son compatibles con la tradición católica.
También debe someterlos a discernimiento. Aquí aparecen cuatro críticas.
1.
A Víquez: Debe profundizarse el paso de la denuncia social a la transformación
estructural. La pregunta de Medellín y Gutiérrez sería: ¿quién produce las
condiciones que generan pobreza? El documento mismo señala que una lectura
desde la Teología de la Liberación, exige preguntar por las estructuras
económicas, políticas y sociales que producen la pobreza.
2.
A Salazar: Debe distinguirse cuidadosamente entre: doctrina de fe + doctrina
moral + interpretación teológica + juicio prudencial + opinión política. Esto resulta indispensable en cuestiones como
universidad, libertad religiosa, embriones y eutanasia. El problema no es defender
la vida; el problema metodológico aparece cuando una determinada interpretación
prudencial se presenta como si tuviera el mismo nivel de autoridad que un
dogma.
3.
A Garita: Debe evitarse que la fraternidad se transforme en una categoría
meramente afectiva. Fraternidad sin justicia puede convertirse en retórica.
Thiel y Sanabria obligan a convertir la fraternidad en derechos sociales,
trabajo digno y reforma institucional.
4.
A la Conferencia Episcopal: Su fortaleza —el equilibrio institucional— puede
convertirse también en su límite. El lenguaje de diálogo y consenso es
necesario, pero el Evangelio también posee una dimensión de denuncia profética. El
profeta no solamente llama a reconciliarse; también identifica la injusticia.
Ahora,
si hacemos una lectura de los cuatro mensajes, desde Medellín, Puebla y la
Teología de la Liberación. Aquí surge posiblemente la comparación más fecunda.
Los cuatro textos pueden ser sometidos al criterio: ¿Dónde está el pobre?
En
Víquez, está en el centro. En Salazar, está presente dentro de una antropología
más amplia. En Garita, aparece integrado en la fraternidad nacional. En el
documento episcopal, aparece dentro de la categoría de vulnerabilidad y
exclusión.
Pero
Medellín y Gutiérrez permitirían una pregunta adicional: ¿Por qué existen
pobres? Y ésta es la diferencia entre una teología simplemente social y una
teología verdaderamente histórico-estructural.
La
caridad pregunta: ¿Cómo ayudo? La justicia pregunta: ¿Por qué necesita ayuda?
La liberación pregunta: ¿Qué estructuras producen su situación? Esta triple
pregunta permite profundizar críticamente los cuatro textos.
Los
cuatro textos encuentran una síntesis particularmente poderosa en Francisco. Evangelii
Gaudium aporta la crítica de la economía de exclusión. Laudato Si'
amplía la cuestión social mediante la ecología integral.
Fratelli
Tutti aporta fraternidad, amistad social, diálogo y crítica del
populismo. Esto es particularmente importante para Garita y para la Conferencia
Episcopal, pero también para Víquez y Salazar.
El
análisis señala que Fratelli Tutti permite interpretar la preocupación por
el diálogo como una alternativa a la polarización y advierte que la fraternidad
exige inclusión, trabajo, vivienda, educación, salud, participación, protección
ambiental, paz y justicia económica.
Por
tanto, Francisco permite unir las cuatro
perspectivas: pobre + persona + hermano + pueblo. La
incorporación de León XIV permite llevar la comparación más allá de los problemas
tradicionales. El análisis, utiliza Magnifica Humanitas como horizonte para pensar las
nuevas cosas (res
novae), especialmente inteligencia artificial, transformación del
trabajo y poder tecnológico.
Esto
introduce una pregunta que ninguno de los cuatro textos desarrolla
suficientemente: ¿Qué ocurre cuando la persona deja de ser solamente
trabajador, ciudadano o consumidor y se convierte también en dato, perfil
algorítmico o sujeto de decisiones automatizadas?
Aquí
la metodología teológica tendría que incorporar una nueva dimensión:
-
Ver: nuevas tecnologías y nuevas formas de poder.
-
Juzgar: dignidad humana y bien común.
-
Actuar: regulación, responsabilidad, justicia tecnológica y protección de
la persona.
De
este modo, la tradición de Rerum Novarum (Encíclica de León
XIII), puede ser proyectada hacia una nueva cuestión social. La
comparación desde el método teológico permite concluir que los cuatro textos no constituyen discursos
aislados ni cuatro posiciones teológicas incompatibles. Forman
una especie de polifonía:
-
Víquez representa
una Iglesia que mira desde el pobre y pregunta por la justicia social, la
participación y la democracia.
-
Salazar Mora representa una Iglesia que mira
desde la dignidad antropológica y plantea cuestiones de vida, familia,
educación, libertad religiosa y responsabilidad moral.
-
Garita representa una Iglesia que intenta reconstruir el vínculo social
mediante María, fraternidad, reconciliación, diálogo y bien común.
-
La Conferencia Episcopal representa una Iglesia que busca
convertir esas preocupaciones en una síntesis pastoral nacional fundada en
dignidad, solidaridad, diálogo y paz social. Su documento se presenta
precisamente como una actualización de la tradición social católica ante la
realidad costarricense.
Por
eso, desde el método ver–juzgar–actuar,
la comparación puede condensarse en una fórmula: Víquez ve al excluido; Salazar
ve a la persona amenazada; Garita ve al hermano dividido; los obispos ven al
pueblo fragmentado.
Y
al juzgar: Víquez juzga desde el Evangelio de los pobres; Salazar desde la
antropología cristiana; Garita desde la fraternidad; los obispos desde el bien
común. Finalmente, al actuar: Víquez propone participación y escucha; Salazar
profetismo y defensa de la vida; Garita reconciliación y diálogo; los obispos
solidaridad, institucionalidad y paz.
Pero
la teología latinoamericana obliga a realizar una última síntesis: no puede
existir verdadera fraternidad sin justicia; no puede existir justicia sin
dignidad; no puede existir dignidad sin derechos; no puede existir paz sin
justicia; y no puede existir bien común cuando determinados sectores son
sistemáticamente excluidos.
Ésta
es probablemente la clave teológica más profunda que emerge de la comparación.
El propio análisis, llega a una conclusión semejante al señalar que la
convergencia histórica entre Thiel, Volio, Sanabria, León XIII, Juan XXIII,
Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo (IV Conferencia del Episcopado
Latinoamericano), Aparecida (V Conferencia del Episcopado Latinoamericano), la
Teología de la Liberación, la Teología del Pueblo, Francisco y León XIV
consiste en hacer que la fe se traduzca en vida concreta, especialmente para
quienes tienen menos posibilidades de defender su dignidad.
El
análisis permite realizar una lectura política bastante más amplia que la
estrictamente teológica. Su problema central, visto desde las ciencias políticas y las relaciones
internacionales, es
la relación entre religión, poder, democracia, representación,
conflicto, legitimidad, desigualdad y gobernanza en la Costa
Rica de 2026.
Desde
la ciencia política, sin embargo, existe un elemento que permite estudiarlos
conjuntamente: los cuatro
constituyen discursos públicos sobre la sociedad y, por tanto, intervienen
—aunque de maneras distintas— en la disputa por la definición legítima de los
problemas nacionales. No son discursos partidarios en sentido
estricto. Pero tampoco son políticamente neutros. Y esta distinción es
fundamental.
III
El análisis teológico de los cuatro mensajes.
a) La participación
del padre Jeison Víquez, durante la Solemne Sesión, por la Anexión del Partido
de Nicoya, frente a las autoridades de gobierno.
La reflexión del párroco de
Nicoya, presbítero Jeison Víquez Acuña, pronunciada el 25 de julio de 2026,
posee una densidad teológica y social considerablemente mayor de la que podría
sugerir su formato de discurso cívico.
Su núcleo puede resumirse en
cuatro afirmaciones: la persona humana está antes que las cifras; los pobres deben ocupar un
lugar privilegiado en las decisiones públicas; la democracia exige libertad de
conciencia y pensamiento; y gobernar significa escuchar especialmente a quienes
tienen menos poder.
Leída desde la tradición
católica, la intervención no constituye una simple exhortación moral a los
gobernantes. Puede interpretarse como una teología política de la dignidad
humana, del bien común, de la opción por los pobres y de la escucha del pueblo,
que atraviesa desde la tradición patrística hasta el magisterio contemporáneo.
Hay, además, una sorprendente
convergencia entre la frase final —«escuchen especialmente a quienes tienen una
voz demasiado pequeña»— y el desarrollo posterior de la categoría de pueblo en la teología
latinoamericana y en Fratelli tutti.
El centro bíblico de la reflexión
es Lucas 4,18-19: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me
ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres…». Esto es decisivo. El
párroco no comienza hablando de eficiencia administrativa, crecimiento
económico o equilibrio fiscal, sino de la persona humana y, dentro de ella, del pobre.
Desde la perspectiva cristiana
clásica, esto impide separar evangelización y realidad social. El Jesús de
Lucas 4, no presenta la salvación como una experiencia exclusivamente interior.
La Buena Nueva tiene consecuencias concretas para quienes padecen pobreza, opresión,
exclusión y pérdida de dignidad.
Por eso, cuando el sacerdote
afirma que: «gobernar significa servir a personas concretas”, está realizando
una traducción política de una categoría profundamente evangélica: la
autoridad existe para el servicio.
Aquí aparece una primera clave de
lectura: el Estado no es un fin en sí mismo; tampoco lo son el presupuesto, el
déficit, la recaudación ni los indicadores económicos. Son instrumentos
ordenados a la persona y al bien común.
Esta concepción será posteriormente
desarrollada con enorme claridad por Gaudium et Spes:
los bienes de la tierra deben ordenarse a la persona humana, y el bien común
consiste en las condiciones sociales que permiten a las personas y comunidades
alcanzar más plenamente su realización.
La teología clásica parte de una
afirmación antropológica fundamental: el ser humano posee una dignidad que no procede del Estado, del mercado,
de su riqueza ni de su productividad. En la tradición
cristiana, esta dignidad deriva de que la persona es criatura de Dios y posee
una racionalidad y una libertad ordenadas al bien.
Santo Tomás de Aquino desarrolla
la concepción del bien común y de la autoridad política desde esta perspectiva.
El gobernante no recibe el poder para satisfacer sus intereses particulares,
sino para procurar el bien de la comunidad.
La reflexión de Santo Tomás
permite, por tanto, leer una frase aparentemente sencilla del párroco
—«gobernar significa servir»— como una afirmación de profunda tradición
cristiana. El poder político pierde legitimidad moral cuando convierte a las
personas en simples variables administrativas.
Por eso existe una conexión
directa entre la frase: «Detrás de cada estadística hay una familia» y la
antropología cristiana. La estadística cuenta; la teología pregunta quién está
detrás de la cifra. Una tasa de pobreza
representa personas; una reforma tributaria afecta hogares; un impuesto afecta
posibilidades concretas de alimentación; un déficit fiscal tiene consecuencias
distributivas.
El criterio cristiano, por tanto,
no puede ser únicamente: ¿cuánto recauda el Estado? Debe preguntar también:
¿quién paga?, ¿quién queda protegido?, ¿quién queda excluido?, ¿qué ocurre con
los más débiles?
La reflexión adquiere todavía
mayor fuerza cuando se la confronta con los Padres de la Iglesia. San Juan
Crisóstomo fue particularmente radical en su predicación sobre los pobres. Para
él, la riqueza no podía ser considerada moralmente neutra cuando coexistía con
la miseria de otros.
Su pensamiento cuestiona una
concepción puramente individualista de la propiedad y de la riqueza. La
posesión tiene una dimensión social y moral. San Basilio de Cesarea, por su
parte, desarrolló una de las críticas más fuertes de la patrística contra la
acumulación mientras otros padecen necesidad. Su célebre interrogación sobre el
uso de los bienes apunta precisamente al problema que subyace al discurso de
Nicoya: ¿qué significa poseer cuando otros carecen de lo necesario?
Desde esa perspectiva patrística,
la frase: «Las cuentas del Estado no pueden equilibrarse desequilibrando las
mesas de las familias» podría leerse como una actualización contemporánea de
una antigua intuición cristiana: la economía debe estar subordinada a la vida
humana y no la vida humana subordinada a la economía.
No significa negar la
responsabilidad fiscal. Al contrario: la tradición cristiana reconoce la
necesidad del orden, la administración y la responsabilidad. Lo que rechaza es
convertir el equilibrio financiero en un absoluto moral.
Después de la época patrística, la
reflexión cristiana sobre la sociedad fue adquiriendo una estructura más
sistemática. San Agustín puso en primer plano la cuestión del orden del amor:
una sociedad se desordena cuando ama y persigue bienes inferiores como si
fueran absolutos.
La política, desde esta
perspectiva, necesita preguntarse constantemente qué
bienes está priorizando. Posteriormente, Santo Tomás de Aquino
sistematizó la noción de bien común, justicia y autoridad.
Esto permite establecer una
diferencia fundamental: la responsabilidad fiscal es un medio; la justicia
social es un criterio moral. El discurso del párroco no rechaza la primera.
Dice expresamente: «Nuestro país necesita responsabilidad fiscal».
Pero introduce inmediatamente una
corrección: «Pero también… necesita justicia». Este «pero», es teológicamente
fundamental. No se trata de escoger entre Estado responsable y justicia social.
Se trata de afirmar que la responsabilidad fiscal sólo adquiere legitimidad moral cuando está
ordenada al bien común.
La convergencia con León XIII es
extraordinaria. En Rerum Novarum
(1891), León XIII parte precisamente del conflicto producido por la pobreza, la
desigualdad y la transformación económica. La encíclica denuncia la existencia
simultánea de grandes fortunas y masas de trabajadores en condiciones de
pobreza.
La cuestión fundamental no es
entonces cuánto produce una economía, sino qué ocurre con quienes producen y
con quienes quedan excluidos de sus beneficios. León XIII
sostiene que el trabajador tiene derecho a una remuneración suficiente para
sostener dignamente su vida y la de su familia.
Esto conecta directamente con la
afirmación del sacerdote: «Detrás de cada decisión fiscal hay un trabajador». Y
especialmente con: «Detrás de cada impuesto hay una mesa donde una familia costarricense
necesita poner el pan de cada día».
El lenguaje es contemporáneo,
pero el principio es el propio del Papa León XIII, la economía no puede
separarse de la moral. La propiedad privada tampoco constituye, en Rerum Novarum, un derecho absoluto
desligado de su función social. La riqueza tiene responsabilidades respecto de
los demás.
La encíclica, además, exige que
la autoridad pública intervenga cuando las condiciones sociales amenazan la
dignidad de los trabajadores. Por eso, desde Rerum Novarum, la
pregunta que debe hacerse ante una modificación tributaria no es únicamente: ¿es
técnicamente eficiente? sino también: ¿es justa?, ¿cómo distribuye las cargas?,
¿quién resulta beneficiado?, ¿quién resulta perjudicado?, ¿protege
suficientemente a quienes tienen menos?
Aquí aparece uno de los aspectos
más interesantes de la reflexión. La Trigésima Carta Pastoral de Bernardo Augusto Thiel, de 5
de septiembre de 1893, se tituló literalmente sobre «el justo salario de los
jornaleros y artesanos» y sobre la situación de quienes estaban «destituidos de
bienes de fortuna». El Archivo Histórico Arquidiocesano de San José conserva el
documento.
Los historiadores Ana María
Schroeder Barrantes y José Aurelio Sandí Morales han demostrado que el
documento no fue simplemente una reproducción costarricense de Rerum Novarum, sino un intento de introducir
la Doctrina Social de la Iglesia en la realidad costarricense.
Esto es extraordinariamente
importante para interpretar el discurso de Nicoya. Thiel comprendió que el problema
social debía aterrizarse en la realidad concreta del trabajador costarricense.
Incluso intentó establecer un cálculo del salario que permitiera al jornalero
alcanzar una «decente y humana manutención».
Por eso puede establecerse una
línea histórica: Thiel → salario justo → familia trabajadora → dignidad →
responsabilidad social de la economía. Y esa misma línea reaparece, 132 años
después, en Nicoya: impuesto → trabajador → familia → mesa → pan → justicia. Es
decir, el párroco está recuperando, conscientemente o no, una de las más
antiguas tradiciones del catolicismo social costarricense.
Por su parte, la figura de Jorge
Volio introduce un elemento adicional: la transformación de la doctrina social en acción política.
Volio recibió formación en la tradición social católica en Lovaina y
posteriormente se convirtió en una de las voces más fuertes de defensa de
trabajadores y campesinos. Su trayectoria estuvo marcada por el rechazo a la
injusticia social, la defensa de sectores populares y la crítica al
autoritarismo.
El Partido Reformista de Volio
buscó, entre otras cosas, ampliar la participación popular y defender
reivindicaciones obreras y campesinas. Desde Volio, entonces, el «escuchen al
pueblo» del párroco adquiere una dimensión política muy importante.
No significa que el sacerdote
esté llamando a una determinada opción partidaria. Significa que la
democracia no puede reducir al ciudadano al acto de votar. La
democracia social requiere participación, organización, deliberación y
capacidad de influencia. Por eso la exhortación: «escuchen al trabajador, al
agricultor, al educador y a nuestros jóvenes» tiene una clara resonancia
socialcristiana y reformista.
La continuidad con Sanabria es
todavía más profunda. Sanabria entendió que la cuestión social no podía
permanecer fuera de la misión pastoral de la Iglesia. En 1943 impulsó, junto
con el presbítero Benjamín Núñez, la organización sindical Rerum
Novarum. La historiografía costarricense ha documentado la
intervención de Sanabria en la organización del sindicalismo cristiano y en la
formación de una alternativa católica para los trabajadores.
La importancia histórica de esta
experiencia no radica solamente en haber creado una central sindical. Radica en
una concepción: la fe cristiana tiene consecuencias institucionales para la
justicia social.
Sanabria no concebía una Iglesia
confinada al templo. La cuestión obrera, la pobreza, las relaciones laborales y
la organización de los trabajadores eran problemas pastorales. Por eso el
discurso de Nicoya podría ser leído como una actualización propia de Sanabria:
«Escuchen especialmente a quienes tienen una voz demasiado pequeña».
Eso significa que la Iglesia debe prestar su
voz a aquellos sectores cuya capacidad de incidencia política es menor. Pero
hay una diferencia importante con ciertas formas de populismo contemporáneo: escuchar
al pueblo no significa idealizar al pueblo ni convertirlo en instrumento de
poder. Sanabria pensaría en términos de organización social,
derechos, instituciones y justicia.
Con Juan XXIII se produce una
ampliación extraordinaria de la Doctrina Social. Mater
et Magistra (1961) insiste en la dignidad de la persona y en la
necesidad de interpretar las transformaciones económicas y sociales desde los
principios cristianos.
La economía debe ser evaluada en
función del ser humano. Por eso el discurso de Víquez puede leerse
perfectamente desde Juan XXIII: «El desarrollo de una nación no puede medirse
solamente por cuánto recauda el Estado». Exactamente. Para Juan XXIII, el
progreso económico no puede separarse del progreso social.
La pregunta correcta es: ¿Qué
clase de sociedad está produciendo ese crecimiento?: Una economía puede crecer
mientras determinados grupos permanecen marginados. Puede disminuir el déficit
mientras aumenta la inseguridad alimentaria. Puede mejorar un indicador
macroeconómico mientras empeoran las condiciones de determinadas familias. La
Doctrina Social obliga a mirar el conjunto.
La segunda encíclica de Juan
XXIII, Pacem in Terris (1963), amplía
todavía más esta perspectiva. La paz no puede existir sin verdad, justicia,
amor y libertad. Esto se conecta directamente con la segunda parte de la
reflexión del párroco: «Hay otro tesoro que Costa Rica debe cuidar y es la
libertad de pensamiento».
La libertad no es un lujo
liberal. Es una condición de la dignidad humana. La democracia necesita
ciudadanos capaces de pensar, preguntar, discernir y dialogar. Aquí el
sacerdote hace una afirmación especialmente importante: «Educar no consiste en
decirle a nuestros jóvenes qué deben pensar. Educar significa enseñarles a
pensar». Esta frase tiene una profunda afinidad con la concepción cristiana de
conciencia y libertad.
Con el Concilio Vaticano II
encontramos probablemente la mayor convergencia doctrinal con el texto. Gaudium et Spes afirma que todos
los bienes de la tierra deben ordenarse al ser humano y coloca la dignidad de
la persona en el centro de la reflexión social.
Además, el Concilio afirma que el
bien común comprende las condiciones sociales que permiten a las personas
alcanzar su realización. Por tanto: persona → dignidad → bien común → economía
→ política y no: economía → presupuesto → Estado → persona. Esta inversión de
prioridades constituye una de las claves teológicas más profundas del discurso.
La defensa de la libertad
intelectual también encuentra un fundamento directo en Dignitatis Humanae. El Concilio
afirma que la persona debe actuar conforme a su conciencia y que, la búsqueda
de la verdad requiere libertad, educación, comunicación y diálogo.
Esto permite hacer una precisión
muy importante sobre el discurso. Cuando el sacerdote critica el
adoctrinamiento político en las aulas, la crítica puede ser plenamente compatible con el Vaticano II
siempre que sea aplicada simétricamente.
Es decir:
-
No debe existir adoctrinamiento partidario de izquierda.
-
Tampoco de derecha.
-
Ni religioso impuesto por coerción.
-
Ni ideológico.
-
Ni gubernamental.
-
Ni proveniente de intereses económicos.
La escuela democrática debe
formar conciencias
libres, no obediencias políticas. Y aquí la frase del párroco
adquiere enorme valor: «Una democracia no debe temer a ciudadanos que piensan».
Exactamente. Una democracia saludable necesita ciudadanos críticos, incluso
cuando critican al gobierno.
Medellín introduce una nueva
radicalidad. La Iglesia latinoamericana empieza a interpretar la pobreza no
solamente como una situación individual que requiere caridad, sino como una
realidad histórica vinculada con estructuras sociales.
Aparece con mayor fuerza la
preocupación por la justicia, la liberación, la participación y la transformación de las
estructuras. Desde Medellín, entonces, la frase: «Las cuentas
del Estado no pueden equilibrarse desequilibrando las mesas de las familias», puede
interpretarse como una pregunta por la estructura distributiva.
No basta preguntar cuánto recauda
el Estado. Hay que preguntar: ¿Sobre quién recae la carga tributaria?; ¿Quién
dispone de capacidad económica?; ¿Quién queda protegido?; ¿Quién puede absorber
el costo de una política pública y quién no?; Ese desplazamiento de la pregunta
—de lo puramente contable hacia lo estructural— es profundamente
latinoamericano.
La Teología de la Liberación,
particularmente en Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y Jon Sobrino, profundizará
este camino. Gustavo Gutiérrez sostuvo que la teología debe partir de la
realidad concreta del sufrimiento y de la injusticia.
Aquí encontramos una
correspondencia muy clara con: «Detrás de cada estadística hay una familia». La
afirmación significa: la pobreza no es una abstracción estadística; es
sufrimiento humano históricamente situado.
La Teología de la Liberación
introduciría además otra pregunta: ¿Por qué existen pobres? Ya no basta
preguntar cómo ayudar al pobre. Hay que estudiar las estructuras económicas,
políticas y sociales que producen pobreza.
Esta es una diferencia crucial.
La caridad pregunta: ¿Cómo ayudo a esta persona? La justicia pregunta: ¿Por qué
esta persona necesita ser ayudada? La liberación pregunta: ¿Qué estructuras
están produciendo esta situación?
Por eso, una lectura desde la
Teología de la Liberación del discurso, exigiría que la discusión tributaria no
se reduzca a una disputa técnica. Debería incorporar el problema de la estructura
distributiva de la sociedad costarricense.
Puebla profundiza la opción
preferencial por los pobres. La categoría es decisiva porque no significa que
la Iglesia considere que solamente los pobres importan. Significa que una
sociedad justa debe mirar primero a quienes se encuentran en una situación de
mayor vulnerabilidad.
Esto explica la insistencia del
párroco: «escuchen especialmente a quienes tienen una voz demasiado pequeña».
Puebla permite interpretar esta frase como una exigencia de visibilidad
social.
El pobre no debe ser únicamente
objeto de asistencia. Debe convertirse en sujeto reconocido de la vida social.
El agricultor, el pescador, el trabajador, el adulto mayor y el joven no son
simplemente «beneficiarios» de políticas públicas. Son ciudadanos.
Santo Domingo introduce con mayor
fuerza la cuestión cultural. La evangelización no puede desarrollarse al margen
de las culturas concretas de los pueblos. Esto resulta particularmente
significativo en Nicoya.
La intervención tiene lugar
precisamente el 25 de julio, fecha cargada de significado histórico,
cultural y político para Guanacaste. La reflexión sobre «escuchar al pueblo»
adquiere entonces una dimensión territorial.
No existe «el pueblo» como abstracción. Existen pueblos concretos:
-
Con historia.
-
Cultura.
-
Memoria.
-
Identidad.
-
Desigualdades.
-
Aspiraciones.
-
Conflictos.
La teología latinoamericana
comienza así a superar la idea de un receptor pasivo de políticas o de
evangelización. El pueblo tiene palabra. Como veremos más adelante, esto será
esencial, para la corriente de la Teología del Pueblo.
Aparecida profundiza esta perspectiva mediante
la categoría de discípulos misioneros. La Iglesia no debe ser una
estructura encerrada en sí misma. Debe salir al encuentro de la realidad. Aquí
aparece una conexión con el párroco de Nicoya particularmente significativa: la
pastoral no se limita a administrar sacramentos; también implica leer los
signos de los tiempos.
Y esos signos se encuentran en:
-
Las familias.
-
Los trabajadores.
-
Los agricultores.
-
Los pescadores.
-
Los jóvenes.
-
Los pobres.
-
Las instituciones.
-
La democracia.
La Iglesia debe estar allí donde
está la vida. Aquí encontramos quizás una de las conexiones más profundas. La Teología
del Pueblo, desarrollada en Argentina por autores como Lucio
Gera y Rafael Tello, y posteriormente asumida en gran medida por el pensamiento
pastoral de Jorge Mario Bergoglio, concede enorme importancia a las categorías
de pueblo,
cultura, identidad, religiosidad popular y comunidad.
Esto permite comprender mejor la
frase: «Escuchen al pueblo». No se trata solamente de realizar encuestas.
Escuchar al pueblo significa reconocer que la sociedad posee saberes,
experiencias y memorias que no siempre están presentes en los centros de poder.
Francisco desarrollará
posteriormente esta idea en Fratelli Tutti.
Allí distingue cuidadosamente entre pueblo
y populismo. Reconoce la legitimidad de la categoría pueblo,
pero advierte que puede ser manipulada por dirigentes que instrumentalizan
culturalmente al pueblo para perpetuarse en el poder.
Este punto es fundamental. El
sacerdote dice: «escuchen al pueblo». La Teología del Pueblo respondería: sí,
pero no manipulen al pueblo. Y Francisco añadiría: un pueblo auténtico es
abierto, plural, dinámico y capaz de integrar al diferente.
El pensamiento de Francisco
ofrece una de las claves más poderosas para interpretar el discurso. En Fratelli Tutti, Francisco critica
una política reducida a marketing, espectáculo y cálculo electoral. Al mismo
tiempo, reivindica una política capaz de construir bien común, diálogo y
fraternidad.
El paralelismo con el discurso de
Nicoya es notable. El sacerdote afirma:
«gobernar significa servir». Francisco sostiene una visión semejante de la
política como servicio al bien común. Y el párroco afirma: «escuchen también a
quienes discrepan».
Francisco dedica numerosas
páginas al diálogo social, insistiendo en que escuchar al otro es una condición
para construir una sociedad democrática. Más aún: Francisco advierte que
quienes están en las periferias pueden percibir aspectos de la realidad que no
son visibles desde los centros de poder. Esto coincide casi literalmente con la
preocupación del párroco por: «quienes tienen una voz demasiado pequeña».
Con todo lo dicho, no puede dejar
de exponerse, que, el discurso del padre Jeison, presenta una preocupación muy
importante: la crítica al populismo. Aquí aparece una cuestión especialmente
relevante para Costa Rica contemporánea.
La frase «escuchar al pueblo»
puede utilizarse de dos maneras completamente diferentes:
A) Primera posibilidad:
democracia popular, donde escuchar implica:
-
Incorporar.
-
Deliberar.
-
Consultar.
-
Reconocer al diferente.
-
Fortalecer instituciones.
-
Proteger minorías.
-
Ampliar ciudadanía.
B) Segunda posibilidad: populismo:
Decir: «Yo soy el pueblo». Y entonces construir una oposición entre: pueblo
bueno vs. élites malas para justificar la concentración de poder. Francisco
advierte precisamente contra esta segunda posibilidad. Fratelli Tutti reconoce la
categoría de pueblo, pero denuncia el populismo cuando instrumentaliza al
pueblo para un proyecto personal de poder o cuando debilita instituciones y
legalidad.
Por eso el discurso del párroco
tiene una dimensión democrática saludable: no dice «el gobernante sabe lo
que quiere el pueblo»; dice «el gobernante debe escuchar al pueblo».
Son dos concepciones radicalmente diferentes de la política.
El pontificado de León XIV
permite llevar el análisis hasta el presente. Su exhortación apostólica Dilexi te, publicada el 4 de
octubre de 2025, desarrolla explícitamente la cuestión del amor hacia los
pobres.
León XIV afirma que la ayuda al
pobre no sustituye la responsabilidad de las autoridades ni la búsqueda de
justicia y que el compromiso cristiano incluye también transformar estructuras
sociales injustas.
Esto es especialmente importante
porque confirma que la preocupación expresada en Nicoya no debe reducirse a
asistencialismo. Hay tres niveles:
caridad → justicia → transformación social. La limosna puede aliviar una
necesidad. La justicia busca garantizar derechos. La transformación social intenta modificar
las estructuras que reproducen la pobreza. León XIV coloca las tres dimensiones
en relación.
Además, en 2026 ha retomado
explícitamente la reflexión conciliar sobre Lumen Gentium y
el Pueblo de Dios, subrayando que la Iglesia es un pueblo constituido por personas
de diferentes pueblos, lenguas y culturas. Por eso, la categoría de pueblo
continúa teniendo actualidad en su pontificado.
Por otro lado, El aspecto
tributario del discurso merece una conclusión específica. Desde la DSI no sería
correcto afirmar: «Todo impuesto es justo porque financia al Estado». Pero
tampoco: «Todo impuesto es injusto porque reduce el ingreso individual».
La pregunta católica es otra: ¿El
sistema tributario contribuye al bien común? Eso exige examinar:
-
Justicia distributiva.
-
Capacidad económica.
-
Protección de bienes esenciales.
-
Impacto sobre las familias.
-
Sostenibilidad de las finanzas públicas.
-
Calidad del gasto.
-
Progresividad.
-
Protección de los sectores vulnerables.
Por eso la afirmación del
sacerdote es muy potente: «Las cuentas del Estado no pueden equilibrarse
desequilibrando las mesas de las familias». Desde Rerum
Novarum, Thiel, Sanabria, Juan XXIII, Vaticano II, Medellín,
Puebla, Francisco y León XIV, puede reconstruirse una misma preocupación: el
Estado tiene derecho a recaudar, pero la recaudación tiene límites morales
derivados de la dignidad humana y del bien común.
La segunda gran columna del
discurso es educativa. La afirmación: «Educar significa enseñarles a pensar, a
preguntar, a discernir, a dialogar con quien piensa diferente» puede ser
considerada una formulación prácticamente conciliar.
Dignitatis
Humanae relaciona libertad, conciencia, búsqueda de la verdad,
educación y diálogo. Gaudium et Spes,
por su parte, concibe la conciencia como núcleo profundo de la dignidad humana.
Por tanto, una educación democrática no puede producir simplemente militantes
obedientes.
Debe producir ciudadanos capaces
de:
-
Cuestionar al gobierno.
-
Cuestionar a la oposición.
-
Cuestionar a la Iglesia.
-
Cuestionar al mercado.
-
Cuestionar a los medios.
-
Cuestionar sus propias convicciones.
Esto no significa relativismo.
Significa que la
verdad no necesita miedo para defenderse. Y aquí Dignitatis Humanae resulta
particularmente importante: la verdad no se impone mediante coerción, sino que
debe ser buscada y reconocida libremente.
Si condensamos todo el discurso
en una sola tesis, podría formularse así: Una democracia es moralmente legítima
cuando coloca a la persona por encima de la cifra, al pobre por encima de la
indiferencia, a la conciencia por encima del adoctrinamiento y al diálogo por
encima de la imposición.
Esa tesis puede reconstruirse
históricamente: Evangelio → Padres de la Iglesia → tradición medieval → León
XIII → Thiel → Jorge Volio → Sanabria → Juan XXIII → Vaticano II → Medellín →
Teología de la Liberación → Puebla → Santo Domingo → Aparecida → Teología del
Pueblo → Francisco → León XIV.
No estamos, por tanto, ante ideas
aisladas. Estamos ante una larga tradición católica de humanización de la política.
Sin embargo, el discurso podría ser llevado todavía más lejos. El sacerdote
pregunta: «¿Qué lugar ocupa la persona humana en las decisiones que tomamos
como sociedad?».
La tradición social católica
permite reformular la pregunta: ¿Quién decide qué cuenta como desarrollo? Si
desarrollo significa simplemente:
-
Más recaudación.
-
Menor déficit.
-
Mayor inversión.
-
Mayor crecimiento.
Podemos terminar con una
concepción economicista del progreso. Pero si desarrollo significa:
-
Familias que pueden alimentarse.
-
Trabajadores con salario digno.
-
Agricultores y pescadores con condiciones de vida justas.
-
Adultos mayores protegidos.
-
Jóvenes con educación crítica.
-
Ciudadanos capaces de disentir.
-
Instituciones democráticas.
-
Participación.
-
Libertad.
-
Solidaridad.
Entonces entramos en la lógica
del humanismo
cristiano y de la Doctrina Social de la Iglesia. La reflexión
del párroco de Nicoya puede leerse, en último término, como una interpelación
profética al poder político.
No porque la Iglesia deba
gobernar. Precisamente, al contrario. Porque la Iglesia puede recordar al poder
político que no
es Dios, no es dueño del pueblo y no es dueño de la vida de las personas.
El gobernante administra una responsabilidad pública. El presupuesto pertenece
a la sociedad. La autoridad está limitada por la dignidad humana. La economía
está subordinada al bien común. La democracia necesita ciudadanos libres. Y los
pobres no pueden ser tratados como un residuo estadístico.
Desde San Basilio y San Juan
Crisóstomo hasta León XIII; desde Thiel y Jorge Volio hasta Sanabria; desde
Juan XXIII y el Vaticano II hasta Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida;
desde Gutiérrez y la Teología de la Liberación hasta la Teología del Pueblo;
desde Francisco hasta León XIV, aparece una constante: el pobre tiene rostro, la
familia tiene rostro, el trabajador tiene rostro, el joven tiene rostro y el
ciudadano tiene rostro.
Y justamente por eso, la política
no puede quedarse en las cifras. La frase final del párroco resume toda esta
tradición: «Escuchen al pueblo». Pero la tradición social católica obliga a
completar la frase: Escuchen al pueblo, pero especialmente al que no tiene
poder; escuchen al que discrepa; escuchen al trabajador; escuchen al campesino;
escuchen al joven; escuchen al pobre. Y, sobre todo, no conviertan la escucha
en propaganda: conviértanla en participación, justicia y bien común. Ese sería,
probablemente, el punto donde la reflexión de Nicoya alcanza su mayor
profundidad teológica y política.
b) La homilía de
Monseñor Manuel Eugenio Salazar Mora, durante la Novena a la Virgen de los
Ángeles.
Las palabras de monseñor Manuel
Eugenio Salazar Mora, pueden leerse como una homilía de fuerte contenido
eclesiológico, social, político y bioético, cuyo eje
fundamental es una afirmación muy precisa: la fe cristiana no puede quedar
separada de la realidad histórica.
El propio predicador lo formula
al decir que la Iglesia debe iluminar la realidad social desde «Biblia y
tradición y el magisterio de la Iglesia» y que «todo lo que tiene que ver con
el ser humano le interesa a la Iglesia».
Desde esa perspectiva, el texto
posee una considerable consonancia con la tradición social católica, aunque
también contiene afirmaciones que necesitan matización teológica y doctrinal.
Particularmente, esto ocurre en sus afirmaciones sobre los embriones
congelados, la llamada «eutanasia pasiva», la universidad pública, la
«ideología de género» y la relación entre Iglesia y política.
La afirmación fundamental de la
homilía podría sintetizarse así: La Iglesia no puede anunciar el Evangelio sin
discernir, denunciar y transformar las realidades históricas que afectan la
dignidad humana.
Cuando el texto afirma que la
Iglesia no debe emitir «un mensaje etéreo, espiritualista, desencarnado» sino
un mensaje que tenga consecuencias sobre la vida concreta, se encuentra en una
línea que va desde la Encarnación hasta la Doctrina Social de la Iglesia.
Aquí aparece una continuidad
teológica profunda: Encarnación → dignidad humana → bien común → justicia →
solidaridad → profecía → transformación social. Esta es probablemente la clave
hermenéutica más fecunda para leer toda la homilía.
La teología clásica no habría
entendido jamás al ser humano como un individuo aislado. En San Agustín, por
ejemplo, la persona está ordenada hacia Dios y hacia la comunidad; la paz es la
«tranquilidad del orden», y la justicia exige que las relaciones humanas estén
ordenadas al bien. En La ciudad de Dios,
Agustín vincula la justicia con el recto orden del amor.
Santo Tomás de Aquino desarrolla
esta perspectiva de manera especialmente importante para el análisis del texto.
Para Tomás:
-
La persona posee una dignidad racional.
-
La ley debe ordenarse al bien común.
-
La autoridad política existe para procurar el bien común.
-
Una ley injusta pierde su legitimidad moral.
-
La propiedad privada es legítima, pero está subordinada al destino común
de los bienes.
-
La justicia exige dar a cada uno lo suyo.
Por eso, cuando la homilía
afirma: «El bien común es de interés para todo cristiano», está formulando algo
perfectamente reconocible dentro de la tradición tomista. También cuando
denuncia: «Pocos ricos cada vez más ricos, muchos pobres cada vez más pobres»,
está entrando en una preocupación que, aunque expresada contemporáneamente,
puede ser analizada mediante la tradición clásica de la justicia distributiva y
social.
Santo Tomás permite, además,
introducir una distinción que sería muy útil para fortalecer la homilía: la
Iglesia no debe convertirse en un partido político, pero tampoco puede
considerar moralmente indiferente la organización de la sociedad.
Esto será fundamental
posteriormente en Gaudium et Spes y Pacem in Terris. La homilía
adquiere una extraordinaria resonancia patrística cuando denuncia la
desigualdad: «El dinero robado a los pobres clama al cielo. Pocos ricos cada
vez más ricos, muchos pobres cada vez más pobres».
Aquí podríamos colocar al
predicador junto a una tradición que va de San Basilio de Cesarea a San Juan
Crisóstomo. Basilio es especialmente radical al preguntarse, en sustancia, qué
significa acumular bienes mientras otros carecen de lo necesario.
Crisóstomo, por su parte, insiste
reiteradamente en que la riqueza posee una dimensión social: el problema no es
simplemente que alguien tenga bienes, sino que los bienes sean utilizados
ignorando al pobre.
Esta tradición resulta
particularmente importante porque evita reducir la pobreza a un problema
exclusivamente asistencial. El cristianismo patrístico pregunta: ¿Por qué
existe alguien que carece de lo necesario cuando otros poseen mucho más de lo
necesario?
Esa
pregunta está implícita en la homilía. Y aquí aparece una diferencia
fundamental respecto de determinadas interpretaciones contemporáneas del
cristianismo: la caridad cristiana no sustituye
a la justicia. El pobre no es solamente objeto de caridad. Es
sujeto de dignidad y de justicia.
Entre
la patrística y el Vaticano I se desarrolla una enorme tradición jurídica,
filosófica y teológica sobre:
-
Ley natural.
-
Autoridad.
-
Justicia.
-
Propiedad.
-
Bien común.
-
Derechos y deberes.
-
Relación Iglesia-Estado.
La escolástica medieval,
especialmente Tomás de Aquino, proporciona categorías que luego reaparecerán en
la Doctrina Social moderna. Esto permite interpretar una frase central: «Los
pastores católicos pueden y deben hablar de los asuntos políticos del país,
sobre el bien común del país ... pero no meternos en política partidista».
Teológicamente, la distinción es
correcta si
por política partidista entendemos la subordinación de la Iglesia a una
organización partidaria concreta, mientras que hablar de
justicia, pobreza, corrupción, democracia, derechos humanos o bien común
pertenece al campo de la responsabilidad moral y pastoral.
Pero conviene hacer una
precisión: la Iglesia tampoco posee competencia técnica exclusiva para
determinar qué política económica, fiscal o sanitaria debe adoptar un Estado.
Su competencia es fundamentalmente moral, antropológica y ética. Ese equilibrio será
formulado de manera mucho más precisa por el magisterio posterior.
Aquí encontramos una de las
correspondencias más fuertes. León XIII publicó Rerum
Novarum el 15 de mayo de 1891 precisamente frente a la cuestión
obrera, la concentración de riqueza, la pobreza de los trabajadores y el
conflicto entre capital y trabajo.
La homilía, al denunciar la
pobreza, la concentración económica y el capitalismo «salvaje», se mueve dentro
de una preocupación que tiene antecedentes directos en León XIII: «No a la
extrema izquierda atea, no a la extrema derecha de un capitalismo salvaje».
Aquí aparece una coincidencia muy
importante con Rerum Novarum: la
Iglesia rechaza tanto la reducción del trabajador a mercancía como la solución
revolucionaria que destruye el orden social y la propiedad privada.
Pero Rerum
Novarum no es una defensa del capitalismo sin restricciones. León
XIII denuncia expresamente la enorme riqueza de unos pocos junto con la pobreza
de las masas. Y esto tiene consecuencias para la lectura de la homilía: un
catolicismo social auténticamente ligado al Papa citado, no puede reducirse a
la defensa de la propiedad privada; debe defender también al trabajador, el
salario justo, la asociación obrera, la familia y la intervención de la autoridad
cuando la justicia lo exige. Ahora, bien si vamos a Monseñor Thiel y la Carta
sobre el Justo Salario, encontramos una conexión costarricense particularmente
significativa.
Además, la Biblioteca Nacional
señala explícitamente que Thiel publicó esa carta inspirado en Rerum Novarum. Esto es fundamental.
La homilía habla desde una Costa Rica que ya posee una tradición católica de intervención
moral ante la cuestión social.
Por eso, cuando denuncia la
corrupción y la pobreza, no está introduciendo necesariamente una novedad
teológica. Está retomando una línea costarricense que puede reconstruirse así:
Thiel → cuestión obrera → salario justo → dignidad del trabajador → Sanabria →
reforma social → DSI latinoamericana.
La expresión «justo salario»
posee aquí un significado mucho más profundo que simplemente «pagar el salario
mínimo». Significa reconocer que el trabajo no es una mercancía cualquiera porque detrás del trabajo
existe una persona y una familia. Esta concepción se prolongará
después en Mater et Magistra y en toda la
tradición social posterior.
Asimismo, debemos decir que,
Jorge Volio constituye otro puente fundamental entre la doctrina social
católica y la política social costarricense. Posteriormente participó en la
política costarricense y encabezó el Partido Reformista.
La importancia de Volio para
interpretar esta homilía está precisamente en que muestra que el catolicismo
social no necesariamente conduce a una política conservadora.
Puede conducir a:
-
Reforma social.
-
Organización obrera.
-
Preocupación por los trabajadores.
-
Intervención pública.
-
Justicia social.
-
Crítica de las estructuras económicas injustas.
La investigación histórica sobre
el catolicismo costarricense ha señalado que la experiencia del Partido
Reformista de Volio contribuyó a que sectores católicos comenzaran a plantear
reivindicaciones sociales dirigidas hacia los sectores populares.
Por eso, la frase de la homilía:
«El dinero robado a los pobres clama al cielo» puede ser leída desde una
tradición de catolicismo
social reformista, no desde una mera moral individual sobre la
honradez.
Y si vamos al pensamiento de
Monseñor Sanabria, aquí la correspondencia es todavía más profunda. Sanabria
representa una de las expresiones más importantes del catolicismo social
costarricense. La documentación histórica señala su preocupación por la
dignidad humana y por la situación del trabajador, así como su participación en
procesos vinculados con el Código de Trabajo, las Garantías Sociales, la
organización sindical y la reforma social.
La homilía menciona explícitamente a Sanabria:
«Monseñor Sanabria, para mí el mejor obispo que ha tenido Costa Rica». Y esta
referencia no es meramente sentimental. Sanabria ofrece una clave hermenéutica
para interpretar la afirmación: «La Iglesia está llamada a ser profética, a
denunciar el pecado y anunciar la salvación».
Sanabria entendió que la cuestión
social no podía ser separada del Evangelio. Su pensamiento se apoyaba en la
dignidad humana y en la responsabilidad social de la Iglesia; estudios y
documentos de la época lo vinculan directamente con la defensa del trabajador y
la reforma social costarricense. Por ello, puede afirmarse: la homilía es
ligada a Sanabria, en su concepción de una Iglesia que no puede permanecer
indiferente ante la injusticia social.
Con Juan XXIII se produce una
ampliación extraordinaria de la cuestión social. Mater
et Magistra (1961) ya no se ocupa solamente de la relación entre
patrón y trabajador. Amplía el horizonte hacia:
-
Desigualdades económicas.
-
Agricultura.
-
Desarrollo.
-
Países pobres.
-
Intervención pública.
-
Justicia social.
-
Cooperación internacional.
El propio Vaticano presenta la
encíclica como un desarrollo del pensamiento social cristiano sobre el progreso
social. Aquí la homilía encuentra una correspondencia muy fuerte cuando exige
que el Estado apoye a las familias y se preocupe por el futuro social del país.
El principio podría formularse así: la autoridad política no existe simplemente
para garantizar el orden; existe para servir al bien común.
La conexión con Pacem in Terris es incluso más
evidente. Juan XXIII afirma que toda convivencia política debe partir de que
cada ser humano es persona, dotada de derechos y deberes universales e
inviolables.
Y sostiene que la autoridad
pública debe reconocer, respetar, armonizar, proteger y promover esos derechos.
Esto ilumina las palabras finales de la homilía: «Danos a todos los
costarricenses la capacidad de diálogo, de hermandad y fraternidad, para
conseguir las necesarias concertaciones y reformas nacionales».
Aquí encontramos una concepción del
“Papa Bueno” de la política: autoridad + derechos + deberes +
diálogo + justicia + bien común. Juan XXIII, además, sostiene explícitamente
que una concepción correcta de la autoridad es compatible con una forma genuinamente
democrática de gobierno. Por eso, la homilía tiene un fundamento sólido cuando
llama al respeto del sistema democrático.
El salto cualitativo se produce
con el Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes
comienza con una afirmación extraordinariamente cercana al espíritu de la
homilía: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» de los
hombres, especialmente de los pobres y sufrientes, son también los de los
discípulos de Cristo.
Esto permite comprender la frase:
«Todo lo que tiene que ver con el ser humano le interesa a la Iglesia». No se
trata de una simple opinión pastoral. Es prácticamente el corazón de la
eclesiología conciliar.
La Iglesia no vive al margen de
la historia. Está dentro de ella. Por eso:
-
La pobreza interesa a la Iglesia.
-
La violencia interesa a la Iglesia.
-
La corrupción interesa a la Iglesia.
-
La educación interesa a la Iglesia.
-
La familia interesa a la Iglesia.
-
La democracia interesa a la Iglesia.
-
La dignidad humana interesa a la Iglesia.
Pero Gaudium
et Spes introduce una importante cautela: la Iglesia no pretende
sustituir a la comunidad política. La Iglesia aporta principios morales y
antropológicos; los ciudadanos y las instituciones deben determinar las
soluciones técnicas.
Esto coincide parcialmente con la
propia homilía cuando el predicador dice: «No soy un técnico. Y los que conocen
técnicamente los problemas nacionales debatan y busquen soluciones». Esa frase
es, en realidad, una de las mejores teológicamente construidas de todo el discurso.
En oposición, Monseñor Manuel
Eugenio, abordará los tópicos de: la libertad religiosa y la universidad: aquí
encontramos uno de los puntos donde la homilía necesita mayor elaboración. El
predicador denuncia que algunos profesores universitarios atacan
sistemáticamente al cristianismo y afirma que esto afecta la libertad
religiosa.
El problema no está en denunciar una eventual
discriminación religiosa. Eso sería perfectamente legítimo. El problema aparece
cuando se corre el riesgo de identificar crítica intelectual de la religión con persecución religiosa.
El Vaticano II, especialmente Dignitatis Humanae, reconoce la
libertad religiosa y la inmunidad frente a coerción, pero esto incluye también
el derecho a buscar la verdad, debatir y expresar posiciones críticas.
La universidad debe ser un
espacio donde:
-
La fe pueda ser defendida.
-
El ateísmo pueda ser defendido.
-
La crítica del cristianismo pueda existir.
-
Donde también pueda criticarse el ateísmo.
Lo que no debe existir es la
discriminación contra la persona por su religión. Esta distinción es decisiva.
Con esto claro, demos un paso más: Medellín (1968) representa un cambio de
intensidad. El problema ya no es solamente: ¿Cómo tratar justamente al
trabajador?
La pregunta pasa a ser: ¿Qué
estructuras producen pobreza e injusticia? Aquí entra la categoría de estructuras
de pecado, que después sería desarrollada particularmente por
Juan Pablo II. La homilía adquiere un fuerte tono medellinense cuando denuncia:
«Pocos ricos cada vez más ricos, muchos pobres cada vez más pobres».
Pero existe una diferencia.
Medellín no se limita a denunciar moralmente a los ricos. Busca comprender las estructuras
económicas, políticas y sociales que producen exclusión. Por
eso, una lectura desde Medellín pediría al predicador avanzar un paso:
-
¿Quién produce la pobreza?
-
¿Cómo se reproduce?
-
¿Qué instituciones la perpetúan?
-
¿Qué políticas públicas la agravan o reducen?
-
¿Qué relaciones de poder están detrás de ella?
Ahí comienza propiamente la
perspectiva latinoamericana. Desde Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon
Sobrino, Ignacio Ellacuría y otros autores, la pregunta se radicaliza: ¿Puede
hablarse auténticamente de Dios cuando se ignora el sufrimiento del pobre?
La Teología de la Liberación toma
muy en serio el Evangelio de Lucas 4,18: «Me ha enviado a anunciar la Buena
Noticia a los pobres». La homilía posee claramente una dimensión de la Teología
de la Liberación, cuando rechaza un cristianismo que funcione como «opio» y
critica una religión «espiritualista» y «desencarnada».
Pero hay una diferencia
importante. La Teología de la Liberación no puede reducirse a una izquierda
política. Su núcleo teológico es:
-
Dios escucha el clamor del pobre.
-
Cristo se identifica con el sufriente.
-
La salvación tiene una dimensión histórica.
-
La injusticia exige conversión personal y
transformación estructural.
En este punto, la homilía tiene
una clara afinidad con la tradición de la Teología de la Liberación, Puebla
(1979) profundiza la tradición de Medellín.
Aquí la categoría decisiva es la opción preferencial por los pobres.
Esto permite releer la denuncia
de la homilía: «El dinero robado a los pobres clama al cielo». La pregunta
desde Puebla sería: ¿Dónde están los pobres en nuestras decisiones políticas,
económicas y pastorales?
No basta con hablar de «los
pobres». Hay que hacer que los pobres sean sujetos. Por eso Puebla permite
criticar tanto el capitalismo salvaje como los sistemas autoritarios que
pretenden solucionar la pobreza anulando la libertad. La opción por los pobres
no equivale a una opción partidista. Es una opción evangélica.
Santo Domingo (1992) introduce
con fuerza la relación: Nueva Evangelización + promoción humana + cultura
cristiana. El propio Consejo del Episcopado Latinoamericano (CELAM) presenta
esa tríada como el núcleo preparatorio de la IV Conferencia del Episcopado del
subcontinente.
Aquí la homilía vuelve a
encontrar una conexión directa. Cuando afirma que: «la fe debe encarnarse en la
cultura de los pueblos y el evangelio como savia vital debe renovar desde sus
raíces las culturas», está utilizando prácticamente la lógica de la inculturación.
La Iglesia no debe destruir la
cultura. Debe evangelizarla y dejarse también interpelar por ella. En Costa Rica esto significa que el
cristianismo debe entrar en diálogo con:
-
Democracia.
-
Pluralismo.
-
Secularización.
-
Cultura universitaria.
-
Nuevas tecnologías.
-
Desigualdad.
-
Migraciones.
-
Transformaciones familiares.
Aparecida (2007) recoge la
tradición anterior y la reformula mediante la categoría: discípulos misioneros.
El CELAM señala expresamente que Aparecida retoma el espíritu del Vaticano II,
Medellín, Puebla y Santo Domingo.
La homilía coincide
particularmente con Aparecida en su insistencia sobre:
-
Misión.
-
Familia.
-
Vida.
-
Pobreza.
-
Participación social.
-
Esperanza.
-
Compromiso ciudadano.
Pero Aparecida también invita a
no reducir la misión cristiana a la defensa de determinadas cuestiones morales.
El discípulo misionero anuncia la vida en Cristo en su totalidad. Por eso, la defensa de
la vida debe abarcar también: el niño por nacer, el enfermo, el anciano, el
pobre, el migrante, la víctima de violencia, el trabajador explotado y la
persona descartada.
Aquí aparece una perspectiva
especialmente fecunda para interpretar el lenguaje mariano y nacional de la
homilía. La Teología del Pueblo, concede especial importancia a:
-
Pueblo.
-
Cultura.
-
Religiosidad popular.
-
Identidad.
-
Comunidad.
-
Unidad.
-
Dignidad.
-
Cultura popular.
La homilía habla precisamente de:
«unidad del pueblo costarricense», y presenta a María como figura de unidad.
Esto tiene una clara resonancia con la Teología del Pueblo. Pero existe una diferencia importante entre pueblo y
masa.
El pueblo es sujeto histórico.
Por eso, una lectura desde esta teología exigiría que la unidad nacional no
significara simplemente que todos obedezcan o piensen igual. La verdadera
unidad supone: pluralismo + diálogo + justicia + participación + reconocimiento
del otro.
Con Francisco, esta tradición
adquiere una enorme fuerza. Evangelii Gaudium, denuncia una
economía de exclusión y desigualdad. Francisco afirma que no se puede aceptar
un sistema donde los poderosos terminan alimentándose de los débiles.
Esto conecta directamente con la homilía. Pero
Francisco introduce además una dimensión que debe enriquecerla: la fraternidad.
En Fratelli Tutti, Francisco
desarrolla la fraternidad y la amistad social como respuesta al individualismo,
la polarización y la fragmentación.
Por eso las palabras finales de
la homilía: «diálogo, hermandad y fraternidad» son particularmente Bergoglio -
Franciscanas. Y también lo es la idea de que la Iglesia debe ser una Iglesia
que sale de sí misma y se encuentra con la sociedad.
Sin embargo, hay una dimensión
importante de Francisco que está prácticamente ausente del texto: la ecología
integral. Laudato Si'
enseña que la crisis social y la crisis ambiental forman parte de una misma
crisis.
Desde Francisco habría que
preguntar: ¿Qué sucede con los pobres cuando se destruyen los ecosistemas? Esto
ampliaría considerablemente la homilía. La defensa de la vida no puede
reducirse a la vida humana en sentido biomédico. Debe incluir las condiciones
sociales, económicas y ecológicas que hacen posible una vida verdaderamente
humana.
Ahora bien, monseñor Manuel
Eugenio, gira hacia el tema de los embriones congelados, diciendo que: «Son
almas congeladas en un limbo». Aquí debemos ser particularmente cuidadosos.
Esta formulación no representa adecuadamente la doctrina católica actual.
La Iglesia sostiene la dignidad
de la vida humana desde su comienzo y rechaza la destrucción deliberada de
embriones humanos. Pero el limbo no constituye un dogma de fe ni una doctrina definida de la
Iglesia.
Por tanto, la preocupación ética
del predicador puede ser perfectamente defendible desde la antropología
católica, pero la expresión «almas congeladas en un limbo», debería evitarse.
Una formulación teológicamente más rigurosa sería: «embriones humanos que
poseen una dignidad que exige protección y cuyo destino plantea graves
interrogantes éticos, jurídicos y antropológicos». Eso sería mucho más
compatible con el lenguaje contemporáneo del Magisterio.
El texto sostiene que
determinadas formas de adecuación del esfuerzo terapéutico podrían constituir:
«una eutanasia pasiva, una eutanasia disfrazada». Aquí también hay que
introducir una distinción doctrinal fundamental.
La tradición católica no
identifica automáticamente la suspensión o no iniciación de tratamientos
desproporcionados con eutanasia. La diferencia es fundamental:
-
Eutanasia: provocar deliberadamente la muerte.
-
Limitación de tratamientos desproporcionados: aceptar que la
medicina no está obligada a prolongar indefinidamente un proceso irreversible
de muerte.
El propio texto de la homilía,
reconoce parcialmente esta distinción cuando afirma que no existe obligación
moral de proporcionar procedimientos extraordinarios o desproporcionados. Por
tanto, aquí existe una tensión interna en la homilía.
Su preocupación por los ancianos
y enfermos es plenamente coherente con la tradición católica, pero la
utilización indiscriminada del término «eutanasia pasiva» puede generar una
confusión doctrinal.
En otro orden de cosas, la
homilía afirma: «la familia, célula básica de la sociedad», y reclama una mayor
intervención estatal para apoyarla. Aquí convergen:
-
Rerum Novarum.
-
Quadragesimo Anno.
-
Mater et Magistra.
-
Vaticano II.
-
Puebla.
-
Aparecida.
-
Juan Pablo II.
-
Francisco.
Pero desde la DSI contemporánea,
habría que ampliar la cuestión. No basta con pedir que nazcan más niños. Hay
que preguntar: ¿Puede una familia formar hijos dignamente con salarios
insuficientes, vivienda inaccesible, empleo precario, inseguridad y servicios
públicos debilitados?
La política familiar
auténticamente cristiana tendría que incluir:
-
Salario justo.
-
Vivienda.
-
Educación.
-
Salud.
-
Conciliación trabajo-familia.
-
Protección de la maternidad.
-
Protección de la infancia.
-
Seguridad social.
Aquí Thiel, Sanabria, Juan XXIII,
Medellín y Francisco convergen notablemente. La frase: «El dinero robado a los
pobres clama al cielo» posee una extraordinaria fuerza bíblica. El Antiguo
Testamento presenta repetidamente el clamor del pobre como un clamor escuchado
por Dios.
La Carta del Apóstol Santiago,
capítulo 5, es particularmente contundente contra la riqueza acumulada mediante
la explotación del trabajador. Por eso, la corrupción no puede ser considerada
simplemente un delito administrativo.
Desde la DSI es también un problema
moral y estructural. Cuando los recursos públicos son
desviados:
-
El pobre pierde servicios.
-
El trabajador pierde derechos.
-
El enfermo pierde atención.
-
El estudiante pierde oportunidades.
-
La democracia pierde legitimidad.
Aquí la homilía alcanza uno de
sus puntos teológicamente más fuertes. Otro de los grandes temas del texto es
la relación entre Iglesia y democracia. El predicador pide: «respetar el sistema
democrático vigente».
Pero simultáneamente pregunta:
«¿Estará el sistema democrático amañado?» La DSI permite sostener ambas
cosas. La democracia no es un absoluto
metafísico. Puede deteriorarse mediante:
-
Corrupción.
-
Concentración del poder.
-
Manipulación.
-
Desigualdad.
-
Desinformación.
-
Populismo.
-
Debilitamiento institucional.
Pero tampoco puede cuestionarse
la democracia simplemente porque los resultados políticos no coincidan con las
propias preferencias. Aquí Pacem in Terris
es fundamental: autoridad, derechos, deberes, participación y bien común deben
estar articulados.
La frase: «la Iglesia está
llamada a ser profética, a denunciar el pecado y anunciar la salvación» es
probablemente la más importante de todo el texto. Pero el profetismo bíblico tiene
dos dimensiones inseparables:
A) Denunciar:
-
Corrupción.
-
Injusticia.
-
Violencia.
-
Explotación.
-
Idolatría del dinero.
-
Opresión;
-
Mentira.
B) Anunciar:
-
Esperanza.
-
Reconciliación.
-
Justicia.
-
Misericordia.
-
Fraternidad.
-
Salvación.
-
Reino de Dios.
Por eso el profetismo cristiano no
puede convertirse en simple oposición política. El profeta no
pertenece ni a «tirios» ni a «troyanos». La homilía lo comprende muy bien: «Un
correcto profetismo que corrija a tirios y a troyanos”. Esta es, de hecho, una
de las afirmaciones más sólidas del texto.
Aquí la homilía adquiere una
actualidad extraordinaria. La encíclica Magnifica Humanitas
de León XIV, publicada el 15 de mayo de 2026, presenta explícitamente la Doctrina
Social de la Iglesia como una tradición viva que interpreta las nuevas
realidades históricas desde el Evangelio.
León XIV afirma que la DSI no
pretende sustituir a la política ni ofrecer un modelo económico cerrado; ofrece
principios
para discernir la realidad y promover la dignidad humana, las comunidades y el
bien común.
Esto es extraordinariamente
importante para interpretar la homilía. El predicador dice: «Los que conocen
técnicamente los problemas nacionales debatan y busquen soluciones». León XIV
diría, en esencia, que esa es precisamente una de las funciones de la DSI: no
reemplazar al economista, al politólogo, al médico o al ingeniero, sino ofrecer
criterios antropológicos, éticos y sociales para que esas disciplinas estén al
servicio de la persona.
Y Magnifica
Humanitas recupera explícitamente como principios centrales:
-
Dignidad humana.
-
Bien común.
-
Subsidiariedad.
-
Solidaridad.
-
Justicia social.
-
Destino universal de los bienes.
Por tanto, la homilía puede ser
leída como una especie de puente entre el catolicismo social costarricense de Thiel y Sanabria y la
DSI contemporánea de Francisco y León XIV. León XIV introduce
además una novedad que la homilía no podía abordar directamente: la
inteligencia artificial.
Magnifica
Humanitas considera la IA no simplemente como otro problema
tecnológico, sino como un fenómeno que obliga a desarrollar las categorías de
la Doctrina Social de la Iglesia. Esto amplía el horizonte de la homilía.
Si el principio es que «todo lo
que tiene que ver con el ser humano le interesa a la Iglesia», entonces hoy
también deben interesarle:
-
Inteligencia artificial.
-
Automatización.
-
Empleo.
-
Algoritmos.
-
Vigilancia.
-
Concentración tecnológica.
-
Desinformación.
-
Manipulación política.
-
Brecha digital.
-
Propiedad de los datos.
Aquí se produce una continuidad
muy interesante: Thiel → salario justo → Sanabria → cuestión social → Juan
XXIII → derechos humanos → Vaticano II → Medellín → liberación → Francisco →
ecología integral → León XIV → inteligencia artificial.
A la luz de todo lo dicho, el
juicio crítico final sobre la homilía, arroja lo siguiente: El texto posee una
fuerte matriz de catolicismo social y una considerable continuidad con la
Doctrina Social de la Iglesia. Su núcleo más sólido está constituido por cinco
afirmaciones:
-
La fe cristiana debe encarnarse en la realidad.
-
La Iglesia tiene derecho y deber de pronunciarse
moralmente sobre el bien común.
-
El pobre y el trabajador no pueden ser “invisibilizados”.
-
La autoridad política debe estar ordenada al
bien común.
-
La Iglesia debe ejercer un profetismo
independiente de las banderías partidistas.
Estas cinco afirmaciones
encuentran fundamentos en la tradición que va desde los Padres de la Iglesia
hasta León XIII, Thiel, Volio, Sanabria, Juan XXIII, Vaticano II, Medellín,
Puebla, Santo Domingo, Aparecida, la Teología de la Liberación, la Teología del
Pueblo, Francisco y León XIV.
Pero existe también una segunda
lectura crítica. La homilía mezcla tres registros: teológico +
político + polémico. Cuando domina el primero, alcanza gran profundidad. Cuando
entra en cuestiones técnicas —embriones, eutanasia, universidad pública,
legislación, políticas sanitarias— necesita mayor precisión conceptual.
Por eso, su mejor versión no
sería la de una Iglesia que pretende tener respuestas técnicas para todos los
problemas, sino la de una Iglesia que dice: «Aquí está la dignidad humana; aquí
está el pobre; aquí está la justicia; aquí está el bien común; aquí están los
derechos y deberes; ahora, ciudadanos, científicos, economistas, médicos,
juristas y políticos, busquen responsablemente las soluciones».
Eso está muy cerca de Gaudium et Spes, Pacem in Terris y, de manera
especialmente interesante, de Magnifica Humanitas.
La línea histórica que permite comprender la homilía puede resumirse en una
sola frase: no existe una ruptura entre la fe y la cuestión social; existe una
evolución histórica de la manera en que la Iglesia interpreta las nuevas formas
de dignidad, injusticia, pobreza, poder y exclusión.
Por eso, Thiel
no es una pieza aislada. Su Carta Pastoral sobre el Justo
Salario de 1893, pertenece al momento costarricense de recepción de
Rerum Novarum. Sanabria
tampoco es una excepción: su acción social enlaza la doctrina
social católica con la reforma social costarricense y la dignificación del
trabajador. Y Francisco
y León XIV no abandonan esa tradición. Francisco la desplaza
hacia la fraternidad, la ecología integral y la crítica de la exclusión; León
XIV la proyecta hacia las nuevas «res novae» (Cosas nuevas), especialmente la
inteligencia artificial, insistiendo en dignidad, bien común, solidaridad,
subsidiariedad y justicia social.
En consecuencia, el texto –
homilía, presentado puede ser interpretado como una expresión contemporánea de
una larga tradición de catolicismo social profético costarricense. Su desafío
teológico consiste en lograr que ese profetismo no se transforme en
polarización política, que su defensa de la vida abarque integralmente al ser
humano, que su crítica del capitalismo no sea confundida con una identificación
automática con una determinada ideología política y que su defensa de la fe sea
compatible con el pluralismo democrático.
La gran pregunta que deja abierta
es, precisamente, la pregunta que atraviesa desde los Padres de la Iglesia
hasta León XIV: ¿Qué significa amar al ser humano cuando las estructuras económicas,
políticas, culturales y tecnológicas pueden convertir a la persona en objeto,
mercancía, número, voto, consumidor o dato?
La respuesta de la tradición
católica es esencialmente la misma: la persona nunca puede ser sacrificada al sistema; los sistemas existen
para la persona y para el bien común. Y ahí se encuentra la
verdadera continuidad entre la Patrística, Tomás de Aquino, León XIII, Thiel, Jorge Volio, Sanabria,
Juan XXIII, Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida, la Teología
de la Liberación, la Teología del Pueblo, Francisco y León XIV.
c) La homilía de
Monseñor José Manuel Garita, el 2 de agosto de 2026.
La homilía parte de la maternidad
de María, pero la convierte en una propuesta de fraternidad social,
reconciliación nacional, dignidad humana, justicia y bien común.
Vista desde la historia de la Doctrina Social de la Iglesia, esa transición no
es accidental: expresa una evolución que va de la caridad cristiana y la
concepción clásica del bien común hacia la justicia social, los derechos
humanos, la opción por los pobres, el diálogo social y, más recientemente, la
fraternidad universal.
La homilía de monseñor José
Manuel Garita Herrera posee una característica particularmente significativa: no
reduce la celebración de Nuestra Señora de los Ángeles a la dimensión
devocional. El punto de partida, es profundamente tradicional:
“Todos hemos venido porque sabemos que aquí tenemos una Madre que nos espera,
escucha y conduce siempre hacia Jesucristo.”
Pero esa maternidad mariana
desemboca progresivamente en una responsabilidad social: “Una madre no
solamente abraza; también educa. No solo consuela; también corrige.” Y
finalmente en una responsabilidad política y nacional: “Necesitamos fortalecer
la comunión, abrir espacios de diálogo sincero, cultivar el respeto mutuo y
buscar juntos el bien común por encima de los intereses particulares.”
Este recorrido es teológicamente
importante. La homilía construye una secuencia: María → Cristo → filiación →
fraternidad → pueblo → sociedad → bien común → justicia → paz. En otras palabras, la maternidad de María no
aparece como refugio intimista frente a los problemas del país, sino como criterio
para juzgar la vida social.
Aquí encontramos una de las
principales fortalezas de la homilía. La pregunta que plantea indirectamente
es: ¿qué
significa ser hijos de una misma Madre en una sociedad atravesada por
desigualdades, violencia, narcotráfico, corrupción, pobreza, incertidumbre y
polarización?
La respuesta de Garita es clara:
significa aprender a reconocernos como hermanos. Pero precisamente aquí aparece
también el principal desafío crítico de la homilía: la
fraternidad debe traducirse en estructuras concretas de justicia.
La tradición social católica permite profundizar este punto mucho más de lo que
lo hace el texto.
La homilía comienza con
Apocalipsis 12,1: “Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y sobre
su cabeza una corona de doce estrellas.” La interpretación mariológica de esta
imagen pertenece a una larga tradición cristiana. Sin embargo, el texto del
Apocalipsis posee también una dimensión comunitaria: la mujer puede ser leída
simultáneamente en clave de Israel, Iglesia y figura mariana.
La homilía utiliza esa riqueza
para presentar a María como mujer de esperanza en medio del conflicto. Esto es
importante porque el texto – homilía, no presenta una María triunfalista. La
corona no significa poder político: “La verdadera realeza de la Virgen no
consiste en el poder, sino en el amor.”
Esta afirmación constituye una
verdadera teología política implícita: la autoridad cristiana no se legitima por dominación sino por servicio.
Es una concepción que encontrará desarrollos extraordinariamente importantes en
la tradición patrística, medieval y moderna.
Desde la teología clásica,
particularmente en San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la afirmación fundamental sería
que la vida social debe ordenarse hacia el bien y que la persona humana no
puede comprenderse separada de su relación con Dios y con la comunidad.
En Agustín,
la sociedad está atravesada por dos orientaciones fundamentales del amor: amor Dei (Amor a Dios) y amor sui (Amor propio). El problema
político último no consiste simplemente en organizar instituciones, sino en
determinar qué
ama una sociedad y hacia dónde dirige sus deseos colectivos.
La homilía de Garita puede leerse
precisamente en esa clave. Cuando denuncia:
-
Violencia.
-
Narcotráfico.
-
Corrupción.
-
Pobreza.
-
Exclusión.
-
Desesperanza.
Véase que, está describiendo una
sociedad cuyos vínculos comunitarios se encuentran debilitados. La respuesta
mariana que propone —unidad, fraternidad, reconciliación— supone reconstruir el
tejido moral de la comunidad.
En Santo
Tomás de Aquino, la comunidad política encuentra su razón de
ser en el bien común. La autoridad no existe primordialmente para beneficio del
gobernante sino para ordenar la comunidad hacia aquello que permite una vida
humana buena.
Esta perspectiva ilumina
directamente uno de los pasajes más importantes de la homilía: “Gobernantes y
servidores públicos que ejerzan su misión con honestidad, altura y espíritu de
servicio.”
Aquí la homilía se encuentra muy cerca de la
tradición clásica cristiana de la autoridad
como servicio. El gobernante cristianamente entendido no es
propietario del poder. Es administrador de un bien que pertenece a la
comunidad.
La Patrística introduce otro
elemento fundamental: la radical igualdad cristiana. En los Padres de la
Iglesia encontramos una crítica muy fuerte al uso egoísta de la riqueza. San
Basilio de Cesarea, por ejemplo, pregunta en sustancia qué
significa apropiarse de bienes cuando existen personas necesitadas. San
Juan Crisóstomo insiste repetidamente en que la riqueza tiene
una responsabilidad social.
La homilía de Garita afirma:
“Delante de Dios no existen privilegios ni exclusiones; todos somos hijos
amados.” Esto puede leerse como una actualización contemporánea de esa antigua
intuición patrística.
La Virgen encontrada en un lugar
humilde se convierte en símbolo de una Iglesia que no pertenece exclusivamente
a las élites. La Negrita es presentada como: “Madre de todos, sin distinción de
origen, condición social, ideología, edad o cultura.”.
Aquí la homilía adquiere una
dimensión particularmente significativa para la religiosidad popular
costarricense. María aparece como espacio simbólico de encuentro de las diferencias sociales.
No obstante, los Padres de la Iglesia obligarían a formular una pregunta
adicional: ¿Puede existir verdadera fraternidad mientras subsisten condiciones
estructurales que producen pobreza, explotación y exclusión?
La respuesta patrística tendería
a ser negativa. La caridad no es simplemente sentimiento; es transformación
de la relación con los bienes y con el prójimo. Entre los
siglos V y XIII se desarrolla una concepción cristiana cada vez más elaborada
de:
-
Propiedad.
-
Justicia.
-
Salario.
-
Comercio.
-
Pobreza;
-
Autoridad;
-
Bien común.
En Santo
Tomás, la propiedad privada puede ser legítima como forma de
administración de los bienes, pero los bienes creados tienen una destinación
que supera el interés individual. La homilía dice: “buscar juntos el bien común
por encima de los intereses particulares.” Esta afirmación resulta plenamente
compatible con esta tradición.
Sin embargo, desde la teología
clásica habría que agregar algo más: el bien común no equivale simplemente a armonía social.
Éste es un punto crítico fundamental. Una sociedad puede ser aparentemente
“unida” y al mismo tiempo ser injusta.
Por ello, la tradición tomista
permite distinguir: unidad + justicia + verdad + participación + dignidad
humana = auténtico bien común. La paz sin justicia sería una falsa paz. Durante
los siglos XVIII y XIX la Iglesia se enfrenta a la industrialización, al
liberalismo económico, al conflicto entre capital y trabajo y al crecimiento de
la cuestión obrera.
Ese contexto desembocará en Rerum
Novarum, publicada por León XIII el 15 de mayo de 1891. La
encíclica afirma que el problema social no puede resolverse simplemente
mediante caridad privada. Existe una cuestión de justicia.
León XIII condena la explotación
del trabajador y sostiene que el salario no puede ser reducido a un simple
precio determinado por la negociación contractual. Esto es extraordinariamente
importante para interpretar la homilía. Garita habla de: “oportunidades dignas
para los pobres” pero Rerum Novarum
permite preguntar: ¿Qué estructuras económicas producen esas oportunidades o
las impiden?
Aquí encontramos una de las
conexiones más fuertes con la homilía. León XIII sostiene que el Estado debe
preocuparse por el bien común y prestar particular atención a los sectores más
vulnerables. También afirma que la propiedad privada, posee legitimidad, pero
no puede convertirse en una justificación para utilizar al trabajador como
simple instrumento de lucro.
La homilía de Garita afirma: “una
nación donde disminuya la violencia porque crece el respeto por la vida, donde
haya más oportunidades para los pobres, donde los jóvenes puedan recuperar la
esperanza.”.
Desde Rerum
Novarum, esto puede ser traducido a un lenguaje más preciso: la paz
social requiere justicia social. Y la
justicia social exige:
-
Trabajo digno.
-
Salario justo.
-
Protección de los trabajadores.
-
Acceso a bienes esenciales.
-
Protección de la familia.
-
Intervención pública cuando el mercado genera situaciones de injusticia.
-
Responsabilidad social de la propiedad.
León XIII afirma explícitamente
que el salario debe ser suficiente para sostener dignamente al trabajador y su
familia. Por eso, una lectura estrictamente social de la homilía permitiría
afirmar: La “corona” que Garita propone para la Negrita no puede ser solamente
una Costa Rica reconciliada; debe ser también una Costa Rica socialmente justa.
Aquí la homilía adquiere una
dimensión particularmente costarricense. La Trigésima Carta Pastoral de
Bernardo Augusto Thiel, del 5 de septiembre de 1893, fue
dedicada expresamente al: “justo salario de los jornaleros y artesanos” y a la
situación de quienes estaban “destituidos de bienes de fortuna”.
La propia historiografía
institucional costarricense señala que Thiel publicó esta carta inspirado por Rerum Novarum. Esto tiene enorme
importancia. Thiel representa la nacionalización costarricense de la cuestión
social católica.
Por eso, cuando Garita habla de:
-
Pobreza.
-
Oportunidades.
-
Familias.
-
Jóvenes.
-
Justicia.
-
Servidores públicos.
-
Bien común.
La tradición de Thiel permite
llevar el discurso a un terreno más concreto. No basta preguntar si los
costarricenses se aman como hermanos. Hay que preguntar: ¿Puede considerarse
hermano a aquel trabajador cuyo salario no permite sostener dignamente a su
familia?; ¿Puede hablarse de paz cuando existe exclusión social?; ¿Puede
hablarse de fraternidad cuando la riqueza y las oportunidades están
distribuidas de manera profundamente desigual?
Thiel obligaría a la homilía a
pasar de una teología
de la fraternidad a
una teología de la justicia social.
La figura de Jorge
Volio Jiménez permite dar otro paso. Volio fue sacerdote,
filósofo, político y fundador del Partido Reformista.
Su pensamiento estuvo
profundamente influido por la doctrina social católica y defendió reformas en
favor de trabajadores y sectores económicamente débiles. Entre sus propuestas
estuvieron el cooperativismo, la legislación laboral, la reforma agraria, los
impuestos directos, la nacionalización del subsuelo y la protección social.
Por eso Volio probablemente
habría recibido positivamente la preocupación de Garita por: “los pobres” y “el
bien común”. Pero le habría exigido mucho más. Porque para Volio la
fraternidad debía convertirse en reforma social.
La lógica sería: fe → conciencia
social → organización → reforma institucional → justicia. La homilía corre el
riesgo de quedarse, en determinados momentos, en una ética de la buena
voluntad:
-
“una palabra de reconciliación”.
-
“un acto de justicia”.
-
“una mano tendida al necesitado”.
Volio preguntaría: ¿Y qué hacemos
con las estructuras que reproducen la pobreza? Éste es uno de los aportes
críticos más importantes que puede hacerse al texto. La conexión con Monseñor
Víctor Manuel Sanabria Martínez es todavía más profunda.
Sanabria no entendió la Doctrina
Social de la Iglesia como una simple colección de principios abstractos. Su
episcopado estuvo estrechamente vinculado con la cuestión obrera y con la
construcción de las reformas sociales costarricenses.
El Archivo Histórico Arquidiocesano
registra incluso una Carta Pastoral “Sobre
el salario justo” de 1941. publicada el 28 de junio de 1941 con
motivo del jubileo de oro de la encíclica Rerum Novarum. Sanabria constituye, por tanto,
una figura clave para leer críticamente la homilía.
Para él, la Iglesia debía:
-
Defender la dignidad del trabajador.
-
Promover organización social.
-
Apoyar la justicia laboral.
-
Defender la familia.
-
Intervenir en la cuestión social.
-
Construir acuerdos nacionales.
-
Colocar el Evangelio en diálogo con las realidades económicas y
políticas.
En este sentido, la frase de
Garita: “Nuestro país necesita hombres y mujeres capaces de escucharse y de
respetarse incluso cuando piensan distinto” tiene una fuerte resonancia del
pensamiento de Sanabria. Pero el obispo, agregaría: el diálogo necesita sujetos
sociales organizados y capaces de negociar desde la dignidad y no desde la
subordinación. La paz social de Sanabria no es simplemente ausencia de
conflicto. Es justicia
institucionalizada.
Con San
Juan XXIII ocurre una expansión decisiva. En Mater et Magistra (1961), la
cuestión social deja de ser exclusivamente la relación entre patrón y
trabajador y pasa a incluir desigualdades:
-
Entre sectores económicos.
-
Entre regiones.
-
Entre campo y ciudad.
-
Entre países ricos y pobres.
Juan XXIII reafirma que la
persona es fundamento y finalidad de las instituciones sociales y que el Estado
tiene responsabilidad respecto del bien común. Esto ilumina directamente la
homilía. Garita dice: “el futuro de Costa Rica solo podrá construirse desde la
armonía, el entendimiento y la búsqueda honesta de intereses y metas comunes”.
Mater
et Magistra permite reformular: el futuro nacional no puede
construirse únicamente mediante crecimiento económico; debe construirse
mediante desarrollo humano integral. En Pacem in Terris
(1963), Juan XXIII desarrolla una concepción de la paz fundada en:
-
Verdad.
-
Justicia.
-
Amor.
-
Libertad;
-
Derechos humanos;
-
Deberes humanos;
-
Bien común.
Esto constituye una
profundización decisiva del mensaje de Garita. La homilía dice: “constructores
de paz, unidad, fraternidad y bien común”. Desde Pacem
in Terris, habría que insistir: no existe paz verdadera sin
justicia; no existe justicia sin reconocimiento de derechos; no existen
derechos sin responsabilidad; y no existe responsabilidad sin instituciones
orientadas al bien común. La paz mariana que propone la homilía, por tanto,
debe ser entendida como paz socialmente estructurada, no como simple
reconciliación sentimental.
El Concilio
Vaticano II, especialmente Lumen Gentium,
capítulo VIII, introduce una perspectiva fundamental. María no aparece aislada
de la Iglesia. Es:
-
Madre.
-
Discípula.
-
Primera creyente.
-
Figura de la Iglesia.
-
Signo de esperanza.
La homilía recoge esta
perspectiva cuando afirma que María: “conduce siempre hacia Jesucristo”. Esto
es teológicamente esencial. El centro cristiano no es María separada de Cristo.
Es María
en relación con Cristo y, por Cristo, con la Iglesia y la humanidad.
Pero Gaudium
et Spes, lleva la cuestión todavía más lejos: la Iglesia debe
discernir los signos de los tiempos y compartir las alegrías, sufrimientos,
esperanzas y angustias de la humanidad. La homilía hace exactamente eso cuando
pasa de la peregrinación mariana a:
-
Violencia.
-
Narcotráfico.
-
Pobreza.
-
Corrupción.
-
Desesperanza juvenil.
-
Soledad.
-
Ansiedad.
En este sentido, la homilía es
profundamente conciliar. Aquí comienza una crítica más profunda. La Conferencia
de Medellín interpreta el Vaticano II desde América Latina. Su
gran aporte consiste en afirmar que la pobreza latinoamericana no puede
explicarse únicamente como desgracia individual (“El pobre, es pobre porque
quiere”).
Existe una dimensión estructural
de la injusticia. Autores como Gustavo Gutiérrez,
Jon
Sobrino, Leonardo
Boff, Ignacio
Ellacuría y otros,
desarrollarán posteriormente esta intuición. Desde Medellín, el pasaje de la
homilía sobre pobreza debe ser radicalizado.
Garita
dice: “la pobreza sigue golpeando a muchos hermanos que carecen de
oportunidades dignas”. Medellín preguntaría: ¿Por qué carecen de ellas? Y
formularía preguntas sobre:
-
Concentración económica.
-
Desigualdad.
-
Estructuras laborales.
-
Exclusión educativa.
-
Marginalidad territorial.
-
Mecanismos políticos.
-
Acceso desigual a oportunidades.
Por
tanto: la homilía tiene una sensibilidad social compatible con Medellín, pero
no desarrolla plenamente su dimensión estructural. La Teología de la Liberación
ofrece quizá una de las lecturas más fecundas de esta homilía.
En
Gustavo Gutiérrez,
la salvación cristiana no puede separarse de la historia concreta de los
pobres. La pregunta fundamental pasa a ser: ¿Cómo anunciar a Dios en una
sociedad donde existen seres humanos privados de condiciones dignas de vida?
La
homilía responde parcialmente: “más oportunidades para los pobres” pero la Teología
de la Liberación insistiría en que los pobres no deben ser solamente objeto de ayuda. Deben
convertirse en sujetos de su propia
historia.
Aquí
aparecen también Leonardo Boff, Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría. La Virgen
de los Ángeles podría entonces ser interpretada no únicamente como Madre que
recibe al peregrino, sino como: Madre que acompaña al pueblo en su lucha
histórica por la vida y la dignidad.
Esto
conecta con el Magníficat: “derribó de sus tronos a los poderosos y exaltó a
los humildes”. La homilía cita Apocalipsis 12, pero una lectura liberadora
pediría incorporar con mayor fuerza Lucas 1,46-55.
Porque
el Magníficat convierte a María en profeta de la
inversión de las relaciones de poder (Lamentablemente, muchos
sectores de las ciencias sociales y el feminismo costarricense, no se han dado
cuenta de ello).
Puebla
profundiza esta perspectiva mediante la opción preferencial
por los pobres. Aquí la homilía adquiere nuevamente una fuerte
resonancia. Garita menciona:
-
Pobres.
-
Jóvenes.
-
Enfermos.
-
Familias.
-
Personas solas.
-
Excluidos.
Pero
Puebla exige preguntar si estos sectores ocupan realmente el centro de las decisiones sociales.
La opción por los pobres no significa exclusión de los ricos. Significa que la
sociedad debe juzgar sus estructuras desde la situación de quienes tienen menos
capacidad para defender sus propios derechos.
Por
ello, la frase: “una nación donde haya más oportunidades para los pobres”
debería profundizarse: no basta aumentar oportunidades; hay que remover los
obstáculos que impiden aprovecharlas.
Santo
Domingo introduce fuertemente la relación entre:
-
Evangelización.
-
Cultura.
-
Promoción humana.
-
Nueva evangelización.
La
homilía de Garita posee una clara dimensión cultural. La Negrita funciona como:
símbolo religioso + memoria histórica + identidad nacional + espacio popular de
encuentro. Pero Santo Domingo también obliga a evitar una identificación
excesiva entre Iglesia y nación.
Costa
Rica no es propiedad de los católicos. La Virgen de los Ángeles puede ser un símbolo cultural de encuentro,
pero la Iglesia debe respetar la pluralidad religiosa, ideológica y cultural.
La homilía, de hecho, tiene un elemento positivo: “sin distinción de origen,
condición social, ideología, edad o cultura”. Esto abre una puerta hacia una
comprensión plural de la identidad nacional.
Aparecida
aporta una clave decisiva: el cristiano no es solamente receptor de asistencia
religiosa. Es discípulo misionero.
La religiosidad popular adquiere aquí enorme importancia. La peregrinación a
Cartago puede ser entendida como: experiencia de fe + memoria colectiva +
identidad popular + solidaridad + misión.
La
homilía podría haber desarrollado aún más este elemento. Miles de personas
llegan a la Basílica no únicamente para pedir. Llegan también con:
-
Promesas.
-
Sacrificios.
-
Historias familiares.
-
Agradecimientos.
-
Dolores.
-
Esperanzas.
Aparecida
permite reconocer esa religiosidad como una verdadera expresión de la fe del
pueblo. Por eso, la Negrita no es
solamente una imagen venerada por el pueblo: forma parte de la memoria
espiritual del pueblo costarricense.
Aquí
la conexión se vuelve especialmente interesante. La Teología del Pueblo, pone
especial atención en:
-
Cultura popular.
-
Religiosidad popular.
-
Pueblo.
-
Memoria.
-
Identidad.
-
Solidaridad.
-
Justicia.
-
Cultura del encuentro.
Esta
perspectiva encuentra una enorme afinidad con la homilía. Garita no presenta a
María como patrimonio de una élite religiosa. Dice: “el agricultor y el
empresario, el indígena y el citadino, el niño y el anciano”.
Ésta
es una verdadera teología del pueblo. La Negrita aparece como lugar simbólico donde el pueblo costarricense
se reconoce como pueblo. Pero la Teología del Pueblo haría una
precisión: pueblo no significa masa homogénea.
El
pueblo contiene diferencias. Por eso es muy importante la frase de Garita:
“Unidad que no significa pensar todos igual.” Aquí la homilía alcanza uno de
sus momentos teológicamente más maduros.
La unidad cristiana no es uniformidad. Es comunión en la diferencia.
Con
el pontificado de Francisco,
la homilía adquiere una resonancia todavía mayor. En Evangelii
Gaudium, Francisco insiste en una Iglesia que no puede permanecer
encerrada en sí misma y que debe salir hacia las periferias.
En
Fratelli
Tutti, desarrolla una concepción de la fraternidad social fundada
en el encuentro, el diálogo y la búsqueda del bien común. Francisco sostiene
que el diálogo auténtico exige escuchar, comprender y encontrar puntos de
coincidencia sin negar las diferencias.
Esto
coincide casi literalmente con la preocupación de Garita: “aprender a
reconocernos como hermanos, aceptando que cada uno puede aportar al todo”. Pero
Francisco añade una crítica política importante: el diálogo no puede
convertirse en una negociación de intereses particulares disfrazada de consenso.
La
política debe preguntarse: ¿Qué bien estoy construyendo para mi pueblo? Fratelli
Tutti incluso propone evaluar la actividad política por el bien
producido, los vínculos creados y la paz social construida. Esto hace que la
homilía pueda leerse como una homilía contra la
polarización y contra la política entendida como confrontación permanente.
Sin
embargo, Francisco también impediría interpretar la fraternidad de manera
ingenua. La fraternidad exige:
-
Inclusión.
-
Dignidad.
-
Trabajo.
-
Vivienda.
-
Educación.
-
Salud.
-
Participación.
-
Protección ambiental.
-
Paz.
-
Justicia económica.
Por eso Fratelli Tutti
permite profundizar la homilía: la unidad nacional no consiste en pedirle a los
pobres que acepten pacíficamente su pobreza. Consiste en construir una sociedad
donde nadie sea descartado. Esta crítica es esencial.
El análisis llega finalmente al pontificado de León
XIV. Aquí conviene hacer una precisión importante: en 2026 ya
existe la encíclica Magnifica
Humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo
de la inteligencia artificial.
Su planteamiento se articula alrededor de:
-
Dignidad humana.
-
Bien común.
-
Fraternidad.
-
Nuevas tecnologías.
-
Inteligencia artificial.
-
Responsabilidad social.
-
Discernimiento.
-
Defensa de la persona frente a procesos de deshumanización.
Esto introduce una dimensión que la homilía de
Garita no desarrolla: la nueva cuestión social ya no es únicamente laboral y económica; también
es tecnológica y antropológica. La pregunta de la homilía:
“¿Qué lugar ocupa la persona humana en las decisiones que tomamos como
sociedad?” encuentra aquí una prolongación natural.
La pregunta contemporánea sería: ¿Qué lugar ocupa
la persona humana frente al algoritmo, la inteligencia artificial, las
plataformas digitales, la automatización y las nuevas concentraciones de poder
tecnológico?
Desde Magnifica Humanitas,
la “corona” de María podría adquirir un significado nuevo: defender una Costa
Rica donde la tecnología esté al servicio de la persona y no la persona
subordinada a la tecnología.
La principal virtud del texto de monseñor Garita es
que evita convertir la devoción
mariana en evasión de la realidad. No dice: “olvidemos los problemas del país y refugiémonos en
María”. Dice exactamente lo contrario: miremos la realidad del país desde María
y desde Cristo. Esto es profundamente conciliar, social y pastoral.
La homilía integra: piedad popular + cristología +
mariología + ética social + ciudadanía + bien común. Pero una lectura desde
Medellín, la Teología de la Liberación, Sanabria, Volio y la DSI permite
formular una crítica.
La homilía identifica correctamente:
-
Violencia.
-
Narcotráfico.
-
Corrupción.
-
Pobreza.
-
Incertidumbre.
-
Desesperanza.
Pero no profundiza suficientemente en las
causas estructurales de estos fenómenos. Por ejemplo, cuando
habla de pobreza, habría sido necesario preguntar:
-
¿Qué modelo económico la reproduce?
-
¿Qué ocurre con la desigualdad territorial?
-
¿Qué ocurre con el empleo informal?
-
¿Qué ocurre con el costo de vida?
-
¿Qué ocurre con los salarios?
-
¿Qué ocurre con la concentración de
oportunidades?
-
¿Qué ocurre con la educación?
-
¿Qué ocurre con la vivienda?
-
¿Qué ocurre con la movilidad social?
Y cuando habla de narcotráfico:
-
¿Qué condiciones sociales facilitan el
reclutamiento juvenil?
-
¿Qué relación existe entre exclusión territorial
y criminalidad?
-
¿Qué ocurre con la corrupción institucional?
-
¿Qué ocurre con la economía ilícita?
La DSI contemporánea exige precisamente ese
discernimiento. Hay otro punto crítico. La homilía insiste reiteradamente en:
“unidad”. Esto es comprensible y pastoralmente valioso. Pero unidad
no puede significar despolitización.
Una democracia necesita conflicto legítimo. Hay
intereses sociales diferentes. Hay trabajadores y empresarios. Hay pobres y
ricos. Hay regiones centrales y periféricas. Hay generaciones diferentes. Hay
distintas concepciones de sociedad.
La solución
cristiana no consiste en eliminar esas diferencias. Consiste en convertirlas en
conflicto
democrático, diálogo, negociación, participación y búsqueda del bien común.
En este punto, la Teología del Pueblo y Fratelli Tutti
resultan especialmente fecundas.
Hay una dimensión mariana que podría desarrollarse
mucho más. La homilía habla de la corona: “La verdadera realeza de la Virgen no
consiste en el poder, sino en el amor.” Esta frase tiene una extraordinaria
potencialidad política.
Porque María puede convertirse en crítica
cristiana del poder entendido como dominación. Su realeza es:
-
Servicio.
-
Humildad.
-
Cuidado.
-
Solidaridad.
-
Acompañamiento.
-
Fidelidad.
-
Defensa de la vida.
En consecuencia, un gobernante cristianamente
inspirado no debería preguntarse: “¿Cómo conservo el poder?” sino: “¿Cómo sirvo
a quienes tienen menos poder?”; Aquí convergen: María + Santo Tomás + León XIII
+ Sanabria + Francisco + León XIV.
Quizá la imagen más poderosa de toda la homilía sea
ésta: “La mejor corona que podemos ofrecerle no está hecha de oro ni de piedras
preciosas.” Y Garita responde: “La verdadera corona será una Costa Rica
reconciliada consigo misma.”.
Desde todo el recorrido histórico realizado,
podemos profundizar esa metáfora: La corona de María debería ser: una
Costa Rica donde el trabajador reciba salario justo, con Thiel,
León XIII y Sanabria; una Costa Rica donde los pobres sean sujetos y no objetos de asistencia,
con Medellín y la Teología de la Liberación.
Una Costa Rica donde la política busque el bien común, con
Santo Tomás, Juan XXIII y Francisco; una Costa Rica donde la diferencia no destruya la unidad,
con la Teología del Pueblo y Fratelli Tutti; una
Costa Rica donde la religiosidad popular sea fuente de solidaridad,
con Aparecida.
Una Costa Rica donde nadie sea descartado, con Francisco; una
Costa Rica donde la persona humana permanezca en el centro frente a la
inteligencia artificial y los nuevos poderes tecnológicos, con
León XIV.
La homilía posee, además, una característica que
merece ser subrayada: la Virgen de los Ángeles funciona como una suerte de símbolo
civil-religioso de la comunidad nacional. La peregrinación a
Cartago constituye uno de los grandes rituales de la identidad popular
costarricense.
Pero aquí debe hacerse una distinción: la Iglesia
no debe confundir evangelización con nacionalismo religioso. María puede ser
símbolo de unidad nacional sin convertirse en instrumento de una ideología
política determinada.
Esto es especialmente importante en una sociedad
plural. La Virgen puede reunir al:
-
Creyente.
-
Ciudadano secular.
-
Campesino.
-
Empresario.
-
Trabajador.
-
Joven.
-
Anciano.
-
Persona de izquierda.
-
Persona de derecha.
-
Persona sin afiliación política.
La verdadera unidad mariana sería entonces una
unidad pluralista. Desde una perspectiva histórica, la homilía
de monseñor Garita Herrera puede considerarse plenamente insertada en la
evolución de la pastoral social católica, aunque todavía puede
profundizar significativamente su dimensión estructural.
Su trayectoria fundamental puede expresarse así:
-
Patrística: María y la Iglesia como comunidad de
hermanos.
-
Teología clásica: fraternidad ordenada al bien
común.
-
León XIII: fraternidad que debe convertirse en
justicia laboral.
-
Thiel: justicia social aplicada a la realidad
costarricense.
-
Jorge Volio: justicia que necesita reforma
social y política.
-
Sanabria: reforma social acompañada por
organización y justicia laboral.
-
Juan XXIII: justicia vinculada a derechos, desarrollo
y paz.
-
Vaticano II: discernimiento de los signos de los
tiempos.
-
Medellín: denuncia de estructuras injustas.
-
Teología de la Liberación: opción por los pobres
y transformación histórica.
-
Puebla: opción preferencial por los pobres.
-
Santo Domingo: evangelización de la cultura y
promoción humana.
-
Aparecida: pueblo creyente y discípulo
misionero.
-
Teología del Pueblo: religiosidad popular,
cultura, pueblo y encuentro.
-
Francisco: fraternidad universal, cultura del
encuentro, ecología integral y política orientada al bien común.
-
León XIV: defensa de la dignidad humana frente a
las nuevas formas de poder tecnológico.
La homilía de monseñor José Manuel Garita Herrera
puede ser interpretada, en definitiva, como una homilía sobre María que termina
siendo una homilía sobre Costa Rica. Su afirmación fundamental
es que la
maternidad de María genera fraternidad entre quienes se reconocen hijos de Dios.
Pero la tradición social católica permite llevar
esa afirmación mucho más lejos: No puede existir verdadera fraternidad sin
justicia; no puede existir justicia sin dignidad; no puede existir dignidad sin
derechos; no puede existir paz sin justicia; y no puede existir bien común si
algunos quedan sistemáticamente excluidos.
Por eso, la imagen de la Virgen de los Ángeles
puede ser leída como una verdadera teología de la nación reconciliada, pero no de una
reconciliación superficial. La Costa Rica que sería digna de colocar una corona
a la Negrita no sería simplemente la Costa Rica que “piensa unida”.
Sería una Costa Rica que vive
la justicia, protege al débil, dignifica al trabajador, escucha a los jóvenes,
combate las causas de la violencia, enfrenta la corrupción, protege a los
excluidos, cuida la creación, fortalece la democracia y coloca a la persona
humana por encima del dinero, del poder, del mercado y de la tecnología.
En ese sentido, el mensaje más profundo de la
homilía podría reformularse de la siguiente manera: La verdadera corona de
Nuestra Señora de los Ángeles no es la que está sobre su cabeza, sino la sociedad
que los costarricenses seamos capaces de construir bajo su mirada: una sociedad
donde la fraternidad deje de ser solamente una palabra religiosa y se convierta
en justicia social, solidaridad, participación, dignidad humana y bien común.
Y aquí se encuentra la convergencia más profunda
entre Thiel,
Volio, Sanabria, León XIII, Juan XXIII, Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo
Domingo, Aparecida, la Teología de la Liberación, la Teología del Pueblo,
Francisco y León XIV: todos, desde lenguajes y épocas diferentes,
obligan a la Iglesia a responder una misma pregunta: ¿Cómo hacer que la fe
cristiana se convierta en vida concreta para la persona humana y,
especialmente, para quienes tienen menos posibilidades de defender su propia
dignidad?. La homilía de Garita abre esa puerta. La tradición social de la
Iglesia permite atravesarla.
d) El mensaje de la
Conferencia Episcopal al pueblo de Costa Rica y a la iglesia, al finalizar la
CXXXII Asamblea Ordinaria de la Conferencia Episcopal de Costa Rica.
El texto presentado es el “Mensaje
de la Conferencia Episcopal a la Iglesia y al pueblo de Costa Rica al finalizar
la CXXXII Asamblea Ordinaria”, fechado el 7 de agosto de 2026.
Su eje teológico-pastoral está constituido por cuatro categorías: bien común, solidaridad, diálogo
y paz social, articuladas con la dignidad de la persona, la
protección de los vulnerables, el trabajo, la institucionalidad democrática y
la fraternidad.
El propio documento parte del
reconocimiento de la pobreza, el costo de la vida, las desigualdades
territoriales, la precariedad laboral, la violencia y la falta de
oportunidades. Lo que sigue es, por tanto, una lectura histórico-teológica
y social, procurando distinguir lo que está explícitamente en
el documento episcopal de la interpretación que resulta de ponerlo en diálogo
con la tradición católica.
La primera conclusión es
importante: el mensaje episcopal de 2026 no constituye una ruptura con la tradición social católica,
sino una actualización de ella ante la realidad costarricense. Hay una línea
histórica bastante clara: Biblia → Padres de la Iglesia → teología medieval →
León XIII → Thiel → Jorge Volio → Sanabria → Juan XXIII → Vaticano II →
Medellín → Puebla → Santo Domingo → Aparecida → Francisco → León XIV.
En todos esos momentos aparece,
con distintos lenguajes, una misma pregunta: ¿Qué exige el Evangelio cuando la
dignidad humana es lesionada por la pobreza, la explotación, la desigualdad, la
violencia o la exclusión?
La respuesta católica ha ido
adquiriendo progresivamente una dimensión más social y estructural. Esto es
particularmente visible en el mensaje de los obispos costarricenses. No se
limitan a decir que hay pobres y que debemos ayudarlos individualmente. Hablan
de “desigualdades
económicas y territoriales”, “precariedad e informalidad del empleo”,
“políticas públicas”, “educación, trabajo y desarrollo integral”
y responsabilidad institucional.
Ahí se encuentra una evolución
fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia. Aunque el mensaje de 2026 no
es un tratado escolástico, su antropología resulta profundamente compatible con
la teología clásica.
La tradición cristiana parte de
que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn. 1,26-27). De ahí deriva
una consecuencia social decisiva: la persona posee una dignidad que no depende
de su riqueza, productividad, posición social o utilidad económica.
Esto será desarrollado
posteriormente por la tradición patrística y escolástica. En san
Agustín, la justicia no puede separarse del orden del amor. Una
sociedad que permite que algunos acumulen mientras otros carecen de lo
necesario se encuentra moralmente desordenada.
En san
Juan Crisóstomo, la crítica es todavía más radical: la riqueza
posee una dimensión social y la propiedad no puede entenderse como autorización
moral para ignorar al necesitado. En san Basilio de Cesarea, aparece una de las críticas más
fuertes de la patrística a la acumulación de bienes frente a la necesidad del
pobre. Su famosa reflexión sobre el pan retenido por quien posee más de lo necesario
anticipa una idea fundamental de la Doctrina Social: los
bienes tienen una función social.
Esto permite comprender el
mensaje episcopal cuando afirma que Costa Rica debe colocar en el centro “la
dignidad inviolable de toda persona humana” y garantizar
oportunidades reales de educación, trabajo y desarrollo integral. No se trata
simplemente de filantropía. Se trata de justicia.
La teología medieval,
especialmente Santo
Tomás de Aquino, introduce una distinción fundamental. La
tradición católica reconoce la legitimidad de la propiedad privada, pero no la
considera un derecho absoluto desligado del bien común.
Para Tomás, la propiedad puede
organizarse privadamente por razones de administración y orden social; pero el
uso de los bienes debe permanecer abierto a las necesidades de la comunidad.
Aquí aparece un principio que será fundamental siglos después: la propiedad
tiene una función social.
Por eso la tradición católica se
encuentra igualmente distante de dos reduccionismos:
-
La abolición absoluta de la propiedad privada.
-
La absolutización de la propiedad y del mercado.
Esta tradición permite leer el
mensaje de 2026 desde una perspectiva más profunda. Cuando los obispos hablan
de desigualdad económica, pobreza, empleo precario y políticas públicas, no
están proponiendo necesariamente un sistema económico concreto. Están
estableciendo un criterio moral para juzgar cualquier sistema económico: ¿Sirve a la persona y al bien común?
Aquí aparece uno de los puntos
más fuertes de la lectura que estamos realizando: La Rerum
Novarum, sostiene que el trabajador no puede ser tratado como
simple instrumento de producción. El salario no queda moralmente legitimado
únicamente porque haya existido un contrato formal entre trabajador y patrono.
León XIII afirma que existe una
justicia anterior al simple acuerdo contractual: el salario debe permitir al
trabajador mantener una vida digna. Esto resulta extraordinariamente importante
para interpretar la referencia del mensaje episcopal a la precariedad
e informalidad laboral.
La lógica sería: trabajador →
persona → dignidad → derecho al trabajo → remuneración justa → familia → bien
común. No: trabajador → mercancía → salario determinado exclusivamente por
oferta y demanda.
La Rerum
Novarum representa, por ello, una ruptura con el individualismo
económico radical de finales del siglo XIX, sin convertirse en una aceptación
del socialismo marxista. León XIII critica simultáneamente:
-
La explotación capitalista.
-
La reducción del trabajador a mercancía.
-
La concentración abusiva de riqueza.
-
Las soluciones revolucionarias que desconocen la propiedad privada.
La respuesta es una economía
moralmente ordenada por la justicia, la solidaridad, la asociación y el bien
común. Aquí encontramos una particularidad extraordinariamente
significativa del caso costarricense.
La preocupación social de la
Iglesia en Costa Rica no comenzó con las reformas sociales de la década de 1940.
Ya en 1893, apenas dos años después de Rerum Novarum,
Monseñor Bernardo Augusto Thiel publicó su Trigésima Carta Pastoral sobre el
justo salario de los jornaleros y artesanos y otros puntos de actualidad
relacionados con la situación de los destituidos de bienes de fortuna.
Esto resulta decisivo. La
cuestión del salario justo era, por tanto, una preocupación explícitamente
eclesial costarricense desde finales del siglo XIX. La
continuidad histórica puede expresarse así: Thiel (1893) → Volio (1923) →
Sanabria (1940-1952) → garantías sociales → DSI contemporánea. El mensaje de
2026, cuando denuncia precariedad, informalidad y desigualdad, se encuentra así
mucho más cerca de esa tradición costarricense de lo que podría parecer a
primera vista.
El pensamiento de Jorge
Volio Jiménez introduce un elemento adicional: la preocupación
social cristiana deja de estar limitada al ámbito estrictamente pastoral y se
convierte en programa
político reformista.
La Asamblea Legislativa señala
que Volio defendió a las clases trabajadoras, el salario justo y mejores
relaciones entre trabajadores y patronos; además impulsó legislación sobre accidentes
de trabajo, educación universal y otras reformas. La propia Asamblea considera
al reformismo de Volio un antecedente de las políticas reformistas posteriores.
Su importancia es enorme. Volio
entendió que la cuestión social requería instituciones. No bastaba con pedir a los ricos que
fueran caritativos. Había que construir:
-
Legislación laboral.
-
Protección frente a accidentes.
-
Educación.
-
Cooperativismo.
-
Reforma agraria.
-
Participación política.
-
intervención estatal cuando fuese necesaria.
El pensamiento de Volio conecta
así el socialcristianismo
con el reformismo democrático. El mensaje episcopal de 2026
recupera implícitamente esa dimensión cuando reclama políticas públicas que
garanticen educación, trabajo y desarrollo integral.
La pregunta deja de ser: “¿Quién
ayudará al pobre?” para convertirse en: “¿Qué estructuras sociales producen
pobreza, exclusión o precariedad y cómo deben transformarse?” Ese cambio es
fundamental para comprender el posterior desarrollo de la DSI.
Si Thiel introduce tempranamente
la cuestión del salario justo y Volio la lleva hacia el reformismo político, Sanabria
la convierte en una práctica social de enorme trascendencia histórica.
Sanabria se interesó directamente por las cuestiones sociales y políticas,
alentó la legislación social y apoyó la creación de la central sindical Rerum
Novarum y de la Juventud Obrera Católica.
La historiografía y los archivos
también documentan su participación en el proceso que llevó a las reformas
sociales de los años cuarenta. Sanabria comprendió algo esencial: la cuestión
social no podía resolverse solamente mediante exhortaciones morales; necesitaba
organización social, legislación y mediación política.
De ahí su apoyo a las Garantías Sociales, al
Código de Trabajo y al proceso de construcción de la seguridad social. Y aquí
encontramos una conexión extraordinaria con el mensaje de 2026. Los obispos
dicen que es necesario: fortalecer políticas públicas que coloquen en el centro
la dignidad humana. Eso está profundamente en la lógica de Sanabria.
Sanabria no identificó el
cristianismo social con una determinada ideología partidaria. Más bien defendió
una reforma
social de inspiración cristiana, llegando incluso a dialogar
con Manuel Mora Valverde y a buscar una salida negociada a la cuestión social.
La documentación histórica sobre aquel proceso muestra la articulación entre
Iglesia, Gobierno y movimiento obrero en torno a las reformas sociales. La
lección de Sanabria es muy actual: la doctrina social exige diálogo incluso con
aquellos que piensan políticamente diferente.
Con Mater
et Magistra (1961)
la doctrina social experimenta una ampliación considerable. Ya no se trata
solamente de la relación patrón-trabajador. La Iglesia empieza a mirar:
-
Agricultura.
-
Desigualdad.
-
Desarrollo.
-
Relaciones entre países ricos y pobres.
-
Participación.
-
Intervención pública.
-
Organizaciones intermedias.
-
Transformación de las estructuras económicas.
La encíclica fue precisamente
publicada en el aniversario de Rerum Novarum. El
mensaje costarricense de 2026 tiene una estructura muy al estilo de Mater et Magistra: reconoce avances
en los indicadores de pobreza, pero advierte que persisten desigualdades y que
no basta con observar indicadores agregados.
La pregunta cristiana es: ¿Cómo
está viviendo realmente la persona? No solamente: ¿Cómo está funcionando la
economía? La segunda gran encíclica social de Juan XXIII, Pacem
in Terris (1963), introduce otra dimensión que coincide de
manera sorprendente con el documento costarricense.
Juan XXIII sostiene que la
convivencia debe fundarse en: verdad + justicia + amor + libertad. La persona
es sujeto de derechos y deberes y tiene derecho a condiciones materiales
dignas, participación en la vida pública, seguridad jurídica y acceso a los
medios necesarios para una vida decorosa.
El mensaje de 2026 utiliza una arquitectura
prácticamente paralela:
-
Dignidad.
-
Bien común.
-
Participación.
-
Diálogo.
-
Institucionalidad.
-
Justicia.
-
Solidaridad.
-
Paz.
Los obispos, además, afirman que
Costa Rica necesita diálogo y que ningún problema nacional encontrará
soluciones duraderas desde la confrontación. Esto es profundamente Pacem in Terris. La paz no
significa simplemente: “que no haya guerra”. Significa construir un orden
social justo.
El Concilio
Vaticano II, particularmente Gaudium et Spes,
proporciona el gran marco antropológico para interpretar el mensaje de 2026. El
Concilio sostiene que el bien común es el conjunto de condiciones sociales que
permiten a las personas y comunidades alcanzar su realización. Y dedica especial
atención al trabajo.
Gaudium
et Spes afirma que el trabajo procede de la persona y que la
remuneración debe permitir una vida digna al trabajador y a su familia en los
planos material, social, cultural y espiritual. También considera injusta e
inhumana una organización económica que perjudique a los trabajadores.
Esto ilumina directamente la
denuncia de la precariedad laboral contenida en el mensaje episcopal. La
economía debe estar al servicio de la persona. No la persona al servicio
absoluto de la economía. En Medellín (1968), se produce un salto histórico. La
Iglesia latinoamericana comienza a leer el Vaticano II desde una realidad
marcada por:
-
Pobreza.
-
Desigualdad.
-
Exclusión.
-
Dependencia.
-
Concentración de la riqueza.
-
Violencia estructural.
La recepción latinoamericana del
Concilio convierte la opción por los pobres en uno de sus grandes ejes. El
CELAM reconoce posteriormente que Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida
constituyen un itinerario de recepción del Vaticano II y que la opción preferencial
por los pobres se convirtió en una característica central de la Iglesia
latinoamericana.
Desde Medellín, entonces, el
mensaje de 2026 puede ser leído de esta manera: la pobreza no constituye
únicamente un problema individual; también es un problema histórico, económico,
político y cultural. Cuando los obispos hablan de desigualdades económicas y
territoriales, informalidad laboral y falta de oportunidades, están utilizando
un lenguaje compatible con esta sensibilidad latinoamericana.
Aquí aparece una tensión fecunda.
La Teología
de la Liberación, especialmente
en autores como Gustavo
Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría,
pregunta: ¿Cómo anunciar el Evangelio en un continente donde millones de
personas viven en condiciones que contradicen la dignidad humana?
Gustavo Gutiérrez convierte la opción
por los pobres en una categoría teológica central. Leonardo
Boff insiste en que la liberación debe comprender al ser humano
integralmente. Ellacuría desarrolla la
idea de una civilización de la pobreza frente a una civilización de la riqueza
entendida como acumulación excluyente.
Aplicada al documento episcopal,
esta perspectiva permite formular una crítica: no basta con acompañar al pobre;
hay que preguntarse por las estructuras que producen pobreza. El mensaje
episcopal avanza en esa dirección al hablar de políticas públicas, desigualdad
territorial, empleo precario e inclusión social.
Sin embargo, el documento no
adopta el lenguaje más radical de algunas corrientes de la Teología de la
Liberación. Su lenguaje es fundamentalmente el de la Doctrina
Social de la Iglesia: reforma, diálogo, solidaridad,
institucionalidad, bien común y dignidad.
Puebla (1979)
consolida la opción preferencial por los pobres. Aquí resulta especialmente importante
distinguir entre: preferencia y exclusión. La opción preferencial por los pobres no
significa que la Iglesia considere que solamente los pobres poseen dignidad. Significa
que, precisamente porque todos tienen dignidad, quien se encuentra en una situación
de mayor vulnerabilidad reclama una atención prioritaria.
Eso está presente en el mensaje
de 2026: “especialmente a los más vulnerables”. Por tanto, la preferencia por
los vulnerables no es una desviación ideológica del cristianismo. Es
consecuencia de su antropología.
En Santo
Domingo (1992) aparece con enorme fuerza la relación entre
evangelización y promoción humana. Juan Pablo II sostuvo en su discurso
inaugural que la promoción humana es una consecuencia de la evangelización y
que la evangelización tiende a la liberación integral de la persona.
Esto permite entender una
afirmación fundamental del mensaje costarricense: la Iglesia quiere acompañar a
quienes sufren, abrir espacios de escucha y trabajar con todos los hombres y
mujeres de buena voluntad.
La Iglesia no se presenta solamente como
institución que administra sacramentos. Se presenta como: Iglesia samaritana.
El documento utiliza expresamente esa expresión al pedir una Iglesia cercana,
misericordiosa y samaritana.
En Aparecida
(2007) aparece otro elemento que permite comprender muy bien el
mensaje de 2026: la Iglesia latinoamericana debe ser una Iglesia de discípulos
misioneros. El cristiano no puede encerrarse en el templo.
Debe salir al encuentro de:
-
Pobres.
-
Excluidos.
-
Migrantes.
-
Trabajadores.
-
Jóvenes.
-
Familias.
-
Víctimas de violencia.
-
Personas descartadas.
Esto coincide con el llamado de
los obispos costarricenses a que las comunidades sean espacios de acogida y
servicio y a que nadie se sienta olvidado. Aparecida permite, por tanto,
interpretar la expresión “nadie se sienta descartado” como parte de una concepción
eclesial latinoamericana de misión.
La Teología
del Pueblo, introduce una categoría particularmente importante:
el pueblo. No solamente “la población”. No solamente “los individuos”. El
pueblo es una comunidad histórica, cultural y simbólica que posee una memoria,
una identidad y una capacidad de construcción colectiva.
Esto ayuda a comprender por qué
el mensaje de los obispos no habla exclusivamente de políticas públicas. Habla
de:
-
Pueblo.
-
Familias.
-
Comunidades.
-
Juventud.
-
Cultura del encuentro.
-
Solidaridad.
-
Reconciliación.
-
Identidad nacional.
Cuando afirma que Costa Rica
necesita “redescubrir el valor del diálogo”, está planteando una concepción
política de la sociedad como pueblo que debe aprender a convivir con sus diferencias.
El pensamiento de Francisco constituye probablemente la referencia
contemporánea más evidente del mensaje.
Los propios obispos citan Fratelli Tutti para afirmar que la
paz social es “trabajosa” y que integrar las diferencias exige procesos de
encuentro. Esto es esencial. Francisco no entiende la política como simple
lucha entre enemigos.
La entiende como construcción de
comunidad. Su crítica a la cultura del descarte, su insistencia en la
fraternidad y su defensa del diálogo permiten leer el mensaje costarricense
como una respuesta pastoral a tres problemas contemporáneos: desigualdad +
polarización + exclusión.
En Laudato
Si', además, Francisco vincula el bien común con la justicia
distributiva, la solidaridad y la opción por los pobres. Por eso el documento
episcopal no puede reducirse a una exhortación religiosa. Es también una crítica moral de determinadas formas de organización social.
El pontificado de León
XIV introduce un nuevo horizonte. Su encíclica Magnifica
Humanitas (2026) interpreta explícitamente la Doctrina Social
como una tradición viva que responde a las nuevas res
novae. El documento afirma que la inteligencia artificial no debe
tratarse solamente como una cuestión técnica, sino como un desafío que obliga a
desarrollar las categorías de la Doctrina Social.
Esto permite establecer una
analogía histórica muy poderosa:
-
1891: Rerum Novarum: la revolución industrial
plantea la cuestión obrera.
-
2026: Magnifica Humanitas: la revolución
tecnológica plantea la cuestión antropológica, laboral y social de la
inteligencia artificial.
León XIV reafirma como categorías centrales:
-
Dignidad humana.
-
Bien común.
-
Destino universal de los bienes.
-
Subsidiariedad.
-
Solidaridad.
-
Justicia social.
Y aquí el mensaje costarricense adquiere una
dimensión prospectiva. Cuando los obispos hablan de jóvenes, trabajo,
educación, desigualdad, incertidumbre y futuro, están tocando indirectamente
cuestiones que en el pontificado de León XIV adquieren una nueva dimensión: ¿Qué
ocurrirá con el trabajo humano cuando la inteligencia artificial transforme la
producción y el empleo?
La cuestión social del siglo XXI podría ser,
entonces: ¿Cómo impedir que la revolución tecnológica reproduzca o profundice
las desigualdades?; Hay un aspecto del mensaje que merece especial atención: la
relación entre Doctrina Social y democracia.
Los obispos no solamente hablan de pobreza. Dedican
una sección completa a la colaboración entre los tres poderes de la República.
Exigen respeto, independencia y cooperación entre Ejecutivo, Legislativo y
Judicial.
Esto tiene una enorme importancia teológica. La
Doctrina Social no identifica el bien común con la voluntad de un gobernante.
El gobernante está subordinado al bien común. Aquí Pacem
in Terris resulta particularmente pertinente: Juan XXIII sostiene
que la autoridad política tiene como finalidad el bien común y que los
gobernantes deben respetar, armonizar y promover los derechos de las personas.
Por tanto, desde la DSI: autoridad ≠ poder
absoluto. La autoridad es: servicio + justicia + responsabilidad + límites +
bien común. La trayectoria completa permite observar algo que frecuentemente se
pierde en los debates políticos contemporáneos.
La DSI no puede ser identificada simplemente con:
-
Capitalismo liberal.
-
Socialismo marxista.
-
Neoliberalismo.
-
Estatismo.
-
Conservadurismo.
-
Progresismo.
Su pregunta es diferente: ¿Qué sistema social
protege mejor la dignidad humana, la solidaridad, la libertad, la justicia y el
bien común? Por eso León XIII podía defender la propiedad privada y
simultáneamente condenar la explotación. Por eso Sanabria, podía impulsar
legislación social y dialogar con Manuel Mora. Por eso Medellín podía denunciar
estructuras injustas. Por eso Francisco puede defender la iniciativa privada y
al mismo tiempo criticar la economía del descarte. Y por eso León XIV puede
hablar de inteligencia artificial desde la tradición de Rerum Novarum.
Ahora bien, una lectura académica no debe limitarse
a elogiar el documento. Hay una cuestión pendiente. El mensaje episcopal
identifica correctamente:
-
Pobreza.
-
Desigualdad.
-
empleo precario.
-
Informalidad.
-
Violencia.
-
Polarización.
-
Pérdida de oportunidades.
Pero no desarrolla una teoría económica concreta de las causas de esas
situaciones. Esta ausencia puede ser deliberada, porque la DSI
no pretende convertirse en programa partidario. Pero desde la Teología de la
Liberación, podría formularse una pregunta crítica: ¿Es suficiente llamar al
diálogo y a la solidaridad si no se identifican con suficiente claridad las
estructuras económicas y políticas que generan desigualdad?
Desde Medellín y Puebla, la respuesta tendería a
ser: no
completamente. La caridad cristiana necesita convertirse en
justicia. Y la justicia necesita transformar las estructuras que reproducen la
exclusión.
El documento afirma que ningún problema nacional
encontrará soluciones duraderas desde la confrontación y llama a superar los
relatos polarizantes. Esto es teológicamente valioso. Pero debe hacerse una
precisión: el diálogo cristiano no puede convertirse en neutralidad moral.
Juan XXIII no entendía la paz como simple
conciliación de intereses. Pacem in Terris
exige verdad, justicia, amor y libertad. Por tanto: diálogo sí; relativismo
moral, no. consenso sí; impunidad, no. reconciliación sí; encubrimiento de la
injusticia, no. paz sí; paz sin
justicia, no. Esta distinción es fundamental para una lectura madura del
mensaje.
Asimismo, la Iglesia tiene dos funciones
simultáneas: pastoral y profética. La
dimensión pastoral aparece claramente cuando los obispos hablan de acompañar,
escuchar, acoger y sostener a quienes sufren. La dimensión profética aparece
cuando denuncian:
-
Desigualdades.
-
Precariedad.
-
Informalidad.
-
Violencia.
-
Polarización.
-
Falta de oportunidades.
Y cuando recuerdan a gobernantes, legisladores,
jueces, empresarios, educadores y comunicadores que su servicio constituye una
vocación y exige altura moral y responsabilidad. Esto conecta con toda la
tradición de la Iglesia social. La Iglesia no gobierna. Pero sí
tiene derecho y deber moral de juzgar éticamente la realidad social a la luz
del Evangelio.
La evolución que permite observar este documento es
extraordinariamente profunda. En 1891, León XIII preguntaba cómo proteger al trabajador
frente a la explotación industrial. En 1893, Thiel trasladaba la cuestión del salario justo a
Costa Rica. En las primeras décadas del siglo XX, Jorge
Volio transformaba el socialcristianismo en programa
reformista.
En los años cuarenta, Sanabria contribuyó a convertir la doctrina
social en legislación, organización obrera y reforma institucional. Con Juan
XXIII, la cuestión social se amplió hacia los derechos humanos,
el desarrollo y la paz.
Con Vaticano II, la dignidad humana pasó a ocupar un lugar central
en la relación Iglesia-mundo. Con Medellín, la Iglesia latinoamericana hizo de la pobreza y
la liberación una cuestión teológica. Con Puebla, se
consolidó la opción preferencial por los pobres.
Con Santo Domingo, evangelización y promoción humana quedaron
estrechamente vinculadas. Con Aparecida, surgió con fuerza la Iglesia de discípulos
misioneros. Con la Teología del Pueblo, el pueblo, la cultura, la memoria y
la fraternidad adquirieron una nueva centralidad.
Con Francisco, la fraternidad, el descarte, la ecología
integral y la cultura del encuentro pasaron al centro. Y con León
XIV, la tradición social católica se enfrenta a una nueva res novae: inteligencia artificial,
transformación del trabajo y poder tecnológico.
En este largo proceso, el mensaje de los obispos
costarricenses de agosto de 2026, puede ser entendido como una síntesis
pastoral costarricense de la tradición social católica. Su
centro teológico puede resumirse en una fórmula: Dios no puede ser separado de la dignidad
humana; la dignidad humana no puede separarse de la justicia; la justicia no
puede separarse del bien común; y el bien común no puede construirse sin
solidaridad, diálogo y paz.
Por eso el documento comienza invocando Romanos
14,19 —“lo que favorece la paz y contribuye a la edificación mutua”— y termina
convocando a construir una patria reconciliada donde nadie sea descartado y
donde la vida sea acogida, protegida y promovida.
En última instancia, la
gran cuestión teológica planteada por el texto no es simplemente cómo resolver
la pobreza, la violencia o la polarización costarricense. Es qué tipo de
sociedad corresponde a la dignidad de la persona creada, redimida y llamada a
vivir en fraternidad.
Y en esa perspectiva, la tradición que va de los
Padres de la Iglesia a Tomás de Aquino, de León XIII a Thiel, de Volio a
Sanabria, de Juan XXIII a Vaticano II, de Medellín a Aparecida, de la Teología
de la Liberación y la Teología del Pueblo a Francisco y León XIV, converge en una afirmación esencial:
una sociedad no puede considerarse verdaderamente desarrollada si produce
riqueza mientras degrada a las personas; no puede llamarse verdaderamente
democrática si excluye a los vulnerables; y no puede llamarse verdaderamente
cristiana si tolera como normal la injusticia que afecta a los más débiles.