Crisis de representación, neopopulismo y democracia republicana: liderazgo, instituciones y poder en Costa Rica y Colombia. (II y final).
Crisis de representación, neopopulismo y democracia republicana: liderazgo, instituciones y poder en Costa Rica y Colombia (II y final).
Ocean Castillo Loría.
IV
Demos un paso más, para entrar en
la política comparada: esto resulta particularmente útil para estudiar los
fenómenos descritos en este análisis, porque permite identificar semejanzas y
diferencias entre sistemas políticos, liderazgos, partidos y procesos
electorales. Más allá de las etiquetas ideológicas, este campo busca responder
una pregunta fundamental: ¿Por qué fenómenos aparentemente
similares producen resultados distintos en contextos diferentes?
Autores como Arend Lijphart, Giovanni
Sartori, Samuel P. Huntington, Juan J. Linz y Theda
Skocpol, han insistido en que la comparación rigurosa exige distinguir
entre variables estructurales, institucionales y culturales.
El análisis, nos da precisamente
una oportunidad para comparar tres fenómenos:
-
La emergencia de Abelardo de la Espriella en Colombia.
-
La continuidad del chavismo mediante Laura Fernández en Costa
Rica.
-
La posible construcción futura de una alternativa política
representada por un reformismo, que tenga como común denominador: el
liberalismo político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la
Teología Latinoamericana de la Liberación, la izquierda “Manuel Morista”; y la
socialdemocracia clásica.
Uno de los principales hallazgos
de la Política Comparada, es que no todas las victorias electorales producen el
mismo tipo de cambio político. Giovanni Sartori señalaba que la alternancia
electoral, puede cumplir funciones democráticas distintas:
-
Sustituir élites gobernantes.
-
Renovar partidos.
-
Reconfigurar sistemas políticos.
-
Legitimar el régimen.
Del análisis que estamos realizando,
se establece una diferencia central: Colombia produjo una alternancia; Costa
Rica produjo una continuidad. Desde la Política Comparada, esta distinción es
fundamental.
En Colombia, la elección de
Abelardo representaría un caso de: alternancia antiincumbente,
es decir, una fuerza externa desplaza al grupo gobernante (Sobre la categoría
de alternancia antiincumbente, el libro de Luis Schiumerini: Sesgo de incumbencia: Por qué ocupar un
cargo político es una bendición y una maldición en América Latina (2025).
Traducción libre).
En Costa Rica, según la
interpretación del análisis, se produciría una: continuidad oficialista, donde el liderazgo saliente
conserva influencia decisiva, mediante una sucesión política. La comparación
muestra que dos victorias de derecha (Neo populistas de derecha), pueden
responder a lógicas institucionales completamente distintas.
Antes de entrar en otras
categorías de análisis, valga una nota, de corte metodológico - técnico y quizás, hasta epistemológico: este
tema de la diferencia entre la alternancia y la continuidad, puede ser, desde
la Política Comparada, una violación de la Regla de Duverger, la que expresa
que: no se deben comparar cosas muy semejantes o muy diferentes. Si se asume la
posición del maestro francés, la crítica es totalmente aceptable y válida
(Sobre la regla de Duverger: Métodos de
las Ciencias Sociales (1961)).
En el campo de la política comparada, el análisis de los perfiles de
liderazgo se centra en el origen de los actores:
-
Outsiders (Los que nosotros hemos definido como: figuras de
alguien sin trayectoria en los partidos tradicionales, o la política
tradicional).
-
Insiders (Lo que podríamos definir como: figuras con trayectoria
en los partidos tradicionales, o la política tradicional).
-
Herederos políticos.
Autores como Kurt Weyland, han estudiado cómo los outsiders,
suelen aprovechar crisis de legitimidad de los partidos tradicionales. Si vemos
la evidencia empírica, Abelardo de la Espriella, cumple con las características
de outsider:
-
Sin experiencia gubernamental significativa.
-
Con organización propia.
-
Construido fuera del aparato estatal.
Por el contrario, Laura Fernández
aparece como una heredera política:
-
Integrante del gobierno anterior.
-
Beneficiaria de una estructura ya consolidada (O cuando menos, ya
existente el PPSO).
-
Continuadora explícita del liderazgo precedente (La calidad de esa
continuidad es otra cosa).
La Política Comparada muestra que
ambos mecanismos son comunes en América Latina. Por ejemplo:
-
Alberto
Fernández fue inicialmente percibido como heredero político de Cristina Fernández de Kirchner.
-
Lenín
Moreno llegó al poder como sucesor de Rafael
Correa.
-
Nayib
Bukele, emergió como outsider frente al sistema tradicional.
Los resultados posteriores han
sido muy diferentes, lo que demuestra que la forma de acceso al poder, no
determina automáticamente la forma de gobernar. La Política Comparada ha
prestado especial atención a América Latina debido a la combinación de:
-
Presidencialismo fuerte.
-
Liderazgos personalistas.
-
Sistemas partidarios frecuentemente fragmentados.
Juan Linz, advertía que los
sistemas presidenciales pueden favorecer conflictos entre legitimidades, cuando
un presidente interpreta su victoria electoral como una autorización para
gobernar sin restricciones.
Nuestro análisis, plantea una
preocupación similar cuando hemos expuesto:
-
La continuidad de Chaves.
-
La narrativa de refundación.
-
La relación con los órganos de control.
Desde una perspectiva comparada,
esto recuerda experiencias observadas en:
-
Venezuela.
-
Ecuador.
-
Bolivia.
-
El
Salvador.
Sin embargo, la Política Comparada
advierte contra analogías simplistas. La existencia de liderazgos fuertes no
implica automáticamente una deriva autoritaria. Lo decisivo es observar:
-
Independencia judicial.
-
Competitividad electoral.
-
Libertad de prensa.
-
fortaleza institucional.
Uno de los principios
fundamentales de la Política Comparada contemporánea, proviene de los estudios
institucionalistas. Autores como Douglass North
y James G. March, demostraron que las
instituciones moldean el comportamiento político.
Esto ayuda a explicar por qué
liderazgos similares producen resultados distintos. Por ejemplo:
-
Un líder personalista en Costa Rica (Chaves / Fernández), enfrenta
instituciones históricamente fuertes.
-
Un líder similar en países con instituciones más débiles (Bukele
en El Salvador), podría acumular poder con mayor facilidad.
Por ello, la comparación no debe
centrarse únicamente en los líderes. Debe incluir:
-
Reglas electorales.
-
Sistemas judiciales.
-
Sistemas partidarios.
-
Cultura política.
-
Organización de la sociedad civil.
Ahora bien, hemos dicho que, otro
punto de comparación es: La posible construcción futura de una alternativa
política representada por un reformismo, que tenga como común denominador: el
liberalismo político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la
Teología Latinoamericana de la Liberación, la izquierda “Manuel Morista” y la
socialdemocracia clásica.
Puede sostenerse que esa
alternativa que estamos planteando —un reformismo
costarricense que articule el liberalismo político nacional, la
Doctrina Social de la Iglesia, la Teología Latinoamericana de la Liberación, el
pensamiento manuelmorista y la socialdemocracia clásica— constituye, desde la
Política Comparada, un caso muy interesante del análisis, porque ya no se
limita a estudiar un liderazgo o una elección, sino la posibilidad de construir
un nuevo clivaje político
capaz de sustituir, la polarización entre el neopopulismo de derecha y los
partidos tradicionales.
Desde la perspectiva comparada, la
pregunta central deja de ser quién ganará la siguiente elección; y pasa a ser
otra mucho más profunda: ¿Es posible construir una nueva familia política
costarricense que reorganice el sistema de partidos, sobre bases reformistas y
republicanas?
La respuesta exige analizar
experiencias comparables tanto en América Latina como en Europa. Uno de los
aportes centrales de Giovanni Sartori,
consiste en señalar que los partidos no son únicamente maquinarias electorales;
representan familias ideológicas relativamente estables.
En Costa Rica, durante gran parte
del siglo XX, existieron dos grandes familias:
-
El reformismo socialcristiano.
-
La socialdemocracia.
Ambas compartían, pese a sus diferencias:
-
Aceptación de la democracia liberal.
-
Defensa del Estado Social.
-
Economía mixta (Más inclinada al Estado, de José Figueres Ferrer a
Daniel Oduber Quirós. Más inclinada al sector privado, por ejemplo, desde los
intentos de Rodrigo Carazo, por la privatización de las empresas de CODESA,
hasta la política económica y comercial, Abel Pacheco de la Espriella).
-
Movilidad social (Con un claro fortalecimiento de la clase media,
de: Calderón Guardia a Daniel Oduber Quirós).
-
Respeto institucional (De José Figueres Ferrer en adelante).
La fragmentación iniciada a partir
de los años noventa, destruyó ese equilibrio: en realidad, si seguimos al
sociólogo, Jorge Rovira Mas, esa fragmentación, inició con los Programas de
Ajuste Estructural, a inicios de los ochentas.
El resultado fue precisamente el
escenario descrito en este análisis:
-
Crisis de representación (Lo que el fundador del PAC, Ottón Solís,
describiera como: “Decir una cosa en campaña y hacer otra en el gobierno”).
-
Debilitamiento partidario (Evidente, desde las elecciones de
1998).
-
Personalización del poder.
-
Aparición del neopopulismo.
La alternativa reformista
propuesta, intentaría reconstruir una familia política perdida. Desde Sartori,
ello significaría una reestructuración del
sistema partidario, no simplemente la creación de un nuevo
partido (Recuérdese o sépase, lo que escribiera Sartori en: Partidos y sistemas de partidos, de
1976: "Un sistema de partidos es el sistema de interacciones resultante de
la competencia entre partidos.". Asimismo, afirma: "Los partidos son
canales de expresión política y mecanismos de representación.".
Aquí resulta útil Otto Kirchheimer. Kirchheimer, explicó que
muchos partidos exitosos dejan de representar únicamente a un sector social,
para convertirse en partidos atrapa-todo
(catch-all parties).
La propuesta reformista
costarricense, podría funcionar precisamente bajo esa lógica. Su objetivo no
sería representar exclusivamente:
-
Sindicatos.
-
Empresarios.
-
Agricultores.
-
Católicos.
-
Intelectuales.
Se trataría de: integrar todos
esos sectores bajo un mismo proyecto nacional. Desde la política comparada,
esto no constituye una anomalía. Existen antecedentes exitosos. Por ejemplo:
-
La Democracia Cristiana
italiana.
-
La Concertación de Partidos por la
Democracia (Chile).
-
El Frente Amplio (Aunque
ideológicamente distinto, en Uruguay).
Todos ellos reunieron tradiciones
políticas diferentes, bajo un horizonte común. Desde la Política Comparada, uno
de los aspectos más originales, consiste en observar que las cinco corrientes
propuestas, no son necesariamente incompatibles:
A) Liberalismo político
costarricense: representa:
-
Estado de Derecho.
-
División de poderes.
-
Libertades públicas.
-
Constitucionalismo.
Autores en la filosofía política:
-
John
Locke.
-
Montesquieu.
Representantes en Costa Rica:
-
Ascensión Esquivel.
-
Cleto González Víquez.
-
Ricardo Jiménez Oreamuno.
Comparativamente, constituye el
componente republicano del proyecto.
B) Doctrina Social de la Iglesia: aporta:
-
Dignidad humana.
-
Solidaridad.
-
Subsidiariedad.
-
Bien común.
Desde la Política Comparada, este
componente se aproxima a la tradición demócrata-cristiana europea.
Autores en la filosofía política:
-
Jacques
Maritain.
-
Luigi
Sturzo.
Representantes en Costa Rica:
-
Monseñor Bernardo Augusto Thiel.
-
Jorge Volio.
-
Monseñor Sanabria.
-
Calderón Guardia.
-
Rodrigo Carazo Odio.
C) Teología Latinoamericana de la
Liberación: Aquí conviene distinguir cuidadosamente. La Política Comparada,
muestra que esta corriente nunca fue homogénea. Existen:
-
Versiones marxistas.
-
Versiones pastorales.
-
Versiones reformistas.
La vertiente representada por Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y Juan Carlos Scannone, aporta categorías como:
-
Opción preferencial por los pobres.
-
Justicia social.
-
Exclusión.
-
Participación popular.
Representantes en Costa Rica:
-
Pablo Richard.
-
Victorio Araya Guillén.
-
Elsa Tamez.
No necesariamente implica una
ruptura con la democracia liberal. No se olvide todo el acervo en materia de
Doctrina Social de la Iglesia, del Papa Francisco y León XIV.
D) Izquierda “Manuel Morista”: Aquí
aparece una particularidad exclusivamente costarricense. El pensamiento de Manuel Mora Valverde, evolucionó
considerablemente. Especialmente después de los años setenta.
Su legado combina:
-
Sindicalismo.
-
Derechos laborales.
-
Democracia electoral.
-
Reforma social.
-
Antioligarquismo.
La Política Comparada, permite
observar que este tipo de izquierda democrática posee equivalentes en:
-
El Partido Comunista Italiano
durante el eurocomunismo.
-
El Partido Comunista de España,
posterior a la transición.
Representantes en Costa Rica:
-
Manuel Mora Valverde.
-
Rodrigo Gutiérrez Sáenz.
-
Álvaro Montero Mejía.
-
Daniel Camacho.
-
Vladimir de la Cruz de Lemos.
-
José Merino del Río.
E) Socialdemocracia clásica:
representada históricamente por:
-
José Figueres Ferrer.
-
Francisco J. Orlich B.
-
Daniel Oduber Quirós.
-
Luis Alberto Monge A.
-
Rodrigo Facio B.
Aporta:
-
Planificación democrática.
-
Estado social.
-
Desarrollo económico.
-
Movilidad social.
Su referente internacional puede
encontrarse en:
-
Partido
Socialdemócrata de Suecia.
-
Partido
Socialdemócrata de Alemania.
Autores en la filosofía política:
-
Enrique Obregón Valverde.
Pues bien, desde la Política
Comparada, sí puede identificarse un común denominador entre las corrientes
descritas: Las cinco corrientes coinciden en defender:
-
Democracia constitucional.
-
Economía social.
-
Justicia distributiva.
-
Respeto institucional.
-
Pluralismo.
-
Dignidad humana.
-
Reforma gradual.
En otras palabras, ninguna propone
destruir la democracia representativa. Lo que cambia es el énfasis. Si
observamos América Latina, encontramos experiencias semejantes:
A) Uruguay: El Frente Amplio logró
integrar:
-
Socialistas.
-
Comunistas.
-
Demócrata-cristianos.
-
Independientes.
Su unidad descansó menos en una
identidad doctrinal única, que en un programa compartido de transformación
democrática.
B) Chile: La Concertación integró:
-
Democratacristianos.
-
Socialistas.
-
Liberales progresistas.
C) Brasil: El caso del Partido dos Trabalhadores resulta ilustrativo.
En sus primeras etapas reunió:
-
Sindicalismo.
-
Catolicismo de base.
-
Intelectuales.
-
Movimientos populares.
Aquí aparecen claras influencias
de la Teología de la Liberación.
En otro orden de cosas, la
comparación muestra una característica singular. La propuesta costarricense
incorpora simultáneamente:
-
Liberalismo.
-
Cristianismo social.
-
Marxismo “Manuel Morista”.
-
Socialdemocracia.
Es decir, no busca eliminar una tradición
mediante otra. Busca construir una síntesis nacional. Esto recuerda más bien la
lógica del reformismo histórico costarricense de los años cuarenta. Samuel P. Huntington afirmaba que las
democracias estables, dependen menos del carisma que de la institucionalización.
La propuesta reformista tendría una ventaja comparativa frente al neopopulismo.
Mientras éste organiza la política alrededor del líder, el reformismo podría
organizarla alrededor de instituciones.
Es exactamente la diferencia
entre: política personalista; y política programática. Por su parte, Arend Lijphart mostró que las democracias
pequeñas y plurales, funcionan mejor mediante consensos amplios.
Costa Rica históricamente se
aproximó a ese modelo. La alternativa reformista sería coherente con esa
tradición, porque:
-
Incorpora pluralidad ideológica.
-
Privilegia acuerdos.
-
Evita polarizaciones absolutas.
-
Fortalece la negociación política.
Desde esta perspectiva,
representaría una respuesta institucional a la lógica plebiscitaria y confrontativa
descrita en este análisis. Sin embargo, la Política Comparada, también
identifica desafíos importantes.
Entre ellos destacan:
-
La heterogeneidad doctrinal: Integrar liberales,
socialcristianos, teólogos de la liberación, manuelmoristas y socialdemócratas;
exige una narrativa común capaz de evitar contradicciones programáticas.
-
La competencia con el neopopulismo:
Los proyectos reformistas suelen ser más complejos de comunicar que los
liderazgos personalistas, cuyos mensajes son simples y emocionalmente
movilizadores.
-
La construcción organizativa: Como advertía Maurice
Duverger, una corriente de opinión solo se convierte en fuerza política,
cuando desarrolla organización territorial, cuadros dirigentes, financiamiento
e identidad colectiva.
-
La renovación generacional: Un reformismo exitoso requeriría
combinar la memoria histórica de las reformas sociales, con agendas
contemporáneas —seguridad ciudadana, productividad, innovación, sostenibilidad
y transformación digital— para conectar con nuevos electores sin quedar anclado
en la nostalgia.
Desde la Política Comparada, la
hipótesis planteada en el análisis, puede entenderse como el intento de
construir una nueva familia reformista
costarricense, capaz de responder a la crisis de representación,
mediante una síntesis de las principales tradiciones democráticas del país. Su
rasgo distintivo, sería desplazar el eje de la competencia política, desde la
confrontación entre populismo y antipopulismo, hacia una disputa entre
proyectos programáticos de desarrollo nacional.
Comparativamente, esta propuesta
encuentra precedentes en experiencias de coaliciones amplias como la Democracia
Cristiana italiana, la Concertación chilena, el Frente Amplio uruguayo y, en
ciertos momentos, el Partido de los Trabajadores brasileño.
Aunque mantiene una singularidad
propia al integrar cinco tradiciones que forman parte de la historia política
costarricense. Si logra traducir esa convergencia, en una organización sólida,
un liderazgo compartido y un programa coherente, podría convertirse en una
alternativa competitiva; si permanece como una convergencia meramente
intelectual, difícilmente alterará el equilibrio del sistema de partidos.
En ese sentido, el principal
desafío no sería demostrar la compatibilidad teórica entre el liberalismo
político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología
Latinoamericana de la Liberación, el manuelmorismo y la socialdemocracia
clásica, sino, convertir esa compatibilidad en una identidad política
reconocible por la ciudadanía. Como enseñan Sartori, Duverger y Lijphart, las
ideas adquieren capacidad transformadora, cuando logran institucionalizarse en
organizaciones duraderas, producir representación efectiva y articular una
mayoría democrática estable.
Valga decir que, el esfuerzo de
institucionalización de esta idea, ha sido, primero lo que fue la tendencia
dentro del PLN, y luego, construido como partido político independiente:
Esperanza Nacional.
Desde la perspectiva de la
Política Comparada, la experiencia del Movimiento Esperanza Nacional,
encabezado por Claudio Alpízar Otoya, durante la convención interna del Partido
Liberación Nacional, que definió la candidatura presidencial para las
elecciones nacionales de 2022, constituye un caso particularmente ilustrativo
de un intento de renovación ideológica y organizativa, desde el interior de un
partido histórico, antes que una simple precandidatura presidencial.
Más que representar una corriente
personalista, Esperanza Nacional procuró presentarse como un proyecto
reformista, que buscaba recuperar la tradición socialdemócrata del
liberacionismo, reivindicar una posición de centro; y abrir espacios a
liderazgos ajenos a las estructuras tradicionales del partido.
Desde su lanzamiento, Alpízar,
sostuvo que el movimiento estaba integrado por profesionales y dirigentes que
no habían formado parte de las élites tradicionales del PLN; y que pretendían,
reconstruir un proyecto político inspirado en el humanismo, la democracia y la
vocación reformista, que históricamente caracterizó a la agrupación.
Analizada a la luz del reformismo
propuesto anteriormente —como punto de encuentro entre el liberalismo político
costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología Latinoamericana de
la Liberación, la tradición manuelmorista y la socialdemocracia clásica—, la
experiencia de Esperanza Nacional, puede interpretarse como un antecedente
parcial e incompleto de esa posible síntesis política.
Su discurso giró alrededor de
conceptos como el bien común, la justicia social, la eficiencia del Estado, la
economía social, la participación ciudadana y la defensa de las instituciones
democráticas, elementos compatibles con una visión reformista amplia; y
alejados tanto del neoliberalismo ortodoxo como de las propuestas de
confrontación populista.
El propio programa político presentado durante
la convención, definía al movimiento como una corriente reformista de
inspiración democrática, humanista y socialdemócrata moderna, comprometida
simultáneamente con un Estado eficaz, un sector privado dinámico y una economía
social solidaria.
Sin embargo, desde la Política
Comparada, el principal aporte de esta experiencia, no radica en su resultado
electoral —Claudio Alpízar obtuvo alrededor del seis por ciento de los votos en
la convención liberacionista—, sino en las limitaciones estructurales que
enfrentó un intento de renovación interna, dentro de un partido altamente
institucionalizado.
Maurice Duverger había advertido
que los partidos tradicionales, desarrollan mecanismos de reproducción de sus
élites, que dificultan la emergencia de nuevas corrientes capaces de disputar
efectivamente, el control de la organización.
En
este caso, Esperanza Nacional intentó introducir un nuevo relato reformista,
pero debió competir contra tendencias consolidadas, con mayor capacidad
organizativa, redes territoriales históricas; y liderazgos ampliamente
conocidos por la militancia. La victoria de José María Figueres Olsen, confirmó
que, en ese momento, el aparato tradicional conservaba una capacidad de
movilización muy superior a la de los movimientos renovadores.
La experiencia también puede
analizarse mediante las categorías desarrolladas por Otto Kirchheimer, sobre
los partidos "atrapa-todo". Esperanza Nacional, buscó ampliar su base
política más allá de los grupos tradicionales del PLN, apelando a
profesionales, jóvenes, sectores productivos y ciudadanos desencantados con la
polarización.
Sin
embargo, esa apertura no logró transformarse en una identidad colectiva,
suficientemente fuerte, para competir con las corrientes históricas del
partido. Desde la óptica de Giovanni Sartori, puede afirmarse que, el
movimiento representó más una tentativa de reorientar la familia ideológica
socialdemócrata, que de construir una nueva familia política con autonomía
propia.
A ello se suma un elemento
particularmente relevante para el análisis comparado: Tras la convención, el
movimiento terminó respaldando la candidatura de José María Figueres Olsen, en
nombre de la unidad partidaria y de la defensa de la democracia, reivindicando
nuevamente principios como el bien común, la equidad socialdemócrata y el
respeto a la Constitución Política.
Ese apoyo mostró que la corriente
renovadora, privilegiaba la cohesión institucional sobre la ruptura inmediata.
Sin embargo, pocos meses después, Claudio Alpízar abandonó el PLN argumentando
que la organización, no había logrado renovarse y que persistían las mismas
estructuras de poder y los mismos liderazgos tradicionales, lo que evidenció,
las dificultades de transformar desde dentro un partido, con fuertes mecanismos
de continuidad organizativa.
Precisamente, allí reside la
principal enseñanza de esta experiencia para la construcción futura de un
reformismo costarricense. La Política Comparada, demuestra que los proyectos de
renovación, pueden seguir dos caminos distintos: reformar los partidos
históricos desde su interior; o construir nuevas organizaciones capaces de
reorganizar el sistema político.
Casos como la Concertación
chilena, el Frente Amplio uruguayo o la Democracia Cristiana italiana, muestran
que ambas estrategias han sido exitosas en distintos contextos, dependiendo de
la capacidad para construir una identidad política reconocible, una
organización territorial sólida; y un liderazgo capaz de trascender los
personalismos. La experiencia de Esperanza Nacional, parece demostrar que, al
menos en el contexto del PLN, la renovación ideológica enfrentó límites
estructurales difíciles de superar.
En consecuencia, si llegara a
construirse en Costa Rica una alternativa reformista que integrara el
liberalismo político, el socialcristianismo, la Teología Latinoamericana de la
Liberación, el pensamiento manuelmorista y la socialdemocracia clásica, la
experiencia de Esperanza Nacional, debería estudiarse como un antecedente
relevante.
No porque hubiese logrado
concretar esa síntesis de manera acabada, sino porque evidenció que existía un
espacio político para un discurso de centro reformista, humanista y
republicano. Su principal limitación no fue necesariamente la falta de
coherencia doctrinal, sino la imposibilidad de convertir esa propuesta
intelectual, en una fuerza organizativa capaz de disputar exitosamente el
liderazgo dentro de un partido, cuya dinámica institucional favorecía la
reproducción de sus corrientes históricas.
Desde la Política Comparada, esta
experiencia confirma que las ideas, por sí solas, no transforman los sistemas
de partidos; requieren organización, liderazgo, implantación territorial; e
identidad colectiva para convertirse en una verdadera alternativa de gobierno.
Desde la perspectiva de la
Política Comparada, la transformación del Movimiento Esperanza Nacional —nacido
originalmente, como una tendencia interna del Partido Liberación Nacional,
durante la convención de 2022— en un partido político independiente, para las
elecciones nacionales de 2026, constituye un caso particularmente ilustrativo
sobre las posibilidades y límites que enfrentan, los proyectos reformistas
cuando abandonan el intento de renovar un partido histórico; y deciden competir
de manera autónoma dentro de un sistema de partidos altamente fragmentado.
La decisión de Claudio Alpízar
Otoya, de fundar el Partido Esperanza Nacional, respondió, en buena medida, al
diagnóstico de que la renovación ideológica del liberacionismo desde sus
estructuras internas, había encontrado límites prácticamente insuperables.
Después
de la experiencia de la convención de 2022 y de su posterior salida del PLN, la
estrategia consistió en construir una organización completamente nueva, cuyo
discurso se definía como socialdemócrata, humanista, republicano; y
comprometido con la defensa del Estado Social de Derecho, la institucionalidad
democrática y una política alejada tanto del enfrentamiento permanente, como
del personalismo.
El programa de gobierno,
reivindicó expresamente la democracia costarricense, la Caja Costarricense de
Seguro Social, el Instituto Costarricense de Electricidad, el civilismo y la
tradición reformista nacional; como pilares sobre los cuales debía edificarse
un nuevo proyecto de desarrollo.
Vista desde el modelo teórico
desarrollado anteriormente, la propuesta de Esperanza Nacional, se aproximó, al
menos en el plano programático, a la síntesis reformista integrada por el liberalismo
político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología
Latinoamericana de la Liberación, la tradición manuelmorista y la
socialdemocracia clásica.
El énfasis colocado sobre la
dignidad humana, el fortalecimiento institucional, la justicia social, la
economía con responsabilidad social; y la búsqueda de acuerdos nacionales,
situó al partido dentro de una tradición reformista que procuraba recuperar
buena parte del consenso político, construido durante la segunda mitad del
siglo XX.
En
este sentido, el proyecto representó un esfuerzo por reconstruir un centro
político programático, en un escenario crecientemente dominado por la
polarización y la personalización del liderazgo.
Sin embargo, la Política Comparada,
enseña que la consistencia doctrinal, constituye únicamente una condición
necesaria, pero nunca suficiente, para transformar un proyecto intelectual en
una fuerza electoral competitiva.
Maurice Duverger advertía que las
corrientes de opinión, solamente adquieren relevancia política cuando logran
institucionalizarse mediante organización territorial, liderazgo,
financiamiento, cuadros políticos; y capacidad permanente de movilización.
Precisamente en este punto, se observa la principal limitación de Esperanza
Nacional.
Los resultados de la elección
presidencial de 2026, muestran que la candidatura de Claudio Alpízar, obtuvo
aproximadamente 1.826 votos válidos, muy por debajo del umbral legal requerido,
para conservar la inscripción nacional del partido.
Como consecuencia, la agrupación quedó
comprendida, entre los partidos que perderían su inscripción electoral, al no
alcanzar el mínimo de apoyo establecido por la legislación costarricense.
Desde la perspectiva de Giovanni
Sartori, este resultado puede interpretarse como la dificultad que enfrentan
las nuevas familias políticas, para consolidarse cuando ingresan a un sistema
partidario ya altamente fragmentado.
Costa Rica llegó a las elecciones
de 2026, con veinte candidaturas presidenciales, fenómeno que incrementó
considerablemente los costos de diferenciación política; y redujo la
visibilidad de proyectos emergentes.
En contextos semejantes, los
electores suelen concentrar su voto alrededor de candidaturas percibidas como
viables, para disputar efectivamente el poder, fenómeno ampliamente estudiado
por la literatura comparada sobre comportamiento electoral.
Otro elemento que ayuda a
comprender esta experiencia, proviene de las tesis de Kurt Weyland, sobre los
outsiders latinoamericanos. Aunque Claudio Alpízar abandonó el Partido
Liberación Nacional para fundar una nueva organización, difícilmente podía ser
presentado como un outsider en el sentido clásico del término.
Su trayectoria como académico, analista
político, exdirigente liberacionista y precandidato presidencial, lo ubicaba
más bien dentro de la categoría de dirigente político experimentado, que
intentaba construir una nueva oferta electoral. Ello limitó la posibilidad de
apropiarse de la narrativa antisistema, que sí caracterizó a otros liderazgos
contemporáneos en América Latina.
Al mismo tiempo, el contexto
político de 2026, estuvo marcado por una fuerte polarización entre la
continuidad representada por Laura Fernández y el Partido Pueblo Soberano; y la
principal candidatura opositora encabezada por Álvaro Ramos, desde el Partido
Liberación Nacional.
Esa dinámica produjo un proceso de
concentración del voto útil, alrededor de las opciones consideradas con
posibilidades reales de alcanzar la Presidencia de la República, dejando un
espacio extremadamente reducido, para proyectos intermedios, incluso aquellos
con programas técnicamente consistentes o doctrinalmente elaborados.
No obstante, limitar el análisis
exclusivamente al reducido caudal electoral, conduciría a una interpretación
incompleta. Desde la Política Comparada contemporánea, las elecciones no
constituyen el único criterio para evaluar la relevancia de una organización
política. Los partidos, también cumplen funciones relacionadas con la
introducción de nuevas ideas, la renovación del debate público, la formación de
cuadros dirigentes; y la construcción de agendas programáticas, que pueden
influir posteriormente sobre otras fuerzas políticas.
En ese sentido, Esperanza Nacional,
representó un intento poco frecuente en la política costarricense reciente:
construir una propuesta centrada más en un proyecto doctrinal, que en el liderazgo
carismático.
Mientras buena parte de la
competencia electoral, estuvo dominada por discursos polarizadores,
confrontaciones personales y estrategias comunicativas, altamente
emocionalizadas, el partido procuró sostener un discurso de moderación, fortalecimiento
institucional, responsabilidad fiscal compatible con el Estado Social de
Derecho y recuperación del reformismo democrático.
Esa opción programática, aunque
electoralmente marginal, constituye un objeto de estudio relevante, para
comprender las dificultades que enfrentan las alternativas de centro, en
contextos de creciente polarización.
La principal enseñanza comparada
que deja la experiencia de Esperanza Nacional, es que la existencia de un
espacio ideológico potencial, no garantiza automáticamente la viabilidad
electoral de un partido.
Para que una corriente reformista
logre convertirse en una alternativa de gobierno, necesita articular
simultáneamente cuatro dimensiones: una identidad doctrinal clara, una
organización territorial sólida, liderazgos capaces de movilizar emocionalmente
al electorado; y una narrativa sencilla, que traduzca principios complejos, en
propuestas comprensibles para amplios sectores sociales.
Precisamente allí aparece el
vínculo con la hipótesis desarrollada anteriormente, acerca de la posible
construcción futura de un reformismo costarricense, integrado por el
liberalismo político, la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología
Latinoamericana de la Liberación, el pensamiento manuelmorista y la
socialdemocracia clásica.
La experiencia de Esperanza
Nacional, demuestra que la convergencia doctrinal entre estas tradiciones,
puede producir un programa coherente y filosóficamente consistente. Sin
embargo, también evidencia que dicha síntesis, resulta insuficiente cuando no
logra convertirse en una identidad política ampliamente reconocible por la
ciudadanía; ni en una organización con implantación territorial suficiente,
para competir dentro de un sistema político crecientemente dominado por el
liderazgo personalista, la comunicación digital; y la polarización.
Desde la Política Comparada, por
tanto, el legado más importante de Esperanza Nacional, no debe buscarse
exclusivamente en sus resultados electorales, sino en haber puesto de
manifiesto, que existe un espacio intelectual para un nuevo reformismo
democrático costarricense.
El desafío pendiente, consiste en
transformar esa convergencia programática, en una fuerza política capaz de
combinar pensamiento, organización, liderazgo y representación social. Como
enseñan Maurice Duverger, Giovanni Sartori y Arend Lijphart, las ideas solo
modifican los sistemas políticos, cuando consiguen institucionalizarse,
construir identidades colectivas duraderas; y convertirse en organizaciones
capaces de disputar el poder de manera sostenida.
V
Antes de continuar, vale la pena
preguntarse: ¿Qué hemos dicho hasta aquí?: hasta este punto del análisis, se ha
sostenido que el ascenso de los nuevos liderazgos neopopulistas en Costa Rica y
Colombia, no constituye un fenómeno aislado ni exclusivamente ideológico, sino
la consecuencia de una crisis estructural de representación, que afecta a los
sistemas políticos contemporáneos.
Figuras como Rodrigo Chaves, Laura
Fernández y Abelardo de la Espriella, no aparecen por generación espontánea;
emergen porque los partidos tradicionales, dejaron de responder de manera
eficaz a las preocupaciones cotidianas de amplios sectores de la ciudadanía.
Siguiendo a Maurice Duverger, se
explicó que los sistemas de partidos, atraviesan ciclos de estabilidad y de
reestructuración. Cuando las organizaciones históricas dejan de canalizar las
demandas sociales, se produce un vacío de representación que abre espacio a
nuevos actores políticos.
La ciudadanía deja de votar únicamente por
ideologías; y comienza a privilegiar a quienes considera capaces de resolver
problemas concretos como la inseguridad, el deterioro económico o la crisis de
los servicios públicos.
Este proceso ha venido acompañado
por una transformación profunda del sistema de partidos: la política deja de
organizarse alrededor de programas e ideologías relativamente estables; y pasa
a estructurarse alrededor de liderazgos altamente personalistas. El jefe
político se convierte progresivamente, en el principal símbolo de
identificación colectiva, desplazando a las organizaciones partidarias, como
eje de la competencia política.
Asimismo, se sostuvo que el éxito
de estos liderazgos, no puede explicarse únicamente por sus propios méritos,
sino también por las debilidades de sus adversarios. En Costa Rica, el PLN, el
PUSC y el PAC, fueron perdiendo capacidad de representación; en Colombia,
amplios sectores, percibieron a las fuerzas tradicionales y posteriormente al
gobierno del Pacto Histórico, como distantes de las preocupaciones ciudadanas.
La oposición, en muchos casos, sustituyó la autocrítica por la condena moral
del adversario, sin comprender las razones profundas del malestar social.
Se argumentó igualmente, que la
política contemporánea ya no se decide exclusivamente mediante programas de
gobierno, sino, mediante narrativas capaces de convertir frustraciones
dispersas, en identidades políticas coherentes.
En
este contexto, la comunicación emocional, adquiere una importancia creciente y
favorece el surgimiento de movimientos personalistas, con fuerte capacidad de
movilización. Posteriormente, el análisis abordó los riesgos que acompañan este
tipo de liderazgos. Entre ellos, destacan la concentración del poder, el
debilitamiento de los contrapesos institucionales, la subordinación de los
órganos de control; y la sustitución de la lealtad programática, por la
adhesión emocional al líder.
En el caso costarricense, se examinó
críticamente la narrativa de la denominada "Tercera República",
concluyéndose, a partir de los planteamientos de Rubén Hernández Valle y
Vladimir de la Cruz de Lemos, que dicha propuesta, presenta serios problemas de
viabilidad jurídica e implica riesgos para el Estado social y democrático de
derecho.
Desde la filosofía política, se
profundizó en la tensión entre liderazgo e institucionalidad. Hobbes ayuda a
comprender por qué sociedades afectadas por la inseguridad o la ineficacia
estatal, buscan autoridades fuertes; Locke recuerda, sin embargo, que todo
poder legítimo requiere límites permanentes. Rousseau, permitió introducir una
pregunta decisiva: ¿El líder representa al pueblo o termina identificándose con
él?
A partir de esa interrogante, se
analizó la diferencia entre representación e identificación política. La
tradición liberal, entiende que el representante actúa en nombre del pueblo,
pero nunca se convierte en el pueblo mismo.
En
cambio, las teorías contemporáneas del populismo —especialmente Ernesto Laclau,
Carl Schmitt y Jan-Werner Müller— muestran cómo determinados liderazgos,
tienden a construir una identificación simbólica entre líder y ciudadanía,
presentándose como la única voz auténtica del pueblo; y reduciendo el espacio
para el pluralismo democrático.
Max Weber permitió explicar el
papel del liderazgo carismático, mientras que Jürgen Habermas, Niklas Luhmann,
Hannah Arendt y Pierre Rosanvallon, advirtieron sobre los riesgos de sustituir
el debate racional, el pluralismo y los controles institucionales por
relaciones políticas fundamentadas en la identificación emocional y la
polarización permanente.
El análisis también mostró que
estos fenómenos deben situarse dentro de un contexto internacional más amplio.
Desde las Relaciones Internacionales se argumentó que Costa Rica y Colombia,
forman parte de una tendencia global caracterizada por la crisis de
representación, el debilitamiento de los partidos tradicionales, el
cuestionamiento del consenso liberal posterior a la Guerra Fría, la expansión
de liderazgos populistas; y la creciente importancia de la comunicación digital
en la construcción del poder político.
En ese contexto se examinó el caso
particular de Costa Rica, sosteniéndose que el estilo neopopulista de gobierno,
ha producido una erosión gradual de la imagen internacional del país. No se
afirmó un colapso de su prestigio democrático, sino un desgaste acumulativo de
algunos de los pilares históricos de su poder blando: la estabilidad
institucional, el multilateralismo, el liderazgo ambiental, la libertad de
prensa y la autoridad moral derivada de su tradición republicana.
Desde la Política Comparada, se
distinguió entre la continuidad política observada en Costa Rica y la
alternancia producida en Colombia, señalando que ambas expresan mecanismos
diferentes de transformación del sistema de partidos. También se introdujo la
categoría de outsider, frente a la del heredero político, mostrando que el
acceso al poder puede producirse tanto mediante la ruptura con el sistema
tradicional, como mediante la continuidad de un liderazgo ya consolidado.
Finalmente, el análisis presentó
la hipótesis de una posible alternativa reformista costarricense, capaz de
superar la actual polarización. Esa propuesta buscaría articular el liberalismo
político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología
Latinoamericana de la Liberación, la tradición manuelmorista y la
socialdemocracia clásica, en una nueva familia política orientada por la
defensa de la democracia constitucional, el Estado social de derecho, la
justicia social, el pluralismo y la institucionalidad republicana.
Dentro de esa reflexión, se
estudió la experiencia de Esperanza Nacional, primero como corriente interna
del Partido Liberación Nacional y posteriormente, como partido independiente,
concluyéndose que constituye un antecedente relevante de ese reformismo, aunque
sus dificultades para consolidarse, evidencian una de las principales
enseñanzas de la Política Comparada: las ideas solamente adquieren capacidad
transformadora, cuando logran institucionalizarse mediante organización,
liderazgo, implantación territorial e identidad colectiva.
En síntesis, el argumento desarrollado hasta
aquí, puede resumirse en cinco grandes tesis:
-
La crisis principal no es el surgimiento del neopopulismo, sino la
crisis previa de representación que dejó vacíos políticos aprovechados por
nuevos liderazgos.
-
La política contemporánea, experimenta un desplazamiento desde los
partidos programáticos hacia liderazgos personalistas, sustentados en
narrativas emocionales.
-
La democracia enfrenta una tensión permanente entre liderazgo
eficaz e institucionalidad, entre soberanía popular y límites al poder (No
podemos olvidar, que Rousseau sostiene: "La soberanía no puede ser
representada." (El contrato social, Libro III). Y añade: "La
voluntad general es siempre recta." (El contrato social, Libro II)).
-
Los casos de Costa Rica y Colombia, forman parte de una
transformación internacional más amplia, que afecta a numerosas democracias
occidentales.
-
Frente a esa polarización, comienza a perfilarse la posibilidad de
un nuevo reformismo democrático, capaz de reconstruir la representación
política sobre bases programáticas e institucionales.
Dicho esto, podemos entrar en el
estudio del realineamiento político y la
polarización, como procesos que permiten explicar: cómo las
crisis de representación, terminan reorganizando los clivajes electorales, las
identidades partidarias y las formas de competencia política en democracias,
como las de Costa Rica y Colombia.
Una de las contribuciones más
importantes de la Política Comparada contemporánea, proviene de los estudios
sobre polarización y realineamiento. Autores como Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, argumentaron que los sistemas
políticos se organizan alrededor de clivajes o divisiones sociales.
El análisis, sugiere que en Costa
Rica, podría estar surgiendo un nuevo clivaje: No simplemente:
-
izquierda versus derecha.
Sino:
-
Oficialismo versus antioficialismo.
-
Liderazgo personalista, versus institucionalismo.
-
Continuidad versus alternancia.
Si esta interpretación es
correcta, Costa Rica podría estar experimentando un proceso de realineamiento
político semejante al observado en otras democracias, donde las identidades
partidarias tradicionales, pierden relevancia y son sustituidas por nuevas
divisiones.
Finalmente, la Política Comparada,
ofrece herramientas para evaluar la calidad democrática. Autores como Larry Diamond y Leonardo
Morlino, sostienen que la democracia no puede medirse únicamente por la
celebración de elecciones. También deben considerarse:
-
Rendición de cuentas (Nos dice el primero: que esta es una
condición para la democracia de calidad. Cf. Desarrollo de la democracia (1999)).
-
Participación.
-
Competencia política.
-
Respeto a derechos.
-
Controles institucionales.
Este criterio resulta
especialmente relevante, para uno de los argumentos centrales de este análisis.
La preocupación expresada no se dirige contra la legitimidad electoral de los
gobiernos. Se dirige a la posibilidad de que una mayoría electoral, termine
debilitando mecanismos que garantizan la competencia democrática futura. Desde
la Política Comparada, esta es una preocupación legítima y ampliamente
estudiada, en democracias contemporáneas.
La comparación entre Colombia,
Costa Rica y la posible emergencia de nuevas alternativas conservadoras,
permite identificar varios fenómenos simultáneos:
-
La alternancia y la continuidad, son procesos políticamente
distintos, aunque puedan compartir orientación ideológica.
-
Los outsiders, suelen surgir cuando los partidos tradicionales
pierden capacidad de representación.
-
Los liderazgos personalistas, son frecuentes en sistemas
presidenciales latinoamericanos, pero sus efectos dependen de las
instituciones.
-
La construcción de movimientos duraderos requiere organización, no
solo popularidad.
-
Las democracias contemporáneas, enfrentan procesos de polarización
y realineamiento que trascienden el eje izquierda-derecha.
-
La calidad democrática depende tanto de las elecciones, como de la
preservación de los mecanismos de control y competencia.
En términos de Política Comparada,
la pregunta más relevante que plantea este análisis, no es quién ganó una
elección, ni cuál ideología avanza en la región. La cuestión decisiva es qué
tipo de sistema político está emergiendo: uno basado en partidos
institucionalizados y alternancia efectiva, o uno crecientemente estructurado
alrededor de liderazgos personalistas, capaces de redefinir las reglas de
competencia política. Como advertía Giovanni Sartori en Partidos y sistemas de partidos (1976), el futuro de una democracia,
depende menos de la fuerza de sus líderes, que de la capacidad de sus
instituciones para sobrevivirles.
Pues bien, el análisis realizado
desde: Maurice Duverger, la Filosofía Política, las Relaciones Internacionales
y la Política Comparada, puede enriquecerse aún más mediante los aportes de la
teoría política contemporánea.
Las contribuciones de Helio Jaguaribe, David Easton, Niklas Luhmann, Jürgen Habermas, Jesús Ibáñez y Zygmunt Bauman; permiten comprender dimensiones que
trascienden los liderazgos individuales y se relacionan con el funcionamiento
profundo de los sistemas políticos modernos.
Desde esta perspectiva, el ascenso
de figuras como Rodrigo Chaves, Laura Fernández o Abelardo de la Espriella, no
puede interpretarse únicamente como resultado de campañas exitosas o errores de
la oposición. Son manifestaciones de transformaciones estructurales, en las
formas de representación, comunicación y legitimación del poder.
En el caso del pensador brasileño Helio Jaguaribe, éste desarrolló una
interpretación de América Latina, basada en las tensiones entre modernización,
desarrollo e institucionalización política. Jaguaribe observó que muchas
democracias latinoamericanas, enfrentan un problema recurrente: las
instituciones evolucionan más lentamente que las demandas sociales. En Desarrollo
Político y Desarrollo Económico (1973),
afirmó: "La estabilidad política depende de la capacidad de las
instituciones para absorber y procesar las demandas sociales."
Esta observación resulta
especialmente pertinente, para interpretar este análisis: lo que aparece en
Costa Rica y Colombia, no es simplemente un cambio ideológico. Es la
manifestación de sectores sociales, que perciben que sus demandas no están
siendo adecuadamente procesadas, por los mecanismos tradicionales de
representación.
La crítica a las élites políticas,
a los partidos históricos y a ciertos consensos tecnocráticos, refleja
precisamente esa brecha entre ciudadanía e instituciones. Desde Jaguaribe, el
éxito de los nuevos liderazgos, constituye una señal de que los mecanismos
tradicionales de intermediación política, están experimentando un desgaste
significativo.
Por su parte, David Easton,
revolucionó la teoría política al concebir la política, como un sistema abierto
de entradas y salidas. En “Esquema para
el análisis político (1965), sostiene: "La vida política puede ser
interpretada como un sistema de comportamiento mediante el cual valores son
asignados autoritativamente para una sociedad.".
Para Easton, toda sociedad genera:
-
Demandas.
-
Apoyos.
-
Presiones.
-
Conflictos.
El sistema político debe
transformar esas demandas, en decisiones legítimas. Cuando el sistema falla en
ese proceso, aparece una crisis de legitimidad. El presente análisis, puede interpretarse
precisamente desde esta lógica. Las demandas relacionadas con:
-
Inseguridad.
-
Corrupción.
-
Pérdida de confianza institucional.
-
Deterioro económico.
-
Identidad nacional.
Estas demandas, habrían sido
insuficientemente procesadas por los actores políticos tradicionales. El
resultado, fue la búsqueda de nuevos canales de representación. Easton
afirmaba: "La persistencia de un sistema, depende de su capacidad para
responder a las demandas provenientes de su entorno." La emergencia de
outsiders, constituye entonces una señal de estrés sistémico.
Niklas Luhmann, llevó el análisis
sistémico a un nivel aún más sofisticado. Para Luhmann, la política no se
organiza principalmente alrededor de individuos o instituciones, sino de
comunicaciones (Para entender esta tesis nos resulta clave el libro: La Sociedad sin hombres (1990), de
Ignacio Izuzquiza).
En Teoría Política en el Estado de
Bienestar (1997)
señala el alemán: "La sociedad moderna está compuesta por sistemas de
comunicación diferenciados." Desde esta perspectiva, el análisis, muestra
un fenómeno particularmente relevante: la transformación de la comunicación
política.
Los liderazgos contemporáneos, ya
no dependen exclusivamente de partidos, periódicos o instituciones
tradicionales. Operan mediante:
-
Redes sociales.
-
Comunicación directa.
-
Narrativas emocionales.
-
Construcción permanente de atención pública.
Luhmann sostenía que los sistemas
políticos, sobreviven reduciendo complejidad. La función del liderazgo
populista, consiste precisamente, en simplificar una realidad compleja,
mediante relatos fácilmente comprensibles:
-
Pueblo versus élites.
-
Ciudadanos versus burócratas.
-
Soberanía versus globalismo.
-
Honestidad versus corrupción.
Esta simplificación aumenta la
capacidad de movilización política, aunque también puede reducir la capacidad
deliberativa de la democracia. Mientras Luhmann, enfatiza la comunicación sistémica,
Jürgen Habermas, centra su atención en la
deliberación democrática.
En Problemas de legitimación en el
capitalismo tardío (1973), Habermas sostiene: "La legitimidad
depende de la aceptación racional de las decisiones políticas."
Posteriormente, en Teoría de la Acción Comunicativa (1981), afirma:
"Solo puede pretender validez aquello que pudiera encontrar el
asentimiento de todos los afectados."
Esta perspectiva, permite analizar
críticamente los procesos descritos. El presente análisis muestra una creciente
polarización política donde:
-
Los adversarios son vistos como enemigos.
-
La crítica es percibida como sabotaje.
-
La lealtad al líder, adquiere una importancia creciente.
Desde Habermas, el problema
fundamental no es la existencia de liderazgos fuertes. El problema, surge
cuando disminuyen los espacios de deliberación racional. La democracia requiere
algo más que elecciones. Requiere una esfera pública, donde las decisiones
puedan justificarse mediante argumentos; y no únicamente mediante adhesiones
emocionales.
Por su parte, el sociólogo español
Jesús Ibáñez, realizó aportes
fundamentales al análisis del discurso y la construcción simbólica de la
realidad social. Ibáñez afirmaba: "La realidad social es una realidad
construida." (Del Algoritmo al
sujeto (1985)).
Desde esta tesis, el análisis aquí
expuesto, permite observar una intensa disputa por la definición de la realidad
política. Cada actor intenta imponer interpretaciones diferentes:
-
¿Existe una crisis institucional?
-
¿Existe una crisis de representación?
-
¿Se vive una refundación nacional?
-
¿Se está produciendo una concentración de poder?
La lucha política no ocurre
únicamente por el control del Estado. También ocurre por el control de los
significados. Cuando ciertos sectores no comprenden por qué avanzan figuras
como De la Espriella o Chaves o Laura Fernández, está señalando precisamente,
una batalla por la interpretación de la realidad social. Ibáñez permite
comprender que las narrativas no son elementos secundarios de la política. Son
parte esencial de la producción del poder.
En la misma línea: pocas teorías
ayudan tanto a comprender el contexto contemporáneo, como la de Zygmunt Bauman. En Modernidad Líquida
(2000), Bauman sostiene: "Las condiciones de acción cambian antes de que
las formas de actuar puedan consolidarse en hábitos."
La política contemporánea se
desarrolla en un contexto caracterizado por:
-
Incertidumbre.
-
Volatilidad.
-
Desconfianza institucional.
-
Aceleración tecnológica.
-
Fragmentación social.
Bauman observa que, en sociedades
cada vez más inciertas, las personas buscan referentes que proporcionen:
-
Identidad.
-
Seguridad.
-
Pertenencia.
-
Sentido.
Esta observación, ayuda a
comprender el atractivo de los liderazgos carismáticos contemporáneos. Cuando
los ciudadanos perciben que las instituciones tradicionales son incapaces de
ofrecer respuestas claras, aumenta la demanda de figuras que prometan orden,
dirección y certidumbre.
Bauman advertía: "La
inseguridad es la principal fuente de legitimación de las políticas
contemporáneas." Esta afirmación, resulta particularmente pertinente, para
analizar el crecimiento de movimientos que enfatizan seguridad, soberanía y
liderazgo fuerte.
La incorporación de Jaguaribe,
Easton, Luhmann, Habermas, Ibáñez y Bauman; permite identificar una dimensión
más profunda de los fenómenos descritos. Desde Jaguaribe, observamos una crisis
de intermediación política. Desde Easton, observamos un sistema que enfrenta
dificultades, para procesar demandas sociales crecientes.
Desde Luhmann, observamos una
transformación radical de los mecanismos de comunicación política. Desde
Habermas, identificamos riesgos para la deliberación democrática y la
legitimidad racional.
Desde Ibáñez comprendemos la lucha
por la construcción simbólica de la realidad. Desde Bauman, observamos una
ciudadanía que busca seguridad y pertenencia en un contexto de incertidumbre
creciente.
Lo que aparece en Colombia y Costa
Rica, no es únicamente un cambio electoral. Es la expresión de una
transformación más profunda de las democracias contemporáneas. Las
instituciones tradicionales, enfrentan crecientes dificultades para representar
sociedades cada vez más complejas, fragmentadas y desconfiadas. Los nuevos
liderazgos, prosperan porque ofrecen respuestas simples a problemas complejos,
identidades claras en un mundo incierto; y narrativas coherentes en medio de
una realidad fragmentada.
Al integrar los aportes de los
diversos autores que hemos citado, emerge una tesis de gran relevancia para
comprender la política latinoamericana contemporánea. El fenómeno observado en
Costa Rica y Colombia, no puede reducirse a una victoria de la derecha ni a una
derrota de la izquierda. Tampoco puede explicarse, exclusivamente por el
carisma de ciertos líderes o por los errores de la oposición.
Estamos ante una transformación
más profunda: una crisis simultánea de representación, comunicación y
legitimidad. Los ciudadanos demandan respuestas que las instituciones
tradicionales tienen crecientes dificultades para ofrecer. Los nuevos
liderazgos, llenan ese vacío mediante narrativas capaces de transformar
frustraciones dispersas, en identidades políticas coherentes.
Sin embargo, el desafío fundamental
sigue siendo el mismo que identificaron los grandes teóricos de la democracia:
cómo combinar liderazgo con institucionalidad, eficacia con libertad,
representación con pluralismo; y soberanía popular con límites
constitucionales.
La verdadera prueba para las
democracias latinoamericanas, no consiste en impedir el surgimiento de nuevos
liderazgos, sino en garantizar que esos liderazgos, fortalezcan la capacidad
del sistema político para procesar demandas sociales, sin debilitar las
instituciones que hacen posible la convivencia democrática.
Como señalaba Habermas, la
legitimidad no puede descansar únicamente en la victoria electoral; debe
sostenerse también en la capacidad de construir consensos racionales, dentro de
una esfera pública libre, plural y abierta al disenso. Esa continúa siendo la
tarea pendiente de las democracias de América Latina, en el siglo XXI.
VI
Demos un paso final: hablemos de
la política emocional, los nuevos electores, y el fin de la vieja militancia. Para
ello, incorporaremos las tesis del sociólogo, Jaime Durán Barba: La
incorporación del pensamiento de Jaime Durán
Barba resulta particularmente relevante, para comprender varios de los
fenómenos descritos en el presente análisis. De hecho, muchas de las dinámicas
observadas en torno a Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo de la
Espriella, pueden interpretarse a la luz de las transformaciones comunicativas
y culturales estudiadas por Durán Barba durante las últimas décadas.
Mientras Duverger, Sartori o
Easton, analizan partidos, sistemas políticos e instituciones, Durán Barba
dirige la atención hacia un fenómeno distinto: la transformación psicológica y cultural del elector contemporáneo.
Su tesis central puede resumirse
en una idea provocadora: "La gente no vota por ideologías; vota por
emociones." (La Política en el siglo
XXI: Arte, mito o ciencia (2006), en coautoría con Santiago Nieto).
Esta afirmación no implica que las
ideologías hayan desaparecido completamente, sino que, han perdido la capacidad
de movilización que tuvieron durante gran parte del siglo XX. En obras como El arte de
ganar y La política en el siglo XXI (2011, en coautoría con Santiago Nieto),
Durán Barba, sostiene que la política contemporánea ya no gira principalmente
alrededor de doctrinas coherentes.
Según él: "Los electores
modernos no se comportan como militantes. Se comportan como consumidores."
(En esto, coincide con Mancur Olson, en su texto: La lógica de la acción colectiva en: Diez textos básicos de Ciencia Política (1992)); Desde esta
perspectiva, el crecimiento de figuras como Rodrigo Chaves, Laura Fernández o
Abelardo de la Espriella, no puede explicarse únicamente por la fortaleza de
sus propuestas programáticas.
Su éxito deriva de algo más
profundo:
-
Capacidad de conexión emocional.
-
Construcción de identidad.
-
Lenguaje simple.
-
Cercanía simbólica.
-
Confrontación con las élites.
Esto nos lleva al inicio del presente análisis, a saber: existe un error
recurrente en buena parte de la oposición latinoamericana: creer que el ascenso
de liderazgos populistas, conservadores o de derecha radical, es el problema
principal. No lo es. El problema principal es que dichos liderazgos son, en
muchos casos, la consecuencia de un vacío previo. Se manifiesta, la incapacidad
de la oposición para comprender por qué perdió la conexión con la ciudadanía.
En palabras de Duverger: "La
oposición contribuye tanto como el gobierno a determinar la evolución del
sistema político." La oposición, en muchos casos, sustituyó la autocrítica
por la condena moral del adversario, sin comprender las razones profundas del
malestar social. Durán Barba, habría considerado que ese es precisamente el
núcleo del problema.
Una de las contribuciones más
conocidas de Durán Barba, es su insistencia en que las decisiones electorales
son predominantemente emocionales. Apoyándose en hallazgos de la psicología
cognitiva y las neurociencias, sostiene que: "La emoción precede a la
razón." (La Política en el siglo
XXI: Arte, mito o ciencia)
Esto conecta directamente con observaciones realizadas
anteriormente desde:
-
Weber (carisma).
-
Bauman (búsqueda de seguridad).
-
Luhmann (simplificación de complejidad).
-
Habermas (debilitamiento de la deliberación racional).
De nuevo: la política moderna ya no se gana únicamente con programas de
gobierno. Se gana mediante relatos. Y cuando un relato logra transformar
frustraciones dispersas en una identidad política coherente, aparece una fuerza
capaz de alterar el sistema. Luhmann sostenía que los sistemas políticos,
sobreviven reduciendo complejidad. La función del liderazgo populista, consiste
precisamente en simplificar una realidad compleja mediante relatos fácilmente
comprensibles.
Aquí, se está describiendo un fenómeno que Durán Barba
considera central en la política contemporánea: Las campañas exitosas ya no
venden únicamente programas de gobierno. Venden:
-
Esperanza.
-
Indignación.
-
Identidad.
-
Pertenencia.
-
Reconocimiento.
La política se convierte en una disputa emocional por el
significado de la realidad. Durán Barba fue uno de los primeros consultores
latinoamericanos, en advertir que las nuevas tecnologías debilitaban el
monopolio comunicacional de los partidos tradicionales.
En su visión: "Internet destruyó las jerarquías
tradicionales de la política." (La
política en el siglo XXI: Arte, mito o ciencia. Valga decir que: el tema
del impacto del Internet en la política, fue estudiado en Costa Rica, por
Rolando Araya Monge, en su libro: Promesas
de la Nueva Historia (1995)).
Si se toma como punto de partida esta afirmación
—desarrollada en La política en el siglo XXI: ¿Arte, mito o
ciencia? — y se complementa con la temprana reflexión de Rolando Araya Monge en Promesas de la Nueva Historia
(1995), puede sostenerse que, el fenómeno representado por Rodrigo Chaves Robles, Laura Fernández Delgado y Abelardo de la Espriella, no constituye una
anomalía, sino la manifestación de un cambio estructural, en la forma en que se
construye el poder político.
Durante gran parte del siglo XX, el acceso al poder dependía
de una serie de intermediarios institucionales:
-
Los partidos políticos.
-
Los medios de comunicación tradicionales.
-
Las estructuras territoriales.
-
Las organizaciones sociales.
-
Las élites económicas.
-
Los liderazgos históricos.
Estos actores funcionaban como verdaderos "guardianes
de acceso" (gatekeepers). Nadie alcanzaba
relevancia nacional, sin ser previamente legitimado por ellos. Internet
modificó radicalmente esta lógica.
Las redes sociales permitieron que un dirigente pudiera
construir legitimidad directamente, ante millones de ciudadanos, sin requerir
autorización de las instituciones tradicionales. En términos de la teoría de
sistemas de Niklas Luhmann, disminuyó el
monopolio de determinados sistemas comunicativos sobre la producción de
legitimidad política.
Resulta particularmente llamativo que, en 1995, cuando
Internet apenas comenzaba a expandirse, Rolando Araya Monge anticipara muchas
de estas transformaciones. En Promesas de la Nueva Historia,
sostenía que las nuevas tecnologías modificarían profundamente:
-
La circulación del conocimiento.
-
La organización social.
-
La comunicación política.
-
La democracia.
Aunque el contexto tecnológico era completamente distinto al
actual, la intuición era correcta: el poder dejaría de concentrarse únicamente
en las instituciones tradicionales. Lo que entonces era una hipótesis, treinta
años después, constituye un hecho observable.
La trayectoria de Rodrigo Chaves, difícilmente puede
explicarse mediante los modelos clásicos de Maurice
Duverger. No construyó su liderazgo a partir de:
-
Décadas dentro de un partido.
-
Dirigencia comunal.
-
Estructura territorial consolidada.
-
Maquinaria electoral tradicional.
Su capital político se originó principalmente en tres
elementos:
-
Su condición de outsider.
-
Su comunicación directa.
-
El uso intensivo de plataformas digitales.
Las redes sociales le permitieron hablar sin la mediación de
periodistas, dirigentes partidarios o intelectuales. Esto modificó la lógica
tradicional de formación de opinión pública. Mientras el sistema político
cuestionaba su estilo, una parte considerable del electorado, lo interpretaba
precisamente como una prueba de autenticidad. Internet alteró así el criterio
de credibilidad.
El surgimiento de Laura Fernández, responde a una lógica
semejante. Su reconocimiento nacional no depende exclusivamente de una
estructura partidaria consolidada. Gran parte de su visibilidad pública, se
construye mediante:
-
Entrevistas digitales.
-
Redes sociales.
-
Videos.
-
Circulación permanente de contenidos.
Su liderazgo descansa más sobre la exposición continua de su
imagen y discurso, que sobre los mecanismos tradicionales de socialización
partidaria. Ello representa un desplazamiento del poder organizacional, hacia
el poder comunicacional.
En el caso colombiano, Abelardo de la Espriella, constituye
un ejemplo aún más evidente. Su notoriedad nacional antecede ampliamente
cualquier eventual aspiración electoral. Su influencia proviene principalmente
de:
-
Redes sociales.
-
Intervenciones públicas.
-
Plataformas digitales.
-
Construcción permanente de una marca personal.
En términos clásicos, primero existe la figura mediática y
posteriormente, puede aparecer la organización política. Durante el siglo XX
ocurría exactamente lo contrario. Internet no eliminó completamente las
jerarquías. Lo que hizo fue sustituir unas por otras.
Antes dominaban:
-
Los comités ejecutivos.
-
Los periódicos.
-
Las dirigencias partidarias.
Hoy adquieren enorme importancia:
-
Los algoritmos.
-
Las comunidades digitales.
-
Los influenciadores.
-
Las métricas de interacción.
-
la viralidad.
Las nuevas jerarquías son menos visibles, pero igualmente
poderosas. La consecuencia más visible consiste en la creciente personalización
de la política. De nuevo: el ciudadano ya no vota necesariamente por un
partido. Vota por una persona.
La identidad digital del candidato, puede resultar más
relevante que su programa ideológico. Este fenómeno ha sido ampliamente
estudiado por Manuel Castells, quien
sostiene que el poder en la sociedad red, depende crecientemente del control de
los flujos de información.
Una vez más: este proceso puede interpretarse mediante
diversos autores:
-
David Easton
observaría, que los insumos del sistema político, ya no provienen
exclusivamente de partidos y organizaciones, sino de redes digitales que,
generan demandas en tiempo real.
-
Niklas Luhmann, señalaría que el sistema
político incrementa su complejidad comunicativa, al multiplicarse
exponencialmente los emisores.
-
Jürgen Habermas
advertiría que, la esfera pública digital amplía la participación, pero también
favorece la fragmentación y la circulación acelerada de información, poco
deliberada (Debatida).
-
Zygmunt Bauman
interpretaría estos liderazgos como expresión de una modernidad líquida, donde
las lealtades políticas, son más volátiles y personalizadas.
-
Jesús Ibáñez
subrayaría que las nuevas formas de comunicación, transforman las relaciones
entre emisor y receptor, debilitando la autoridad unidireccional.
Desde la epistemología de las ciencias políticas, el surgimiento
de Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo de la Espriella, no debería
analizarse como una suma de biografías individuales, sino como evidencia
empírica de un cambio en las condiciones de producción del liderazgo político.
En términos cercanos a la metodología de Giovanni Sartori, conviene evitar la inflación
conceptual: no todo liderazgo digital, constituye un fenómeno idéntico. Pero sí
es posible identificar un conjunto de atributos comunes, que permiten hablar de
una nueva modalidad de construcción del poder político.
Entre esos atributos destacan la desintermediación
comunicativa, la centralidad de la marca personal, la interacción directa con
la ciudadanía y la dependencia de ecosistemas digitales para la generación de
legitimidad.
La aparición de Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo
de la Espriella, puede entenderse como consecuencia de una transformación
estructural iniciada con la revolución digital. La intuición de Rolando Araya
Monge en Promesas de la Nueva Historia,
anticipó, décadas antes de la consolidación de las redes sociales, que las
tecnologías de información modificarían las bases de la democracia y de la
comunicación política.
La afirmación de que: "Internet destruyó las jerarquías
tradicionales de la política", sintetiza este cambio: las estructuras
partidarias y los medios tradicionales, han perdido el monopolio sobre la
construcción de legitimidad, mientras que los liderazgos personales,
sustentados en la comunicación digital directa, se han convertido en actores
centrales de la política contemporánea.
Esto coincide con las observaciones de Luhmann sobre la
transformación de los sistemas comunicativos; y con los análisis de Habermas,
sobre la reconfiguración de la esfera pública. Una tesis recurrente en Durán
Barba, sostiene que gran parte de las élites políticas, siguen interpretando la
sociedad mediante categorías del siglo XX.
Según Durán Barba: "Muchos dirigentes hablan para sí
mismos y no para los ciudadanos." Esta afirmación tiene una relación directa
con uno de los argumentos centrales del presente análisis. Esto, cuando
criticamos a sectores de oposición, por no comprender el atractivo de figuras
como Chaves o De la Espriella, es decir, estamos señalando exactamente lo que
Durán Barba considera una de las principales causas de derrota electoral.
Las élites políticas suelen cometer tres errores:
-
Confundir sus preocupaciones con las de la
ciudadanía.
-
Sobrevalorar los debates ideológicos.
-
Subestimar las emociones colectivas.
Desde esta perspectiva, los nuevos liderazgos, triunfan
porque hablan un lenguaje que los electores consideran más cercano a su
experiencia cotidiana. Uno de los aportes más importantes de Durán Barba,
consiste en identificar la pérdida de influencia de los intermediarios tradicionales.
Hoy, esa intermediación se debilita. El líder puede
comunicarse directamente con millones de personas. Esto conecta profundamente
con las observaciones de Duverger. Los partidos dejan de ser las únicas
estructuras capaces de organizar la representación política.
Los liderazgos adquieren una autonomía creciente respecto de
las organizaciones. La consecuencia es una política más flexible, pero también
potencialmente más personalista. Si aplicamos rigurosamente las categorías de
Durán Barba al caso costarricense descrito en este análisis, observamos varios
elementos característicos:
a) Construcción de antagonistas: Los liderazgos exitosos
suelen construir adversarios claramente identificables:
-
Élites.
-
Burocracias.
-
Partidos tradicionales.
-
Medios de comunicación.
La existencia de un antagonista, simplifica la comprensión
de la realidad política.
b) Lenguaje emocional: Los mensajes exitosos son:
-
Simples.
-
Memorables.
-
Emocionalmente cargados.
No buscan convencer mediante extensos razonamientos técnicos.
Buscan generar identificación inmediata.
c) Personalización:
El liderazgo se convierte en la principal referencia política. La organización
gira alrededor de la figura central.
d) Comunicación
permanente: La campaña deja de ser un evento electoral; y se convierte en un
proceso continuo de interacción pública. Estos elementos aparecen
reiteradamente en los fenómenos analizados.
Sin embargo, una incorporación
académicamente rigurosa de Durán Barba, también exige señalar sus limitaciones.
Autores como Habermas, podrían criticar que una política excesivamente centrada
en emociones, debilita la deliberación racional.
Luhmann recordaría que la
simplificación comunicativa reduce complejidad, pero también puede ocultar
problemas importantes. Sartori, advertiría que la sustitución de programas por
emociones, puede empobrecer el debate democrático.
Y Bauman señalaría que, los liderazgos
emocionales prosperan, precisamente porque operan en sociedades caracterizadas
por incertidumbre y fragilidad institucional.
Por ello, la teoría de Durán Barba, explica eficazmente cómo se gana
apoyo político, pero resulta menos sólida, para explicar cómo se construyen
instituciones duraderas.
La incorporación de Jaime Durán Barba
completa una dimensión que estaba parcialmente presente en el análisis: la
revolución cultural y comunicativa de la política. Si Duverger explica los
partidos, Easton los sistemas, Luhmann la comunicación, Habermas la
legitimidad, Bauman la incertidumbre y Weber el carisma, Durán Barba explica
cómo esas transformaciones se traducen en comportamiento electoral concreto.
Desde esta perspectiva, el ascenso de
figuras como Rodrigo Chaves, Laura Fernández o Abelardo de la Espriella, no
debe interpretarse exclusivamente como un fenómeno ideológico. Es también el
resultado de una transformación profunda de la relación entre ciudadanos y
política.
La democracia contemporánea, ya no está
estructurada únicamente por partidos, programas o doctrinas. Está
crecientemente organizada alrededor de:
-
Emociones.
-
Identidades.
-
Narrativas.
-
Percepciones.
-
Comunicación digital.
El gran desafío para las democracias
latinoamericanas, consiste entonces en encontrar un equilibrio entre esta nueva
política emocional y las exigencias tradicionales de la democracia
constitucional.
Porque, como sugeriría Habermas, una
democracia necesita emociones para movilizar ciudadanos, pero también necesita
deliberación racional, para preservar su legitimidad. Y como advertiría Durán
Barba, ninguna fuerza política, puede aspirar a gobernar una sociedad
contemporánea, si continúa ignorando cómo sienten, perciben y experimentan la
realidad los ciudadanos comunes.
En consecuencia, los fenómenos observados
en Costa Rica y Colombia, no representan únicamente una disputa entre proyectos
ideológicos. Representan la convergencia de una crisis de representación, una
transformación comunicativa, una reconfiguración de identidades colectivas; y
una profunda mutación en la forma misma en que las sociedades democráticas
producen legitimidad política en el siglo XXI.
Dicho todo esto, ha llegado el momento
de exponer las conclusiones.
VII
El análisis desarrollado permite concluir, en primer lugar, que los fenómenos
políticos representados por Rodrigo Chaves y Laura Fernández en Costa Rica, así
como por Abelardo de la Espriella en Colombia, no pueden comprenderse
adecuadamente mediante las categorías tradicionales de izquierda y derecha. Su
emergencia responde, antes que, a un simple desplazamiento ideológico, a una
profunda crisis de representación que afecta a los sistemas de partidos
latinoamericanos, caracterizada por el debilitamiento de las organizaciones
políticas tradicionales, la pérdida de confianza ciudadana y la creciente
personalización del liderazgo.
Desde la perspectiva de Maurice Duverger, la transformación observada
constituye una reconfiguración del sistema de partidos antes que una anomalía
histórica. Los liderazgos personalistas, prosperan cuando los partidos dejan de
canalizar eficazmente las demandas sociales, ocupando espacios que las
organizaciones tradicionales han abandonado. El éxito de estos movimientos, no
depende únicamente de la calidad de sus propuestas, sino también de la
incapacidad de sus adversarios para interpretar las nuevas preocupaciones
ciudadanas en materia de seguridad, empleo, identidad, corrupción y calidad de
vida.
La filosofía política, permite identificar una tensión permanente entre
liderazgo y límites institucionales. La democracia requiere liderazgos capaces
de producir decisiones y responder a demandas sociales, pero también exige
instituciones suficientemente fuertes, para impedir la concentración del poder.
La verdadera prueba democrática no consiste únicamente en la existencia de
elecciones libres, sino en la capacidad de quienes gobiernan, para aceptar los
controles constitucionales, la independencia judicial, la fiscalización; y el
pluralismo político como condiciones indispensables de la libertad.
El estudio evidencia igualmente, que el populismo contemporáneo debe
analizarse más como una lógica de construcción del poder, que como una
ubicación ideológica específica. Tanto las experiencias de derecha como de
izquierda, comparten elementos comunes: la construcción de una identidad
popular homogénea, la apelación directa al pueblo, la desconfianza hacia las
instituciones intermedias; y la tendencia a sustituir la representación por la
identificación entre líder y ciudadanía. En este contexto, el principal riesgo
para la democracia, no es únicamente la polarización, sino la progresiva
erosión de los mecanismos republicanos de control.
Desde la Política Comparada, Costa Rica y Colombia ofrecen trayectorias
distintas que ilustran la diversidad de los procesos latinoamericanos. Mientras
Colombia, refleja una alternancia política construida desde una candidatura
outsider, Costa Rica muestra un proceso de continuidad personalista, mediante
una sucesión política explícitamente vinculada al liderazgo anterior. Esta
diferencia confirma que fenómenos aparentemente semejantes, pueden obedecer a
dinámicas institucionales profundamente distintas, razón por la cual, las
comparaciones deben realizarse con rigor metodológico y evitando analogías
simplificadoras.
El análisis internacional demuestra, además, que estos procesos forman
parte de una transformación más amplia del orden político occidental. La crisis
del consenso liberal posterior a la Guerra Fría, la revalorización de la
soberanía nacional, el impacto de las redes digitales en la comunicación
política; y el debilitamiento de los partidos tradicionales, configuran un
escenario que trasciende ampliamente las fronteras latinoamericanas. Costa Rica
y Colombia, constituyen expresiones locales de tendencias observables también
en Europa y Norteamérica.
Una conclusión particularmente relevante, se refiere a la posición
internacional de Costa Rica. El estudio sostiene que el principal riesgo
derivado del neopopulismo, no consiste en un colapso inmediato de la democracia
costarricense, sino en una erosión gradual de los activos simbólicos que,
durante décadas, sustentaron su prestigio internacional. La confrontación
sistemática con los órganos de control, las tensiones con la prensa, las
inconsistencias en política exterior y los cuestionamientos a la gobernanza
ambiental, afectan el poder blando del país; y reducen su capacidad de
proyectar credibilidad, estabilidad y autoridad moral, en el escenario
internacional.
En consecuencia, la investigación distingue cuidadosamente entre crisis
institucional y desgaste reputacional. Costa Rica conserva fortalezas
democráticas significativas, pero la persistencia de prácticas orientadas a la
confrontación permanente, puede debilitar progresivamente la legitimidad
construida a lo largo de varias décadas. La reputación internacional,
constituye un recurso acumulativo que requiere coherencia entre la identidad
histórica del Estado; y su comportamiento político contemporáneo.
El trabajo también permite concluir que las oposiciones políticas
latinoamericanas, enfrentan un desafío de naturaleza estructural. La simple
condena moral del populismo, resulta insuficiente mientras no exista una
reflexión crítica acerca de las causas que permitieron su ascenso. Sin procesos
de autocrítica, renovación programática y reconstrucción de vínculos con la
ciudadanía, las fuerzas tradicionales difícilmente podrán recuperar su
capacidad de representación.
Finalmente, el análisis sostiene que el escenario político costarricense,
podría abrir espacio para la construcción de una nueva alternativa reformista,
capaz de integrar distintas tradiciones intelectuales e históricas del país: el
liberalismo político costarricense, la Doctrina Social de la Iglesia, la
Teología Latinoamericana de la Liberación en su vertiente democrática, el
pensamiento manuelmorista y la socialdemocracia clásica. Lejos de constituir
una síntesis contradictoria, esta propuesta puede interpretarse, desde la
Política Comparada, como un intento de reconstruir una familia política
reformista, comprometida simultáneamente con la democracia constitucional, el
Estado Social de Derecho, la justicia social, la dignidad humana, el pluralismo
y el fortalecimiento institucional.
En definitiva, la cuestión decisiva para las democracias
latinoamericanas, no consiste en determinar si la región se desplaza hacia la
derecha o hacia la izquierda. El verdadero desafío radica en establecer si será
posible responder a las legítimas demandas de representación, seguridad,
eficacia gubernamental; y soberanía, sin sacrificar los principios republicanos
que garantizan la libertad política, la división de poderes, la rendición de
cuentas y la vigencia del Estado de Derecho. El equilibrio entre liderazgo
democrático e institucionalidad, continúa siendo la condición indispensable
para preservar la legitimidad de las democracias contemporáneas.