Crisis de representación, neopopulismo y democracia republicana: liderazgo, instituciones y poder en Costa Rica y Colombia (I)

 

Crisis de representación, neopopulismo y democracia republicana: liderazgo, instituciones y poder en Costa Rica y Colombia.

Ocean Castillo Loría.

 

Introducción.

 

El presente estudio examina las transformaciones recientes de la democracia en Costa Rica y Colombia a partir del ascenso de liderazgos neopopulistas, personalistas y antiestablishment, representados principalmente por Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo de la Espriella. Su propósito no es describir únicamente el éxito electoral de estos actores, sino comprender las condiciones estructurales que explican su aparición, los cambios que introducen en los sistemas de partidos; la relación que establecen con las instituciones republicanas y los desafíos que plantean para la representación democrática.

 

El análisis adopta un enfoque interdisciplinario e integra aportes de las Ciencias Políticas, la filosofía política, la política comparada, las Relaciones Internacionales, la teoría de la representación, la teoría institucional, la comunicación política, el poder blando, la reputación internacional y diversas corrientes contemporáneas de análisis del populismo. A partir de este marco teórico, se sostiene que el fenómeno estudiado no puede reducirse a una confrontación entre izquierda y derecha, sino que expresa una crisis más profunda de representación, legitimidad e intermediación política.

 

Asimismo, el trabajo compara las trayectorias recientes de Costa Rica y Colombia, analiza los riesgos derivados de la personalización del poder, la tensión entre liderazgo y contrapesos republicanos, el deterioro potencial de la imagen internacional costarricense y las implicaciones regionales de estos procesos. Finalmente, explora la posibilidad de reconstruir una alternativa reformista basada en las principales tradiciones políticas costarricenses, como respuesta a la polarización contemporánea.

 

En conjunto, el manuscrito pretende ofrecer una interpretación integral del momento político latinoamericano, articulando perspectivas históricas, comparadas y normativas, para explicar cómo la crisis de los partidos tradicionales, la centralidad de los liderazgos y las nuevas formas de comunicación política, están reconfigurando la democracia en la región.

 

 

I

Existe un error recurrente en buena parte de la oposición latinoamericana: creer que el ascenso de liderazgos populistas, conservadores o de derecha radical, es el problema principal. No lo es. El problema principal es que dichos liderazgos son, en muchos casos, la consecuencia de un vacío previo.

 

Figuras como Abelardo de la Espriella en Colombia o Rodrigo Chaves y Laura Fernández en Costa Rica, no aparecen por generación espontánea. Son el resultado, de sistemas políticos que dejaron de responder eficazmente a las preocupaciones cotidianas de amplios sectores de la población.

 

Luego vendrán, los riesgos de la concentración política y del personalismo. Paralelamente, se manifiesta, la incapacidad de la oposición para comprender por qué perdió la conexión con la ciudadanía. Estos fenómenos, permiten construir una lectura más compleja de la crisis democrática contemporánea.

 

Durante décadas, la política latinoamericana estuvo organizada alrededor de partidos tradicionales que monopolizaban la representación social. Uno de los planteamientos centrales de las Ciencias Políticas clásicas, lo expone Duverger: los sistemas políticos tienden a experimentar períodos de estabilidad partidaria, seguidos por momentos de reestructuración, cuando los partidos tradicionales dejan de representar eficazmente a sectores importantes de la sociedad. En Los Partidos Políticos (1951), Duverger sostiene: "Los partidos nacen porque las divisiones sociales necesitan una expresión política organizada.".

 

Pero cuando la inseguridad aumenta, los salarios pierden capacidad adquisitiva, los servicios públicos se deterioran; y las instituciones parecen incapaces de resolver problemas concretos, comienza a surgir una demanda de ruptura. En oposición, nos dice, Samuel P. Huntington, en su libro: El orden político en sociedades en cambio (1968): "La principal diferencia entre democracias estables e inestables es la fortaleza de sus instituciones." Y dice antes en su exposición: "La diferencia política más importante entre los países no se refiere a su forma de gobierno sino a su grado de gobierno."

 

El crecimiento de figuras como Abelardo de la Espriella o Rodrigo Chaves o Laura Fernández, no surge espontáneamente, sino como respuesta a errores acumulados de los actores políticos establecidos.

 

La gente deja de preguntarse quién tiene la mejor ideología política y empieza a preguntarse, quién parece capaz de resolver los problemas. Es aquí, donde inicia la crisis de representación. La ciudadanía deja de sentirse representada por los partidos tradicionales; y busca nuevas organizaciones capaces de canalizar demandas insatisfechas.

 

Las ideologías pierden importancia (De toda suerte, desde la caída del Muro de Berlín, nos quieren convencer de que el único camino, es el capitalismo salvaje. No se olviden las tesis de Francis Fukuyama). En suma: la explicación, se vuelve más estructural que ideológica:   no triunfan únicamente ciertas ideas, sino actores que logran ocupar espacios abandonados por otros.

 

Es precisamente allí, donde aparecen personajes como Abelardo de la Espriella, Rodrigo Chaves, Javier Milei o Nayib Bukele. Ya de un modo u otro, una de las transformaciones que Duverger observó durante el siglo XX, fue el desplazamiento gradual desde partidos ideológicos, hacia partidos cada vez más dependientes de líderes concretos.

 

La organización política deja de girar alrededor de un programa o una estructura partidaria estable; y comienza a organizarse alrededor de la figura de un líder. En el caso costarricense, esto significa un retroceso, cuando pasamos de nuestra época liberal a la época reformista, en nuestro sistema de partidos políticos, abandonamos el personalismo, por las ideologías, los planes y los programas.

 

En su libro: Instituciones Políticas y Derecho Constitucional (1960), el maestro Duverger, nos dice: "El jefe se convierte progresivamente en el principal símbolo de identificación política.". En Costa Rica, un indicio inicial de esto, lo vimos en la campaña presidencial del 2002, en el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), con la candidatura del Dr. Abel Pacheco de la Espriella. Coincidimos con la politóloga María José Cascante, en el sentido que, con esta postulación, se encarnaban claras características populistas.

 

Evidentemente, más adelante, el chavismo costarricense precisamente, se concreta como una forma de continuidad personalista, donde el liderazgo de Rodrigo Chaves, mantiene influencia aun después de abandonar formalmente la presidencia.

 

Por otro lado, si vemos el caso colombiano, en su historia política, el primer candidato en irrumpir en sus elecciones, bajo la figura de alguien sin trayectoria en los partidos tradicionales, y que, de hecho, basa sus acciones en enfrentarlos, fue el general Gustavo Rojas Pinilla (En las elecciones de 1970: en esas elecciones, Rojas, asumió posiciones populistas, al grado que, al perder las elecciones, acusó de fraude al ganador Misael Pastrana).

 

Treinta y dos años después, Álvaro Uribe Vélez, se presentará como candidato independiente, separado de la cúpula del Partido Liberal, logrando una victoria histórica, que rompería el tradicional sistema bipartidista colombiano.

 

Precisamente, Rojas Pinilla, también fue el primer candidato colombiano que, se presentaba como una ruptura con el sistema político del país suramericano. Pero, en honor a la verdad histórica, quien fue el primer líder de masas, quien rompe con la oligarquía tradicional, de facciones liberales y conservadoras, fue Jorge Eliecer Gaitán. Él sería asesinado, en 1948.

 

Claramente, Gustavo Petro, llegaría al poder en 2022, por el izquierdista Pacto Histórico, su oferta era cambiar el sistema. En esta línea, podríamos decir que, las Ciencias Políticas clásicas, nos dicen que:  los “sin trayectoria en los partidos” exitosos, no aparecen fuera del sistema social, sino que aprovechan fracturas preexistentes.

 

Ahora bien, en el caso de Abelardo de la Espriella, éste, aprovechará el descontento contra Petro, pero en vez de matricularse en la derecha tradicional, se catapulta hacia una alternativa externa. Pero, para esto, autores como Duverger, nos dirán que, el descontento no es suficiente. Debe existir además una estructura organizativa capaz de transformar el malestar social, en votos. Duverger insistía en que: "La organización es el factor decisivo que transforma una corriente de opinión en una fuerza política."

 

Por ello resulta significativo que, en el caso de Abelardo, debamos destacar elementos como:

 

-          Financiación.

-          Construcción territorial.

-          Narrativa política.

-          Identidad colectiva.

 

Todos estos componentes corresponden a lo que Duverger denominaba la institucionalización de un movimiento político. Pero de nuevo, no se trata de que las propuestas de Chaves Robles, de Laura Fernández, de Abelardo de la Espriella, sean superiores, sino, porque sus adversarios, no conectan emocionalmente con el electorado.

 

Más bien:

 

-          En 2022, Figueres Olsen, generaba animadversión.

-          En 2026, Álvaro Ramos, decía que no había un sentimiento anti -  PLN.

-          En Colombia, la campaña de Iván Cepeda, era percibida como distante y fría; y el candidato, asumió poses académicas.

 

La política moderna ya no se gana únicamente con programas de gobierno. Se gana mediante relatos. Y cuando un relato logra transformar frustraciones dispersas en una identidad política coherente, aparece una fuerza capaz de alterar el sistema.

 

Por si fuera poco, tal parece que las oposiciones a los movimientos neo populistas, parecen haber sustituido la autocrítica, por la condena moral. Esta interpretación coincide notablemente con la teoría competitiva de Duverger. Para él, los partidos no existen de manera aislada; evolucionan dentro de un sistema, donde las acciones de un actor generan respuestas en los demás. En palabras de Duverger: "La oposición contribuye tanto como el gobierno a determinar la evolución del sistema político."

 

En el caso costarricense, tanto el PLN, el PUSC, como el PAC, se desconectaron: del ciudadano “común y corriente”:

 

-          El PLN y el PUSC, desarrollando y profundizando el modelo economicista.

-          El PAC, con una visión socio – liberal, marxismo cultural en lo social, liberalismo en lo económico.

-          En el caso de Colombia: el Pacto Histórico centrado en el marxismo cultural, las fricciones polarizantes, problemas de comunicación y promesas sociales incumplidas.  

 

En esta línea, el tripartidismo en Costa Rica, perdió capacidad representativa. Por su parte, en términos estadísticos, en Colombia, “hubo un empate técnico”, pero en términos de números absolutos, fue ganando de la Espriella.

Ahora, en Costa Rica, “el vacío del tripartidismo”, fue llenado por Rodrigo Chaves, primero en el Partido Progreso Social Democrático; y luego, en el Partido Pueblo Soberano. En Colombia, Álvaro Uribe, con la coalición, “Primero Colombia”, lo hizo en 2002.

 

Por eso, el fenómeno no debe interpretarse únicamente como un avance de la derecha – neo populista, sino como una reconfiguración del sistema de representación. De igual manera, siguiendo con Maurice Duverger, otro elemento preocupante, es la concentración del poder.

 

En Costa Rica:

 

-          Hay una continuidad (Fernández, habló de “la continuidad del cambio”).

-          El deseo de subordinación de contrapesos institucionales (Chaves, dijo que: “había que ir por el Poder Judicial”).

-          La narrativa de la “Tercera República”.

-          La transformación de la lealtad política, en adhesión emocional.

 

En Colombia:

 

-          No hay continuidad (Para muchos analistas y comentaristas políticos, se estaría pasando, de un neo populismo de izquierda a un neo populismo de derecha).

-          Abelardo de la Espriella, propone un estilo de gobierno de choque, lo que podría tensionar, los contrapesos institucionales.

-          Este candidato, en la campaña, habló de “la refundación de la República”, esto, basado en los pilares de “mano dura” y “libre mercado”.

-          Este postulante, exaltó emociones viscerales, basado en: “orgullo patrio y miedo a la inseguridad”.

 

Ahora bien, dadas estas características, hablando de lo que sucede en Costa Rica, vale abordar con cierto detalle, de la narrativa de “la Tercera República”: basados en las tesis del abogado Rubén Hernández Valle y el historiador, Vladimir de la Cruz de Lemos, esta es una leyenda imposible de materializar y un retroceso institucional.

 

Conteste a estos dos intelectuales, el postulado carece de viabilidad jurídica, ignorando nuestra historia democrática y amenaza el Estado de Derecho. Para Hernández Valle, lo de la III República es antidemocrático e inviable:

 

a) Por la inamovilidad de las bases constitucionales: en términos sencillos, la resistencia de la Constitución de 1949, impide desmantelar el Estado Social y Democrático de Derecho.

 

b) La intención de retornar al presidencialismo autoritario: una vez, que se ha retornado al personalismo en el sistema de partidos políticos, al mejor estilo de la I República (Jorge Mario y Orlando Salazar Mora); ahora se buscaría, el Poder Ejecutivo, que concentre el poder, de manera absoluta.

 

c) Por el debilitamiento de los contrapesos: en la presunta III República: el Tribunal Supremo de Elecciones, el Poder Judicial y la Contraloría General de la República, estarían bajo el Ejecutivo.

 

Para de la Cruz de Lemos, la realidad es, que con la idea de la III República, lo que se propone es, “una República de tercera”:

 

a) La última ruptura violenta en el sistema político costarricense, se dio con la guerra civil o revolución de 1948, el hablar de una III República, ignora el peso de la reforma social de Calderón Guardia y la reforma socialdemócrata de José Figueres Ferrer a Daniel Oduber Quirós.

 

b) Ataque a la institucionalidad: coincide de la Cruz con Hernández, en el sentido que, lo que se busca es debilitar la arquitectura democrática.

 

Por su parte, Duverger, observó que las democracias modernas pueden evolucionar hacia formas de democracia plebiscitaria, donde la legitimidad se fundamenta principalmente en la relación directa entre líder y pueblo. De igual manera, el maestro, Juan J. Linz, dirá: "Los presidentes tienden a interpretar su elección como un mandato directo del pueblo." (Los peligros del presidencialismo (1990)).

 

En su libro: “La Monarquía Republicana” (1974), dice el maestro galo:  "El sufragio universal fortalece al ejecutivo al otorgarle una legitimidad directa frente a las demás instituciones." En el caso de Costa Rica, esto fue muy claro en las elecciones presidenciales del 2026; en Colombia, la “legitimidad de hecho” de Abelardo de la Espriella, se complica, por lo estrecho del resultado. Desde una óptica “Duvergeriana”, la existencia de elecciones competitivas no elimina automáticamente los riesgos de concentración del poder.

 

Sobre este tema de la insuficiencia de las elecciones, coincide el historiador, Pierre Rosanvallon, La legitimidad democrática también depende de:

 

-          Transparencia.

-          Rendición de cuentas.

-          Pluralismo.

-          Fiscalización.

 

De ahí, que, desde la filosofía política, es clave, la defensa de las instituciones.

 

II

 

Si el análisis desde Maurice Duverger permite comprender cómo se organizan y transforman los sistemas políticos, la filosofía política permite examinar una cuestión más profunda: si los procesos descritos fortalecen o debilitan la legitimidad democrática, la libertad política y el bien común.

 

Lo que hemos presentado de Costa Rica y Colombia, expone una tensión clásica en la filosofía política: la confrontación entre la soberanía popular expresada mediante el liderazgo carismático; y las instituciones diseñadas para limitar el poder.

 

Una primera lectura puede realizarse desde las ideas de Thomas Hobbes y John Locke. Ya hemos dicho que: cuando la inseguridad aumenta, los salarios pierden capacidad adquisitiva, los servicios públicos se deterioran; y las instituciones parecen incapaces de resolver problemas concretos, comienza a surgir una demanda de ruptura.

 

La ciudadanía busca líderes fuertes cuando percibe desorden, inseguridad o incapacidad de los gobiernos tradicionales. Esta idea se aproxima a Hobbes. En Leviatán (1651), Hobbes sostenía que los seres humanos, están dispuestos a transferir amplias cuotas de poder a una autoridad fuerte cuando sienten amenazada su seguridad. Según Hobbes: "La seguridad del pueblo es la ley suprema." (Leviatán, capítulo XXX).

 

Desde esta perspectiva, el ascenso de figuras como Rodrigo Chaves, Laura Fernández o Abelardo de la Espriella, podría interpretarse como una presunta respuesta racional de ciudadanos, que perciben que las instituciones tradicionales han perdido capacidad para garantizar orden, bienestar o seguridad.

 

Pero, Locke, argumentaba que el poder político legítimo requiere límites permanentes. El gobierno existe para proteger derechos, no para absorberlos. Esto, al contrario de los neo populismos (Personalismo, subordinación de contrapesos, concentración de autoridad). Así, estamos ante una preocupación típicamente lockeana.

 

Pues bien, en un tiempo, las Ciencias Políticas en Costa Rica, se preguntaban: ¿Quién gobierna en Costa Rica? (La tesis doctoral del ex presidente Oscar Arias Sánchez); ahora, la pregunta sería otra: ¿Qué mecanismos existen para impedir abusos del gobernante?

 

Porque una cosa es clara en los casos de Costa Rica y Colombia: los neo populismos, pueden llegar al poder, mediante procedimientos democráticos, lo que, a su vez, abre el espacio para observar que, la democracia podría presentar una dialéctica, que conlleve a su destrucción.

 

Y esa dialéctica, tiene su base en las tesis de Juan Jacobo Rousseau: en El contrato social (1762), Rousseau afirmó: "La soberanía reside en el pueblo."  Desde esta perspectiva, los resultados electorales poseen legitimidad, porque expresan la voluntad popular.

 

Sin embargo, Rousseau también advertía que la voluntad general no debe confundirse con la voluntad de un individuo o de una facción.  Por ello, surge una tensión importante: cuando un liderazgo comienza a identificarse como la única voz auténtica del pueblo, aparece el riesgo de que la voluntad popular, sea sustituida por la voluntad del líder.

 

La filosofía política rousseauniana obliga entonces a formular una pregunta incómoda: ¿El líder representa al pueblo o termina identificándose con él?: esto es clave: entremos en cierto detalle: La pregunta acerca de si el líder político representa al pueblo o termina identificándose con él, constituye uno de los debates clásicos de la teoría política contemporánea. La cuestión es especialmente relevante, en contextos donde emergen liderazgos de carácter populista o plebiscitario, como los que pueden observarse en torno a figuras como Laura Fernández en Costa Rica y Abelardo de la Espriella en Colombia.

 

La respuesta más sólida desde la teoría política, es que todo liderazgo democrático comienza representando al pueblo, pero corre el riesgo de transformarse en una identificación simbólica con él, hasta el punto de que el líder llegue a considerarse —o a ser considerado por sus seguidores— la encarnación misma de la voluntad popular.

 

La tradición liberal-democrática entiende que el pueblo no gobierna directamente, sino mediante representantes. Para Weber, el líder político obtiene legitimidad porque los ciudadanos le reconocen autoridad para actuar en su nombre. Sin embargo, esa autoridad no significa que el líder sea el pueblo. La representación supone una distancia entre gobernantes y gobernados. El líder administra intereses colectivos, pero sigue siendo una persona o una élite diferenciada de la sociedad.

 

Para Hanna Pitkin, en su obra El concepto de la representación (1967), sostiene que representar significa "hacer presente lo ausente". El representante actúa por otros, pero nunca se convierte en esos otros.

 

Desde esta perspectiva:

 

-          El pueblo conserva autonomía.

-          El líder es un delegado.

-          La legitimidad depende de la rendición de cuentas.

 

En una democracia representativa, por tanto, Laura Fernández o Abelardo de la Espriella, podrían aspirar a representar las demandas de sectores populares, pero no podrían legítimamente, afirmar que son la única voz del pueblo (Y se sabe que, ya del 2022 al 2026, Rodrigo Chaves Robles, había planteado: “ser la voz popular”).

La situación cambia radicalmente en la teoría del populismo. En La razón populista (2005), Ernesto Laclau sostiene, que el pueblo no existe previamente como sujeto político homogéneo. El líder populista articula demandas dispersas:

 

-          Inseguridad.

-          Corrupción.

-          Desempleo.

-          Descontento con las élites.

 

Y las unifica bajo una identidad común: "el pueblo". En este proceso, el líder deja de ser simplemente un representante. Se convierte en un significante vacío que condensa las aspiraciones colectivas.  Según Laclau: El pueblo se reconoce a sí mismo en el líder. Por ello, la frontera entre representación e identificación comienza a desaparecer.

 

El jurista alemán Carl Schmitt, llevó esta idea aún más lejos: en Teoría de la Constitución (1928), distingue dos principios:

 

-           Representación.

-          Identidad.

 

La representación supone distancia. La identidad supone que gobernantes y gobernados, se reconocen como una misma voluntad política. Cuando predomina el principio de identidad:

 

-          El líder aparece como la expresión inmediata del pueblo.

-          Las instituciones intermedias pierden relevancia.

-          Los controles institucionales son vistos como obstáculos.

 

Schmitt observó que muchos movimientos plebiscitarios tienden a sustituir la representación por la identificación. El historiador francés Pierre Rosanvallon, advierte sobre este fenómeno. En La contrademocracia y El buen gobierno (2006 y 2015), señala que las democracias modernas, requieren instituciones capaces de controlar a quienes ejercen el poder. Cuando un líder afirma: "Yo soy el pueblo", surge un problema fundamental: cualquier crítica al gobernante, puede ser presentada como un ataque contra el propio pueblo. La consecuencia es una reducción del pluralismo político.

 

Autores contemporáneos como Jan-Werner Müller y Pierre Rosanvallon, permiten profundizar aún más el análisis. Müller sostiene que el rasgo distintivo del populismo no es ser de izquierda o de derecha. Lo característico es la afirmación implícita de que: "Solo nosotros representamos al verdadero pueblo." Cuando un movimiento comienza a presentar toda crítica como ilegítima o antipopular, aparece una lógica populista. A Rosanvallon, ya lo hemos citado.

 

En el caso de Laura Fernández, la Presidente (Así le gusta que le digan), aparece como la intérprete auténtica de la voluntad popular. La lógica discursiva no es únicamente: "represento al pueblo." Sino más bien: "Expreso lo que el pueblo realmente piensa.". Aquí aparece la dinámica descrita por Laclau. El liderazgo deja de ser meramente representativo, para convertirse en una identificación simbólica.

 

En Colombia, Abelardo de la Espriella, desarrolla una narrativa semejante. Su discurso político suele construirse en oposición a:

 

-          Las élites tradicionales.

-          La izquierda.

-          El establecimiento político.

-          Determinadas instituciones.

 

La figura del líder se presenta como portavoz de la "Colombia real", frente a las élites que supuestamente habrían secuestrado la voluntad popular (Petro, Cepeda). Nuevamente, el fenómeno no consiste únicamente en representar intereses ciudadanos. Consiste en construir una relación emocional y simbólica, donde los seguidores perciben al líder como una extensión de sí mismos.

 

Este proceso coincide con lo que Weber llamó liderazgo carismático. Por cierto, el sociólogo, definía este tipo de liderazgo como: "La devoción afectiva a la persona del jefe y a sus dones extraordinarios." Asimismo, advierte: "El carisma puro es específicamente ajeno a toda economía." (Del libro: Economía y sociedad.).

 

La legitimidad carismática, surge cuando los seguidores atribuyen cualidades extraordinarias a un líder. No obedecen principalmente a instituciones. Obedecen a la persona. Desde la óptica Weberiana, la fortaleza del liderazgo carismático, es que puede movilizar energías sociales extraordinarias.

 

 Su debilidad es que tiende a personalizar el poder. La cuestión fundamental se vuelve entonces: ¿El movimiento sobrevivirá sin el líder?: Si la respuesta es negativa, la democracia se vuelve vulnerable, porque las instituciones quedan subordinadas a la figura carismática.

 

Por su parte, el filósofo, Jürgen Habermas, ofrece una crítica importante a esta lógica. Para Habermas, la legitimidad democrática no surge de la identificación emocional con un líder, sino del debate racional dentro de la esfera pública.

 

Cuando la política se personaliza excesivamente:

 

-          Disminuye la deliberación.

-          Aumenta la polarización.

-          Las instituciones pierden protagonismo.

 

Desde esta perspectiva, ningún líder puede identificarse plenamente con el pueblo, porque las sociedades modernas son pluralistas y contienen múltiples intereses en conflicto. El otro gran filósofo de las ciencias sociales, Niklas Luhmann, iría aún más lejos. Según Luhmann, "el pueblo" es una construcción comunicativa. Ningún actor político puede conocer ni expresar la totalidad de las preferencias sociales.

 

Por ello, cuando un líder afirma hablar en nombre del pueblo entero, en contexto, simplifica una realidad mucho más compleja. La identificación total entre líder y pueblo, sería, para Luhmann, una ficción funcional destinada a generar legitimidad.

 

Una lectura especialmente sugerente puede realizarse desde Hannah Arendt. Arendt sostenía que la esencia de la política democrática, es la existencia de un espacio público donde personas diferentes pueden debatir libremente.

 

La política muere cuando toda diferencia es transformada en enemistad. Hoy, en los neo populismos de derecha y de izquierda (Costa Rica, Colombia, Nicaragua, respectivamente):

 

-          Los críticos son presentados como enemigos.

-          Los contrapesos son vistos como obstáculos.

-          Las instituciones son consideradas adversarias.

 

Arendt advertía que la polarización extrema, destruye la posibilidad de deliberación democrática. La democracia deja de ser un diálogo entre ciudadanos; y se convierte en una lucha moral entre "los buenos" y "los malos". Desde esta perspectiva, tanto oficialismos como oposiciones, pueden contribuir a erosionar la vida democrática cuando sustituyen el debate por la descalificación.

 

De nuevo, ya hemos dicho que, figuras como Abelardo de la Espriella en Colombia o Rodrigo Chaves y Laura Fernández en Costa Rica, no aparecen por generación espontánea. Son el resultado de sistemas políticos que dejaron de responder eficazmente a las preocupaciones cotidianas, de amplios sectores de la población. Luego vendrán, los riesgos de la concentración política y del personalismo.

 

Esto se acerca mucho a las preocupaciones de Alexis de Tocqueville. En La democracia en América (1835-1840), Tocqueville observó que las democracias modernas, generan una tendencia hacia la concentración simbólica del poder.

 

No necesariamente mediante dictaduras. Más bien mediante la creación de consensos emocionales que reducen el espacio para la crítica. Con Chaves, con Fernández, con de la Espriella, la política, va tomando forma de credo cuasi religioso.

 

Es decir, lo que estamos viviendo, está describiendo un fenómeno que Tocqueville reconocería inmediatamente. La democracia deja de ser únicamente competencia entre programas políticos; y se transforma en adhesión emocional a una identidad colectiva.

 

Para Tocqueville, el peligro no es solamente la tiranía del Estado. También existe la: "tiranía de la mayoría.". Es decir, la presión social que convierte toda crítica, en sospecha de traición. Dice el autor de: La Democracia en América: "Considero impía y detestable esta máxima: que en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo." Asimismo, señala: "La mayoría vive en una perpetua adoración de sí misma.".

 

Por su parte, el maestro Arend Liphart dice: "La democracia significa gobierno tanto de la mayoría como para la mayoría.". Y añade: "La cuestión fundamental, es cómo se limita el poder de la mayoría." (Patrones de Democracia (1999)).

 

Desde la filosofía política, los resultados, no describen simplemente una disputa entre izquierda y derecha. Describen una tensión mucho más antigua y profunda: la tensión entre liderazgo y límite. La tradición que va de Hobbes a Weber, reconoce que las sociedades necesitan liderazgos capaces de movilizar, decidir y producir cambios.

 

La tradición que va de Locke a Arendt, recuerda que ningún liderazgo debe colocarse por encima de las instituciones que garantizan la libertad. Dirá la historiadora y filósofa estadounidense: "El sentido de la política es la libertad." (¿Qué es la política? (1993)).

 

La cuestión central, es si esas fuerzas políticas logran mantener un equilibrio entre:

-          Autoridad y control.

-          Representación y pluralismo.

-          Eficacia y legalidad.

-          Mayoría y derechos.

 

En términos filosóficos, la verdadera prueba de una democracia no ocurre cuando un líder gana una elección, sino cuando ese líder acepta que existen límites que no puede traspasar, incluso contando con el apoyo de la mayoría.

 

Como advertía Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748): "Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder." Esta máxima sigue siendo uno de los criterios fundamentales para evaluar los fenómenos políticos que estamos analizando (La cita es tomada del: Libro XI, cap. IV).

 

 

III

Ahora bien, si el análisis de Maurice Duverger permite comprender la dinámica de los partidos y la filosofía política, ayuda a evaluar la legitimidad y los límites del poder, las Relaciones Internacionales permiten situar los fenómenos descritos, en un contexto más amplio: la reconfiguración del orden político latinoamericano y las transformaciones del sistema internacional, en la década de 2020.

 

Los eventos que estamos describiendo y analizando, no son solo internos de los sistemas políticos de Costa Rica y Colombia. Reflejan tendencias que se observan en numerosos países occidentales: crisis de representación, debilitamiento de los partidos tradicionales, surgimiento de liderazgos personalistas, polarización ideológica y cuestionamiento de instituciones nacionales e internacionales.

 

Uno de los elementos más visibles en lo que estamos analizando, es la apelación a conceptos como:

 

-          Soberanía.

-          Identidad nacional.

-          Seguridad.

-          Defensa de valores tradicionales.

-          Crítica a las élites políticas.

 

Desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales, estos elementos pueden interpretarse mediante la Escuela Realista. Autores como Hans Morgenthau y Kenneth Waltz, sostienen que la política internacional se organiza alrededor de la búsqueda de seguridad y autonomía.

 

De hecho, el primero dice: "La política internacional, como toda política, es una lucha por el poder." También afirma: "El concepto de interés definido en términos de poder proporciona el vínculo entre la razón y la política." (Política entre las naciones: el poder y la paz (1948)).

 

El segundo, expresa: "La estructura de un sistema cambia con cambios en la distribución de capacidades entre sus unidades." (Teoría de la política internacional (1979)). Incluso, Thomas Hobbes, en Leviatán (1651), sostiene: "Durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los mantenga a todos en respeto, se encuentran en aquella condición que se llama guerra." (Hobbes, Leviatán, cap. XIII).

 

Durante las últimas décadas, numerosos sectores sociales percibieron que:

 

-          La globalización redujo márgenes de decisión nacional.

-          Organismos internacionales adquirieron mayor influencia.

-          Acuerdos multilaterales limitaron ciertas políticas domésticas.

-           Las élites políticas, se volvieron más cosmopolitas que nacionales.

 

Este análisis, refleja precisamente, esa reacción: cuando se habla de recuperar soberanía o defender intereses nacionales, se está expresando una tendencia observable en múltiples democracias contemporáneas. No se trata necesariamente, de un rechazo absoluto a la cooperación internacional, sino de una demanda por recuperar capacidad de decisión frente a estructuras percibidas, como lejanas o poco representativas.

 

Hasta ahora, hemos analizado, a Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo de la Espriella, como fenómenos nacionales. Sin embargo, desde las Relaciones Internacionales, todos forman parte de una tendencia transnacional.

 

Autores como Cas Mudde, han señalado que el populismo contemporáneo constituye una de las principales corrientes políticas globales del siglo XXI. Movimientos similares pueden encontrarse en:

 

-          Donald Trump.

-          Javier Milei.

-          Nayib Bukele.

-          Giorgia Meloni.

-          Viktor Orbán.

 

A pesar de sus diferencias ideológicas, todos comparten ciertos elementos:

 

-          Confrontación con las élites tradicionales.

-          Comunicación directa con la ciudadanía.

-          Crítica a medios de comunicación establecidos.

-          Apelación a la voluntad popular.

-          Énfasis en liderazgo fuerte.

 

Desde esta óptica, Costa Rica y Colombia no constituyen excepciones, sino expresiones locales de una transformación internacional más amplia. Después del final de la Guerra Fría, muchos analistas creyeron que el modelo liberal-democrático, se había consolidado definitivamente.

 

La tesis de Francis Fukuyama sobre el "fin de la historia", sugería que la democracia liberal y la economía de mercado, terminarían imponiéndose globalmente. Sin embargo, los procesos descritos en este análisis, parecen cuestionar esa expectativa.

 

Las nuevas derechas latinoamericanas, no necesariamente rechazan la democracia electoral ni el mercado. Lo que cuestionan, es el consenso liberal construido alrededor de:

 

-          Organismos internacionales.

-          Élites tecnocráticas.

-          Medios tradicionales.

-          Burocracias estatales.

 

Aquí resulta especialmente útil el concepto de "reacción soberanista", desarrollado por autores contemporáneos como John Mearsheimer. Según esta interpretación, buena parte del electorado occidental, percibe que las estructuras de gobernanza internacional han adquirido demasiada influencia, sobre decisiones que consideran propias de cada nación. Este autor, afirma: "Las grandes potencias están siempre buscando oportunidades para ganar poder sobre sus rivales.". (La Tragedia de las grandes potencias. (2001)).

 

Por otra parte, acabamos de decir que, las nuevas derechas latinoamericanas, no necesariamente rechazan la democracia electoral; pero este postulado, “debe ser tomado con pinzas”. Pasamos a explicarnos: hay ciertas facciones de esa nueva derecha, que, tras asumir el gobierno, buscan erosionar, sus pilares fundamentales, presentando prácticas antidemocráticas.

 

Por ejemplo, Brasil, donde el “Bolsonarismo”, que es una corriente claramente antisistema, se usan las elecciones para alcanzar el poder y luego, se busca socavar la confianza en la democracia. En el caso costarricense, lo que se ha presentado es, una utilización de la democracia electoral, pero, ejerciendo un fuerte hostigamiento sobre los pilares republicanos; entre tanto, en Colombia, sí se daba respeto al poder electoral (Más bien, las interrogantes, venían del oficialismo).

 

En otro orden de cosas, aunque en este análisis, se establecen comparaciones entre Colombia y Costa Rica, las Relaciones Internacionales obligan a reconocer diferencias importantes:

 

A) Colombia: Colombia ocupa una posición estratégica en América del Sur debido a:

 

-          Su cercanía con Venezuela.

-          Su relación histórica con Estados Unidos.

-          Su peso económico y demográfico.

-          Los desafíos vinculados al narcotráfico.

-          su ubicación entre el Caribe y el Pacífico.

 

Por ello, cualquier cambio de gobierno colombiano tiene repercusiones regionales significativas. La eventual llegada de una derecha insurgente al poder podría modificar:

 

-          Relaciones con Venezuela (Una Venezuela intervenida por los Estados Unidos, tema incómodo para Gustavo Petro; súmese la coyuntura de los terremotos que afectaron “La Guaira”).

 

-          Cooperación en seguridad.

 

-          Política migratoria.

 

-          Alianzas hemisféricas.

 

 

B) Costa Rica: Costa Rica posee un perfil internacional distinto.  Su influencia regional proviene principalmente de:

-          La estabilidad institucional.

-          El prestigio democrático.

-          La diplomacia multilateral.

-          El liderazgo ambiental.

-          Ausencia de ejército.

 

Ahora bien, nótese que, podríamos decir que, “esta es la imagen internacional del país”, pero no podemos dejar de abordar el deterioro de esa imagen, a manos del neo populismo de derecha (Chaves Robles, Fernández): No se trata de afirmar que Costa Rica haya dejado de ser una democracia; o que haya perdido de golpe todo su capital simbólico; el punto más preciso es otro: la marca-país construida durante décadas, ya no aparece como un activo incuestionado, sino como un patrimonio sometido a desgaste, contradicción y disputa.

 

El ascenso de un estilo de liderazgo neopopulista de derecha —centrado en la confrontación, la personalización del poder, la descalificación de mediaciones institucionales; y la construcción del antagonismo “pueblo vs. élites” — ha introducido una tensión de fondo: la Costa Rica que se narra al mundo, ya no coincide plenamente con la Costa Rica que el mundo observa en su práctica política reciente.

 

El deterioro de la imagen internacional puede explicarse, entonces, como el resultado de cinco desplazamientos:

-          De la excepcionalidad democrática, al conflicto permanente con la institucionalidad.

-          Del multilateralismo prudente, a una diplomacia errática y personalista.

-          Del liderazgo ambiental, a señales de retroceso en gobernanza ecológica.

-          Del prestigio en libertades públicas, a cuestionamientos por hostilidad hacia la prensa y actores críticos.

-          De la autoridad moral civilista, a una política exterior menos previsible, más polarizada y más ideologizada.

 

Para entender el desgaste reputacional, no basta enumerar polémicas. Hay que identificar la lógica política que las articula:

 

a) Rasgos del neopopulismo de derecha: El chavismo costarricense —y su continuidad discursiva en Laura Fernández— puede leerse a partir de rasgos ampliamente estudiados en la literatura sobre populismo:

-          Construcción de un “pueblo verdadero” enfrentado a “élites corruptas”.

-          Desconfianza hacia las mediaciones institucionales: prensa, tribunales, órganos de control, burocracias técnicas, universidades, partidos tradicionales.

-          Hiperliderazgo: la política se concentra en la figura del líder y en su capacidad de hablar “sin filtros” (O de gritar, como es el caso de la Presidente, Laura Fernández).

-          Polarización moral: el adversario no es un competidor legítimo, sino un enemigo del pueblo.

-          Uso intensivo de la comunicación plebiscitaria: conferencias, redes, confrontación directa, simplificación del conflicto.

-          Apropiación del lenguaje antisistema desde el poder: el gobierno se presenta simultáneamente como Estado y como víctima del Estado.

 

Ya hemos citado a Ernesto Laclau, el populismo construye una frontera entre “el pueblo” y “el poder”; también hemos hablado de, Jan-Werner Müller, para él, el problema aparece cuando el populista reclama una representación moral exclusiva del pueblo.

 

Por su parte, la politóloga, Nadia Urbinati, nos dice que, el populismo erosiona la democracia representativa, al sustituir la pluralidad por una relación casi directa entre líder y masa. Esa matriz ayuda a entender por qué el problema de imagen no es solo comunicacional: es institucional y simbólico (Esto en su libro: “Yo la gente: Como el populismo transforma la democracia” (2019). Traducción libre).

 

b) Con esto, claro, veamos con detalle, los deterioros, fruto del neo populismo de derecha:

 

1) Como de una democracia admirada, se pasa al espectáculo de la desinstitucionalización:

 

-          La erosión del tono republicano: Una de las bases del prestigio costarricense era que, aun en medio de conflictos, el sistema mantenía un ethos republicano: reconocimiento de la legitimidad de los otros poderes, respeto por los órganos de control; y una idea de adversario que no equivalía a enemigo interno.

El chavismo rompe con esa tradición al instalar una retórica de hostilidad contra instituciones clave del Estado. El problema internacional, no es únicamente el contenido de las disputas, sino la forma: insultos, descalificación, sospecha permanente sobre contrapesos, teatralización del conflicto y personalización del desacuerdo.

 

-          El efecto reputacional externo: Para la audiencia internacional, esto altera el significado de Costa Rica. Antes, el país era el ejemplo de una democracia, que resolvía sus tensiones dentro del marco institucional. Con el neopopulismo, la percepción cambia: Costa Rica ya no aparece solo como una democracia estable, sino también como una democracia fatigada por la confrontación, entre Ejecutivo, controles y prensa.

Aquí importa un matiz: Freedom House sigue clasificando a Costa Rica como “Free” y mantiene puntajes altos. Eso impide exageraciones fáciles. Pero esos mismos reportes, subrayan que, bajo Chaves, persistieron problemas de intimidación a periodistas y preocupaciones por el uso político de la publicidad estatal, es decir, señales de fricción con la tradición liberal costarricense. La imagen internacional, por tanto, no se desploma de un día para otro; se fisura por acumulación de indicios.

 

2) Como se ha pasado del prestigio democrático, a la sospecha sobre la libertad de prensa y el pluralismo:

 

-          La prensa como “enemigo:”: Una característica del populismo contemporáneo es la construcción de la prensa crítica como actor antipopular. En el caso costarricense, la retórica contra la “prensa canalla” o contra medios percibidos como opositores, tiene un costo internacional alto, porque la libertad de prensa es uno de los emblemas de la excepcionalidad costarricense.

No es irrelevante que organismos y observadores externos, hayan empezado a registrar intimidación contra periodistas, presiones simbólicas y preocupación por la asignación politizada de pauta estatal.

A eso se suma la controversia posterior por la reforma y subasta de frecuencias de radio y televisión, impulsada por el gobierno de Chaves, que fue presentada por sus críticos, como una amenaza al pluralismo mediático y a la diversidad de voces; la Sala Constitucional terminó frenando esa medida.

 

-          ¿Por qué esto deteriora la imagen exterior?: Porque Costa Rica no compite internacionalmente por poder militar o económico, sino por autoridad normativa. Un país cuya legitimidad externa descansa en su perfil democrático, sufre más que otros cuando aparecen dudas sobre: trato hostil a los medios críticos, concentración del discurso en la figura presidencial, el uso del aparato Estatal, para castigar simbólicamente el disenso y el debilitamiento de la conversación pública plural.

Si vemos el tema desde el mercadeo político y de comercio internacional, si la democracia es parte de la marca, cualquier sombra sobre la calidad democrática, golpea directamente la marca.

3) Como se ha ido del multilateralismo sobrio, a una diplomacia errática, reactiva y personalista:

 

-          La tradición costarricense: La política exterior costarricense había cultivado una identidad de prudencia, legalismo y previsibilidad. Incluso cuando tomaba posiciones firmes, lo hacía desde el lenguaje del derecho internacional, la negociación y la moderación diplomática.

 

-          El giro populista: Con el neopopulismo, la política exterior, corre el riesgo de quedar subordinada a la lógica doméstica de la polarización. El problema no es solo “qué posición” se adopta, sino cómo y para qué se adopta. Cuando la diplomacia se convierte en prolongación de la guerra cultural interna, pierde coherencia estratégica.

La coyuntura reciente ofrece ejemplos de esa tensión. Por un lado, la Cancillería costarricense mantuvo posiciones duras en la OEA, frente al régimen nicaragüense, denunciando la presencia rusa y la situación de derechos humanos. Pero, por otro, se registraron controversias por gestos conciliadores o ambiguos, desde la Presidencia hacia Managua, lo que abrió una brecha entre la tradición costarricense de defensa de los derechos humanos, y la percepción de oportunismo o inconsistencia diplomática.

 

-          El problema de fondo: inconsistencia: La imagen internacional de Costa Rica, dependía mucho de la coherencia entre discurso y conducta. El neopopulismo introduce una diplomacia menos institucionalizada, más dependiente del cálculo coyuntural del liderazgo; y más permeable a la necesidad de producir golpes mediáticos. El resultado, es una política exterior menos legible para socios y observadores.

 

4) Como hemos ido, del liderazgo ambiental, al retroceso de la autoridad ecológica:

 

-          El ambientalismo como capital político: Pocas áreas habían dado a Costa Rica tanta visibilidad positiva, como el ambiente: parques nacionales, conservación, ecoturismo, energías limpias y diplomacia climática. Ese liderazgo no era solo material; era narrativo. Costa Rica podía presentarse como prueba de que un país pequeño del Sur Global, podía tener autoridad moral en la agenda climática.

 

-          El desgaste reciente: Ese capital también ha entrado en tensión. Distintos balances e informes de 2025, alertaron sobre retrocesos en la gobernanza ambiental, debilitamiento de capacidades institucionales, recentralización de decisiones, reducción de autonomía técnica y menor capacidad de fiscalización. Tanto el Estado de la Nación, como el análisis del Observatorio de Bienes Comunes de la UCR, describen un panorama de debilitamiento de la institucionalidad ambiental entre 2024 y 2025.

 

-          El efecto sobre la imagen internacional: Esto es especialmente grave, porque el liderazgo ambiental costarricense no era un accesorio, sino uno de los pilares de su poder blando. Si el país comienza a ser percibido como un Estado que: debilita controles ambientales, reduce capacidades de conservación, tensiona la participación ciudadana y técnica; prioriza decisiones de corto plazo, por encima de la rectoría ecológica, su imagen se debilita (Sépase o recuérdese que, J. Nye, define el poder blando como:  "La capacidad de obtener los resultados deseados mediante la atracción en lugar de la coerción." Y agrega: "La persuasión suele ser más eficaz que la fuerza.").

 

Entonces, se pierde uno de sus lenguajes más eficaces de legitimación global. En términos reputacionales, el daño no es solo técnico. Es identitario: Costa Rica deja de aparecer como “el país que enseña”; y pasa a ser “el país que ya no logra sostener el estándar que predica”.

 

5) De las posiciones de civilismo ejemplar, a la seguridad “dura”, pero improvisada: La abolición del ejército y el prestigio civilista, hicieron de Costa Rica una rareza virtuosa. Sin embargo, el aumento de la violencia criminal y del narcotráfico, ha presionado al sistema político hacia respuestas cada vez más securitarias. El problema no es reconocer el desafío real de seguridad; el problema es cuando el gobierno lo procesa desde una retórica de excepción, de choque y de personalismo, debilitando la lógica civilista y garantista que, históricamente distinguió al país (Por cierto, que, la corriente garantista en la rama del derecho, se encuentra en fuerte cuestionamiento en el país).

La imagen internacional se resiente cuando Costa Rica parece acercarse a un libreto regional ya conocido: liderazgos fuertes, crisis de seguridad, polarización, descrédito de la mediación institucional; y promesas de mano dura. Aunque el país no haya abandonado su tradición democrática, sí corre el riesgo de dejar de verse como una excepción centroamericana, y comenzar a ser leído como una variante más del malestar latinoamericano (De nuestra parte, esto implica, la “centro americanización de Costa Rica).

 

En esta misma línea, Si Rodrigo Chaves abrió el ciclo, Laura Fernández representa su posible consolidación: no tanto por copiar cada política concreta, sino, por prolongar la gramática chavista.

Así, el deterioro de la imagen internacional no depende exclusivamente de una decisión aislada, sino de la reiteración de un estilo de poder:

 

-          Centralidad del liderazgo carismático.

-          Confrontación con élites e instituciones.

-          Simplificación plebiscitaria de conflictos complejos.

-          Desplazamiento del debate programático por la guerra cultural.

-          Apelación constante al “pueblo” contra mediaciones republicanas.

 

Cuando ese estilo deja de ser excepcional y se convierte en proyecto de sucesión, el daño reputacional se profundiza. Ya no se interpreta como “una presidencia problemática”, sino como una mutación del régimen de representación política costarricense.

 

Conviene ser precisos. Por nuestra parte, no hablaríamos de colapso de la imagen internacional costarricense, sino de erosión acumulativa. No hay colapso porque:

 

-          Costa Rica sigue siendo una democracia electoral robusta en comparación regional.

-          Conserva prestigio histórico, redes diplomáticas y reservas institucionales.

-          Sigue siendo evaluada como un país “libre” por observatorios internacionales.

 

Pero sí hay erosión porque:

 

-          La relación Ejecutivo-instituciones se volvió más agresiva.

-          La prensa y el pluralismo, han enfrentado hostilidad y señales de intimidación.

-          La política exterior perdió parte de su sobriedad y coherencia.

-          El liderazgo ambiental muestra retrocesos en gobernanza e institucionalidad.

-          La marca democrática costarricense. ya no aparece blindada frente a la ola populista regional.

 

Ahora bien, las reflexiones sobre Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Abelardo de la Espriella, también pueden analizarse mediante el concepto de poder blando (Soft Power), desarrollado por Joseph Nye, que ya hemos definido.

Nye, sostiene que los países ejercen influencia no solo mediante poder económico o militar, sino también a través de:

 

-          Legitimidad.

-          Prestigio.

-          Credibilidad.

-          Capacidad de atracción.

 

De un modo u otro, este análisis, muestra cómo los liderazgos contemporáneos comprenden cada vez mejor, la dimensión comunicativa del poder. La construcción de narrativas simples, emocionales y fácilmente compartibles, se convierte en un recurso estratégico tanto para la política doméstica como para la proyección internacional.

 

En este sentido, la batalla política moderna ya no ocurre únicamente en parlamentos o medios tradicionales. También ocurre en:

 

-          Redes sociales.

-          Plataformas digitales.

-          Ecosistemas informativos transnacionales.

 

Asimismo, hemos hablado de nuestro deterioro de imagen, en la esfera internacional. Aquí, recobra valor lo planteado por Nye: el poder blando depende de la atractividad de los valores, instituciones y políticas. Costa Rica no tenía Poder duro (Por ejemplo, poder militar); tenía credibilidad moral. Si se erosiona la confianza en su democracia, su prensa libre o su liderazgo ambiental, se erosiona su principal fuente de influencia.

 

En esta misma lógica, retomando a Pierre Rosanvallon y a Nadia Urbinati, el populismo explota la distancia entre gobernantes y gobernados, pero suele responder a esa crisis, debilitando las mediaciones que hacen posible la democracia pluralista. Eso puede aumentar apoyo interno en el corto plazo, pero debilita la legitimidad externa del régimen.

 

De igual manera, volviendo a Laclau y Müller, cuando el gobierno se presenta como la única voz auténtica del pueblo, quienes discrepan quedan simbólicamente expulsados de la comunidad legítima. Ese movimiento daña la imagen de una democracia basada en pluralismo, tolerancia y pesos y contrapesos.

 

Con todo este contexto, veamos otra teoría, la de la reputación internacional: ella analiza como la percepción de credibilidad, fiabilidad y resolución de un Estado, influye en su capacidad para disuadir conflictos, asegurar alianzas y lograr acuerdos (Para ver detalles: el libro de Jonathan Mercer: Reputación y Política Internacional (1996)).

 

La reputación de un Estado es un activo lento de construir y rápido de deteriorar. Costa Rica acumuló durante décadas, una reputación de democracia decente, razonable y confiable. El populismo no destruye eso de inmediato, pero sí introduce ruido, incertidumbre y contradicción.

 

La imagen internacional de Costa Rica se construyó sobre una promesa: ser una República pequeña pero moralmente influyente, capaz de convertir su estabilidad institucional, su democracia, su diplomacia multilateral, su ambientalismo y su civilismo, en autoridad internacional.

 

El problema del neopopulismo de derecha —en la experiencia de Rodrigo Chaves Robles y en su prolongación, por Laura Fernández— es que corroe justamente los cimientos simbólicos de esa promesa. No porque haya abolido de golpe la democracia costarricense, sino, porque ha sustituido la lógica republicana por la confrontación permanente; la diplomacia institucional por la señal errática; el liderazgo ambiental por retrocesos de gobernanza; y el prestigio liberal, por sospechas sobre el trato a la prensa, los controles y la pluralidad.

 

Por eso, el deterioro de la imagen internacional costarricense, debe entenderse como una desalineación entre identidad histórica y práctica política presente. Costa Rica sigue viviendo del crédito acumulado por su tradición democrática, pero el chavismo y su continuidad, lo están gastando más rápido de lo que el país puede reponerlo.

 

Si damos un paso más, nos daremos cuenta que, autores como Robert Keohane y G. John Ikenberry, han mostrado que la estabilidad institucional constituye un recurso estratégico en el sistema internacional. Nos dice el primero: "Las instituciones reducen la incertidumbre y facilitan la cooperación." (Después de la hegemonía (1984)). Incluso, desde la teoría democrática nos dice Lipset: "La estabilidad de una democracia depende de su legitimidad y de su eficacia." (El hombre político (1960)).

En esta línea, los inversionistas, organismos multilaterales y socios diplomáticos, valoran especialmente:

 

-          Previsibilidad jurídica.

-          Independencia judicial.

-          Estabilidad regulatoria.

-          Respeto a las reglas.

 

Por ello, la preocupación que hemos expresado en este análisis, acerca de los contrapesos institucionales, posee también una dimensión internacional. No se trata únicamente de un debate interno sobre democracia.

 

También afecta:

 

-          Confianza de inversionistas.

-          Calificaciones de riesgo.

-          Relaciones diplomáticas.

-          Reputación internacional.

 

Desde esta perspectiva, el desafío consiste en combinar capacidad de reforma con preservación de la seguridad jurídica. Entonces, este análisis, describe fenómenos que trascienden ampliamente las fronteras de Costa Rica y Colombia.

 

Desde las Relaciones Internacionales, el ascenso de liderazgos como Rodrigo Chaves, Laura Fernández o Abelardo de la Espriella, puede interpretarse como parte de una transformación global caracterizada por:

 

-          Crisis de representación de los partidos tradicionales.

-          Revalorización de la soberanía nacional frente a estructuras transnacionales.

-          Expansión de liderazgos populistas y personalistas.

-          Debilitamiento del consenso liberal posterior a la Guerra Fría.

-          Centralidad creciente de la comunicación digital en la construcción del poder.

-          Tensión permanente entre eficacia gubernamental y preservación institucional.

En términos internacionales, la cuestión decisiva no es si América Latina gira hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo fundamental, es determinar si estos nuevos liderazgos, serán capaces de responder a las demandas de representación, seguridad y soberanía, sin deteriorar los elementos que han permitido a las democracias latinoamericanas, conservar legitimidad interna y credibilidad externa.

 

Como señala el filósofo australiano, Hedley Bull en La Sociedad Anárquica (1977), el desafío de toda comunidad política, consiste en encontrar un equilibrio entre orden y libertad. Esa tensión, visible en este análisis, constituye también uno de los problemas centrales del sistema internacional contemporáneo.

 

Nos dice Bull en el libro citado: "El orden es un patrón de actividad humana que sostiene los objetivos elementales de la vida social." Asimismo, sostiene: "La sociedad internacional presupone normas compartidas."

 

Si regresamos a la filosofía política clásica, dice John Locke: "Donde termina la ley comienza la tiranía." (Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil, §202). Este mismo autor, nos recordará: "El fin del gobierno es el bien de la humanidad." (Locke, Segundo tratado, §131).

 

 

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