De jaguares y tigres

 

De jaguares y tigres

Ocean Castillo Loría.


La política latinoamericana siempre ha tenido una extraña fascinación por los animales. No es casualidad. Cuando los partidos políticos dejan de ofrecer identidades sólidas, cuando las ideologías se vuelven difusas; y cuando los programas de gobierno son sustituidos por campañas emocionales, los símbolos ocupan el espacio vacío.

En otro tiempo fueron los colores partidarios. Después aparecieron los caudillos. Hoy son los animales. El águila estadounidense, el oso ruso o el león británico, no son simples adornos heráldicos. Son formas de condensar poder, autoridad, historia y emociones colectivas. En América Latina, donde la crisis de representación política es cada vez más profunda, los animales se han convertido en herramientas privilegiadas de comunicación electoral.

 

Las elecciones colombianas del 31 de mayo de 2026 y las experiencias electorales costarricenses de 2022 y 2026; ofrecen un laboratorio particularmente interesante para observar este fenómeno. Abelardo de la Espriella, aparece asociado al tigre. Rodrigo Chaves y posteriormente Laura Fernández, aparecen asociados al jaguar.

 

A primera vista, pareciera tratarse de símbolos semejantes. Ambos son grandes felinos. Ambos evocan fuerza. Ambos transmiten liderazgo. Ambos buscan comunicar capacidad de acción. Sin embargo, detrás de esas semejanzas, existen diferencias significativas.

 

Conviene recordar algo que la memoria política suele olvidar. Durante buena parte de la campaña de 2022, Rodrigo Chaves no era un jaguar. Era un tecnócrata. Era el economista formado en organismos internacionales, que respondía preguntas con lenguaje técnico, gráficos mentales y explicaciones, que difícilmente conectaban con amplios sectores del electorado.

 

Las encuestas lo mostraban entonces atrapado en la irrelevancia política. Fue posteriormente, cuando se produjo la transformación comunicacional. Apareció el famoso “me como la bronca”. Y con esa frase, emergió algo mucho más poderoso que un programa económico: un personaje político.

 

La expresión conectaba con una vieja expectativa de la cultura política costarricense: la esperanza de que exista un líder, capaz de resolver problemas que las instituciones parecen incapaces de solucionar.

 

Poco después, comenzó a aparecer la figura del jaguar. Inicialmente, el símbolo estaba asociado a una narrativa económica. Costa Rica sería el nuevo “jaguar” latinoamericano. La referencia evocaba deliberadamente, la experiencia de los llamados “tigres asiáticos”, aquellos países que durante las décadas finales del siglo XX, fueron presentados como ejemplos de crecimiento acelerado, modernización e inserción exitosa en la economía global.

 

Naturalmente, el discurso omitía ciertos detalles incómodos: Por ejemplo, que muchos de esos modelos, enfrentaron profundas vulnerabilidades estructurales; y terminaron involucrados en la crisis financiera asiática, de 1997.

 

Pero la comunicación política rara vez trabaja con matices. Trabaja con imágenes. Y la imagen era sencilla: Manuel Castells, ha señalado que la política contemporánea, se desarrolla cada vez más en espacios de comunicación en red, donde las emociones circulan con mayor velocidad que los argumentos complejos. En ese entorno, los símbolos visuales, poseen una ventaja competitiva evidente: pueden reproducirse instantáneamente, generar identificación; y atravesar múltiples plataformas digitales, sin necesidad de largas explicaciones programáticas.

 

Ahora, si vamos a la teología, encontramos un elemento interesante: la teología bíblica ofrece además otra lectura crítica. El relato del becerro de oro (Éxodo 32), constituye una reflexión clásica sobre la necesidad humana de materializar sus esperanzas, en símbolos visibles. Frente a la incertidumbre, el pueblo fabrica una imagen capaz de concentrar sus expectativas colectivas.

 

Naturalmente, no se trata de afirmar que un tigre o un jaguar, sean equivalentes al becerro de oro. La analogía apunta a otro nivel: la tendencia recurrente de las sociedades, a convertir símbolos políticos, en objetos de adhesión emocional, que terminan desplazando la reflexión crítica.

 

De nuevo, la imagen del jaguar, era sencilla:

 

-          Crecimiento.

-          Competitividad.

-          Modernización.

-          Ruptura con las viejas élites.

 

Sin embargo, este felino sufrió una transformación. Poco a poco, dejó de representar una estrategia económica, para convertirse en una identidad política. Y aquí aparece uno de los aspectos más interesantes del fenómeno.

 

George Lakoff (Lingüista estadounidense), ha mostrado que gran parte de la comunicación política, opera mediante marcos mentales (“frames”); y no, mediante razonamientos estrictamente racionales.

 

Los ciudadanos interpretan la realidad, a través de imágenes, metáforas y narrativas, previamente instaladas en su estructura cognitiva. Desde esta perspectiva, el tigre y el jaguar, funcionan como atajos mentales que permiten asociar automáticamente determinados liderazgos, con fuerza, autoridad, protección o capacidad de transformación. Cuando el debate público gira más alrededor de la defensa del símbolo, que, de la evaluación de las políticas públicas, la ciudadanía corre el riesgo de confundir la imagen con la realidad.

 

Desde la ciencia política comparada, existe una diferencia fundamental entre ambos símbolos. En Colombia, el tigre es Abelardo de la Espriella. En Costa Rica, el jaguar terminó siendo el movimiento. La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

 

El tigre colombiano, funciona como una extensión de la personalidad del candidato. La admiración se dirige hacia el líder. El símbolo refuerza su autoridad. La lógica es vertical. El líder protege. Los seguidores confían.

 

El jaguar costarricense, evolucionó en otra dirección. La narrativa oficialista intentó convertir el símbolo, en una identidad colectiva. Ya no era únicamente Rodrigo Chaves. Eran los jaguares. El animal dejó de describir al líder, para describir a la comunidad política.

 

Y cuando Laura Fernández, intenta heredar el símbolo, lo que está intentando heredar, no es solamente un electorado. Está intentando heredar una identidad emocional (De hecho, busca heredarla por la vía de la imitación, la calidad de ella, “es harina de otro costal”).

 

Ernesto Laclau (Filósofo argentino), advertía que el populismo no debe entenderse únicamente como una ideología, sino como una lógica de construcción política. Para Laclau, los liderazgos exitosos logran articular demandas dispersas, mediante símbolos capaces de condensar significados múltiples. Precisamente, esa función cumplen, el tigre y el jaguar: permiten que sectores sociales muy distintos, se reconozcan dentro de una misma narrativa política.

 

Desde la teoría de partidos políticos, esto resulta particularmente revelador. Todo liderazgo personalista, enfrenta un problema estructural: la mortalidad política del líder. Por eso, necesita construir organizaciones.

 

Necesita construir símbolos. Necesita construir una comunidad que sobreviva, cuando el fundador desaparezca de la escena. Paradójicamente, los movimientos que suelen denunciar a los partidos, terminan necesitando un partido. Y los liderazgos que denuncian a las estructuras, terminan construyendo estructuras. A esto hay que agregar, que, en el caso costarricense, para competir por el poder político, se necesita de un partido político.

 

La historia política latinoamericana está llena de ejemplos. Por cierto, que, en términos de la historia costarricense, hemos caído en un fuerte retroceso: de 1821 a la década de los veinte del siglo pasado, nuestra política se jugaba en el personalismo, no en los partidos permanentes e ideológicos.

 

Hoy, cada vez es más marcado el retorno a ese personalismo, creemos, entre otras cosas, por las contradicciones de los partidos políticos, que, en el pasado, aspiraban a ser, permanentes e ideológicos:

 

-          A partir de los 80, tanto el PLN como el PUSC, abrazaron el economicismo.

 

-          Con la llegada del PAC, algunos esperaban el retorno de una visión de tipo socialdemócrata, al final, sobre todo, durante el gobierno de Carlos Alvarado Quesada (2018 – 2022), terminaron concretando un camino social – liberal (En lo social, con tesis del marxismo cultural; en lo económico, con planes monetaristas).

 

Ahora bien, lo que observamos en Costa Rica y Colombia, no es un fenómeno aislado. Forma parte de una tendencia regional mucho más amplia: el bukelismo en El Salvador; el mileísmo en Argentina; el correísmo en Ecuador; el Chávez – Madurismo venezolano.

 

Todos presentan diferencias ideológicas evidentes. Pero comparten una característica esencial: La identidad política, termina organizada alrededor de una figura fácilmente reconocible. Desde una perspectiva histórica latinoamericana, el fenómeno tampoco resulta completamente nuevo.

 

Como advirtió Gino Germani al estudiar los populismos clásicos de la región, los períodos de crisis institucional, suelen favorecer formas de identificación política, centradas más en la figura del líder, que en la fortaleza de las organizaciones. La novedad actual, radica en que esa personalización, se encuentra amplificada por las tecnologías digitales; y por una lógica comunicacional dominada por la imagen.

 

Por otro lado, si vamos a una de las tesis más sugerentes de las ciencias sociales contemporáneas, la que sostiene que, lejos de desaparecer, lo religioso, ha migrado hacia otros espacios de la vida social; nos encontraremos que, entre esos espacios, destaca la política. Aunque los Estados modernos se presentan como seculares, numerosos fenómenos políticos, reproducen estructuras simbólicas, rituales, narrativas y dinámicas propias de las religiones.

 

Esta idea fue anticipada por autores tan diversos como Émile Durkheim (Sociólogo), Eric Voegelin (Politólogo y filósofo), Raymond Aron (Filósofo, politólogo y sociólogo), René Girard (Filósofo y antropólogo) y Carl Schmitt (Filósofo).

 

Todos ellos, desde perspectivas distintas, observaron que las sociedades modernas, continúan necesitando mitos, símbolos, promesas de salvación, enemigos demonizados y comunidades de creyentes.

 

En este contexto, la teología histórico-crítica y la teología de la liberación, ofrecen herramientas especialmente útiles para analizar la política contemporánea, precisamente, porque ambas nacieron como ejercicios de desenmascaramiento de los discursos de poder.

Así las cosas: desde la teología histórico-crítica, resulta difícil no observar ciertos paralelismos entre estos fenómenos políticos contemporáneos, y algunos mecanismos de construcción simbólica presentes en las sociedades antiguas.

 

Los estudios históricos sobre el judaísmo del siglo I, muestran que amplios sectores de la población esperaban la llegada de figuras providenciales, capaces de restaurar el orden, derrotar a los enemigos y resolver las crisis colectivas.

 

Autores como John Dominic Crossan (Teólogo), Geza Vermes (Historiador) o E. P. Sanders (Teólogo); han mostrado que el contexto de dominación romana, favoreció la aparición de múltiples expectativas mesiánicas. No todos los mesías eran religiosos; algunos eran esencialmente líderes políticos o militares. La necesidad psicológica y social, de encontrar un salvador colectivo, parece ser una constante histórica que reaparece bajo distintas formas.

 

La teología histórico-crítica puede aportar una observación adicional. En numerosas sociedades antiguas, los animales no eran únicamente símbolos decorativos. Frecuentemente, representaban poderes espirituales, identidades colectivas o legitimaciones del poder político.

 

Egipto, Mesopotamia, Roma y múltiples culturas precolombinas, desarrollaron imaginarios donde determinados animales, condensaban atributos considerados extraordinarios. La novedad radica en que las redes sociales, los medios digitales; y la lógica de la comunicación contemporánea, amplifican esos mecanismos hasta niveles sin precedentes. Lo que antes requería generaciones para consolidarse, puede construirse hoy, en pocos meses, mediante imágenes, videos, memes y campañas permanentes de comunicación emocional.

 

Desde esta perspectiva, el uso contemporáneo de grandes depredadores como símbolos políticos, puede interpretarse como una actualización secularizada de mecanismos simbólicos muy antiguos. No desaparece la necesidad humana de identificarse con figuras dotadas de poder; simplemente, cambian los contextos culturales donde esa necesidad se expresa.

 

En términos contemporáneos, el problema no radica en la existencia de liderazgos fuertes, sino en la tendencia a depositar en ellos, expectativas que ninguna persona puede satisfacer. Cuando la política adopta rasgos mesiánicos, la ciudadanía corre el riesgo de sustituir la deliberación democrática, por la esperanza de una redención encarnada en un individuo.

 

La política deja de funcionar como competencia entre proyectos ideológicos. Y comienza a funcionar, como competencia entre marcas. No es casualidad que la comunicación política contemporánea, se parezca cada vez más al marketing comercial.

 

La pregunta deja de ser: “¿Cuál es la propuesta económica?” Y pasa a ser: “¿Quién representa mejor lo que siento?” La emoción sustituye progresivamente a la ideología. La identidad sustituye progresivamente al programa. Y el símbolo, sustituye progresivamente al argumento.

 

Desde las Relaciones Internacionales, el contraste resulta igualmente revelador. El tigre de De la Espriella, transmite una visión del mundo cercana al realismo político. El sistema internacional aparece como un espacio competitivo. Un espacio peligroso. Un espacio, donde sobreviven quienes poseen fuerza suficiente para imponerse.

 

No sorprende entonces, que el tigre colombiano aparezca asociado a discursos sobre:

 

-          Seguridad.

-          Narcotráfico.

-          Crimen organizado.

-          Autoridad estatal.

 

El mensaje implícito es claro: Colombia debe volver a ser temida por sus enemigos. Debe recuperar capacidad de coerción. Debe restaurar el monopolio de la fuerza. El jaguar costarricense, surgió inicialmente desde otra lógica.

 

Intentaba proyectar competitividad. Intentaba proyectar modernización. Intentaba proyectar crecimiento económico. Era una narrativa más cercana al poder blando que al poder duro (Esto conforme a ciertos autores, por ejemplo: Joseph N. Nye y Robert Keohane, desde las Relaciones Internacionales).

 

Sin embargo, conforme avanzó el proceso político costarricense, el símbolo fue incorporando elementos de confrontación y liderazgo personalista, que lo acercaron parcialmente a la lógica del tigre.

 

Las investigaciones de Karen Stenner (Politóloga especializada en psicología política), sobre autoritarismo latente, sugieren que, en contextos percibidos como amenazantes, amplios sectores de la población, desarrollan una mayor preferencia por liderazgos fuertes, homogéneos y capaces de imponer orden. No se trata necesariamente, de una adhesión doctrinaria al autoritarismo, sino de una reacción psicológica frente a la incertidumbre. Ello ayuda a explicar por qué, símbolos asociados con depredadores dominantes, suelen adquirir atractivo electoral en momentos de crisis.

 

Desde la teología de la liberación, emerge una observación particularmente interesante. Mientras buena parte de la comunicación política contemporánea, exalta símbolos asociados con depredadores dominantes —tigres, jaguares, leones o águilas—, la tradición evangélica, presenta una inversión radical de esa lógica.

 

Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino y Ellacuría, insistieron en que el núcleo del mensaje cristiano, no gira alrededor de la exaltación del poder, sino de la solidaridad con los sectores excluidos. El liderazgo de Jesús, no se construye mediante la capacidad de dominar a otros, sino mediante el servicio (En esto, coinciden teólogos como el ya citado, Crossan y, Marcus Bog).

 

Por ello resulta llamativo que, en sociedades de tradición cristiana, los símbolos políticos exitosos tiendan a asociarse más con la fuerza del depredador, que con las imágenes evangélicas de fraternidad, compasión y justicia social (Aquí no debe olvidarse, que, en Costa Rica, conforme a las más recientes mediciones de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, de la Universidad Nacional, el 80 % de la población es cristiana, ya sea católica o evangélica. En el caso colombiano, el sociólogo, William Mauricio Beltrán Cely, hablaba de un 90 %, de la población de ese país, como cristiana).

 

 Ello revela una tensión permanente entre la lógica del poder y la lógica del Reino de Dios (Esto parece obedecer en el caso del catolicismo, a una veta cultural: es decir, hay gente que se dice cristiano – católica, pero solo por etiqueta. Este podría ser el caso, de Costa Rica y Colombia: es decir, “soy católico, por herencia familiar, pero no soy practicante”).

 

En el caso del jaguar y el tigre, la diferencia terminó siendo más de énfasis que de naturaleza. Ambos símbolos buscan comunicar fuerza. Lo que cambia es el escenario donde esa fuerza pretende manifestarse. Quizás, la dimensión más importante de todo este fenómeno, sea sociológica.

 

Las viejas lealtades partidarias están debilitándose (Esto se vio y se ve claramente, tanto en las elecciones de Costa Rica, como de Colombia); Las identidades ideológicas, son cada vez más frágiles. La pertenencia política se construye ahora, mediante símbolos emocionales. Lo que emerge es una forma de tribalización política.

 

La observación coincide con las tesis de Benedict Anderson (Historiador), sobre las "comunidades imaginadas". Anderson demostró que las colectividades políticas no dependen necesariamente del contacto directo entre sus miembros, sino, de símbolos compartidos que generan la percepción de pertenecer a una misma comunidad. En la era digital, un tigre o un jaguar, pueden cumplir funciones semejantes a las que antes desempeñaban las banderas, los himnos o las grandes narrativas nacionales.

 

La comparación entre tigres y jaguares, permite además una reflexión inspirada en la teología latinoamericana: La construcción de identidades colectivas es inevitable en toda sociedad. Sin embargo, cuando esas identidades, se transforman en trincheras morales absolutas, aparece una lógica de exclusión, que contradice la universalidad presente en la tradición profética y evangélica.

 

La teología de la liberación, ha insistido históricamente en que la política debe orientarse hacia la ampliación de la comunidad humana; y no únicamente hacia la consolidación de comunidades cerradas sobre sí mismas. En consecuencia, toda identidad política saludable, debería ser capaz de convivir con el pluralismo, la crítica y la diferencia. De lo contrario, el jaguar, el tigre o cualquier otro símbolo, terminan convirtiéndose en fronteras emocionales que separan a los ciudadanos entre creyentes y herejes políticos (Esto ha sucedido en Costa Rica; y en Colombia, el candidato de la derecha, dijo el año pasado que, “… haré todo lo que esté a mi alcance para destriparlos”).

 

La teología de la liberación, introduciría aquí una pregunta crítica: ¿Qué ocurre cuando la comunidad política termina identificándose más con la fuerza del depredador, que con la dignidad de las víctimas?; ¿Qué sucede cuando el imaginario colectivo, comienza a admirar principalmente la capacidad de dominar, antes que la capacidad de servir?

 

La paradoja es notable. Mientras los neopopulismos contemporáneos construyen identidades alrededor de animales asociados al poder, la tradición evangélica, sitúa en el centro a quienes carecen de poder. Allí emerge una tensión profunda entre la lógica del depredador y la lógica de la solidaridad (Que, en términos de modelos teológicos, se traduce en la oposición entre la teología de la prosperidad versus, la teología de la liberación).

 

Desde la Sociología, este fenómeno puede interpretarse como una radicalización de los procesos de tribalización descritos por Michel Maffesoli. La pertenencia política deja de organizarse alrededor de doctrinas racionalmente elaboradas; y comienza a estructurarse mediante comunidades emocionales, que comparten símbolos, rituales, códigos estéticos y narrativas de pertenencia.

 

En este contexto, el animal político ya no funciona solamente como una marca electoral. Se transforma en una identidad colectiva. El simpatizante no solamente vota por el jaguar o por el tigre; en cierto sentido, comienza a percibirse como parte del jaguar o del tigre (Esto es esencial).

 

La identidad política adopta entonces rasgos cuasi totémicos. En esta lógica, vale rescatar, el tema del fenómeno “Therian”. Esto, permite, llevar este análisis un paso más allá: no porque los seguidores de estos movimientos crean literalmente ser animales, sino porque los símbolos dejan de ser simples instrumentos propagandísticos; y pasan a convertirse en componentes de la identidad personal y colectiva.

 

El ciudadano ya no solamente apoya al jaguar o al tigre; comienza a verse a sí mismo como parte de la comunidad del jaguar o del tigre (Esto es clave). En este punto, la política adquiere rasgos cercanos al totemismo, descrito por la antropología clásica: el animal se convierte en representación de la tribu; y la tribu se reconoce en el animal.

 

La Antropología ofrece un concepto particularmente útil para comprender este proceso: entremos en el totemismo: desde Émile Durkheim hasta Claude Lévi-Strauss (Antropólogo y filósofo), numerosos autores observaron cómo determinados grupos humanos, utilizan animales para simbolizar y representar, la cohesión interna de la comunidad. El animal termina expresando las cualidades ideales, que el grupo desea atribuirse a sí mismo.

 

Visto desde esta perspectiva, buena parte de los neopopulismos contemporáneos, parecen reconstruir formas seculares de totemismo político. El jaguar, el tigre, el león o el águila, dejan de ser simples imágenes de campaña, para convertirse en condensadores emocionales de identidad colectiva.

 

El tigre identifica a quienes buscan orden. El jaguar identifica a quienes desean confrontar al “establishment”. Ambos crean comunidades imaginadas. Ambos generan sentido de pertenencia. Ambos permiten distinguir entre “nosotros” y “ellos”.

 

Henri Tajfel y John Turner, explicaron hace décadas que los seres humanos organizan gran parte de su vida social, mediante identidades grupales (Tajfel, era psicólogo social; Turner, era psicólogo); la política contemporánea, ha descubierto que los animales son herramientas extraordinariamente eficaces para activar ese mecanismo psicológico.

 

No hace falta leer un plan de gobierno de trescientas páginas. Basta con ponerse una camiseta. Compartir un meme. Colocar una fotografía de perfil. Utilizar una etiqueta. Y así nace la tribu. Existe además, una razón psicológica más profunda.

Ni el tigre ni el jaguar, son animales cualesquiera. Son depredadores alfa. Representan dominio. Representan control. Representan supervivencia. Representan capacidad de imponerse. En momentos de incertidumbre social, estas características adquieren enorme atractivo político.

 

Las sociedades que perciben amenazas, suelen sentirse atraídas por símbolos de fuerza. Por ello, resulta difícil imaginar, campañas exitosas construidas alrededor de animales asociados a la fragilidad, la cooperación o la vulnerabilidad (Esto nos hace regresar, por ejemplo, a símbolos cristianos, como el cordero. Recuérdese, que, en la Teología del Evangelio de San Juan, Jesús es: “El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”). 

 

La política contemporánea, premia a los depredadores. No porque los ciudadanos sean necesariamente más autoritarios (Esto conteste, a ciertos autores, lo repetimos). Si no, porque la incertidumbre aumenta la demanda de protección.

 

El tigre apela principalmente al miedo y a la seguridad. El jaguar apela principalmente al orgullo y a la pertenencia. Pero ambos, terminan activando una misma necesidad humana: La necesidad de sentirse protegidos dentro de un grupo.

 

Al final, tigres y jaguares, forman parte de un fenómeno más amplio: la transformación de la política en narrativa emocional. La transformación de los ciudadanos en comunidades identitarias. La transformación de los partidos en marcas. La transformación de los líderes en símbolos.

 

Como señalaba el politólogo francés Bernard Manin, en: Los principios del gobierno representativo (1995), las democracias contemporáneas han transitado desde la democracia de partidos, hacia lo que denomina una "democracia de audiencia", donde los ciudadanos, ya no establecen vínculos permanentes con organizaciones políticas, sino relaciones más volátiles, con figuras mediáticas capaces de captar atención; y generar identificación emocional. El tigre y el jaguar, son productos de esa transformación histórica.

 

Lo que observamos en Colombia y Costa Rica, no es únicamente una estrategia de comunicación electoral. Es un síntoma de época. La crisis de las identidades ideológicas, está siendo reemplazada por identidades emocionales.

 

Este reemplazo, se organiza alrededor de relatos. Y esos relatos necesitan héroes. Necesitan enemigos. Necesitan símbolos. Por eso el tigre de Abelardo de la Espriella y el jaguar de Rodrigo Chaves y Laura Fernández, son mucho más que animales.

 

Son expresiones de una nueva gramática política latinoamericana. Una gramática, donde las emociones pesan más que las ideas. Donde la identidad pesa más que el programa. Y donde, muchas veces, el rugido del felino, termina escuchándose más fuerte que cualquier propuesta de gobierno.

 

Así las cosas: la disputa entre tigres y jaguares, no debe interpretarse únicamente como una curiosidad propagandística. Constituye una manifestación concreta de lo que Pierre Rosanvallon (Historiador y sociólogo), denomina la transformación de las formas contemporáneas de legitimidad democrática. Allí donde los partidos pierden capacidad de representación, emergen liderazgos, símbolos e identidades emocionales, que intentan llenar el vacío dejado por las antiguas estructuras de mediación política.

 

Aún más, desde la teología de la liberación, se desarrolla una crítica particularmente severa contra las formas modernas de idolatría. Hugo Assmann (Teólogo), Franz Hinkelammert (Economista y teólogo) y Pablo Richard (Biblista y teólogo de la liberación), argumentaron que los ídolos contemporáneos, ya no son estatuas de piedra, sino construcciones ideológicas que reclaman obediencia absoluta; y se presentan como incuestionables.

 

Desde esta perspectiva, el problema no sería la existencia del tigre o del jaguar, como herramientas comunicativas. El problema surgiría cuando el símbolo:

 

-          Deja de ser un instrumento y se convierte en un fin en sí mismo;

-          Cuando la adhesión emocional sustituye la capacidad crítica;

-          Cuando la lealtad al líder desplaza el análisis racional de sus decisiones.

 

En palabras de Hinkelammert, toda sociedad necesita discernir constantemente entre símbolos que ayudan a comprender la realidad; y símbolos que terminan ocultándola. Por su parte, quizás la principal enseñanza que puede aportar la teología histórico-crítica a este debate, consiste en recordar que las sociedades humanas siempre han producido símbolos para organizar la esperanza colectiva. Y quizás, la principal enseñanza de la teología de la liberación, consiste en advertir que ningún símbolo, ningún líder y ningún movimiento, deben quedar exentos del juicio ético que surge de la justicia, la dignidad humana y la defensa de los sectores más vulnerables.

 

El tigre y el jaguar, son útiles para comprender la política contemporánea. Pero la pregunta fundamental continúa siendo otra: ¿Qué proyecto de sociedad se construye detrás del símbolo? Porque, al final, la calidad ética de una comunidad política, no se mide por la fuerza del animal que la representa, sino por la manera en que trata a quienes poseen menos poder.

 

Dicho esto, podemos ir a conclusiones más generales: la comparación entre el tigre de Abelardo de la Espriella y el jaguar asociado primero a Rodrigo Chaves y posteriormente, a Laura Fernández, permite observar una transformación profunda de la política latinoamericana contemporánea.

 

No estamos simplemente ante estrategias de mercadeo electoral; ni ante recursos publicitarios aislados. Estamos frente a una mutación de las formas, mediante las cuales se construyen las identidades políticas, en sociedades cada vez más desconfiadas de los partidos tradicionales, de las ideologías clásicas y de las instituciones de representación.

 

Desde las Ciencias Políticas, ambos casos evidencian el fortalecimiento de formas de liderazgo personalista, que buscan establecer una relación directa entre el líder y la ciudadanía, reduciendo el papel de las mediaciones institucionales.

 

Sin embargo, existe una diferencia relevante: mientras el tigre colombiano aparece principalmente como una extensión simbólica del líder, el jaguar costarricense, evolucionó hacia la construcción de una identidad colectiva, que intenta sobrevivir más allá de la figura que le dio origen.

 

Desde las Relaciones Internacionales, ambos símbolos constituyen intentos de proyectar una determinada imagen nacional hacia el exterior. El tigre, comunica autoridad, capacidad de coerción y restauración del orden, en un contexto marcado por la inseguridad y la violencia.

 

El jaguar, al menos en su formulación inicial, buscaba proyectar competitividad económica, modernización y excepcionalidad nacional. No obstante, la evolución posterior del discurso oficialista costarricense, muestra cómo ambos símbolos terminaron convergiendo parcialmente hacia narrativas de confrontación y liderazgo fuerte.

 

Desde la Sociología Electoral, los dos casos reflejan el debilitamiento de las identidades partidarias tradicionales; y el ascenso de comunidades políticas construidas alrededor de símbolos emocionales.

 

El votante contemporáneo, no solamente busca programas de gobierno; busca pertenencia, reconocimiento y sentido colectivo (De hecho, por lo menos en el caso costarricense de 2022 y 2026, es claro, que los ciudadanos, ni siquiera se interesaron por ellos).

 

En este contexto, los animales políticos cumplen una función integradora que anteriormente desempeñaban los partidos ideológicos, los movimientos sociales o las grandes tradiciones doctrinarias.

 

Desde la Comunicación Política, el tigre y el jaguar ilustran la creciente importancia de las marcas políticas en la era digital. Su eficacia radica en la capacidad de condensar mensajes complejos en imágenes simples, memorables y fácilmente reproducibles en redes sociales. El riesgo, sin embargo, es que la potencia comunicativa del símbolo termine desplazando el debate sobre las políticas públicas, reduciendo la discusión democrática a una competencia entre identidades emocionales.

 

Desde la Psicología Política, ambos símbolos activan mecanismos cognitivos profundamente arraigados en la experiencia humana. El tigre, apela principalmente a necesidades asociadas con la seguridad, la protección y el control, frente a amenazas percibidas.

 

El jaguar, por su parte, moviliza sentimientos de orgullo colectivo, pertenencia y aspiración nacional. Aunque recorren caminos emocionales distintos, ambos responden a una misma necesidad humana: encontrar referentes simples y reconocibles en contextos de creciente complejidad social.

 

La Teología Histórico-crítica aporta una advertencia adicional. Las sociedades han tendido históricamente a depositar expectativas extraordinarias, en líderes percibidos como salvadores. Desde los movimientos mesiánicos del judaísmo del siglo I, hasta los liderazgos carismáticos contemporáneos, la necesidad de encontrar figuras providenciales, parece acompañar recurrentemente a las comunidades que experimentan incertidumbre, crisis o frustración. El riesgo aparece cuando la esperanza política, se transforma en una forma de fe secular, que coloca al líder por encima de la crítica democrática.

 

Por su parte, la Teología de la Liberación, recuerda que toda construcción simbólica, debe ser sometida a un discernimiento ético permanente. La pregunta fundamental no es cuán fuerte parece el líder, cuán poderoso resulta el símbolo; o cuán eficaz es la narrativa, sino qué efectos concretos producen sobre la vida de las personas, especialmente de aquellas que viven en condiciones de exclusión, vulnerabilidad o desigualdad.

 

Desde esta perspectiva, el problema no radica en la existencia del tigre, del jaguar o de cualquier otro símbolo político. El problema surge cuando el símbolo, sustituye al análisis, cuando la identidad reemplaza a la deliberación democrática; o cuando la adhesión emocional, desplaza la capacidad crítica de la ciudadanía. En ese momento, la política corre el riesgo de transformarse en una disputa entre lealtades simbólicas, antes que en una discusión sobre proyectos de sociedad.

 

En definitiva, el tigre colombiano y el jaguar costarricense, son expresiones de una misma tendencia regional: la progresiva sustitución de las identidades ideológicas, por identidades emocionales, visuales y simbólicas. Ambos constituyen intentos de responder a preguntas legítimas sobre autoridad, seguridad, desarrollo, pertenencia y representación. Sin embargo, también revelan las tensiones de una democracia cada vez más influida por la lógica del espectáculo, de las redes sociales y de la comunicación emocional.

 

En última instancia, los neopopulismos de derecha, parecen revelar una paradoja característica de nuestro tiempo. Mientras se presentan como movimientos profundamente modernos, apoyados en tecnologías digitales y estrategias avanzadas de comunicación, en el fondo, reactivan mecanismos antropológicos muy antiguos: la búsqueda del líder providencial, la necesidad de pertenecer a una tribu, la construcción de enemigos externos; y la identificación colectiva con símbolos animales que encarnan fuerza, protección y supervivencia.

 

Bajo esta lectura, los tigres, los jaguares, los leones o las águilas, no son simples mascotas electorales. Constituyen expresiones contemporáneas de una necesidad humana permanente: encontrar en símbolos visibles, una respuesta a la incertidumbre, al miedo y al deseo de pertenencia.

 

Quizás, la principal lección que deja este análisis, es que ninguna sociedad se fortalece únicamente por la fuerza del animal que la representa. Las democracias, se fortalecen cuando los símbolos son capaces de inspirar participación, reflexión crítica y compromiso con el bien común. Porque, al final, la verdadera medida de una comunidad política, no se encuentra en la ferocidad de sus emblemas, sino en su capacidad para construir justicia, dignidad humana y convivencia democrática.

 

La cuestión decisiva, por tanto, no es qué animal domina la narrativa política de un país, sino si la ciudadanía conserva la capacidad de mirar más allá del símbolo. Porque las democracias se fortalecen cuando los ciudadanos son capaces de admirar un emblema, sin someterse a él, de reconocer el valor de una identidad colectiva sin convertirla en una verdad absoluta; y de apoyar a un líder sin renunciar al derecho —y al deber— de cuestionarlo. Allí reside la diferencia entre una comunidad política democrática, y una tribu política organizada alrededor del rugido de sus nuevos tótems.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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