Semana Santa 2026: el miedo al Evangelio.
Semana Santa 2026: el
miedo al Evangelio.
Ocean Castillo Loría.
Hay algo profundamente inquietante
—casi insoportable— en la Semana Santa cuando se la toma en serio. No como
tradición, no como estética, no como identidad cultural, sino como lo que en
realidad es: una memoria peligrosa.
Porque el problema no es la cruz.
El problema es que la cruz, leída desde el Evangelio, desordena el mundo.
Y eso da miedo.
La primera operación ideológica
que realiza el cristianismo histórico —y que hoy seguimos reproduciendo con
admirable eficacia litúrgica— es domesticar la muerte de Jesús. Convertirla en
sacrificio, en rito, en teología explicativa.
Pero los evangelios son
brutalmente claros: Jesús no muere en el templo, ni bajo ritual alguno. Muere
fuera de la ciudad, ejecutado por el poder político, con la anuencia del poder
religioso. Muere como subversivo, como lestés: no solo “bandido”, sino
potencial insurgente.
Es decir: Jesús no muere como
sacerdote, sino como víctima del orden.
Y aquí se abre una fractura que
la teología posterior intentará cerrar:
-
Por un lado, la teología narrativa de los
evangelios: Jesús muere porque su vida —su praxis— resulta intolerable para el
sistema.
-
Por otro, la teología especulativa paulina:
Jesús muere para resolver un problema metafísico (el pecado).
La tensión nunca se resolvió. Se
encubrió.
Si Jesús hubiera sido simplemente
un maestro espiritual, no habría terminado en la cruz.
Su problema fue otro:
-
Anunciar el Reino desde los pobres.
-
Deslegitimar el poder religioso.
-
Relativizar el poder imperial.
-
Vivir todo eso con una coherencia radical.
Eso es lo que lo mata.
Y eso es lo que da miedo.
Porque si el Evangelio es verdad,
entonces no es simplemente creíble: es peligroso.
Peligroso para las estructuras que administran la religión, pero también para
quienes se benefician —consciente o inconscientemente— de las lógicas de exclusión,
privilegio y silencio.
La Semana Santa, en su forma
dominante, funciona como un dispositivo de neutralización de ese peligro.
Hay una escena que resume toda la
contradicción:
Jesús entra en Jerusalén en una
borriquilla; nosotros lo sacamos en tronos de oro.
No es un detalle menor. Es un
síntoma.
La religión —entendida como
sistema simbólico, institucional y estético— ha terminado ocupando el lugar del
Evangelio. Y lo ha hecho con una eficacia notable:
-
Convierte el fracaso en espectáculo.
-
La ejecución en devoción.
-
La injusticia en liturgia.
No se trata de negar el valor
cultural o artístico de las procesiones. Se trata de preguntarse si, en su forma
actual, no funcionan como una anestesia moral colectiva.
¿Recordamos a Jesús… o lo
neutralizamos?
Aquí irrumpe una de las
intuiciones más radicales de la teología latinoamericana: no hay resurrección
sin crucifixión histórica.
No en abstracto. No en simbólico.
No en espiritual.
El Resucitado no es otro que el
crucificado.
Esto tiene implicaciones
devastadoras:
-
La resurrección no es la negación de la
historia, sino la respuesta de Dios a una injusticia concreta.
-
No es el triunfo genérico de la vida sobre la
muerte, sino el triunfo de la víctima sobre el verdugo.
-
No es universal en el punto de partida, sino
desde los crucificados.
Dicho sin rodeos:
La esperanza cristiana no nace
del miedo a morir, sino del escándalo de que matamos.
Si la cruz es un hecho histórico,
entonces no pertenece al pasado.
Hoy hay crucificados. No como metáfora,
sino como estructura:
-
Pueblos enteros sometidos a economías
extractivas.
-
Cuerpos descartados por la lógica del mercado.
-
Territorios sacrificados en nombre del
desarrollo.
-
Vidas precarizadas por sistemas que producen
muerte mientras prometen progreso.
Aquí la teología política se
vuelve ineludible.
Desde una lectura materialista
—como la de Kautsky— Jesús aparece como un actor inserto en un conflicto
socioeconómico concreto. Desde Hinkelammert, la cruz denuncia la lógica
sacrificial del capitalismo. Desde Pablo Richard, los ídolos contemporáneos
(mercado, dinero, poder) son desenmascarados como dioses de muerte.
La pregunta ya no es qué
significa la cruz.
La pregunta es: ¿De qué lado
estamos?
La resurrección, leída desde
aquí, deja de ser un consuelo fácil.
Se convierte en una afirmación
peligrosa:
-
Que la justicia tiene la última palabra.
-
Que la historia no está cerrada.
-
Que el poder no es absoluto.
Pero esa esperanza tiene una
condición:
-
No puede separarse del seguimiento histórico de
Jesús.
-
No hay acceso directo al Resucitado.
-
No hay atajos.
Solo hay un camino:
-
Encarnarse en la historia.
-
Tomar partido por los vulnerables.
-
Confrontar las estructuras de muerte.
-
Asumir el costo de esa fidelidad.
Todo lo demás —por más piadoso
que parezca— corre el riesgo de ser ideología religiosa.
La cuestión final no es
doctrinal. Es histórica.
¿Dónde está la Iglesia en Semana
Santa?:
-
¿En la administración de lo sagrado?
-
¿En la reproducción estética del dolor?
-
¿O junto a las cruces reales de la historia?
Porque solo desde ahí —desde los
crucificados— la resurrección puede ser anunciada como buena noticia y no como
retórica vacía.
Hay algo profundamente paradójico
en todo esto.
La cruz debería producir
desesperanza.
Y, sin embargo, produce lo
contrario.
Pero no cualquier esperanza.
No optimismo ingenuo.
No consuelo espiritual.
Sino esa forma obstinada de
esperanza que se niega a aceptar que la injusticia tenga la última palabra.
La Semana Santa, entonces, no es
un recuerdo.
Es una interpelación.
Y quizá por eso, en el fondo,
seguimos rodeándola de incienso, música y oro.
Porque sabemos —aunque no lo
digamos— que si el Evangelio es verdad,
entonces no solo hay que celebrarlo.
Hay que vivirlo.
Y eso —todavía hoy— sigue dando
miedo.