Otra reflexión para Semana Santa 2026: ¿Jesús fue comunista? El escándalo del Evangelio en tiempos de crisis.

 ¿Jesús fue comunista? El escándalo del Evangelio en tiempos de crisis.

Ocean Castillo Loría.


Hay preguntas que no son inocentes. Son síntomas. Y esta Semana Santa de 2026 —marcada por la persistencia de la Guerra en Ucrania, la devastación humanitaria en Gaza y el endurecimiento global frente a migrantes— vuelve la pregunta que incomoda: ¿Jesús fue comunista?



Pero la verdadera cuestión no es ideológica. Es histórica, ética y política: ¿por qué el Evangelio sigue siendo peligroso?


Durante siglos se ha intentado domesticar a Jesús: hacerlo inofensivo, espiritualizarlo, encerrarlo en templos. Pero los evangelios no permiten esa operación. El Jesús histórico —el que anuncia el Reino de Dios— no habla desde la neutralidad, sino desde una toma de partido radical: los pobres, los excluidos, los que no cuentan.


“Bienaventurados los pobres” no es una metáfora. Es una inversión del orden social.


Y ahí comienza el conflicto.


Porque el problema no es su divinidad. Es su práctica.


Jesús no muere por accidente. Muere porque el poder —religioso, político y económico— no tolera una autoridad que no proviene de arriba, sino de abajo. Lo que los evangelios llaman exousía: una autoridad ética que desenmascara la injusticia.


Ese mismo patrón atraviesa la historia.


Ahí están Óscar Arnulfo Romero, asesinado por denunciar la represión en El Salvador; los mártires de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas; o figuras como Pedro Casaldáliga y Hélder Câmara.


Todos acusados de lo mismo: politizar el Evangelio.


Antes se les llamaba blasfemos. Hoy, comunistas, populistas o radicales.


Es el mismo miedo del sistema a perder sus privilegios.


No vivimos solo una crisis económica. Vivimos —como ha insistido Papa León XIV— una crisis de humanidad.


En su homilía de este Domingo de Ramos, ha denunciado la “idolatría del poder y del dinero” como raíz de los conflictos contemporáneos, y ha llamado a mirar la realidad desde las víctimas, recordando que el otro no es enemigo, sino hermano.


Esa afirmación no es nueva. Es el corazón del Evangelio.


Porque lo que Jesús denuncia —y por lo que muere— es exactamente eso: un sistema que absolutiza el poder, sacraliza la riqueza y normaliza la exclusión.


Y si aterrizamos esta lectura en Costa Rica, la incomodidad aumenta.


Durante décadas, el país se pensó como excepción: democracia estable, paz social, institucionalidad sólida. Pero hoy esa narrativa muestra fisuras:


  • crecimiento de la desigualdad
  • tensiones sobre el modelo económico
  • debilitamiento de la confianza institucional
  • discursos políticos cada vez más confrontativos
  • tentaciones autoritarias en nombre del orden.

  • El problema no es solo económico. Es ético.


    Cuando una sociedad empieza a normalizar la exclusión —del pobre, del migrante, del diferente— entra en contradicción directa con el Evangelio.


    Y en ese punto, el cristianismo no puede ser neutral.


    Decir que Jesús fue comunista es un anacronismo. Pero acusar de “comunista” a quien defiende a los pobres es una estrategia tan antigua como eficaz.


    Ya lo había intuido Karl Marx al denunciar la brecha entre riqueza y miseria. Pero el Evangelio va más allá: no solo analiza, sino que interpela moralmente.


    Por eso la frase de Hélder Câmara sigue siendo devastadora: “Cuando doy pan a un pobre, me llaman santo. Cuando pregunto por qué no tiene pan, me llaman comunista.”


    El sistema tolera la caridad. No tolera la justicia.


    La pregunta del Evangelio sigue abierta: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”


    No es una cuestión doctrinal. Es una decisión existencial.


    Jesús no pidió adhesión a dogmas, sino seguimiento en la práctica:


  • dar de comer al hambriento
  • acoger al migrante
  • visitar al preso
  • cuidar al enfermo.
  • Ese es el criterio.


    La Semana Santa no es evasión. Es memoria.


  • El Jueves Santo cuestiona el poder: lavar los pies es invertir jerarquías.
  • El Viernes Santo denuncia la violencia estructural: un inocente ejecutado por el sistema.
  • La Pascua afirma que la injusticia no tiene la última palabra.

  • Pero cuidado: la resurrección no legitima el orden. Lo juzga.


    Nos dice dónde está Dios: no en el poder que mata, sino en las víctimas.


    Si hoy Jesús caminara por San José —entre periferias urbanas, cárceles, comunidades migrantes— probablemente volvería a incomodar.


    Y seguramente sería acusado de lo mismo: populista, radical, ideologizado… comunista, fanático.


    Pero el problema nunca ha sido la etiqueta.


    El problema es que el Evangelio, cuando se toma en serio, desordena el mundo.


    Esta Semana Santa no pregunta qué creemos sobre Jesús.


    Pregunta si estamos dispuestos a vivir como Él.












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