Las herencias de Habermas (III).
Las herencias de
Habermas (III).
Ocean Castillo Loría.
VIII
Por su parte, el politólogo, Matt
McManus, nos dice que, es necesario profundizar y matizar el legado de Jürgen
Habermas, incorporando una lectura más existencial, política e incluso autocrítica
de su obra. En primer lugar, debe destacarse que Habermas, no solo fue un
arquitecto de la racionalidad comunicativa, sino también un pensador
obsesionado con evitar el retorno del autoritarismo. Su biografía —marcada por
su juventud bajo el nazismo—; explica en gran medida su compromiso con una
política fundada en la razón pública y en la deliberación democrática. Toda su
obra puede leerse como un intento de “vacunar” a la sociedad, contra las
derivas irracionales que hicieron posible el fascismo.
Asimismo, resulta fundamental
subrayar que la obra habermasiana, no surge en el vacío, sino en diálogo
crítico con tradiciones filosóficas diversas. Tal como se evidencia en la
reconstrucción que hace McManus, Habermas se posiciona frente a autores como
Max Weber, Talcott Parsons y Karl Marx, no solo para criticarlos, sino para
aprender de ellos. Esta actitud revela una ética intelectual particular: la
honestidad teórica como reconocimiento de la deuda con los grandes pensadores;
y como esfuerzo por refinar el conocimiento mediante el diálogo crítico.
En este sentido, uno de los
aportes más significativos de Habermas, radica en su estilo filosófico mismo.
Lejos del aforismo brillante o del gesto provocador —característico de autores
como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger—, Habermas apuesta por una
argumentación paciente, sistemática y profundamente rigurosa. Esta elección no
es meramente estética, sino política: implica concebir la filosofía como un
ejercicio público, de rendición de cuentas, donde los argumentos deben ser
comprensibles y evaluables por todos.
Por otro lado, la lectura de
McManus permite introducir un elemento clave para comprender la recepción
contemporánea de Habermas: su aparente “aburrimiento”. La densidad de obras
como Teoría de la acción comunicativa, no es un defecto accidental, sino
la consecuencia de un proyecto intelectual, que busca fundamentar
normativamente la democracia en condiciones de alta complejidad social. Lo que
inicialmente puede percibirse como tedio, se revela, en una lectura más atenta,
como una extraordinaria amplitud teórica, y una minuciosa reconstrucción de la
tradición sociológica y filosófica.
Sin embargo, esta misma apuesta
por la racionalidad procedimental, ha sido objeto de críticas persistentes. Como
señala McManus, la filosofía política de Habermas, tiende en ocasiones a
idealizar el proceso deliberativo, acercándose a la imagen de un “seminario de
posgrado perfecto”, donde los mejores argumentos prevalecen. Esta crítica
apunta a una tensión estructural en su pensamiento: la distancia entre las
condiciones ideales del discurso; y las realidades efectivas de poder,
desigualdad y manipulación mediática.
A ello se suma otra limitación
relevante: la dificultad del marco habermasiano, para explicar el atractivo de
las corrientes políticas reaccionarias. El deseo de superioridad, pertenencia o
identidad —que alimenta a movimientos nacionalistas o autoritarios—; no puede
ser plenamente capturado, por una teoría centrada en la racionalidad
argumentativa. Esta carencia teórica resulta particularmente significativa, en
el contexto contemporáneo, marcado por el ascenso de populismos y discursos
antiilustrados.
En sus obras tardías, no
obstante, puede observarse un giro importante. En Una historia de la
filosofía (2019), Habermas adopta una postura más pesimista respecto al
destino de la modernidad. Frente a la manipulación oligárquica, la xenofobia y
la crisis de la esfera pública, el filósofo parece reconocer que los
procedimientos liberales tradicionales, pueden resultar insuficientes para
sostener el proyecto ilustrado. Este giro implica una revalorización parcial de
Karl Marx, como figura clave para recuperar el potencial crítico de la razón.
Finalmente, debe destacarse una
dimensión ética, que atraviesa toda la obra de Habermas: su concepción del
papel del intelectual. Lejos de asumirse como un profeta o un guía de las
masas, Habermas entiende la tarea del filósofo, como un servicio público
orientado a devolver la voz a los ciudadanos. La filosofía, en esta perspectiva,
no consiste en imponer verdades, sino en crear condiciones, para que los
sujetos participen en la construcción de un mundo compartido.
Este ideal, aunque nunca
plenamente alcanzable, constituye quizás, la herencia más profunda de Habermas:
la convicción de que la democracia no es solo un sistema institucional, sino
una práctica comunicativa, que exige esfuerzo, humildad y compromiso constante
con la razón pública.
IX
La muerte del filósofo alemán Jürgen
Habermas, marca el cierre de una de las trayectorias
intelectuales más influyentes, de la filosofía política del siglo XX y
comienzos del XXI. Considerado por muchos como el último gran filósofo ilustrado.
Una vez más: El problema central
de la modernidad, según Habermas, es que el sistema ha terminado colonizando
el mundo de la vida,
sustituyendo la comunicación racional por relaciones dominadas por el dinero y
el poder.
Las consecuencias de esta
colonización incluyen:
-
Desafección democrática.
-
Deterioro de la convivencia social.
-
Crecimiento de ideologías autoritarias.
-
Crisis de legitimidad de las instituciones.
En este punto, el pensamiento de
Habermas, converge con algunas intuiciones de Hannah Arendt. Para Arendt, la
actividad más elevada de la vida política, es la acción,
entendida como el ejercicio de la libertad, mediante la palabra en la esfera
pública.
Habermas, comparte esta visión al
afirmar que la democracia, solo puede sostenerse cuando los ciudadanos,
participan en procesos de deliberación, libres de coerción. El diálogo público
se convierte así, en el principal antídoto contra la violencia política y la tiranía. En este sentido, el filósofo defendió
durante toda su vida, la idea de que la palabra puede sustituir a la guerra como forma de resolver conflictos.
Por su parte, retornando a la
teología, la colonización del mundo de la vida, llevaría a una oferta de pan y
paz política, a cambio de adoración, es decir, que el mundo de la vida, le
venda su libertad. Esa venta, es de las que hablan los pasajes de las
tentaciones a Jesús, en los Evangelios, ya Dostoievski, hablaba “del proyecto
mesiánico del Diablo”; en ese proyecto, los seres humanos, dejarían de serlo
(Hijos de Dios, que engendra en libertad); sino productos de una especie de
“zoológico pseudo humano”.
En contra de ese proyecto, elevó
la voz Habermas (Véase: El futuro de la
naturaleza humana, de 2002); esas críticas, son cercanas al cristianismo;
el deseo del alemán, era que todos pudieran acceder en libertad al “mundo de la
vida”. a juicio del filósofo teutón, la colonización de ese “mundo”,
“produciría una humanidad”, como máquina biológica, al servicio del dinero y el
poder.
Esto nos acerca a un tema
cristológico, tal y como lo presentaban San Atanasio y San Gregorio Nacianceno:
Jesús de Nazaret, es Hijo de Dios, porque es engendrado, nacido en libertad; y
para la libertad. Así, solo se podría acceder al “mundo de la vida”, si son
engendrados en libertad, para el dialogo libre entre personas.
La propuesta habermasiana,
también se enfrentó a las críticas de la filosofía posmoderna. Uno de sus
interlocutores más importantes, fue el filósofo italiano Gianni Vattimo.
En su libro: El fin de la modernidad:
Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna (1985. Tenemos en
nuestras manos, la edición de 1987); Vattimo sostuvo que la modernidad, había
fracasado en su pretensión de establecer verdades universales. En su lugar,
proponía un “pensamiento
débil”, basado en la pluralidad de interpretaciones y en el
relativismo cultural. Para los seguidores de Habermas, más bien, éste, se
distanciaba del relativismo posmoderno.
Habermas rechazó esta posición,
argumentando que el abandono de la verdad, haría imposible justificar
principios universales, como los derechos humanos. Sin un marco normativo
compartido, las democracias perderían su fundamento ético.
Por esta razón, defendió el
concepto de patriotismo
constitucional, según el cual, la cohesión de las sociedades
modernas no debe basarse en la identidad étnica o cultural, sino en la adhesión
a los principios democráticos, inscritos en la constitución.
La muerte de Habermas, representa
el final de una generación de filósofos, que intentaron reconstruir el proyecto
ilustrado después de las tragedias del siglo XX. Su legado puede resumirse en
tres contribuciones fundamentales:
-
La defensa de la razón comunicativa, como fundamento de
la democracia.
-
La crítica de la racionalidad instrumental y de la
colonización del mundo de la vida.
-
La apertura de un diálogo entre filosofía secular y religión,
en las sociedades postseculares.
En una época marcada por la
polarización política, la desinformación y la crisis de legitimidad de las
instituciones democráticas, estas ideas adquieren una relevancia renovada.
X
Conclusiones.
1) Habermas es el pensador
europeo más importante de los últimos cincuenta años; y el principal
continuador de la Escuela de Frankfurt. Sus principales aportaciones filosóficas,
se mueven en el horizonte de la racionalidad comunicativa; y de la filosofía
moral de carácter universalista; además de la filosofía política y del derecho,
orientadas a la construcción, de una identidad colectiva inclusiva en
sociedades cultural, axiológica y socialmente plurales. En sus últimos
escritos, presta especial atención a las relaciones entre el poder político y
la religión, en la esfera pública.
2) El filósofo reconoce que las
tradiciones religiosas, conservan potenciales semánticos y morales que no
pueden ser simplemente descartados por la razón secular. Por el contrario,
propone un diálogo postsecular en el que creyentes y no creyentes, puedan
contribuir a la construcción de una esfera pública más inclusiva. Este giro no
implica una renuncia al proyecto ilustrado, sino su ampliación hacia formas más
complejas de racionalidad.
3) Su muerte a los 96 años, no
solo marca el cierre de una trayectoria individual, sino también el fin de una
generación de pensadores, que asumieron la tarea histórica de reconstruir
normativamente Europa, tras el trauma del nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
4) A diferencia de otros teóricos
más recluidos en la academia, Habermas encarnó la figura del “intelectual
público”, participando activamente, en discusiones sobre memoria histórica,
democracia y orden internacional.
5) Su defensa de una Europa
unida, aparece como un proyecto normativo orientado a superar las rivalidades
nacionales, mediante estructuras supranacionales democráticas.
6) Habermas se inserta en la
tradición de la teoría crítica, pero desde una posición renovadora. Mientras la
primera generación de la E. de Frankfurt, enfatizaba el carácter alienante del
capitalismo y de la cultura de masas, Habermas introdujo una inflexión
normativa, al rescatar el potencial emancipador de la comunicación racional.
7) Otro
aporte significativo del presente análisis, es la reafirmación del núcleo de su
obra más influyente, Teoría de la acción comunicativa (1981). En ella,
Habermas sostiene que la cohesión social no depende fundamentalmente del poder
o del dinero, sino de la capacidad de los sujetos, para alcanzar entendimientos
racionales, mediante el lenguaje. Este principio no solo tiene implicaciones
filosóficas, sino también, políticas, al fundamentar la legitimidad
democrática, en la deliberación pública. Para decirlo de manera sintética: la racionalidad comunicativa, articula:
verdad, validez y reconocimiento intersubjetivo.
8) Esta obra, no
se trata solo de una construcción teórica exhaustiva, sino de un marco que
permite comprender la sociedad en su complejidad y, al mismo tiempo, orientar
normativamente su transformación. Esta doble dimensión —analítica y práctica—,
explica por qué su pensamiento ha sido tan influyente en la sociología política
y en la teoría democrática contemporánea.
9) Para Habermas, la política
democrática no puede reducirse a la agregación de preferencias ni a la
imposición de mayorías, sino que debe fundarse en procesos de deliberación, en
los que los ciudadanos, busquen convencerse mutuamente, mediante argumentos.
Esta concepción no solo se opone a los extremismos polarizantes, sino también
al vanguardismo que pretende imponer agendas sin mediación dialógica, generando
resentimientos que, a largo plazo, pueden alimentar reacciones autoritarias.
10) Cuanto más una decisión
pública se aleja de procesos inclusivos de deliberación —por ejemplo, cuando es
impuesta por élites o grupos de interés—, menos razones existen para
considerarla válida. En cambio, cuando una norma puede ser entendida como el
resultado de una discusión colectiva, adquiere un carácter propiamente
“nuestro”, es decir, se convierte en expresión de la autonomía política de la
ciudadanía.
11) Habermas sostiene que la
validez de las normas, no depende simplemente de su vigencia o de la fuerza que
las respalda, sino de las condiciones en que han sido producidas. Una ley es
legítima, en la medida en que resulta de un debate inclusivo en el que
participan todos los potencialmente afectados. Este principio, redefine de manera
radical la relación entre derecho y democracia, desplazando el énfasis desde la
autoridad formal, hacia la justificación discursiva.
12) En este sentido, la
deliberación democrática, implica reconocer la legitimidad del disenso, incluyendo
la existencia de posiciones conservadoras con las que es necesario dialogar.
Este punto resulta crucial en el contexto contemporáneo, donde la fragmentación
política y la radicalización, dificultan la construcción de consensos
orientados al bien común. Habermas, según esta lectura, no propone eliminar el
conflicto, sino canalizarlo a través de procedimientos racionales, que lo hagan
productivo para la democracia.
13) Su obra aparece así, como un
intento sostenido por mantener abierta la posibilidad de una sociedad más
justa, en la que la razón no sea instrumento de dominación, sino medio de
entendimiento. Este aporte resulta particularmente significativo, en un
contexto contemporáneo marcado por la fragmentación cultural, la crisis de
sentido y la tensión entre secularización y religiosidad.
14) La teoría habermasiana,
advierte que uno de los problemas centrales de la modernidad, es la
colonización del “mundo de la vida” por parte de los sistemas del dinero y el
poder, lo que genera desafección democrática, crisis de legitimidad y deterioro
de la convivencia social.
15) Frente a este
fenómeno, la racionalidad comunicativa, aparece como el principal recurso
normativo para resistir la deshumanización, al restituir el diálogo como base
de la vida social y política.
16) La
esfera pública, constituye un elemento esencial de la democracia, en tanto
espacio donde los ciudadanos deliberan críticamente; y construyen la
legitimidad política más allá de las estructuras formales del Estado.
17) La propuesta habermasiana,
implica una ampliación del proyecto ilustrado, al incorporar una autocrítica de
la modernidad; y reconocer la necesidad de integrar dimensiones éticas,
comunicativas y culturales en la racionalidad.
18) El
pensamiento de Habermas, mantiene un diálogo crítico con corrientes
posmodernas, rechazando el relativismo y defendiendo la posibilidad de
fundamentos normativos universales, como condición de la democracia y los
derechos humanos.
19) Su concepción
del intelectual como servidor público del diálogo, refuerza la idea de que la
filosofía debe contribuir a crear condiciones para la participación ciudadana,
más que imponer verdades desde una posición de autoridad.
20) La ética del discurso,
redefine la moralidad moderna, al trasladar su fundamento desde la conciencia
individual, hacia procesos intersubjetivos de deliberación racional, entre
sujetos libres e iguales.
21) El pensamiento habermasiano
reconoce que, las tradiciones religiosas, pueden aportar contenidos morales
relevantes a la esfera pública, siempre que sean traducidos a un lenguaje
accesible en contextos pluralistas.
22) La convergencia entre la
filosofía de Habermas y ciertas corrientes teológicas contemporáneas, muestra
que la fe puede contribuir al debate democrático, como fuente de sentido, ética
y crítica social.
23) Finalmente,
su legado puede entenderse como una defensa sostenida de la democracia
deliberativa, frente a los riesgos del autoritarismo, el populismo y la
fragmentación de la esfera pública en el mundo contemporáneo.