Las herencias de Habermas (II).
Las herencias de
Habermas (II).
Ocean Castillo Loría.
VI
Hasta
aquí, hemos caminado por las sendas de la filosofía política, la teoría
política y la epistemología de las Ciencias Políticas. De ahí que, pueda
parecer que las herencias de Habermas, se quedan en el “mundo de las ideas y
las teorías”; por ello, en este acápite, intentaremos un análisis cuando menos,
de primera aproximación, de las elecciones en Costa Rica, desde las tesis del
germano.
Precisamente
en momentos de crisis sistémica, como los que atraviesa la democracia
costarricense contemporánea, las categorías habermasianas adquieren una fuerza
explicativa notable, al permitir articular teoría normativa y realidad empírica
en torno a la legitimidad democrática.
Desde una
perspectiva habermasiana, el ascenso político del movimiento liderado por Rodrigo Chaves Robles,
puede interpretarse como una manifestación de la crisis de la esfera pública tradicional en Costa Rica.
En
términos más precisos, se trataría de una transformación estructural de la
esfera pública, donde los canales clásicos de mediación —partidos, prensa
tradicional, instituciones deliberativas— han perdido centralidad frente a
formas más inmediatas, emocionales y “desintermediadas” de comunicación
política.
En el
modelo de Jürgen Habermas, la legitimidad democrática depende de la existencia de una
esfera pública, donde los ciudadanos deliberan racionalmente sobre los asuntos
comunes. Sin embargo, desde la década de 2010, el sistema político
costarricense experimentó una creciente fragmentación
partidaria, desconfianza hacia las élites políticas tradicionales; y
debilitamiento de los mecanismos de intermediación política.
Este
proceso puede interpretarse como una “colonización del mundo de la vida”, por
lógicas sistémicas —mediáticas, económicas y estratégicas—, que distorsionan la
comunicación orientada al entendimiento, sustituyéndola por dinámicas de poder
y eficacia.
En ese
contexto emergió el fenómeno político denominado chavismo, caracterizado por:
-
Discurso
anti-élite y anti-partidos tradicionales.
-
Comunicación
política directa mediante redes sociales.
-
Confrontación con
instituciones tradicionales (Asamblea Legislativa, Poder Judicial, prensa).
-
Fuerte
personalización del liderazgo presidencial.
Desde la
teoría habermasiana, este fenómeno puede entenderse como una distorsión comunicativa de la esfera pública,
donde el debate político, se desplaza desde la deliberación institucional,
hacia la comunicación plebiscitaria y mediática.
Dicha
distorsión, no implica la desaparición de la democracia, sino su
reconfiguración hacia formas de legitimidad más inmediatas, basadas en la
adhesión emocional y la identificación con el liderazgo, en detrimento del
consenso racionalmente motivado.
En este
contexto, el triunfo electoral de Laura
Fernández Delgado, constituye uno de los
fenómenos más significativos de la política costarricense reciente. La
candidata oficialista obtuvo alrededor del 48,5 % de los votos en primera ronda, superando ampliamente al
candidato del Partido Liberación Nacional, lo que evitó una segunda vuelta
electoral.
Este
resultado no solo expresa una victoria electoral, sino una validación
plebiscitaria del proyecto político iniciado en 2022, lo cual refuerza la
hipótesis habermasiana, de una mutación en las fuentes de legitimidad
democrática.
Este
resultado tiene varias implicaciones estructurales:
-
La victoria de
Fernández, confirma que el movimiento político iniciado por Chaves, no fue
simplemente una anomalía electoral de 2022, sino el inicio de una nueva coalición sociopolítica.
-
Victoria en seis de las siete provincias (Con lo que se
muestra la Consolidación de un mandato político con alta densidad
territorial, lo que sugiere una articulación eficaz entre discurso político y
demandas sociales heterogéneas.).
Desde la
sociología política, esto sugiere la consolidación de un bloque electoral transversal,
particularmente fuerte en regiones periféricas y costeras. Fernández, fue una
de las principales ministras del gobierno de Chaves; y su campaña se basó en la
continuidad del proyecto político del
chavismo. Este dato es clave: la continuidad programática indica que el
chavismo, ha logrado institucionalizar, al menos parcialmente, su narrativa
política dentro del aparato estatal.
Esa
continuidad, tiene varios pilares:
-
Combate al
narcotráfico y la criminalidad.
-
Confrontación con
las élites políticas tradicionales (apelación constante a la soberanía popular
como fuente directa de legitimidad.).
-
Reformas
institucionales del Estado.
En
términos teóricos, esto confirma que el chavismo se ha transformado de liderazgo personalista, a movimiento político
institucionalizado (decimos nosotros, “poco más o menos). Uno de los
elementos más importantes de las elecciones de 2026, fue la composición
legislativa. Aquí se observa un punto de inflexión: el paso de una lógica de
confrontación externa a una lógica de control institucional interno.
El
partido oficialista obtuvo 31 de los 57
diputados, La distribución aproximada quedó así:
-
31 diputados,
Partido Pueblo Soberano.
-
17 diputados,
Partido Liberación Nacional.
-
7 diputados,
Frente Amplio.
-
1 diputada, PAC.
-
1 diputada, PUSC.
Durante
el gobierno de Chaves, el Ejecutivo enfrentó una Asamblea Legislativa
fragmentada, que limitó su capacidad de reforma. Con la nueva mayoría
legislativa, el oficialismo tiene capacidad para:
-
Aprobar leyes
ordinarias.
-
Controlar la
agenda legislativa.
-
Influir en
nombramientos institucionales.
Con ello:
logra redefinir las reglas del juego político, dentro de los márgenes del orden
constitucional vigente. No obstante, no alcanza la “supermayoría” necesaria para reformas constitucionales profundas.
Desde la ciencia política comparada, el resultado refleja una reconfiguración del sistema partidario
costarricense. Se trata, en términos habermasianos, de una tensión entre
facticidad y validez: el poder político efectivo, avanza más rápido que la
legitimación normativa de sus transformaciones.
Durante
décadas, el sistema estuvo dominado por dos partidos históricos:
-
Partido Liberación Nacional.
-
Partido Unidad Social Cristiana.
Sin
embargo, las elecciones de 2026, consolidan la transición hacia un sistema:
-
Menos
institucionalizado.
-
Más personalista
(Caracterizado por una mayor volatilidad electoral y menor arraigo
ideológico.).
-
Con nuevos
movimientos políticos dominantes.
El caso
costarricense permite aplicar directamente la teoría de Habermas: desde la
perspectiva de este teórico, el fenómeno chavista podría interpretarse como una crisis de la deliberación democrática.
Tres
elementos lo evidencian:
-
Debilitamiento de
los partidos tradicionales.
-
Polarización del
discurso político.
-
Desplazamiento
del debate hacia redes sociales y comunicación directa (reducción de los
espacios de argumentación racional, en favor de dinámicas de validación
inmediata.).
Las
elecciones de 2026, marcan probablemente el inicio de una nueva etapa en la historia política costarricense.
Tres
transformaciones parecen consolidarse:
-
Fin del
bipartidismo histórico: El sistema político surgido tras 1948, ha sido
reemplazado por un sistema más fragmentado y volátil.
-
Emergencia de
liderazgos plebiscitarios: La política se articula cada vez más, alrededor de
figuras presidenciales con comunicación directa con el electorado.
-
Reconfiguración
del equilibrio institucional: Por
primera vez en décadas, un movimiento político relativamente nuevo, controla
simultáneamente: la presidencia y una mayoría legislativa (Desplazamiento del
centro de gravedad del sistema político, desde las instituciones hacia el
liderazgo ejecutivo.).
Desde la
teoría política, Costa Rica parece entrar en una fase de democracia plebiscitaria, con legitimidad
electoral fuerte, pero con tensiones potenciales en materia de
deliberación institucional. En este escenario, el riesgo no es la ausencia de
legitimidad, sino su transformación hacia formas menos reflexivas y más
inmediatas, lo cual puede debilitar la calidad del consenso democrático.
En
términos habermasianos, el desafío será reconstruir
una esfera pública deliberativa, capaz de sostener la legitimidad
democrática en un contexto de polarización política y transformación digital
del debate público.
Esto
implica, no solo fortalecer las instituciones, sino también revitalizar las
prácticas comunicativas orientadas al entendimiento, donde la ciudadanía
recupere su papel como sujeto activo de la deliberación; y no únicamente, como
audiencia de la política.
VII
Pues
bien, una vez expuesto lo anterior, debe decirse que, el pensamiento de
Habermas, ha incidido en otras áreas del conocimiento, por ejemplo, en la
teología contemporánea: Aunque Habermas se había definido a sí mismo, como un
pensador secular, su reflexión sobre la racionalidad comunicativa, la esfera
pública y la sociedad postsecular, ha abierto nuevas vías para el diálogo entre
filosofía y teología. Este diálogo, alcanzó uno de sus momentos más
significativos, en el célebre debate que sostuvo con el teólogo y
posteriormente papa Joseph Ratzinger, quien, como pontífice, adoptaría el nombre de Benedicto XVI.
El
encuentro intelectual entre ambos pensadores, representa uno de los episodios
más importantes del diálogo contemporáneo entre fe y razón. Más allá de sus
diferencias, el intercambio entre Habermas y Ratzinger, permitió replantear el
papel de la religión en las sociedades democráticas modernas; y abrió nuevas
perspectivas para la teología política y la teología pública.
Durante
gran parte del siglo XX, la teoría social dominante estuvo marcada por la
llamada tesis de la secularización, según la cual, el progreso de la modernidad
conduciría inevitablemente al declive de la religión en la vida pública. Sin
embargo, Habermas, fue uno de los pensadores que contribuyó a cuestionar esta
interpretación.
En sus
obras tardías, el filósofo introdujo el concepto de sociedad postsecular, con el cual buscaba describir una situación
histórica en la que, la religión continúa desempeñando un papel relevante
incluso en contextos altamente secularizados. En este escenario, las
democracias modernas, deben aprender a gestionar la coexistencia entre
ciudadanos religiosos y ciudadanos seculares.
Para
Habermas, las tradiciones religiosas poseen recursos semánticos y morales, que
pueden contribuir al debate público. La religión, en este sentido, no debe ser
excluida del espacio público democrático. No obstante, sus argumentos deben ser
traducidos a un lenguaje accesible para todos los ciudadanos,
independientemente de sus convicciones religiosas (Doctrina Social de la
Iglesia, Teología Latinoamericana de la Liberación, Cristianismo Social, tal y
como se entiende esa categoría, en Costa Rica).
Este
planteamiento ha tenido una profunda influencia en la teología contemporánea,
especialmente en corrientes interesadas en el diálogo entre fe y espacio
público, como la teología política, la teología pública y la teología de la
liberación.
La teoría
de la racionalidad comunicativa desarrollada por Habermas, ha ofrecido a la
teología, un marco conceptual para repensar el lugar del discurso religioso en
la sociedad moderna. Según Habermas, el lenguaje humano está estructurado por
pretensiones de validez que pueden ser discutidas y justificadas en el diálogo.
Estas pretensiones, incluyen la verdad, la corrección normativa y la
autenticidad. En el ámbito teológico, esta perspectiva ha sido interpretada
como una invitación a comprender la fe, no sólo como una experiencia interior,
sino también, como un discurso que participa en procesos públicos de
argumentación.
Teólogos
influenciados por esta óptica, han subrayado que la teología debe desarrollar
un lenguaje capaz, de dialogar con la razón pública, sin renunciar a su
identidad religiosa. De esta manera, el pensamiento habermasiano, ha
contribuido a fortalecer el proyecto de una teología pública, orientada a intervenir en los debates éticos y
políticos de la sociedad contemporánea.
El
momento más emblemático del diálogo entre filosofía habermasiana y teología
cristiana, fue el encuentro celebrado en 2004 en la Academia Católica de
Baviera, donde Habermas dialogó públicamente con Joseph Ratzinger, sobre los
fundamentos morales del Estado democrático liberal.
Este
diálogo, se desarrolló en un contexto marcado por el debate sobre la crisis
moral de las sociedades occidentales; y el papel de la religión en la esfera
pública. Habermas partía de una preocupación central: las democracias modernas,
necesitan fundamentos normativos que no pueden derivarse exclusivamente de
procedimientos jurídicos o institucionales. Para funcionar adecuadamente,
requieren una cultura política, basada en valores compartidos como la
solidaridad, la justicia y el respeto a la dignidad humana.
El gran
aporte del judeo – cristianismo, a la historia de la humanidad ha sido, decía
Habermas, el haber promovido la comunicación entre toda la humanidad, una
comunicación entendida como experiencia de libertad y de gracia (Véase la
consonancia con la línea de Juan 1: 1); y concretada en forma de alianza.
Al
respecto, cabe exponer:
-
Desde la
filosofía griega, es clave el concepto de “ousía” (Sustancia / ser), de la
realidad.
-
Para la Biblia en
cambio, la primera categoría de la vida humana, es la alianza; y ella, implica
conversión y diálogo.
-
Los cristianos,
creemos que, la conversión (“Metanoia”, cambio profundo), hará posible la
alianza universal, desbordando el nivel racional del sistema. Esa “metanoia”,
no es fruto de la acción humana, es consecuencia de un don, de una gracia, pero
esto, sin salir de la realidad, es decir, dentro del proceso de la historia
(Concilio Vaticano II).
Ratzinger
coincidía con este diagnóstico, pero subrayaba que la razón moderna por sí
sola, podría ser insuficiente para sostener estos valores. Según su
perspectiva, las tradiciones religiosas —y en particular la tradición
judeocristiana— han desempeñado históricamente un papel decisivo en la
formación de la conciencia moral de Occidente.
Es decir,
para Ratzinger, no bastaba el principio racional o el medio argumentativo, se
necesitaba una gracia más alta. Para el Cardenal, la comunicación, es gracia de
Dios: el Verbo se encarna en Jesús (Juan 1), y quien le recibe, queda
capacitado para compartir la vida mutuamente, en libertad, y entrega en el
amor, superando la angustia de la muerte, por encima de la ley, en comunión con
los excluidos del sistema. Es decir, hay opciones carismáticas que no se pueden
institucionalizar, este es el caso de los valores religiosos, afectivos,
culturales.
En otras
palabras, para que no haya rechazo entre unos y otros, es necesario que la
humanidad renazca, a una vida en gratuidad, de manera que, los privilegiados
renuncien a sus ventajas, y ponerse al servicio de los oprimidos, apelando al
proyecto de Jesús de Nazaret: el Reino de Dios.
Nótese
que, el cristianismo ofrece una propuesta valorativa, por encima del sistema,
una gratuidad, ella, no se puede justificar por medios racionales. Sólo podrá
lograrse la comunión en gratuidad, si los poderosos por conversión en Dios, en
Cristo, renuncian a sus poderes; por su parte, en la lógica de esa conversión,
los marginados, deben caminar sin venganza, hacia la unidad de la comunión; de
ahí, unos y otros, podrán razonar en libertad, para el bien común.
Esto se
observa hasta en la misma revelación bíblica: en la Ley de Moisés, se plantea
la “ley del Talión”; Jesús, nos llevará al amor en libertad y a la entrega de
la vida gratuita. Así podríamos decir, que Dios participa en la razón
comunicativa, fuente y sentido del encuentro personal. Es así como el
cristianismo, colabora con una gratuidad comunicativa (La encarnación, la
Trinidad); tal gratuidad, en la misma base de este mundo.
El debate
entre ambos pensadores, giró en torno a la relación entre fe y razón. Mientras Habermas defendía
la autonomía de la razón secular, reconocía también que las religiones
contienen intuiciones morales, que pueden enriquecer el debate público.
Ratzinger, por su parte, sostenía que la razón moderna necesita abrirse al
diálogo con la religión, para evitar caer en formas de relativismo o nihilismo
moral.
Para
ello, el cristianismo, debe aceptar, una dimensión superior de gracia (La raíz
del dialogo universal, va más allá de la verdad socrática o la argumentación
ideal de Habermas, requiere una dimensión superior de gracia, ella, manifestada
en el Espíritu Santo).
El debate
Habermas – Ratzinger, tuvo importantes repercusiones en la teología
contemporánea. En primer lugar, contribuyó a legitimar el diálogo entre
teología y filosofía secular, en el contexto de las sociedades pluralistas.
En
segundo lugar, fortaleció la idea de que la teología, puede desempeñar un papel
relevante en la esfera pública democrática. Este enfoque, ha influido en el
desarrollo de la teología pública, que busca articular el discurso religioso en
términos comprensibles para una sociedad plural.
En tercer
lugar, el diálogo abrió nuevas perspectivas para la reflexión teológica sobre
la modernidad. En lugar de concebir la secularización como una amenaza
inevitable para la religión, muchos teólogos, comenzaron a interpretarla como
una oportunidad para repensar la relación entre fe, razón y democracia. En esta
línea, para los cristianos, se descubre la presencia de Dios, en la misma razón
comunicativa. En ella, se despliega el don más hondo de la gracia, la Palabra
Universal (católica), de Dios en Cristo.
El
pensamiento habermasiano, también ha influido en corrientes teológicas que
buscan analizar la relación entre religión y política. Teólogos como Johann Baptist Metz y Jürgen Moltmann, habían
dialogado con la filosofía habermasiana, para desarrollar enfoques que
integrasen la dimensión crítica de la fe cristiana, con los desafíos políticos
de la modernidad.
Metz, por
ejemplo, elaboró una teología política
que busca recuperar la dimensión pública y crítica de la fe cristiana.
Inspirado parcialmente en la teoría crítica, Metz argumentó que la teología,
debe confrontar las estructuras de poder y las injusticias sociales, presentes
en la sociedad moderna.
Es decir,
Metz desarrolló su pensamiento en diálogo con la tradición de la Escuela de Frankfurt,
especialmente con las reflexiones críticas de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer. En este
contexto, la teología política se configuró como un intento de recuperar la
dimensión histórica, pública y crítica, de la fe cristiana, frente a las formas
de privatización religiosa que habían caracterizado a buena parte de la
teología moderna.
Uno de
los conceptos centrales del pensamiento de Metz, es el de “memoria peligrosa” (gefährliche
Erinnerung), una categoría teológica, que ha tenido profundas
repercusiones, tanto en la teología europea como en la teología de la
liberación latinoamericana.
El
pensamiento de Metz, se desarrolló en un contexto marcado por la experiencia
traumática del siglo XX, especialmente por el impacto del Holocausto. Para muchos
teólogos europeos, esta catástrofe histórica planteó una pregunta radical:
¿Cómo hablar de Dios después de Auschwitz?
Metz
consideraba que la teología tradicional, había fracasado en responder
adecuadamente a esta pregunta. Durante siglos, la teología cristiana había
tendido a espiritualizar la fe, separándola de las realidades políticas y
sociales. Sin embargo, las tragedias del siglo XX, mostraron que esta
separación, podía conducir a una peligrosa indiferencia frente al sufrimiento
histórico.
En este
contexto, Metz propuso una teología
política, que recuperara la dimensión histórica y pública del mensaje
cristiano. La fe cristiana, según su perspectiva, no puede desligarse de la
memoria de las víctimas de la historia.
El
concepto de “memoria peligrosa”, constituye el núcleo de la propuesta teológica
de Metz. Esta idea se refiere a la memoria de los acontecimientos fundacionales
del cristianismo —especialmente la pasión y muerte de Jesús—; entendidos como
una memoria, que desafía las estructuras de poder y las narrativas dominantes
de la historia.
Para
Metz, la memoria cristiana no es simplemente un recuerdo piadoso del pasado. Es
una memoria crítica, que mantiene vivo el recuerdo del sufrimiento humano; y
cuestiona las formas de injusticia presentes en la sociedad.
En este
sentido, la memoria cristiana se convierte en una fuerza subversiva. Recordar a
las víctimas de la historia, significa resistir las narrativas que legitiman el
poder y el progreso, a costa del sufrimiento de los más débiles.
Esta
perspectiva muestra claras afinidades con la teoría crítica de la Escuela de
Frankfurt, que había desarrollado una profunda reflexión sobre la memoria
histórica y la crítica de la racionalidad instrumental.
Las ideas
de Metz; y su diálogo con la teoría crítica, tuvieron un impacto significativo
en la teología latinoamericana de la liberación. Teólogos como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y Jon Sobrino,
desarrollaron enfoques teológicos que comparten con Metz, la preocupación por
la memoria de las víctimas de la historia.
Moltmann,
por su parte, desarrolló una teología de la esperanza que interpreta la fe
cristiana, como una fuerza transformadora orientada hacia la justicia y la
liberación histórica. Ambos autores, dialogaron con la filosofía contemporánea,
incluyendo el pensamiento habermasiano, para articular una teología capaz de
interactuar con la modernidad democrática.
Las obras de Jürgen Habermas y Jürgen
Moltmann, representan dos proyectos distintos pero convergentes: uno
desde la filosofía crítica; y otro desde la teología cristiana. Aunque parten
de presupuestos epistemológicos diferentes —la razón comunicativa en Habermas y
la revelación escatológica en Moltmann—, ambos coinciden en una preocupación
central: la emancipación humana en la historia.
Uno de los puntos más claros de
convergencia, radica en la orientación hacia el futuro. En Habermas,
especialmente en su teoría de la acción comunicativa, la racionalidad no es
meramente instrumental, sino que está orientada al entendimiento y a la
construcción de consensos racionales; en una comunidad ideal de habla. Esta
proyección, implica una apertura hacia condiciones aún no realizadas, de
comunicación libre de dominación.
Por su parte, Moltmann,
particularmente en su obra Teología de la
esperanza, plantea que la fe cristiana, está esencialmente orientada
hacia el futuro prometido por Dios. La esperanza escatológica, no es evasión,
sino motor de transformación histórica. Aquí se produce un punto de unión:
tanto la racionalidad comunicativa, como la esperanza cristiana, son dinámicas
anticipatorias que movilizan la praxis hacia un futuro mejor.
Ambos autores, comparten una
crítica profunda a las formas de dominación que caracterizan la modernidad
tardía. Habermas denuncia la colonización del mundo de la vida por los sistemas
del dinero y el poder, lo que reduce la racionalidad a su dimensión
instrumental. Esta diatriba, se inscribe dentro de la tradición de la Teoría crítica.
Moltmann, desde la teología,
también critica las estructuras opresivas, pero lo hace en clave teológica: el
pecado se manifiesta no solo en el individuo, sino en las estructuras
históricas de injusticia. En este sentido, su pensamiento dialoga con corrientes
como la Teología de la liberación, al
insistir en que la fe cristiana implica una praxis liberadora.
Ambos coinciden en que la
emancipación requiere desmantelar estructuras de dominación, ya sea mediante la
comunicación libre de coacción (Habermas) o mediante la praxis inspirada en la
esperanza escatológica (Moltmann).
De igual manera, como ya lo hemos
visto, el lenguaje ocupa un lugar central en ambos sistemas. Para Habermas, el
lenguaje es el medio a través del cual, se construye la racionalidad intersubjetiva.
La verdad, la rectitud y la veracidad, se validan en procesos discursivos. Es
decir, contrario a Sócrates, el alemán, dice que la verdad, no es, una esencia
supra – temporal, sino que se identifica con el camino del diálogo.
En Moltmann, aunque el lenguaje
no es analizado en términos filosóficos estrictos, la revelación de Dios,
acontece también en la historia y en la palabra. La promesa divina, es
comunicativa en tanto, interpela a la comunidad y la llama a una respuesta
histórica. Así, puede establecerse un puente: la revelación teológica puede ser
entendida como un tipo de comunicación, que busca generar una comunidad
transformada.
La ética del discurso
habermasiana, propone que las normas válidas son aquellas que pueden ser
aceptadas por todos los afectados en condiciones ideales de diálogo. Esta
ética, es profundamente democrática y universalista.
Moltmann, por su parte, propone
una ética de la esperanza: una praxis orientada por la promesa de un futuro de
justicia, paz y vida plena. Esta ética, no se basa en el consenso racional,
sino en la fidelidad a la promesa divina, pero converge con Habermas, en su
orientación universalista y en su compromiso con la dignidad humana. No deja de
ser cierto que la tesis “del consenso racional”, abre la puerta de algún grado
de imposición.
Ambas éticas, coinciden en que la
acción humana debe orientarse hacia la construcción de un mundo más justo,
aunque difieren en sus fundamentos últimos. Moltmann, por su parte, nunca
abandona la dimensión pública de la fe. Para él, la teología es intrínsecamente
política, en tanto anuncia el Reino de Dios, como una realidad que cuestiona y
transforma el orden existente.
Aquí se da un punto de
convergencia crucial: ambos reconocen que la religión puede y debe participar
en el debate público, aunque bajo condiciones distintas. Habermas exige
traducción; Moltmann insiste en la proclamación, pero ambos coinciden en la
necesidad del diálogo.
En
América Latina, el pensamiento de Habermas, también ha tenido resonancias en
ciertos desarrollos de la teología de la liberación. Esta corriente teológica,
surgida en el contexto de profundas desigualdades sociales y políticas, busca
interpretar el mensaje cristiano, desde la perspectiva de los pobres y de los
procesos de liberación histórica.
Aunque la
teología de la liberación se inspiró principalmente en el pensamiento de Karl Marx y en las
ciencias sociales críticas, algunos de sus desarrollos posteriores, han
dialogado con la teoría habermasiana de la comunicación y la esfera
pública. Aquí vale la pena decir que,
pese a la caída del socialismo real, Habermas y otros autores de la Escuela de
Farnkfurt, son un lugar de referencia, para muchos cristianos.
La idea
de que la fe cristiana, puede contribuir a procesos de deliberación pública
sobre la justicia social y la dignidad humana, ha encontrado afinidades con la
perspectiva habermasiana de una sociedad postsecular, donde el discurso
religioso participa en el debate democrático.
El
diálogo entre filosofía habermasiana y teología continúa desarrollándose en el
siglo XXI. La reflexión sobre la relación entre religión, política y esfera
pública, sigue siendo un tema central en un mundo marcado por conflictos
culturales, pluralismo religioso y crisis de legitimidad política.
El reconocimiento
de que las tradiciones religiosas pueden aportar recursos morales a la vida
pública, ha abierto nuevas posibilidades para el diálogo entre creyentes y no
creyentes, en el contexto de las democracias contemporáneas.
En este
sentido, el pensamiento de Habermas, ha contribuido a transformar la manera en
que la teología se relaciona con la modernidad: ya no como una tradición
enfrentada a la razón secular, sino como una interlocutora capaz de participar
en procesos de argumentación pública.
Así las
cosas, uno de los diálogos más fecundos —aunque menos explorados en algunos
contextos académicos— se ha desarrollado entre el pensamiento habermasiano y la
teología latinoamericana de la liberación. Este encuentro intelectual, se sitúa
en el cruce entre filosofía, teología y ciencias sociales, y ha contribuido a
enriquecer la reflexión sobre la relación entre comunicación, praxis histórica
y emancipación.
Uno de
los conceptos centrales de la teología de la liberación, es el de praxis histórica. Inspirado en la
tradición marxista y en la lectura bíblica de la historia de la salvación, este
concepto sostiene que la fe cristiana, no puede separarse de la transformación
concreta de las estructuras sociales injustas.
Para Gustavo Gutiérrez, la
teología no es simplemente una reflexión abstracta sobre Dios, sino una
reflexión crítica sobre la praxis histórica de liberación. En este sentido, la
teología surge como “segunda reflexión”, sobre la acción transformadora de los
creyentes comprometidos con la justicia social.
El
pensamiento de Habermas, ofrece aquí, un marco filosófico que permite
profundizar en la dimensión racional de esta praxis. Su teoría de la acción
comunicativa, sostiene que las sociedades modernas, se estructuran a través de
procesos de comunicación, orientados al entendimiento. La emancipación, en este
contexto, no depende únicamente de la transformación de las estructuras
económicas, sino también, de la superación de las distorsiones comunicativas
que impiden el diálogo libre entre los sujetos.
Este
enfoque permitió a algunos teólogos, reinterpretar la praxis liberadora no sólo
como lucha social, sino también como proceso de construcción de espacios de
comunicación democrática. Otro punto de convergencia entre el pensamiento
habermasiano y la teología latinoamericana, se encuentra en la reflexión sobre
la esfera pública. Habermas desarrolló el concepto de esfera pública, para
describir el espacio donde los ciudadanos deliberan sobre los asuntos comunes,
mediante el intercambio de argumentos.
En
América Latina, la teología de la liberación, ha interpretado este concepto en
relación con los procesos de organización popular, las comunidades eclesiales
de base y los movimientos sociales, que emergieron durante las décadas de 1960
y 1970.
Estas comunidades,
inspiradas por el Concilio Vaticano II y por las conferencias episcopales
latinoamericanas, se convirtieron en espacios, donde los creyentes leían la
Biblia a la luz de su experiencia histórica; y discutían colectivamente las
condiciones de injusticia presentes en sus sociedades.
Desde una
perspectiva habermasiana, estas prácticas pueden entenderse como formas de deliberación comunitaria, en las que
se articulan experiencias de sufrimiento, interpretaciones religiosas y
proyectos de transformación social.
La teoría
de la racionalidad comunicativa, también ofrece herramientas importantes para
analizar las relaciones entre comunicación y poder, en contextos de dominación.
Como ya lo hemos visto, Habermas sostiene que las sociedades modernas, pueden
experimentar distorsiones comunicativas,
es decir, situaciones en las que el poder económico o político, impide el
desarrollo de un diálogo libre y racional. Estas distorsiones, afectan la
capacidad de los ciudadanos para participar en la formación de la voluntad
colectiva.
La
teología de la liberación, ha interpretado este fenómeno, en relación con las
estructuras de exclusión social presentes en América Latina. Las desigualdades
económicas, la concentración del poder político y el control de los medios de
comunicación, pueden limitar gravemente la posibilidad de una deliberación
democrática.
En mucho,
Habermas hizo lo mismo: criticar la mercantilización de los medios de
comunicación. Según esta perspectiva, la cultura producida en serie; y
orientada al consumo, debilita la capacidad crítica de la ciudadanía,
transformando el espacio público, en un ámbito dominado por lógicas de mercado.
Este diagnóstico, resulta hoy especialmente vigente, en el contexto de la
digitalización y las redes sociales, donde la deliberación pública, se ve
frecuentemente sustituida por dinámicas de consumo informativo fragmentado.
En este
sentido, la praxis liberadora, busca crear espacios alternativos de
comunicación, donde las voces de los pobres y marginados, puedan ser
escuchadas. La Iglesia de base, los movimientos populares y las organizaciones
comunitarias, han desempeñado un papel importante en la creación de estos
espacios.
Para la
teología de la liberación, esta perspectiva, representa una legitimación
filosófica de su compromiso público. La fe cristiana, no se reduce a una
experiencia privada, sino que puede participar activamente en la construcción
de una sociedad más justa.
El diálogo
entre Habermas y la teología de la liberación, ha contribuido al desarrollo de
lo que algunos autores denominan, teología
pública latinoamericana. Este enfoque, busca articular el discurso
teológico, de manera que pueda participar en los debates públicos de las
sociedades democráticas.
En estas
corrientes, la teología se concibe como una práctica discursiva, que participa
en la formación de la conciencia pública. La fe cristiana no se reduce a una
experiencia privada, sino que tiene implicaciones éticas y políticas, que deben
ser discutidas en el espacio público.
En
América Latina, estas ideas también han resonado en algunos desarrollos de la
teología de la liberación, donde el diálogo entre racionalidad crítica y
compromiso religioso, ha sido un elemento central.
La
teología del siglo XX, especialmente después de las catástrofes políticas y
morales de las guerras mundiales, se vio obligada a repensar su relación con la
modernidad, la política y la racionalidad. En este proceso, el pensamiento de
Habermas, se convirtió en un interlocutor privilegiado. Su teoría de la acción
comunicativa, ofreció a la teología, un marco conceptual para comprender cómo
el discurso religioso, puede participar legítimamente en el debate público de
sociedades pluralistas.
Desde
esta visión, el discurso religioso puede interpretarse como una forma
particular de participación en procesos comunicativos, orientados al
entendimiento. La teología no se limita a formular afirmaciones doctrinales
internas a una comunidad religiosa; también puede participar en debates
públicos, sobre cuestiones éticas, políticas y sociales.
Este
enfoque ha inspirado el desarrollo de la teología pública: ella es una corriente teológica que busca
articular el discurso religioso, de manera que pueda dialogar con la razón
secular. La teología pública, intenta traducir las intuiciones morales de la
tradición cristiana, en un lenguaje accesible para una sociedad pluralista.
En suma,
el encuentro entre Habermas, Metz, Moltmann y la teología de la liberación; ha
permitido desarrollar una comprensión más compleja de la relación entre memoria
histórica y emancipación social.
Desde la
perspectiva habermasiana, la emancipación implica la superación de las
distorsiones comunicativas que impiden el diálogo libre entre los sujetos.
Desde la perspectiva de Metz, la memoria de las víctimas de la historia,
introduce una dimensión ética, que desafía las narrativas dominantes del
progreso.
En el
contexto latinoamericano, estas ideas han sido reinterpretadas a la luz de las
luchas sociales y de la experiencia histórica de los pueblos marginados. La
memoria de las víctimas, se convierte en un principio hermenéutico que orienta
tanto la reflexión teológica, como la acción política.
El
diálogo entre teoría crítica y teología, ha contribuido a desarrollar una
concepción de la teología como crítica
de la historia. En lugar de ofrecer explicaciones abstractas sobre lo
divino, la teología se orienta hacia la interpretación de los procesos
históricos, desde la perspectiva de la justicia y la memoria de las víctimas.
Esta
línea, ha influido en diversas corrientes de la teología contemporánea,
incluyendo la teología política europea, la teología de la liberación
latinoamericana y la teología pública. El resultado es una visión de la fe
cristiana, profundamente vinculada con la historia humana; y con la lucha por
la dignidad de los más vulnerables.
En este escenario, la obra de Jürgen Habermas y la teología pastoral del Papa Francisco, constituyen dos propuestas que,
lejos de excluirse, pueden dialogar fecundamente. Mientras Habermas elaboraba
una teoría de la racionalidad comunicativa, orientada al consenso en sociedades
pluralistas, Francisco proponía una teología encarnada en la historia, centrada
en la dignidad humana, la justicia social y la fraternidad universal.
El Papa
Francisco, especialmente en Fratelli Tutti,
propuso una “cultura del encuentro”, como alternativa al conflicto y la
fragmentación. Esta categoría teológica, coincide notablemente con la idea
habermasiana, de una esfera pública inclusiva, donde los sujetos participan en
condiciones de igualdad discursiva.
Ambos autores, coinciden en que
el diálogo auténtico, exige condiciones éticas: veracidad, reconocimiento del
otro y apertura a la transformación. Habermas lo formula como “situación ideal
de habla”, mientras Francisco, lo expresa como una actitud espiritual de
humildad y escucha.
El Papa
Francisco, denunciaba en Evangelii Gaudium
y ‘Laudato Si', los efectos destructivos
de lo que denomina “la economía que mata”. Su crítica al neoliberalismo, al
consumismo y a la cultura del descarte, resuena con la preocupación
habermasiana por la deshumanización de la modernidad tardía.
Ambos coinciden en que la crisis
no es solo económica, sino profundamente moral y cultural. Se trata de una
pérdida del sentido de comunidad; y de la subordinación de la vida humana a
lógicas impersonales.
Uno de los aportes más
significativos de Habermas, es su concepción intersubjetiva de la verdad y la
moral. La validez de las normas, no proviene de una autoridad externa, sino del
reconocimiento mutuo entre sujetos capaces de lenguaje y acción.
En la teología del Papa Francisco, esta idea encuentra un eco en la
noción de fraternidad universal. En Fratelli
Tutti, el Papa insistía en que toda persona, independientemente de su
origen, religión o condición social, posee una dignidad inalienable.
Aquí emerge una convergencia
decisiva: tanto Habermas como Francisco, proponían y proponen, una ética
inclusiva. Sin embargo, mientras Habermas la fundamenta en la racionalidad
discursiva, Francisco la arraiga en una antropología teológica, donde el otro
es imagen de Dios.
Recordemos que, en sus escritos
tardíos, Jürgen Habermas reconoce que las
tradiciones religiosas, contienen intuiciones morales que no deben ser
excluidas del espacio público. Propone, no obstante, un “proceso de traducción”
mediante el cual, los contenidos religiosos puedan expresarse en un lenguaje
accesible a todos.
El Papa
Francisco, sin utilizar este lenguaje filosófico, practicó precisamente
esta traducción: sus intervenciones públicas, apelaban tanto a creyentes como a
no creyentes, articulando valores universales, como la justicia, la paz y el
cuidado de la creación.
Esta convergencia, abre un
horizonte postsecular donde fe y razón, no se oponen, sino que se enriquecen
mutuamente. La religión aporta motivaciones éticas profundas, mientras la
razón, garantiza la universalidad y el carácter crítico del discurso.
Finalmente, ambos pensamientos,
convergen en la necesidad de una ética global. Habermas abogaba por una
democracia deliberativa que trascienda el Estado-nación; mientras el Papa Francisco, proponía una política al
servicio del bien común global.
En ‘Laudato Si', Francisco desarrolla una “ecología
integral”, que articula justicia social y sostenibilidad ambiental. Esta
propuesta, puede leerse como una ampliación del proyecto habermasiano: no solo
se trata de incluir a todos los seres humanos en el diálogo, sino también, de
reconocer la interdependencia con la naturaleza.
Ahora bien, si establecemos un
dialogo entre las tesis de Habermas, Ratzinger y Francisco, encontraremos lo
siguiente:
-
Modelo deliberativo postsecular (Habermas): La
religión participa en la esfera pública, mediante la traducción de sus
intuiciones morales, a un lenguaje racional accesible para todos.
-
Modelo de purificación recíproca (Ratzinger): La
fe y la razón, se corrigen mutuamente, evitando tanto el secularismo radical
como el fundamentalismo religioso.
-
Modelo de humanismo social (Francisco): La fe
cristiana, contribuye a la vida pública, mediante una ética de la misericordia
y la solidaridad con los más vulnerables.
Estos modelos no son
necesariamente incompatibles; más bien representan diferentes dimensiones del
mismo problema. El debate entre estos tres enfoques, tiene importantes
implicaciones para la teoría política contemporánea. En primer lugar, cuestiona
la idea de que la democracia moderna, requiere la exclusión de la religión del
espacio público.
En segundo lugar, introduce la
posibilidad de un pluralismo moral, donde
distintas tradiciones culturales y religiosas, puedan contribuir al debate
democrático, sin renunciar al carácter secular del Estado.
Finalmente, este diálogo muestra
que la relación entre fe y razón, no debe entenderse como una confrontación
inevitable, sino como un proceso dinámico de aprendizaje mutuo.
En el caso del Papa León XIV,
éste, ha introducido una nueva dimensión en este debate: la necesidad de humanizar la revolución digital, mediante una ética
inspirada en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia. El
Papa León XIV, se perfila como el pastor que buscará dar rostro humano a la era
digital, iluminando con el Evangelio: la cultura, la economía, la política y la
comunicación contemporánea.
El Papa León XIV, en los primeros
días de su pontificado, ha delineado un pensamiento pastoral y teológico,
profundamente anclado en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia,
articulando una visión donde la verdad, la misericordia, la justicia y el bien
común; convergen.
Una de las claves de su
pensamiento, es la relación entre verdad y libertad.
En su homilía del 9 de mayo de 2025, afirmó que: «Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos
revela el rostro del Padre», reafirmando una tradición
doctrinal presente en la enseñanza del Papa Juan
Pablo II en Veritatis Splendor,
donde se sostiene que, “no hay libertad sin verdad”.
Este énfasis, responde al contexto
cultural contemporáneo, marcado por fenómenos como la desinformación digital,
la manipulación mediática y la llamada posverdad, que amenazan la convivencia democrática.
En este sentido, León XIV,
propone una ética de la comunicación, que rechaza la violencia simbólica y la
polarización: “Debemos
decir ‘no’ a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el
paradigma de la guerra”, afirmó en su encuentro con los medios
de comunicación el 12 de mayo de 2025.
Una clave hermenéutica fundamental
para comprender el pensamiento de León XIV, es su relación con la herencia
doctrinal del Papa León XIII,
especialmente con la encíclica Rerum Novarum:
“Pensé tomar el nombre de León XIV… porque el Papa León XIII, con la histórica
encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión
social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia
ofrece su doctrina social para responder a otra revolución industrial: la
inteligencia artificial y los nuevos desafíos de la dignidad humana, la justicia
y el trabajo.”
Esta afirmación, sugiere que el
nuevo pontificado interpreta la revolución digital, como una nueva fase de la “rerum
novarum”; de la historia contemporánea. Otro aspecto central
del pensamiento de León XIV, es su visión de la Iglesia como comunidad
misionera y sinodal.
En el Regina
Caeli del 11 de mayo de 2025, declaró: “Considero un don de Dios el
hecho de que el primer domingo de mi servicio como Obispo de Roma sea el del
Buen Pastor.” Esta imagen pastoral, refleja una eclesiología cercana a la
propuesta de Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, donde la Iglesia es
presentada como una comunidad, que sale hacia las periferias sociales y
existenciales.
Asimismo, León XIV, ha subrayado
la importancia de la sinodalidad y la corresponsabilidad eclesial, afirmando
ante los cardenales: “Ustedes, queridos cardenales, son los más estrechos
colaboradores del Papa… y esto me sirve de consuelo al aceptar un yugo que
supera mis fuerzas.” Esta visión, refuerza el principio de participación,
central en la Doctrina Social de la Iglesia.
En los años posteriores, el
magisterio social de la Iglesia, ha continuado este diálogo desde nuevas
coordenadas históricas. Particularmente relevante resulta el pontificado del Papa León XIV,
cuyo pensamiento —expresado en documentos como Dilexi te—; propone una
actualización de la tradición social católica ante los desafíos de la
globalización, la revolución digital y las nuevas formas de exclusión social.
Desde esta perspectiva, la
teología contemporánea aparece como un espacio donde la fe cristiana, dialoga
con la modernidad democrática sin renunciar a su dimensión profética. Los
primeros documentos del pontificado de León XIV, presentan una visión teológica
profundamente enraizada en la tradición social cristiana. Su proyecto pastoral,
busca humanizar
las transformaciones culturales y tecnológicas de la modernidad tardía, insistiendo en la relación entre
verdad, libertad y bien común.
Frente a la cultura de la pos
verdad y la polarización política, el Papa insiste en la necesidad de una ética
pública, basada en la dignidad humana. En este sentido, su propuesta se
aproxima sorprendentemente a la intuición habermasiana según la cual, las
sociedades democráticas, requieren fundamentos normativos compartidos para sostener la
convivencia.
La exhortación apostólica “Dilexi te”,
constituye una de las expresiones más claras del pensamiento social de León
XIV. En ella, se afirma que el amor a los pobres, no es una opción secundaria, sino el criterio mismo
de autenticidad del culto cristiano.
El documento, recupera la
tradición patrística, para afirmar que la riqueza posee una función
social. Inspirándose
en San
Ambrosio y San Agustín de Hipona, se
sostiene que los bienes de la creación, tienen un destino universal, de modo
que compartirlos, no constituye mera filantropía, sino una forma de justicia.
En esta línea, la exhortación
recuerda que el amor al prójimo, constituye la prueba concreta del amor a Dios.
El servicio a los pobres, a los enfermos y a los marginados, no es únicamente
una obra de asistencia social, sino un encuentro con Cristo mismo, presente en
los más vulnerables.
De esta manera, la teología
social del Papa, retoma el núcleo evangélico de la misión cristiana: la
encarnación de Dios en la historia humana, implica una solidaridad radical con
los pobres. Otro elemento relevante de “Dilexi te”,
es su referencia a las llamadas “estructuras
de pecado”, concepto
desarrollado en la teología latinoamericana y en el magisterio social contemporáneo.
El documento recuerda que, la
pobreza no puede interpretarse únicamente como resultado de fallas
individuales, sino también como consecuencia de estructuras económicas y
políticas injustas. Esta perspectiva, enlaza con las
reflexiones surgidas en las conferencias episcopales latinoamericanas, de Medellín, Puebla y Aparecida, donde se formuló la opción
preferencial por los pobres como principio pastoral
fundamental.
Desde este enfoque, la caridad
cristiana implica también una dimensión política: trabajar por la justicia,
defender los derechos sociales; y transformar las estructuras que generan
exclusión. El pensamiento de León XIV, muestra que el debate Habermas –
Ratzinger, no fue un episodio aislado, sino el inicio de una reflexión más amplia,
sobre el papel público de la religión.
En el contexto actual, marcado
por la revolución digital y la fragmentación cultural, la fe cristiana se
presenta como una fuente de sentido, capaz de contribuir al diálogo democrático.
En lugar de oponerse a la modernidad, la Iglesia propone una interacción
crítica con ella. La fe ofrece horizontes éticos, que pueden enriquecer la
deliberación pública, mientras que la racionalidad democrática, proporciona el
marco institucional para garantizar la libertad y la pluralidad.
En nuestra próxima entrega,
finalizaremos la exposición de las herencias de J. Habermas…