El falso Cristo de las guerras santas modernas: idolatría imperial y traición al Evangelio de la vida.
El falso Cristo de
las guerras santas modernas: idolatría imperial y traición al Evangelio de la
vida.
Ocean Castillo Loría.
Hay momentos en la historia en
que los acontecimientos parecen desgarrar el velo que cubre la realidad.
Entonces se revelan, con crudeza insoportable, las contradicciones morales de
un sistema que durante décadas, ha pretendido presentarse como el guardián de
la civilización, la familia, la libertad y la fe. Nuestro tiempo vive uno de
esos momentos.
La reciente publicación de
millones de documentos vinculados al escándalo de Jeffrey
Epstein, ha puesto al descubierto algo que muchos intuían desde
hace años: la pedofilia que rodeaba a ciertas élites políticas y económicas, no
fue un fenómeno aislado ni un simple desvío moral individual. Más bien, reveló
una red de poder donde el dinero, la política y el privilegio, construyeron
durante años un sistema de impunidad.
Aquella revelación no sólo golpeó
a individuos concretos, sino que erosionó la imagen moral de sectores que
durante décadas, se han presentado como defensores de la familia, la religión y
la civilización occidental.
Cuando la legitimidad moral de
una élite comienza a derrumbarse, la historia nos enseña que el poder busca
rápidamente otros escenarios donde reconstruir su autoridad simbólica. A veces
lo hace mediante grandes narrativas patrióticas; otras veces, mediante la
invocación religiosa; y no pocas veces, mediante la guerra.
En ese contexto, resulta
inquietante observar cómo los conflictos que hoy se gestan en Oriente Medio,
coinciden con una crisis profunda de credibilidad en sectores políticos de
Estados Unidos y del bloque occidental. La guerra reaparece entonces como una
cortina geopolítica que permite reorganizar el discurso público, desplazar la
atención mediática y movilizar imaginarios religiosos y civilizatorios.
Pero más allá de la geopolítica,
hay acontecimientos que interpelan directamente a la conciencia cristiana. Uno
de los más dolorosos, fue el bombardeo de un colegio de niñas en Irán, el 28 de febrero de 2026,
un hecho que dejó más de ciento sesenta niñas muertas al inicio de su
jornada escolar. Aquella escena —niñas asesinadas mientras comenzaban el día—
se convirtió en una de las imágenes más desgarradoras del conflicto
contemporáneo.
Ante tragedias así, surge
inevitablemente una pregunta teológica: ¿qué significa invocar el nombre de
Dios en medio de estas violencias?
La tradición profética de la
Biblia responde con una claridad demoledora. El profeta Isaías, denunció precisamente
ese tipo de religiosidad hipócrita, cuando proclamó: “Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para
no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucharé, porque veo la
sangre en sus manos. ¡Lávense, purifíquense! no me hagan el testigo
de sus malas acciones, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el
bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al
huérfano y defiendan a la viuda.” (Isaías 1:15 – 17).
La denuncia profética, no se
dirige contra la religión en sí misma, sino contra su perversión. Cuando la
religión se convierte en legitimación del poder violento, deja de ser camino
hacia Dios y se transforma en idolatría.
En otro orden de cosas, durante años,
pareció que palabras como imperio o imperialismo pertenecían al
vocabulario de la Guerra Fría. Sin embargo, la realidad del siglo XXI las ha
resucitado con fuerza.
Hoy asistimos a la consolidación
de un sistema global donde el poder económico, militar y mediático, se
concentra de forma inédita. Las multinacionales, los grandes bancos, la
industria armamentista y las redes financieras internacionales, configuran un
entramado que determina la vida de naciones enteras. Dentro de ese sistema,
Estados Unidos continúa siendo el centro de una arquitectura geopolítica, que pretende
definir el destino del planeta.
Este poder no opera únicamente en
el plano militar o económico. También actúa en el plano cultural y espiritual.
El llamado “estilo de vida estadounidense”, se ha convertido en una narrativa
civilizatoria que propone dos valores supremos: el individualismo y el éxito.
En ese imaginario, la plenitud humana se mide por la acumulación, el consumo y
la visibilidad social.
El problema no es simplemente
cultural; es profundamente teológico. Porque ese modelo se presenta como si
fuese la culminación de la historia humana, como si la globalización neoliberal
fuese el equivalente secular del Reino de Dios. De manera implícita, el imperio
se reviste de atributos divinos: se presenta como garante de la salvación, como
defensor de la libertad universal, como portador del destino histórico de la
humanidad.
En ese sentido, el imperio
funciona como un ídolo omnibarcador (Jon Sobrino). Como los antiguos dioses del
poder —como Moloch—, exige víctimas para sostener su sistema. Las guerras, los
desplazamientos, la devastación ambiental y las desigualdades extremas, son el
precio humano de esa idolatría.
Y cuando la religión bendice ese
sistema, la idolatría se vuelve todavía más peligrosa.
Como advierte el teólogo y humanista brasileño
Frei Betto, el mundo está entrando en una nueva era geopolítica caracterizada
por el retorno abierto de las lógicas imperiales. Según este análisis, el orden
liberal internacional surgido después de la Segunda Guerra Mundial, ha sido
sustituido por una política de esferas de influencia donde las grandes
potencias, se reparten regiones enteras del planeta.
En esta lógica, Rusia se ocupa de Ucrania,
China de Taiwán, Israel de Gaza y Estados Unidos del continente americano. La
diplomacia multilateral pierde relevancia y el derecho internacional se
subordina nuevamente a la ley de la fuerza.
Esta transformación marca el paso hacia lo que algunos analistas,
denominan un “hiperimperialismo”: un sistema dominado por una hegemonía
militarizada, tecnológicamente superior y sostenida por élites hiperprivilegiadas,
que concentran el poder político, económico y comunicacional. En ese contexto,
la democracia se vacía progresivamente de contenido y el poder efectivo, se
desplaza hacia tecnoligarcas y grandes corporaciones.
Así las cosas, una de las
tragedias espirituales de nuestro tiempo, es que sectores significativos del
cristianismo occidental, han terminado alineándose con estructuras de poder que
contradicen radicalmente el Evangelio.
Durante décadas, muchas iglesias
concentraron su discurso en combatir el “peligro comunista” y en desacreditar a
la Teología de la Liberación, acusándola de politizar la fe. Sin embargo,
mientras denunciaban esa supuesta amenaza, terminaron guardando silencio frente
a las injusticias estructurales del capitalismo global.
El resultado ha sido un
cristianismo profundamente desorientado. Un cristianismo que se proclama pro-vida, pero
guarda silencio frente a las masacres de niños en Gaza, Yemen o Irán. Un
cristianismo que defiende la familia, mientras ignora el sufrimiento de
millones de familias migrantes desplazadas por guerras y pobreza.
Frei Betto observa, además que esta
nueva etapa histórica está marcada por el avance global de proyectos
autoritarios; y por una creciente instrumentalización política de la religión.
Líderes de diversas tradiciones religiosas, invocan a Dios para legitimar
proyectos nacionalistas y expansionistas: desde el uso del cristianismo por
parte de gobiernos ultraconservadores en Occidente; hasta la utilización del
judaísmo, el hinduismo o la ortodoxia rusa, para justificar guerras,
ocupaciones o proyectos identitarios excluyentes. La religión, en vez de ser
fuerza liberadora, corre el riesgo de convertirse en legitimadora del poder.
En ese contexto, aparece lo que
podríamos llamar el falso Cristo de las guerras
santas modernas:
-
Es el Cristo que bendice bombardeos.
-
El Cristo que legitima invasiones.
-
El Cristo que se invoca para defender intereses
geopolíticos.
Pero ese Cristo no es el Jesús
del Evangelio.
El Jesús histórico, fue
profundamente contracultural frente al imperio de su tiempo. Vivió bajo la
dominación romana, pero nunca sacralizó el poder imperial. Al contrario: su
práctica se centró en la misericordia, la defensa de los pobres y la denuncia
de las injusticias.
Lo que impacta en Jesús —como ha
recordado la teología latinoamericana— es precisamente su primacía de la misericordia, su honradez con la realidad
de los oprimidos, su libertad frente a las estructuras religiosas y su
fidelidad radical al proyecto del Reino de Dios.
Ese Reino, no se construye
mediante la violencia ni mediante la dominación. Se construye mediante la
fraternidad, la justicia y la compasión. Frente a la idolatría imperial, la fe
cristiana propone una espiritualidad profundamente contracultural.
No se trata simplemente de una
postura política, sino de una forma distinta de vivir. Una espiritualidad que
desafía el individualismo con la fraternidad. Que desafía la lógica del éxito
con la lógica del servicio. Que desafía la cultura del consumo con la cultura
del compartir.
Esa espiritualidad se manifiesta
en lo cotidiano: en la mesa compartida, en la música que crea comunión, en el
cuidado de la vida, en la solidaridad con los pueblos oprimidos.
Porque, como señala Frei Betto,
la humanidad atraviesa también una crisis cultural marcada por la fragmentación
social; y por la manipulación digital de las emociones colectivas. Las redes
sociales amplifican la polarización, difunden teorías conspirativas y
normalizan discursos extremistas. En ese contexto, la reconstrucción de
comunidades solidarias y la recuperación de una ética pública basada en la
justicia social, se convierten en tareas urgentes para preservar la democracia
y la dignidad humana.
Por eso, cuando los pueblos se
levantan para reclamar justicia, muchas veces los poderes responden inventando
guerras.
La guerra sirve para reorganizar
el orden mundial, para asegurar recursos estratégicos —como el petróleo— y para
fortalecer complejos militares, que generan ganancias multimillonarias. Pero
ninguna guerra que produce muerte y destrucción, puede llamarse santa. Invocar
el nombre de Dios para justificarla es una blasfemia.
Si pudiéramos escuchar hoy la voz
del Jesús del Evangelio en medio de las ruinas de nuestras guerras
contemporáneas, probablemente nos diría algo profundamente incómodo para los
poderosos. Nos recordaría que, los rezos hipócritas no llegan al corazón de
Dios. Que los discursos religiosos que encubren la violencia son una forma de
fariseísmo moderno. Que las víctimas —los niños muertos, los pueblos
desplazados, los pobres de la tierra— ocupan un lugar privilegiado en el
corazón de Dios.
La fe cristiana, afirma algo
profundamente subversivo: Dios
escucha primero el clamor de las víctimas:
-
No el discurso de los imperios.
-
No las plegarias de los poderosos.
-
No la propaganda religiosa del poder.
El Dios de Jesús, escucha a los
crucificados de la historia.
Nos encontramos además en el
tiempo litúrgico de la Cuaresma, un tiempo que la tradición cristiana entiende
como camino de conversión. No se trata únicamente de penitencias individuales.
La conversión bíblica, implica también transformar estructuras injustas.
Las preguntas que surgen entonces,
son inevitables:
-
¿Puede el cristianismo seguir callando frente a
las guerras imperiales?
-
¿Puede seguir bendiciendo estructuras que
producen muerte?
-
¿Puede seguir identificándose con proyectos
políticos que contradicen el Evangelio?
Si el cristianismo occidental
continúa cerrando los ojos ante estas barbaries, corre el riesgo de perder su alma
profética. Podría terminar convirtiéndose, en una religión civil al servicio
del poder.
Pero el Evangelio siempre ofrece
otra posibilidad.
La tradición profética, la
teología de la liberación, las voces de pastores como Pedro
Casaldáliga, y el magisterio contemporáneo que habla de una “tercera guerra mundial por partes” (Papa Francisco);
recuerdan que la misión del cristianismo no es bendecir imperios, sino anunciar
el Reino de Dios.
Un Reino donde la vida de cada
niño cuenta.
Donde la dignidad de cada pueblo
importa.
Donde la justicia vale más que el
poder.
Ese Reino comienza cada vez que
los cristianos se ponen del lado de las víctimas y dicen con claridad: ¡No más
guerras! (Pablo VI). No en nombre de Cristo.
Porque el Cristo del Evangelio,
no está con los imperios que bombardean escuelas.
Está con las niñas que murieron
bajo esas bombas.
Está con las madres que lloran a
sus hijas.
Está con los pueblos que siguen
soñando con un mundo donde la vida sea sagrada.
Y mientras ese sueño siga vivo,
la historia no pertenecerá a los imperios.
Pertenecerá al Reino.