De resultados electorales y ética de los politólogos.
De resultados electorales y ética de
los politólogos.
Ocean Castillo Loría.
Con sumo interés, hemos leído el artículo del politólogo,
Gustavo Araya Martínez: “Más allá del resultado: una invitación al análisis
electoral riguroso” (https://crhoy.com/opinion/mas-alla-del-resultado-una-invitacion-al-analisis-electoral-riguroso/?fbclid=IwY2xjawP8JnNleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEenfLBYQplMzIz3IKwzRI4HcluYZVpYX4ZnuLDFlQP6t-7CsR9wcei4IE8iEU_aem_7-ZODsuIRX8QjGsjolfiPA)
En efecto, la invitación de Araya, es necesaria: primero,
porque nos hace retornar a la epistemología de las Ciencias Políticas; y
segundo, porque nos hace retornar a los conceptos propios, de lo que es un
politólogo y su ética.
¿Cómo hacen los politólogos análisis político?: si dialogamos
con autores como: Maurice Duverger, Giovanni Sartori, Jean Meynaud o Norberto
Bobbio, se puede articular una crítica rigurosa que tiene que ver con:
determinismos, fetichizaciones, reduccionismos, simplificaciones; y retórica de
los marcos interpretativos.
Además, si vamos a la teoría del espacio y tiempo histórico
de Víctor Raúl Haya de la Torre, tendremos que caer en las especificidades de
la cultura política costarricense, su desigualdad estructural; y hasta el tema
de la gobernabilidad democrática en contextos latinoamericanos.
En este punto, resulta
iluminadora la tesis de Helio Jaguaribe, sobre el desarrollo dependiente y la
autonomía relativa del Estado en América Latina: para Jaguaribe, los procesos
políticos latinoamericanos no pueden analizarse como simples variaciones de
modelos europeos, sino como configuraciones históricas condicionadas por
estructuras de dependencia, por élites modernizadoras y por límites sistémicos
al desarrollo; y esto, trasladado al análisis electoral, implica que los
resultados no son meras expresiones de preferencias individuales, sino
condensaciones de trayectorias estructurales de desarrollo, exclusión; y
capacidad estatal.
Araya, denuncia el uso de “un determinismo retrospectivo”:
antes de saber el resultado, hay temores de expresar que: “en política solo hay
una ley, la del cambio permanente” (Francisco Barahona Riera); pero una vez
conocido el resultado, se abraza la tesis de que: “era inevitable”: incluso un
estimado amigo y colega, llegó a escribir: “¿Por qué fue tan fácil prever el
triunfo de Laura Fernández?”.
En esto, no podemos olvidar la advertencia del Dr. Rotsay
Rosales Valladares: el análisis electoral, debe distinguir entre tendencias
estructurales y coyunturales, la estabilidad democrática costarricense, no
significa ausencia de reconfiguración, confundir estabilidad institucional con
predictibilidad absoluta, es un error analítico.
Rosales ha insistido en que, la democracia costarricense,
combina continuidad institucional con transformación del sistema de partidos y
cambios en la representación. Esta tensión entre estabilidad y cambio, exige categorías
dinámicas, no narrativas deterministas.
Esta crítica del “determinismo retrospectivo”, nos permite
dialogar con Sartori: en su libro: “Partidos y sistemas de partidos”, el autor,
advierte que, los sistemas políticos no son mera suma de variables (Tentación
en la que nos parece hemos caído, desde que se presentan los Informes sobre el
Estado de la Nación).
Aquí cabe incorporar la perspectiva de Niklas Luhmann: los
sistemas políticos son sistemas autopoiéticos (Redes cerradas de comunicaciones,
que producen y reproducen sus elementos constitutivos) de comunicación, que
operan reduciendo complejidad mediante códigos propios (gobierno/oposición,
poder/no poder).
Desde esta óptica, el análisis que pretende explicar
retrospectivamente todo resultado como “inevitable”, desconoce que el sistema
político procesa contingencias; la contingencia no es falla, es condición
constitutiva del sistema. Por ello, pretender eliminar la incertidumbre,
equivale a desconocer la lógica sistémica misma de la política.
Los sistemas políticos, tiene que ver con marcos racionales
(Y nos atreveríamos a decir, hasta emocionales): en ellos, hay: competencia,
fragmentación y polarización. Las explicaciones no son lineales, y no “son
fruto de una sola causa” (Tal realidad, nos lleva al concepto esencial de las
Ciencias Políticas: en Costa Rica, hablamos de “ciencias” y no de “ciencia”: se
requiere del estudio de un conjunto de ramas del conocimiento. Un estimable ex
profesor de la Escuela, en la Universidad de Costa Rica, nos decía en son de
broma, que: “había que estudiar hasta ciencias ocultas”).
Por su parte, Duverger demostró que, las instituciones
importan, de hecho, lo probó hasta desde las estadísticas y las probabilidades.
Ppero esas estadísticas y esas probabilidades, son tendencias (No podemos
olvidar, la insistencia del maestro Rodolfo Cerdas al respecto en las aulas):
hoy, esas tendencias parecen destinos; y aún peor: “parecen destinos que, los
politólogos ‘siempre supieron, pero temieron expresar’”.
Tal parece que, en un deseo de superar el complejo, en el
sentido de que, las Ciencias políticas no son ciencias exactas, entonces: las
elecciones no son procesos abiertos (Y, por tanto, abiertos al cambio). Pareciera
que, más que dinámicas sociales, son meros “números y silogismos”.
No se puede olvidar una tesis central de Bobbio: la
democracia: “es un conjunto de reglas de juego”, y el objetivo de esas reglas,
es “organizar la incertidumbre”: por esto nos pareció muy valioso, un
recordatorio que, en un programa de radio, hiciese el Dr. Rotsay Rosales
Valladares: “la democracia implica: certidumbre en los procesos e incertidumbre
en los resultados”: lamentablemente, un sector de analistas y politólogos,
quieren traicionar esa realidad: por nuestra parte, lo decimos, “medio en
broma, medio en serio”: “si fuésemos pitonisas, estaríamos secuestrados por
Putin o por Trump”.
En diálogo con Jürgen Habermas, podríamos añadir que la
legitimidad democrática no descansa solo en la regularidad procedimental, sino
en la calidad del proceso deliberativo: la esfera pública debe permitir una
formación racional de la voluntad colectiva. Cuando el análisis politológico se
transforma en propaganda o en dogma técnico, se distorsiona la comunicación
pública y se coloniza el mundo de la vida por sistemas estratégicos de poder y
dinero.
Precisamente en este punto, conviene incorporar aportes del Manual de Ciencia Política y
Relaciones Internacionales de Fabio Sánchez y Nicolás Liendo: los autores subrayan que la Ciencia Política contemporánea, se
caracteriza por el pluralismo metodológico y por la articulación entre teoría,
método y evidencia empírica. No existe una única vía legítima de análisis; la
disciplina combina enfoques normativos, empírico-analíticos,
institucionalistas, conductuales y estructurales. Por tanto, reducir el
análisis electoral a un único instrumento —sea encuesta, modelo econométrico o
intuición histórica— contradice el carácter integrador y comparado que la
disciplina exige.
Precisamente, en la recién pasada campaña electoral, nos
llamó la atención que, en varios medios de comunicación colectiva, se “le
estuviera dando pelota” a un analista relativamente joven: como la curiosidad
también es base del aprendizaje, nos dimos cuenta que, el estimado profesional,
es abogado y, “consultor en política y estrategia”: como es lógico, esa segunda
actividad, era la que llamaba la atención de los medios.
El tema es, que luego de poner atención en el experto, nos
dimos cuenta que, lo que parecía hacer era: “convertir encuestas y modelos, en
árbitros definitivos de sentido”. Quizás, lo más lamentable, era que, cuando
compartía espacio con politólogos, ellos, “no ampliaban el lente de análisis,
sino, que se subordinaban a la ‘sacra palabra’ de los números”.
Desde Luhmann, esto puede interpretarse como una hipertrofia
del subsistema científico dentro de la comunicación política: el código
verdadero/falso, invade el código poder/no poder, produciendo la ilusión de que
la verdad estadística sustituye la decisión política. Pero la política no opera
con el código de la verdad científica, sino con el de la decisión vinculante;
confundir ambos planos genera “cuantofrenia” (Ya la definiremos) y distorsión
funcional.
Tal evidencia, nos lleva a una especie de “poder invisible”,
esto, porque “las encuestas y modelos, se convierten en dispositivos simbólicos
que producen autoridad”: aquí se establece un puente con el tópico religioso:
los científicos sociales, pasamos criticando a los religiosos (pastores o
sacerdotes), porque “ellos se envisten de una autoridad simbólica”: pues, este
consultor del que estamos hablando, “parecía un sacerdote de los números, ellos
usados, como dogmas irrefutables”.
En esas participaciones, los modelos del especialista, no
solo medían: también ordenaban la conversación en los medios. Seamos claros:
las Ciencias Políticas, tienen métodos y técnicas, cualitativas y
cuantitativas: el problema es, que, en algún momento, los politólogos, han
caído en “una supremacía de los métodos y técnicas cuantitativas”.
No podemos olvidar que, en algún momento, cuando llevábamos
unos cursos de actualización, uno de los profesores, nos decía que: “las
revistas de Ciencias Políticas en el futuro, serán cada vez más semejantes, a
las revistas de las ciencias exactas, llenas de estadísticas, de modelos
probabilísticos”.
En su libro: “La Política: Lógica y Método de las Ciencias
Sociales”, Sartori, advertía sobre la “cuantofrenia”, la ilusión de que:
“medir, equivale a comprender”.
En el caso del especialista del que hablamos, esto se cumplía
tal cual. Habermas alertaría que la racionalidad instrumental —orientada al
control y a la predicción— no puede sustituir la racionalidad comunicativa,
orientada al entendimiento. Un análisis electoral que solo optimiza predicción,
pero no contribuye a la comprensión crítica ni al debate público, empobrece la
democracia.
En consonancia, Sánchez y Liendo, enfatizan que la
explicación politológica debe ser conceptualmente precisa y empíricamente
contrastable; la operacionalización de variables no puede desanclarse del marco
teórico. Cuando los indicadores sustituyen al concepto, se produce una
distorsión analítica: se mide lo que es fácil medir, no necesariamente lo que
es relevante explicar.
Por ello, no puede olvidarse, lo que por ejemplo ha
establecido el politólogo Enrique Gomáriz, en el sentido que, los datos
cuantitativos, deben ubicarse en los contextos estructurales de desigualdad y
exclusión.
Lo contrario, produce diagnósticos incompletos: si el
análisis electoral, ignora las estructuras de exclusión, termina siendo
análisis conservador, se convierte en racionalización del orden, no en
comprensión crítica (Dussel, Ibáñez). Así, el artículo de Araya Martínez, lleva
razón: los modelos son instrumentos de aproximación, no revelaciones.
A su vez, lo dicho, conduce a tesis expresadas en muchas
ocasiones por diversos politólogos, a saber: “las encuestas no son predictivas,
son fotografías del momento”: pese a ello, por ejemplo, en redes sociales, se
insistía antes y después de las elecciones: “las encuestas fallan, las
encuestas, volvieron a fallar”: por nuestra parte, creemos que esta distorsión
se debe a la cultura política costarricense:
1) De 1978 a 1998, al darse una competencia entre el
bipartidismo, generaba una estabilidad que permitía una gran cercanía entre los
guarismos estadísticos y el resultado final de las justas (Prácticamente, esto,
solo cambiaría en 1986, donde antes de “la tregua navideña”, la Unidad Social
Cristiana, ganaba las elecciones; cosa que se vería cambiada para enero de ese
año. El comando de campaña del PLN, sabía de ese giro, por mediciones internas,
desde octubre de 1985).
2) Con el desalineamiento partidario (Fernando Sánchez), a
partir del 2002, la inestabilidad perjudicaba las mediciones estadísticas. El
ciudadano promedio, no entendía la incidencia de esos cambios.
3) En suma: la fragmentación y la volatilidad crecientes,
producen que, los modelos estadísticos, se alejen de los números finales de los
procesos electorales (Ronald Alfaro R.).
Incluso: debe decirse que, los periodistas, no tienen esto
claro: en medio de la trasmisión del proceso electoral, desde el mismísimo
canal de la Universidad de Costa Rica, un periodista, que era parte de la red
de medios, que emitía la trasmisión, llegaba a hablar de “voto prestado”, con
lo que, de modo conservador, no dejaba clara la fluidez electoral (Bauman);
desde un análisis del lenguaje (George Lakoff), la idea era trasmitir
estabilidad, en medio de un entrono dinámico.
De nuevo, recordamos al Dr. Rotsay Rosales Valladares: por su
experiencia con estudios de opinión y comportamiento electoral, los que ha
analizado y trabajado con rigurosidad, es consciente de sus límites.
Precisamente, el académico nos hace rememorar que, los datos
son aproximaciones bajo supuestos específicos, ellos, no sustituyen el análisis
estructural e histórico (Y en este último punto, reconocemos los valiosos
aportes de los historiadores: Oscar Aguilar Bulgarelli, Vladimir de la Cruz de
Lemos e Iván Molina Jiménez).
Jaguaribe, insistiría en que los sistemas políticos
latinoamericanos, atraviesan ciclos de modernización, crisis y reacomodo de
élites; la fragmentación no es necesariamente decadencia terminal, sino posible
rearticulación de coaliciones sociales en contextos de cambio estructural. Y,
conforme al Manual de Sánchez y Liendo, la Ciencia Política solo cumple su
cometido, cuando integra teoría, método y evidencia, distinguiendo entre
descripción y juicio de valor, y manteniendo una ética profesional orientada a
la explicación crítica del poder.
En cuanto a la cultura política costarricense y su tránsito
del bipartidismo a la fragmentación, se requieren categorías dinámicas. El Manual citado, insiste en la importancia del análisis comparado para
comprender transformaciones en sistemas de partidos, volatilidad electoral y
realineamientos.
Los
cambios en Costa Rica no pueden interpretarse como anomalías aisladas, sino
como parte de tendencias más amplias en América Latina: personalización de la
política, debilitamiento de identidades partidarias tradicionales y creciente
fragmentación legislativa. Sin perspectiva comparada, el análisis se
provincializa y pierde capacidad explicativa.
En otro orden de cosas, las campañas electorales, son un
choque entre “razones y emociones”: en nuestra posición ética: creemos que los
politólogos, deben generar análisis que permitan el avance de la razón, por
encima de la emoción.
Sánchez y Liendo, recuerdan que el comportamiento político no
puede reducirse a la racionalidad económica clásica; los enfoques conductuales,
institucionales y sociológicos, muestran que las decisiones electorales están
mediadas por identidades, marcos cognitivos y contextos institucionales. Por
tanto, el votante no es una “unidad aislada”, sino un actor situado en redes
sociales, estructuras institucionales y procesos históricos.
Habermas diría que la tarea es fortalecer condiciones de
posibilidad de una deliberación no coaccionada, donde los argumentos —y no las
estrategias mediáticas— orienten la formación de la opinión pública. Sin
embargo, Luhmann, recordaría que la política nunca elimina completamente la
dimensión estratégica; la tensión entre estrategia y entendimiento es
estructural, no accidental.
Desde el debate de las ciencias sociales, esto, dirige a las
ventajas y desventajas de “la Teoría de la elección Racional” (Jon Elster,
Mancur Olson). Pero, además, a los complementos que derivan de enfoques
conductuales, de psicología política y social (Campos); así como de las
distintas vertientes sociológicas.
Bobbio, diferenciaba entre democracia formal y democracia
sustancial: una cosa es el acto de votar, otra, las condiciones materiales, que
estructuran esa decisión, la reducción del acto del sufragio a un evento instrumental,
hace desaparecer: identidad, emociones, memoria histórica y pertenencia.
Jaguaribe,
complementaría que, sin desarrollo socioeconómico autónomo y sin integración
efectiva de las mayorías al proyecto nacional, la democracia formal queda
expuesta a crisis recurrentes de legitimidad.
En
línea con el Manual de Sánchez y Liendo, la calidad de la democracia debe
evaluarse no solo por la existencia de elecciones competitivas, sino por el
funcionamiento efectivo de las instituciones, el respeto al Estado de derecho,
la rendición de cuentas y la capacidad estatal para producir bienes públicos.
El análisis electoral desconectado de estas dimensiones institucionales, ofrece
una fotografía incompleta del régimen político.
El maestro Rodolfo Cerdas, al analizar la cultura política
costarricense, subrayó el comportamiento electoral nutrido en tradiciones
cívicas, conflictos históricos y experiencias acumuladas, de inclusión o
exclusión (En la misma línea, se expresa, Álvaro Montero Mejía).
Tal parece que, la tesis del individualismo económico, ha
hecho a muchos politólogos olvidar esto: se parte de la falsa idea del elector
como “unidad individual”: esto, refuerza el discurso del “neo populismo de
derechas”, se fuerza la falacia de que: “no somos actores inmersos en
trayectorias institucionales”. Tal y como lo dice Araya Martínez, el votante es
un sujeto situado (Touraine, Giddens, Foucault, Bordieu).
El maestro Rodrigo Madrigal Montealegre, insistía en la
necesidad de leer el comportamiento político desde la historia concreta de
Costa Rica. En la misma línea, el profesor y amigo, Luis Guillermo Solís, nos
decía en las aulas que, los politólogos, debían estudiar historia.
Esto resulta ciertísimo: de este modo, se pueden lograr las
contextualizaciones de las que hablaban Cerdas y Madrigal Montealegre; y, por
otro lado, esto impide el “presentar como novedoso, fenómenos o tesis, que ya
tienen antigüedad”. Por si fuera poco, esto impide que se caiga en
abstracciones importadas (De nuevo: la valoración del “espacio y tiempo
histórico”). Una vez más: Araya Martínez, tiene razón: hay que desmontar el
reduccionismo economicista.
En esto, encontramos una conexión con el filósofo y teólogo
de la liberación, Enrique Dussel: la política, no puede pensarse desde el
centro del sistema, sino, desde los excluidos, desde las víctimas. El poder
legítimo, surge cuando responde a la vida, a la vida de los sujetos concretos,
a la vida de los sujetos, históricamente negados.
Asimismo, uno de los aportes más sólidos del texto del Dr.
Araya Martínez, es el señalamiento a la simplificación territorial: no se puede
partir de la generalización de “culturas regionales homogéneas”, sino, de
trayectorias desiguales, de relación con el Estado.
Desde la teoría de sistemas de Luhmann, los territorios
pueden entenderse como entornos diferenciados en los que el sistema político
interactúa con otros subsistemas —economía, religión, educación—; donde la
diferenciación funcional es débil, la adhesión institucional se erosiona.
Aquí se converge con Gomáriz: la gobernabilidad democrática,
depende de la densidad institucional y de la inclusión social efectiva: donde
el Estado ha sido distante o ineficaz, la adhesión a la institucionalidad como
concepto abstracto – teórico, pierde fuerza movilizadora (En esto, han ido
ganando el debate, las tesis del “neo populismo de derecha”, del trinomio:
Chaves – Cisneros – Fernández).
Tal realidad lleva a varias tesis:
1) No basta con la democracia política, se requiere de la
democracia social (Daniel Oduber Quirós); nos extraña que, muchas teorías de la
democracia, no contemplen esto.
2) El modelo economicista, ha hecho que el Estado, se retire
de muchas áreas; y como lo dice Duverger, refiriéndose a las dimensiones del
poder, “en política no hay espacios vacíos”. En el caso costarricense, las
iglesias han ocupado esos espacios. Pese a ello, hay politólogos que se
resisten a ejercicios inter y trans – disciplinarios, entre: Ciencias
Políticas, Sociología de la Religión y Teología.
3) Don Rodolfo Cerdas, insistía en sus clases, lo que
implicaba, la erosión de la capacidad de integración del Estado, en la palestra
de la integración territorial.
El maestro Cerdas, ya advertía que, el sistema político
costarricense, pese a su estabilidad histórica, reproduce desigualdades
territoriales, que erosionan su legitimidad sustantiva; la interpretación del
abstencionismo en los cantones de bajo desarrollo humano, “como desinterés”, es
desconocer su raíz estructural. Mucho menos, puede interpretarse como rasgo
cultural esencial.
Desde Duverger, podemos decir que, los sistemas políticos, no
nacen en el vacío; revelan divisiones sociales, si esas divisiones pasan a los
territorios, el análisis debe incorporar variables socioeconómicas y Estatales,
esto va más allá de los temas ideológicos.
Por otro lado, elementos como el ego de ciertos politólogos,
llevan a un problema fatal, del que también habla el Dr. Gustavo Araya
Martínez: “el análisis que siempre tiene razón”: una explicación que no puede
ser refutada, no puede ser científica. Habermas subrayaría que toda pretensión
de validez es susceptible de crítica; blindar una teoría frente a la refutación,
es romper con la ética discursiva, que exige apertura a la argumentación y
reconocimiento del otro como interlocutor válido.
Sánchez y Liendo, insisten en que la Ciencia Política exige
hipótesis falsables, claridad conceptual y transparencia metodológica; cuando
el analista transforma su interpretación en verdad incuestionable, abandona el
terreno científico y entra en el comentario ideológico. La distinción entre
explicación y opinión, no es retórica, es constitutiva del método.
Sartori, decía que la claridad conceptual era clave para
evitar marcos interpretativos, que no aceptasen la evidencia empírica; Bobbio insistía
en la honestidad intelectual, como parte de las virtudes democráticas: las
Ciencias Políticas, no pueden convertirse en retórica justificadora: en esta
elección presidencial y legislativa del 2026, esto sucedió, al concretarse la
dinámica: “de analistas pro oficialistas, que podían expresar su retórica, en
medios de comunicación vasallos”.
Esto, nos lleva a la ética: el círculo vicioso, de “retórica
pro oficialista en medios de comunicación vasallos”, tiene efectos políticos, ella,
no tiene interés en desnudar el neo – populismo, las desigualdades; y
fortalecer la educación cívica.
Es más: si la opinión pública se forma, a partir de
interpretaciones, aparentemente técnicas, pero políticamente orientadas, la
frontera entre análisis y propaganda se elimina (Bobbio). Esto es esencial: la
opinión pública, no es un ente pasivo, medido por encuestas: es una
construcción discursiva en la que participan: actores políticos, analistas y
medios (Jesús Ibáñez).
Habermas, conceptualizó la esfera pública como espacio
intermedio entre Estado y sociedad; cuando medios y analistas renuncian a su
función crítica y se subordinan a intereses estratégicos, se produce una colonización
de la esfera pública que debilita la legitimidad democrática.
El Manual de Sánchez y Liendo, advierte que la disciplina
cumple también una función pública: contribuir a la comprensión de la política,
no a su manipulación. Ello implica reconocer límites, explicitar supuestos y
evitar extrapolaciones causales sin sustento empírico suficiente.
Académicos como Madrigal y Gomáriz, coinciden en el sentido
que, el análisis político, debe contribuir a fortalecer la deliberación
democrática; lamentablemente, hay politólogos, que, en esta campaña electoral,
lo que alimentaron fue la “sociedad del espectáculo” (Mario Vargas Llosa),
abandonando su función cívica.
Precisamente, en el abandono de esa función cívica, no se
hace o se hizo referencia a los conflictos sociales subyacentes y mucho menos,
al modelo de desarrollo vigente (Álvaro Montero Mejía).
Si bien, el gobierno Chaves Robles, demostró una constante
lucha de élites (Como ha insistido el Observatorio de la Política Nacional, de
la Escuela de Ciencias Políticas, de la Universidad de Costa Rica), los
procesos electorales, reflejan las tensiones distributivas en la esfera
económica (Cosa que ha tendido a olvidarse, con el auge en ciertos estratos,
del marxismo cultural).
Así las cosas, parece que tesis como “errores de campaña” o
“buenas habilidades blandas”, esconden un “análisis de corte conservador”, que
busca ocultar, las contradicciones económicas, que atraviesan el sistema
político (Piketty). La contradicción es palmaria: se está hablando de un
proceso político, pero de modo conservador, se despolitiza el conflicto
estructural.
Ahora, el Dr. Gustavo Araya Martínez, nos ha hecho
reflexionar, para decir lo menos, desde una crisis epistemológica, pero vale,
dar un paso más: la realidad de muchos politólogos, en la terminada campaña
electoral presidencial y legislativa, demostró, los problemas de identidad de
algunos analistas; y como ya lo hemos dicho, su función pública (Es decir,
política) en democracia.
Por esos problemas de identidad, algunos, han contaminado el
análisis político de preferencias partidarias, y como lo enseñaba el maestro
Rodolfo Cerdas, esa introducción de subjetividad, concreta que el análisis deje
ser tal; y se convierta en un comentario político.
Esta diferencia no es retórica, es metodológica: los
politólogos son, científicos sociales, por tanto, están llamados a ordenar la
realidad social, conteste al instrumental teórico de las Ciencias Políticas: no
están pues, llamados los politólogos, a justificar simpatías partidarias.
Entonces: el “determinismo retrospectivo”, del que habla
Araya Martínez, no es solo una falla epistemológica, sino, una falta de ética
profesional. En suma: “el método politológico importa”. Por él, por el
instrumental de las Ciencias Políticas, el sujeto - científico social, puede
disminuir su subjetividad.
En el caso costarricense, las cosas se complican más: en
nuestro país, prácticamente cualquier persona, puede denominarse: “analista
político”: con ello, legitiman sus opiniones, cual, si fueran análisis
politológico. Esto, entre otras cosas, conduce a un desplazamiento inadecuado
del objeto de estudio, que debería ser el poder, las relaciones de poder
(Duverger, Madrigal, Meynaud).
Aquí hay una convergencia con Ronald Alfaro R y con Fernando
Sánchez: la transformación de nuestro sistema de partidos políticos, nuestra
fragmentación, nuestra volatilidad, requiere categorías específicas (Rosales
Valladares), esto no es solo cuestión de intuiciones. Pero, además, esas
categorías específicas, nos permiten comprender que, esa fragmentación, no es
crisis terminal, como lo quiere hacer ver el neo populismo de derecha, sino,
transformación en los mecanismos de representación.
Desde una perspectiva epistemológica (Como lo dejaba claro el
maestro José Miguel Rodríguez Zamora), debe tenerse cuidado con las
interpretaciones rápidas, ellas, alimentan más, el comentario que el análisis
político.
Aquí hay un tema de praxis que se debe tener claro: los
politólogos, analizan coyunturas, esto tiene varias consecuencias:
1) Se pierde de vista el escenario histórico: incluso, se
puede caer en “la barbarie del especialismo” (Ortega y Gasset); se puede decir
que: “las coyunturas de largo plazo, son propias de la ciencia social historia,
y, por tanto, propias de historiadores”. Con este “argumento”, se abre una
puerta de huida, para no estudiar historia. Jaguaribe insistía en la necesidad
de pensar América Latina desde proyectos nacionales de largo plazo; sin
horizonte histórico, el análisis se vuelve fragmentario y pierde capacidad
orientadora. Sánchez y Liendo, destacan que la Ciencia Política, es una disciplina
de alcance global, pero sensible a contextos; el análisis riguroso articula
niveles: micro (comportamiento individual), meso (instituciones y partidos) y
macro (estructuras socioeconómicas y sistema internacional). Ignorar alguno de
estos niveles, conduce a reduccionismos.
2) Los medios de comunicación, por su dinámica, buscan
interpretaciones rápidas. Por ello, en muchas ocasiones, no se interesan por
los antecedentes; o en efecto, los buscan en los historiadores.
3) En muchos momentos, los medios, buscan información, “con
poco desarrollo de las coyunturas”, esto, permite la tentación, de “llenar los
espacios”, por parte del analista “con subjetividad” y no, con análisis
político.
Pero estos tópicos de praxis, deberían obligar a los
profesionales en Ciencias Políticas, a ser exigentes en la disciplina, en
manejos conceptuales, en rigurosidad metodológica (Además, diría Jesús Ibáñez, deberían
reflexionarla). Esto es esencial en nuestro caso particular: los sujetos –
científicos políticos, están inmersos en las tensiones de gobernabilidad en
contextos latinoamericanos de desigualdad, de conflictos sociales, de modelos
de desarrollo que, condicionan resultados electorales (Edgar Avellán Acevedo).
Quizás, podemos decir que corresponde a los profesionales en
Ciencias Políticas, dentro de lo que cabe, colaborar en la formación cívica;
eso sí, distanciándose del rol de operadores partidarios, siendo mediadores
críticos entre teoría y realidad; entre teoría y praxis (Sartori); entre
conflicto social y estabilidad institucional.
En esta lógica, corresponde a los científicos políticos,
contrastar hipótesis y no, expresar preferencias subjetivas. En suma: hay que
distinguir, entre Ciencias Políticas y, subjetividad ideológica. El análisis no
es dogma (Favor no confundir con el dogma teológico): a mayor dogmatismo, menor
deliberación democrática. A mayor seguridad retórica, menor prudencia
analítica.
Si ampliamos el lente de este análisis, nos daremos cuenta
que, las Ciencias Políticas, son disciplinas de encrucijada, hay una
interdisciplinaridad que no les hace perder su especificidad (Kaplan); esa
especificidad, tiene que ver con el poder y sus relaciones:
-
Duverger
lo estudió en los partidos políticos.
-
Sartori,
en los sistemas de esos partidos.
-
Meynaud,
en los grupos de presión.
-
Bobbio,
en las reglas democráticas.
-
Montero,
en la estructura socio – económica.
-
Rodolfo
Cerdas, en la formación y evolución del Estado; en la crisis de la democracia
liberal; en movimientos políticos e ideologías; en el pensamiento político
regional.
-
Ronald
Fernández Pinto, en la profundización de las teorías políticas.
-
José
Miguel Rodríguez Zamora, en epistemología y teoría, así como en defensa de la
democracia.
-
Rodrigo
Madrigal Montealegre, desde los regímenes políticos, desde el debate ideológico
entre reformismos y neoliberalismo.
Como puede verse, el común denominador, es la sistematicidad
analítica, pero esa sistematicidad, requiere de una responsabilidad ética:
escuchar la exterioridad del sistema, aquello que no aparece en los modelos, ni
en los porcentajes.
De nuevo: las Ciencias Políticas, implican el ejercicio
científico, sobre las relaciones de poder, pero ese ejercicio, es (O “debe
ser”), un acto ético: ¿Qué dimensiones de los procesos electorales estamos
visibilizando y cuáles estamos invisibilizando?
En este proceso electoral, hubo politólogos, que naturalizaron
las desigualdades; con ello, debilitaron la democracia; confundieron comentario
con ciencia (Y muchos, lo hicieron a propósito), esto confunde a los auditorios.
Hubo politólogos, que colaboraron en la erosión
institucional, mediante lecturas polarizantes y superficiales. Todo lo
anterior, le hace un flaco favor al procesamiento del conflicto político, dentro
de los marcos institucionales.
Como lo dice el Dr. Rotsay Rosales Valladares, la cultura
democrática, debe ser fortalecida mediante el análisis, éste, debe ser
responsable, técnicamente riguroso, y políticamente prudente. Tristemente, en
esta campaña electoral, algunos confundieron preferencia con diagnóstico
estructural; simplificaron categorías ideológicas; extrapolaron causalidades
sin sustento empírico; apelaron más al efecto retórico, que al análisis
comparado.
Por si fuera poco, muchos padecen la enfermedad del
egocentrismo (Incluso, quien escribe estas líneas, debe decir el “yo pecador me
confieso…”); por éste, se blindan las teorías, dejando de lado la evidencia, y
con esto, nos cerramos las puertas a aprender.
Esto, a su vez, repercute en la intervención del análisis
político en la realidad, el analista no es exterior al campo que analiza
(Oliver Benson): sobre esto vale la pena decir unas palabras: el analista es
parte del objeto que estudia: este círculo hermenéutico, tiene consecuencias:
hace algunos años, un joven colega, decía que: “el científico político, está
por encima de la sociedad que estudia”, este error (Que podemos achacar en este
caso, a la juventud), desconoce el círculo hermenéutico del que estamos
hablando. Por ello, las teorías de análisis son claves: ellas minimizan la
subjetividad, no la anulan: los politólogos, son parte del dispositivo de
producción de sentido (Jesús Ibáñez).
Luhmann, lo expresaría diciendo que el observador es siempre
observador de segundo orden: observa cómo se observa; reconocer esta condición
no elimina la subjetividad, pero la tematiza y la somete a control reflexivo.
Véase que nuestra realidad política es contradictoria: en
buena teoría, la política es una actividad racional, orientada a la
organización del poder en función del bien común (Aristóteles); Rodrigo Borja,
insistió que, la democracia no es solamente procedimiento electoral, sino, un
sistema de garantías, separación de poderes y responsabilidad institucional.
En oposición, en Costa Rica:
a) La política, está orientada a la organización del poder,
en función de determinadas facciones de las élites (Observatorio de la Política
Nacional).
b) Muchos, han olvidado que, la democracia, va más allá de
los procedimientos electorales, es democracia social (Daniel Oduber Quirós;
ella, puede ser cubierta por el concepto de democracia sustantiva, de Norberto
Bobbio).
c) El neo populismo de derecha, busca erosionar el sistema de
garantías (Por distintos medios, las garantías individuales y las garantías
sociales).
d) Esa misma corriente, golpea la separación de poderes.
e) Tanto, desde el economicismo, como del ya expuesto, neo
populismo de derecha, se evade la responsabilidad institucional.
Asimismo, muchos analistas y comentaristas políticos, han
confundido: legalidad con legitimidad; autoridad con autoritarismo; confundir
estos planos, como ha sucedido en las recién terminadas elecciones, llevó a
diagnósticos equivocados y alarmismos infundados.
No basta con medir encuestas o narrar conflictos coyunturales
(Cosas en las que se quedan por lo general, los comentaristas políticos); el
análisis, debe implicar:
-
El
abordaje constitucional.
-
El
equilibrio de poderes.
-
La
racionalidad de las decisiones políticas.
En la campaña que acaba de terminar, vimos politólogos, evidenciando
la delgada línea, entre análisis y comentario. Para ello, como lo diría
Sartori, se “estiran conceptos”; para Bobbio, se confunden: juicios de valor,
con descripciones; y, en algunos casos, se saltaba la arquitectura democrática.
Esto, nos hace regresar al círculo hermenéutico: sujeto –
objeto: el sujeto – científico político, tiene opiniones, porque se ve afectado
por el objeto de estudio, pero la opinión, no es ejercicio de las Ciencias
Políticas.
Como lo señalaba el estudio fundacional de la Escuela de
Ciencias Políticas: investigar la vida política, es parte de la defensa
institucional; defender no es aplaudir, es comprender críticamente (Valga decir
que, en ese documento, tuvieron participación, prestigiosos académicos como: el
Lic. Walter Antillón, Lic. Eugenio Fonseca, el Dr. Alfonso Carro, el Dr. Manuel
Formoso, el Lic. Rodrigo Fournier y el Lic. Rodrigo Madrigal Montealegre).
Una vez más, el politólogo, no es profeta (En el significado
común del término); no es un comentarista partidario (Aunque podría serlo,
dejando explícito ese rol, cosa que algunos no hacen o no han hecho).
De igual manera, contrario a lo que se piensa en Costa Rica,
no todo profesional, es analista político: el politólogo es un científico
social; éste usa un método, categorías precisas y comparación sistemática: de
nuevo: su tarea es ordenar la realidad social, minimizando la subjetividad,
diferenciando entre coyuntura y estructura; entre análisis y preferencia
partidaria.
En suma: si tomamos en serio a los académicos en Ciencias
Políticas: Bobbio, Borja, Duverger, Meynaud, Sartori, y los aportes
costarricenses y latinoamericanos citados, la conclusión es clara: el análisis
político, exige: rigor, claridad conceptual y responsabilidad democrática; lo
demás, por legítimo que sea, es parte del comentario. Cuando éste se disfraza
de ciencia, quien pierde es el ciudadano, que merece comprensión, no confusión.
Habermas aportaría que dicha responsabilidad, implica
contribuir a una cultura política donde los ciudadanos, puedan formar su
opinión, mediante argumentos y no mediante manipulaciones estratégicas; Luhmann
añadiría que la función del análisis, es aumentar la complejidad comprensible,
no reducirla dogmáticamente; y Jaguaribe, recordaría que, en América Latina,
todo análisis serio debe situarse en las coordenadas históricas del desarrollo,
la dependencia y la construcción de autonomía.
Dicho esto, entremos en las conclusiones, de todo lo
expuesto:
1) El debate abierto por el Dr. Gustavo Araya Martínez no es
meramente coyuntural, sino profundamente epistemológico y ético. No se trata
solo de corregir errores de interpretación electoral, sino de interrogar el
lugar que ocupa el politólogo en la esfera pública costarricense y
latinoamericana. En otras palabras: la discusión no es únicamente sobre
resultados, sino sobre la responsabilidad intelectual frente al poder y frente
a la democracia.
2) Ha quedado claro que, el llamado “determinismo
retrospectivo”, constituye una doble falla. Es una falla epistemológica, porque
traiciona el principio básico de contingencia que autores como Sartori y Bobbio,
reconocen como constitutivo de la democracia. La democracia organiza la
incertidumbre; no la elimina. Pero es también una falla ética, porque convierte
el análisis en un ejercicio de autojustificación, blindado frente a la
refutación. Cuando todo resultado es explicado como inevitable después de
ocurrido, el análisis deja de ser científico, para convertirse en narrativa
legitimadora.
3) El predominio de la cuantofrenia —en términos de Sartori—
ha evidenciado una distorsión metodológica peligrosa. Las encuestas, los
modelos econométricos y las probabilidades, son herramientas valiosas, pero no
sustituyen la teoría ni la comprensión histórica.
4) Como han insistido Rotsay Rosales Valladares, Ronald
Alfaro R. y Fernando Sánchez, la transformación del sistema de partidos
costarricense —fragmentación, volatilidad, realineamientos— exige categorías
dinámicas, no extrapolaciones mecánicas del pasado bipartidista. Convertir
indicadores en dogmas, equivale a sustituir la explicación por la
simplificación.
5) El análisis electoral no puede desligarse de las
estructuras socioeconómicas, territoriales e históricas que lo condicionan.
Siguiendo a Jaguaribe, Dussel, Montero Mejía y Rodolfo Cerdas, los resultados
electorales son condensaciones de trayectorias estructurales: desigualdad,
integración territorial incompleta, modernización dependiente, tensiones
distributivas. Reducir la política a habilidades blandas, errores de campaña o
intuiciones estratégicas, implica despolitizar el conflicto social. Y
despolitizar el conflicto es, en última instancia, adoptar una postura
conservadora frente a las contradicciones del modelo de desarrollo.
6) La frontera entre análisis y comentario, debe preservarse
con rigor. Bobbio advertía la necesidad de distinguir juicios de valor de
descripciones; Habermas, recordaría que la legitimidad democrática depende de
la calidad del debate público; Luhmann, señalaría que el observador es parte
del sistema que observa y, por ello, debe tematizar su propia posición. Cuando
el politólogo oculta sus preferencias bajo el ropaje de neutralidad técnica,
erosiona la confianza pública; y contribuye a la colonización estratégica de la
esfera pública.
7) El contexto costarricense, agrega un desafío adicional: la
banalización del término “analista político”. No todo profesional que opina es
politólogo; no toda opinión es análisis. La Ciencia Política —como disciplina
plural, comparada e interdisciplinaria— exige claridad conceptual, hipótesis
contrastables, contextualización histórica y prudencia interpretativa. Como
enseñaron Madrigal Montealegre, José Miguel Rodríguez Zamora y Luis Guillermo
Solís, estudiar política sin estudiar historia, es abrir la puerta a la
repetición acrítica de categorías importadas o a la ilusión de novedad
permanente.
8) La dimensión ética del método, no es un añadido externo,
sino constitutiva de la disciplina. El método importa porque disciplina la
subjetividad. No la elimina —como bien recuerda el círculo hermenéutico—, pero
la somete a control reflexivo. La ética del politólogo implica reconocer
límites, explicitar supuestos, aceptar la posibilidad de refutación y evitar la
tentación del protagonismo mediático. El analista no es profeta ni operador
partidario, salvo que declare explícitamente ese rol.
9) Si tomamos en serio a Bobbio, Duverger, Sartori, Meynaud,
Borja y a los aportes costarricenses y latinoamericanos, aquí citados, la
conclusión es inequívoca: el análisis político es un acto público de
responsabilidad democrática. Su función no es simplificar la realidad para
hacerla digerible en el espectáculo mediático, sino aumentar su inteligibilidad
sin sacrificar su complejidad. No es justificar el poder, sino comprender sus
relaciones. No es predecir destinos inevitables, sino explicar procesos
abiertos.
10) Cuando el análisis se convierte en propaganda técnica, la
democracia se empobrece. Cuando el comentario se disfraza de ciencia, el
ciudadano pierde herramientas para comprender el conflicto político. En cambio,
cuando el politólogo asume su tarea con rigor metodológico, claridad conceptual
y responsabilidad ética, contribuye a fortalecer la cultura democrática y a
ordenar la incertidumbre sin eliminarla.
11) En tiempos de fragmentación, polarización y
neo–populismo, esta tarea no es menor. Es, quizás, una de las últimas defensas
institucionales frente a la simplificación dogmática del poder. Porque, en
definitiva, el método politológico, no es solo una técnica: es una forma de
compromiso con la democracia.