Del Ascenso de Hugo Chávez al arresto de Nicolás Maduro (I).
Del Ascenso de Hugo
Chávez al arresto de Nicolás Maduro (I).
Ocean Castillo Loría.
Dedico este esfuerzo, a
los cuerpos docentes de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de
Costa Rica (UCR) y de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Región de la
Universidad Nacional (UNA), sin cuya formación, la integralidad de este
análisis, no hubiera sido posible.
Introducción
La experiencia venezolana entre
finales del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI, constituye uno de los
procesos más complejos, prolongados y paradigmáticos de deterioro democrático
en América Latina.
Este ensayo se propone analizar
ese proceso histórico-político desde una perspectiva multidimensional,
articulando la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la teoría del
conflicto, la sociología política y la reflexión ético–teológica contemporánea.
El texto parte de una tesis
fundamental: la crisis venezolana no es exclusivamente
económica, ni meramente ideológica, sino esencialmente una crisis de
representación política, de legitimidad democrática y de ética del poder,
cuyas raíces se encuentran en el agotamiento histórico del sistema de partidos
tradicionales (Acción Democrática y COPEI), la ruptura del pacto democrático
del Punto Fijo y la incapacidad de las élites políticas, para adaptar las
instituciones a profundas transformaciones sociales, económicas e
internacionales.
Desde esta perspectiva, el
ascenso de Hugo Chávez debe comprenderse como un fenómeno de populismo personalista, que
emerge en un contexto de desafección partidaria, desigualdad estructural y
colapso de la mediación institucional. Sin embargo, el chavismo no se limita a
canalizar el conflicto social, sino que lo redefine como antagonismo
permanente, sustituyendo el pluralismo democrático por una lógica plebiscitaria
y moralizante del poder. Con la llegada de Nicolás Maduro, esta lógica se
transforma en un ejercicio de dominación, sustentado crecientemente en la
coerción, el control institucional y la represión selectiva, profundizando la
crisis económica, social y humanitaria, así como la ruptura con el orden
internacional liberal-democrático.
Dado que haremos un análisis
multidimensional desde el ascenso de Hugo Chávez, hasta el arresto de Nicolás
Maduro, procederemos en esta introducción, a presentar un marco teórico,
articulado y plural, para comprender el caso venezolano.
1. Teoría de los partidos,
representación y democracia: Desde la Ciencia Política clásica y contemporánea,
se retoman las contribuciones de Maurice Duverger
y Giovanni Sartori, para analizar
el rol de los partidos como estructuras de mediación social; y garantes de la
gobernabilidad democrática. La crisis del bipartidismo venezolano se interpreta
como una crisis de representación, que
abre espacio a la antipolítica y al liderazgo personalista. A ello se suman los
aportes de Norberto Bobbio, quien subraya
que la democracia no se define por sus fines declarados, sino por el respeto
efectivo, a las reglas que permiten la resolución pacífica de los conflictos.
2. Populismo, liderazgo
carismático y erosión institucional: El fenómeno chavista es abordado desde la
teoría del liderazgo carismático de Max Weber,
complementada por los análisis de Enrique Krauze,
John Keane y Levitsky y Ziblatt, quienes
permiten entender el populismo como una forma de legitimación directa, que
debilita las mediaciones institucionales y erosiona gradualmente la democracia
desde dentro.
3. Teoría de sistemas,
legitimidad y comunicación política: Los aportes de Niklas Luhmann y Jürgen Habermas, resultan centrales
para comprender la pérdida de capacidad del sistema político venezolano, para
procesar la complejidad social y mantener un espacio público deliberativo.
4. Teoría del conflicto y de la
paz: Desde Johan Galtung, el análisis
distingue entre paz negativa y paz positiva, permitiendo identificar, cómo el
chavismo transformó el conflicto social en un recurso político permanente,
derivando en violencia estructural, cultural y directa. Esta perspectiva, se
articula con la sociología del conflicto y con las reflexiones de Salvador Giner sobre orden
social, legitimidad; y ruptura entre estructura social y sistema político.
5. Economía política y
desigualdad: Las tesis de Thomas Piketty,
permiten situar el colapso venezolano en el marco de la desigualdad extrema, el
rentismo petrolero y la captura de recursos por élites político–militares,
desmontando la narrativa del “socialismo del siglo XXI”; y evidenciando la
ausencia de una transformación estructural del modelo de acumulación.
6. Relaciones Internacionales y
toma de decisiones: Desde las Relaciones Internacionales, se incorporan los
enfoques de Celestino del Arenal, así como
los modelos de Graham Allison y la
teoría de toma de decisiones de Alexander George,
para analizar la política exterior venezolana, la internacionalización del
conflicto y el arresto de Maduro, como un evento situado en la intersección
entre hegemonía, soberanía y realismo político.
7. Marco ético y
teológico–político: finalmente, el ensayo incorpora la Doctrina Social de la Iglesia,
la Teología Política Contemporánea
y la Teología Latinoamericana de la Liberación
(Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y Enrique
Dussel), como herramientas críticas para evaluar la legitimidad ética del poder,
el uso instrumental del “pueblo” y la negación de la dignidad humana en nombre
de proyectos redentores.
En otro orden de cosas, luego
haremos un necesario desplazamiento metodológico: ya no bastará con describir
la deriva del sistema político venezolano, ni con enumerar sus síntomas
institucionales, económicos o geopolíticos. Lo que se impone es un marco teórico integrador, que
permita comprender el tipo de poder
que se constituyó desde el ascenso de Hugo Chávez y que, bajo Nicolás Maduro,
alcanzó su forma más acabada y radicalizada.
El régimen venezolano no puede
ser analizado adecuadamente, desde las categorías clásicas de dictadura
militar, autoritarismo tradicional; o simple “democracia defectuosa”. Como
advierte Moisés Naím, nos encontramos ante una mutación
contemporánea del poder, propia del siglo XXI, en la cual los
regímenes autoritarios no niegan la democracia,
sino que la simulan, la administran y la vacían desde
dentro. En este sentido, el chavismo-madurismo debe ser
conceptualizado como una forma de autoritarismo híbrido,
iliberal y funcional, cuyo objetivo no es
la legitimación plena, sino la confusión sistémica,
la dilución deliberada de las fronteras entre lo legal y lo ilegal, lo
institucional y lo informal, lo público y lo privado.
Aquí converge el diagnóstico de
Giovanni Sartori: Venezuela no transitó hacia una “democracia defectuosa”, sino
hacia una simulación de democracia, donde
las elecciones subsisten sin competencia real, las instituciones sin autonomía
y el Estado de Derecho como retórica vacía. John Keane, profundiza esta
lectura, al señalar que las nuevas dictaduras ya no se presentan como
negaciones explícitas de la democracia, sino, como regímenes parasitarios de sus formas,
capaces de coexistir con elecciones, parlamentos y tribunales, siempre que
estos sean políticamente neutralizados.
Desde esta perspectiva, el
chavismo no reconstruyó el Estado tras el agotamiento del sistema de Punto
Fijo, sino que desinstitucionalizó el poder,
personalizándolo en la figura del líder carismático (Weber, Krauze) y
erosionando progresivamente los mecanismos de mediación política. El madurismo,
lejos de corregir esta deriva, la profundizó: ante la pérdida de legitimidad
carismática y redistributiva, el régimen sustituyó la adhesión social por el control coercitivo, la
resignación colectiva; y la integración orgánica de economías ilícitas.
Este proceso encuentra una
formulación teórica de gran potencia en Enrique Dussel: la autonomización de la potestas respecto de la
potentia. En el caso venezolano, el poder institucional dejó de
expresar la voluntad popular para convertirse en un aparato autónomo,
desvinculado de la vida social concreta. Sin embargo, en su fase contemporánea,
esta autonomización, ya no es solo burocrática o ideológica, sino mafiosa y transnacional, como
lo demuestra Naím en Ilícito y La revancha de los poderosos: el
Estado deja de combatir el crimen organizado y pasa a integrarlo funcionalmente,
convirtiéndose en plataforma de negocios ilícitos, redes clientelares y alianzas
opacas.
Este marco permite explicar un
fenómeno clave: la sobrevivencia del régimen
pese al colapso económico y social. No se trata de fortaleza
estatal, sino de lo que Naím denomina la rentabilidad del desorden.
El Estado venezolano ya no gobierna para producir bienestar, sino para
administrar escasez, controlar flujos; y garantizar impunidad. Desde la
perspectiva de Johan Galtung, esta situación constituye una forma extrema de violencia estructural; desde la
ética política de Francisco, una corrupción radical del bien común; desde
Dussel, una negación sistemática de la vida.
En el plano internacional, este
análisis exige abandonar lecturas simplistas del antiimperialismo. La política
exterior venezolana no responde a una coherente estrategia marxista-leninista,
sino a lo que Naím denomina soberanía instrumental:
el discurso nacionalista, encubre nuevas dependencias. China, Rusia, Irán y
Cuba no operan como aliados ideológicos, sino como socios transaccionales dentro
de un sistema internacional fragmentado, volátil.
Aquí se vuelve central el aporte
de Alfredo Jalife Rahme. Venezuela no es solo un régimen autoritario colapsado,
sino un espacio geopolítico estratégico,
atravesado por la disputa entre potencias en un contexto de transición hacia
una multipolaridad inestable; o incluso hacia un retorno a las zonas de influencia. El arresto
de Nicolás Maduro, debe leerse, entonces, no solo como resultado de un colapso
ético-político interno, sino como expresión de la reafirmación del poder duro estadounidense,
en un escenario que Jalife define como geopolítica del caos:
crisis energéticas, financieras, sanciones, guerras híbridas y confrontaciones
indirectas.
Desde la Escuela Realista de las
Relaciones Internacionales, esta acción constituye una demostración de fuerza;
desde Bobbio, Sartori y Dussel, revela la fragilidad de un orden internacional
donde el Derecho cede ante la correlación de fuerzas. El sistema internacional
post Guerra Fría aparece así, no como garante de la democracia, sino como un
espacio de disputa por recursos estratégicos, rutas financieras y control
energético.
Finalmente, el marco teórico se
completa con la economía política. Siguiendo a Thomas Piketty, el caso
venezolano confirma que la desigualdad sostenida no se corrige espontáneamente:
cuando fracasa la legitimidad redistributiva, el régimen opta por el control
político. La economía deja de ser un espacio de inclusión y se transforma en instrumento de dominación,
donde la escasez es administrada políticamente. A ello se suman las lecturas
estructuralistas y neo-estructuralistas (CEPAL, Prebisch, Furtado), el
monetarismo (Friedman), el marxismo clásico y el neo-marxismo (Amin,
Wallerstein), que convergen en una explicación compleja del colapso:
capitalismo rentista, dependencia estructural, desindustrialización y captura
del Estado.
En síntesis, este trabajo se
inscribe en un enfoque multidimensional,
que articula teoría democrática, ética política, economía política y
geopolítica crítica. Su hipótesis central es clara: el madurismo no es una
desviación accidental del chavismo, sino su mutación
autoritaria final; y el arresto de Nicolás Maduro, no
constituye el cierre del conflicto venezolano, sino una coyuntura crítica, que revela
tanto la implosión interna del Estado como las tensiones profundas del sistema
internacional contemporáneo.
Desde esta base teórica, el
análisis de escenarios futuros —para Venezuela, América Latina, Centroamérica y
Costa Rica— no pretende ofrecer predicciones deterministas, sino mapas de posibilidad, advertencias
estructurales y criterios normativos, para comprender los riesgos del
neo-populismo, la erosión institucional y la geopolítica sin ética en el siglo
XXI.
I
No puede negarse que, con el
arresto de Nicolás Maduro, se profundiza la crisis del sistema político
venezolano; ya con Maduro, el sostén del liderazgo político venezolano, estaba
en problemas. A esto, hay que sumar que ya, en la etapa final de Chávez, había
una crisis estructural de representación. Ella, alimentada por la crisis de los
partidos políticos, así como la pérdida del pacto democrático.
La experiencia venezolana, desde
el último cuarto del siglo XX hasta el primer cuarto del siglo XXI, es uno de
los procesos de mayor deterioro institucional, en América Latina. Ese
deterioro, fue o es, de largo aliento, con desgaste interno, concentración del
poder; e internacionalización del conflicto.
Esto, como fruto de la crisis del
pacto político, surgido en 1958, sostenido en el bipartidismo de Acción
Democrática (AD) y el Comité de Organización Electoral Política Independiente
(COPEI), para adaptarse a las transformaciones económicas y sociales del país
(Nos diría el maestro, Maurice Duverger, “el Punto Fijo”, permitiría “un
bipartidismo sociopolítico estable”, donde los partidos, no eran menos instrumentos
electorales, eran estructuras de mediación social, lo que garantizaba la
gobernabilidad. Pero Sartori nos expresaría que: cuando los partidos, no logran
adaptarse, producen crisis de representación, que abren espacios a la
antipolítica. Nos diría Enrique Krauze, que esa apertura, hace resurgir los
mitos de el Salvador, alimentados por la frustración social y el
resentimiento).
Rómulo Betancourt, líder de AD,
resumió el centro del pacto democrático, diciendo que ningún sector, podía
gobernar, excluyendo a los demás. Véase que, para Betancourt, democracia era
acuerdo, no imposición, esta tesis fue clave en AD (Teóricamente, apoyada por
Duverger).
Por su parte, Rafael Caldera,
desde el socialcristianismo de COPEI, complementó esta tesis de democracia,
diciendo que ella, era una ética de responsabilidad, frente al poder. Con esto
claro, AD, insistía en que su partido político, era un vehículo de mediación,
no un fin en sí mismo. Ya veremos que, con el tiempo, esta idea se erosionaría.
El mismo Duverger, decía que, cuando los partidos se burocratizan, se
distancian de la sociedad, comienzan a perder legitimidad y capacidad
representativa.
Este es el contexto del “Punto
Fijo” (1958), el acuerdo político, destinado a garantizar, la estabilidad democrática,
luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Es así, como AD y
COPEI, acuerdan alternarse en el poder, eso sí, reconociéndose (Sin exclusiones
como decía Betancourt) y repartiéndose el poder Estatal. Conteste a la historia
del pensamiento social, de Salvador Giner, el pacto de “Punto Fijo”, puede
entenderse como un orden social legítimo, basado en: normas compartidas,
partidos representativos y un Estado con autoridad moral.
Durante varias décadas, el “Punto
Fijo”, produjo elecciones competitivas (Moderadamente competitivas, diría
Sartori); expansión del Estado Social (Reformismos socialdemócrata y
socialcristiano), y prosperidad económica, basada en la renta petrolera. Desde la teoría política, diría J. Habermas:
el “puntofijismo”, era la mediación comunicativa entre AD y COPEI, ellos
traduciendo las demandas de la sociedad civil organizada y no organizada
(Easton), al sistema político.
Incluso, desde ciertas teorías
del conflicto, éste es inherente a toda sociedad, pero el carácter de ese
conflicto, depende de la existencia de instituciones capaces de canalizarlo:
antes de 1998, con todas sus limitaciones, funcionaba un conflicto
institucionalizado (Las tensiones eran procesadas por los partidos políticos,
por elecciones, por mecanismos de negociación política).
Pero en la década de los 80, el
modelo comenzará a agotarse, quizás es más preciso decir que, también hubo un
cambio en el sistema internacional: el ascenso de Ronald Reagan en Estados
Unidos y de Margaret Thatcher en Inglaterra. Para ellos, “ya el Estado no es la
solución, es el problema”. Son los inicios del neoliberalismo. Será en ese
momento, que las afiliaciones de los partidos tradicionales, bajaron
fuertemente (Jana Morgan).
En este contexto, caerán los
precios del petróleo y aumentará el endeudamiento externo. De ahí vendrán las
políticas de ajuste estructural, ellas, llevarán a una crisis de legitimidad de
los partidos políticos tradicionales. Nos diría Duverger, que, este tipo de
crisis económica, acelera la desafección partidaria, esto, porque esas
estructuras, no traducen el malestar social en propuestas creíbles.
AD, busca volver al poder, por
medio de la reelección de Carlos Andrés Pérez, él promete la bonanza de su
primera administración, cuando ya esto, no era posible: la segunda
administración Pérez, será de corte economicista, ello generará la reacción del
“Caracazo” (1989): éste es la máxima evidencia de la ruptura de amplios
sectores populares, con lo que era el sistema político vigente. Para Giner, se produce
aquí una desarticulación entre estructura social y sistema político (Se pierde
la mira de los intereses reales y los partidos, pierden su función mediadora).
Nos expondría Sartori: se inicia aquí, el proceso de deslegitimación sistémica,
donde los partidos, comienzan a ser percibidos, como innecesarios. Aquí es
donde Krauze, ve la creación del terreno fértil, para el retorno del mesías
político, figura recurrente en la historia latinoamericana.
El error de AD y COPEI, fue creer
que, la crisis era coyuntural, de hecho, Carlos Andrés Pérez, sostenía que, con
su carisma, podría controlar el descontento. Al contrario, sectores críticos de
la izquierda democrática, hablaban de una crisis histórica y de representación,
fue el caso de Teodoro Petkoff. Bobbio, nos expone que este error, es decisivo,
cuando las élites no reconocen el deterioro de las reglas democráticas, en
realidad, en este momento, se prepara el terreno para su sustitución, por
“soluciones” autoritarias (El conflicto deja de ser normado, el conflicto, pasa
de ser político, a ser existencial).
Niklas Luhmann, nos diría que: el
sistema político venezolano, estaba perdiendo capacidad de reducir la
complejidad, es decir: ya no procesaba adecuadamente las demandas sociales, ni
se percibían decisiones como legítimas.
Desde Jean Meynaud, esta etapa
marca el momento de la politización total del conflicto, el Estado, ya no era
árbitro, era actor desacreditado incapaz de generar concertaciones o consensos.
AD y COPEI, dejaron de funcionar como acoplamientos estructurales entre
sociedad y Estado. Jesús Ibáñez, afirmaría que, se rompería el discurso
político y su inserción en la experiencia social: la ciudanía dejó de
reconocerse en el lenguaje del poder.
Por su parte, este marco,
fortalecería un liderazgo militar – populista: Hugo Rafael Chávez Frías. Pérez,
advertiría el peligro de tal situación, para él: el populista, prometía
redención, pero terminaría destruyendo las bases mismas del sistema
republicano: las tesis del socialdemócrata, resultarían proféticas.
Regresando a Duverger, Chávez,
sería “el líder antipartidista”, ante el colapso de AD y COPEI. El
“comandante”, asumía el rol de “alguien de fuera de la política”, negando la
política tradicional, yendo directamente a conectar con las masas (Keane, nos
diría que, esta es una de las características del “autoritarismo
performativo”). Precisamente, con ese rompimiento con la política tradicional,
se reaccionaba a décadas de concentración de los ingresos y exclusión social,
exacerbadas por la crisis fiscal del Estado rentista; y el presunto agotamiento
del modelo desarrollista (Thomas Piketty).
Desde COPEI, se advertía que, el
Chavismo, representaba una ruptura con la tradición civilista, esa, que había
costado tanto construir. Pero, para 1998, Chávez triunfa por la vía electoral.
él, encarnaba el desencanto político imperante: en este momento, “el
comandante”, encarnaba “una purificación moral”: “El Punto Fijo, era
corrupción, decadencia moral, exclusión”. En ese momento Chávez, se presentó
como “alguien de fuera de la política”, rompiendo la hegemonía AD / COPEI.
Aquí es donde comenzaba a
perpetuarse el conflicto (En el libro: “Redentores”, Enrique Krauze, nos dice
que: el populismo necesita enemigos para justificar la concentración del poder:
ya no hay posibilidad de paz democrática, pues se niega el pluralismo). Es el inicio, de un desgaste incremental, de
los contrapesos institucionales.
Chávez, ganará con “V República”,
obteniendo un 56 % de los votos, derrotando a una coalición apoyada por AD y
COPEI (El fin de las diferencias bipartidistas); esta es la inauguración de “la
fase Chavista de la política venezolana”.
Para Habermas, esta fase, es una
sustitución de la racionalidad comunicativa, por una racionalidad carismática,
esto nos lleva a la teoría sociológica clásica de Weber: la figura del líder,
es la fuente directa de legitimidad (Ya no importan las instituciones, ni los
procedimientos).
Por esto, Chávez, diría que
juraba sobre “una Constitución moribunda”: vendría la Constitución de 1999,
ella, con el signo de la concentración del poder en el Ejecutivo, pero
presentada como “una profundización democrática”. En realidad, era el proyecto de la erosión de
los contrapesos republicanos. Eso fue la “famosa revolución Bolivariana”.
Podríamos decir, siguiendo a Salvador Giner, que, “se trata de revestir de una
legitimidad racional – legal”, lo que en realidad era: “una legitimidad
carismática” (¿Weber?). en el caso de Luhmann: es claro, que: “el sistema se
cerró sobre sí mismo”, reduciendo la autonomía de los subsistemas: electoral,
jurídico y mediático.
Desde Meynaud, este proceso,
expresa la colonización del Estado por el poder político. Las instituciones no
desaparecen, pero son vaciadas desde adentro. El Partido Socialista Unido de
Venezuela (PSUV), no es un partido de masas, es instrumento del líder, sin
deliberación, sin control interno (Duverger, Sartori).
En el “deber ser”, esa
“revolución” implicaba:
-
Participación popular.
-
Redistribución de la renta petrolera (Parte de
esto, sí lo hizo Hugo Rafael Chávez, vía gasto social y transferencias
directas, pero sin alterar la estructura profunda de acumulación. Basado en
esto, el ex embajador de Costa Rica en Venezuela, el Lic. Vladimir de la Cruz
de Lemos, es que sostiene que, el régimen Chávez – Madurista, no es
socialismo).
-
Ampliación del rol del Estado.
Ante esto AD y COPEI,
reaccionaron tarde y de manera dividida, incapaces de renovar su discurso y su
liderazgo (De hecho, ya en los eventos, Rafael Caldera, le había dado gran
poder a Chávez), ellos, se fueron marginando en la nueva configuración política.
Habría oposición, sí, pero, sin discurso democrático, ni arraigo popular (En el
“deber ser”, el Chavismo, subordinaba las reglas democráticas a la voluntad
popular, como lo plantea Sartori).
Lo cierto es que, en ese
contexto, Chávez, apuntaló su discurso polarizante: “pueblo versus élite”, con
lo que termina de deslegitimar a AD y COPEI; “el Comandante”, terminó siendo el
cambio frente al descrédito de AD y COPEI.
Ya lo decía Teodoro Petkoff en el
2001: “Chávez no pretende democratizar el poder, sino apropiarse de él, en
nombre del pueblo”; y en su libro: “Las Dos Izquierdas”, del 2005, ya era claro
que, quien había sido marxista, era “de izquierda democrática”: “El socialismo
sin democracia no es socialismo, es una forma de despotismo con retórica igualitaria”.
Petkoff, también fue duro con la
oposición tradicional, esto, al señalar que ellos, habían perdido su capacidad
de escucha, a ellos lo que les interesaba, era mantenerse en el poder. Así, la
derrota de AD y COPEI, no era solo política, era ética.
Desde finales de los años 90, ya
este autor, advirtió que, el proyecto Chavista, mezclaba elementos del
populismo plebiscitario (Sartori); con una clara tendencia a la concentración
de poder. Lo interesante es que, para él, lo peligroso no era la retórica
socialista (Del mal llamado “Socialismo del siglo XXI”); en el fondo, no había
tal socialismo: la ciudadanía, era sustituida por la lealtad política (Incluso,
Chávez, ya le daba fuertes cuotas de poder a los militares). Si retornamos a la
teoría política de Jesús Ibáñez, esto es una reconfiguración del discurso.
Si vamos a la literatura
académica, el Chavismo, es una forma de populismo personalista, con un
liderazgo centralizado y una legitimación directa en las masas, debilitando las
mediaciones institucionales tradicionales. Esto, fue profundizado con la
Constitución de 1999: ella, debilitó la independencia de poderes.
Chávez, consolidó mecanismos de
control político - social, fue el caso de las “misiones”, ellas, controlaban
recursos, adicionalmente, se profundizaba el discurso polarizador. Chávez,
enfermaría de cáncer, los precios del petróleo bajarían, se observaba el
deterioro económico; comenzaban a verse cambios en la base política y social
del Chavismo.
Dicho esto, nos parece valioso,
tomar las categorías de Levitsky y Zibblat (“¿Cómo mueren las democracias?”);
en este texto, se demuestra que, las democracias hoy, no muren, por golpes
militares clásicos, sino, por procesos graduales de erosión interna, esto, por
actores que acceden por la vía electoral (Chávez) y luego, sobajan “las reglas
de juego” desde adentro.
Para estos autores, el colapso
democrático se intensificó por cuatro indicadores centrales del comportamiento
autoritario:
-
Rechazo, explícito o implícito, de las reglas
democráticas de juego.
-
Negación de la legitimidad de los adversarios
políticos.
-
Tolerancia o fomento de la violencia política
(Aquí complementa Keane: incluso, esa violencia, dosificada, ejemplarizante y
selectiva)
-
Disposición a restringir las libertades civiles,
especialmente de opositores o medios de comunicación.
A partir de estos indicadores,
los regímenes, pasan a ser híbridos o autoritarios, conservando elecciones,
pero vaciándolas de contenido competitivo. De hecho, al “hiperactivar el
electoralismo”, no importó fortalecer el pluralismo, sino justificar la
centralización del poder.
II
La transición del Chavismo al
Madurismo, no fue una simple continuación sino, una transformación de calidad
del proyecto político. Según eruditos, el Madurismo, implicó una profundización
de las alianzas “cívico” – militares – policiales, así como una deriva
autoritaria, más marcada que bajo Chávez.
Y es que, evidentemente: “Maduro
no era Chávez”: seamos claros: menos carisma (Por lo tanto: “más fe en la
fuerza”); menos legitimidad electoral, menos formación y “virtú” política diría
Maquiavelo. Como lo dirían Levitsky y Ziblatt, es la “normalización del
autoritarismo competitivo”. Desde la óptica económica, con Maduro: se
radicaliza el colapso del crecimiento, unido a la preservación de privilegios
de grupos cercanos al poder (Los militares), intensificando la desigualdad
extrema, no solo en materia de ingresos, sino, también, de acceso a bienes y
servicios, así como derechos básicos (Piketty).
En el caso de la teoría de Zygmunt
Bauman, lo que se daría es: “una modernidad política líquida”, caracterizada
por la precariedad institucional, la incertidumbre permanente y la
descomposición de vínculos sociales.
Entonces: en principio, se puede
hablar de Chávez – Madurismo, el segundo, requiere de la herencia del primero.
Pero luego, se distanciaría de aliados históricos, generando tensiones “en las
filas de los revolucionarios”.
Retornando a Petkoff, éste diría
que, el Madurismo “era un Chavismo degradado”, cosa en la que estamos
totalmente de acuerdo. Maduro, trataba de controlar más, por tanto, trataba de
reprimir más las libertades básicas: de los medios de comunicación, de los
opositores. En términos de Luhmann, el sistema político, se volvía cada vez más
autorreferencial; para Habermas: “el espacio público quedaba clausurado”; “la
comunicación política, quedó reducida a pura propaganda”. En lo que refiere a Meynaud, el régimen,
alcanza una politización total, donde la disidencia es criminalización.
En efecto, el Madurismo, mantuvo
formas electorales, pero sin contenido democrático (Petkoff); esto, quedaba
reforzado por la lectura de AD: la concentración absoluta de poder en el
Ejecutivo, convertía al Estado, en un instrumento partidario y represivo.
Maduro y su grupo, cometerán
errores, que, aumentarán la hiperinflación, la escasez y la migración masiva
(Internacionalización del conflicto); he aquí, lo que tanto los intelectuales y
políticos democráticos de Venezuela, señalarían como: los límites
estructurales, del mal llamado: “modelo Bolivariano”.
Dicho esto, podemos abordar el
tema del que estamos tratando, desde las Relaciones Internacionales: durante la
presidencia de Chávez, éste trató de concretar un reposicionamiento
internacional del país, esto por medio de alianzas con:
-
China.
-
Cuba.
-
Rusia.
De igual manera, creó el ALBA,
con lo que mezclaba:
-
Confrontación con los Estados Unidos.
-
Diplomacia petrolera.
-
Ideología.
Si vamos a la teoría de Celestino
del Arenal, estas acciones de Chávez, eran contestes con la evolución de su
régimen interno…
Bajo Maduro, la política exterior
venezolana, perdió capacidad de iniciativa, volviéndose defensiva, esto, como
fruto de las sanciones internacionales, aumentando su dependencia de los
aliados extra hemisféricos, esto mostraba el debilitamiento de la soberanía
efectiva del Estado Venezolano. Nos diría Bauman que: Venezuela se convertía en
un Estado, atrapado en una inseguridad estructural, dependiendo de alianzas
desiguales para sobrevivir.
Ese debilitamiento era alimentado
por: la migración masiva y, el aumento de la presión diplomática e imposición
de sanciones. El sistema internacional, denunciaba las violaciones del orden
democrático. La respuesta del régimen, fue la acusación de la intervención de
los Estados Unidos, promoviendo discursos de antiimperialismo y soberanía
(Ocultando, su control institucional, la manipulación comunicativa, el
legalismo autoritario y su represión selectiva).
Pero lo cierto es que sobre todo
lo expuesto, el régimen de Maduro, iba acumulando evidencia de relación con
redes criminales transnacionales, sobre todo, el llamado: “Cartel de los Soles”
(Al momento de redactar este análisis, en la acusación del Departamento de
Justicia a Maduro, se retira la referencia al “Cartel de los Soles”, como grupo
criminal en la acusación). Esto unido a los acuerdos entre el régimen y las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Esto demuestra lo que dice
Moisés Naím, sobre el tema del poder, legitimado por medio de redes de
estructuras no – Estatales.
Por ello, Estados Unidos, acusó a
Maduro y altos funcionarios de su gobierno, de narco – terrorismo desde el 2020
(Antecedente próximo de la invasión u operación estadounidense y el arresto de
Maduro). Esto, aceleró la deslegitimación internacional del régimen y la
ampliación del rol de los actores externos (Incluido el ejército de los Estados
Unidos).
Con toda esta palestra colocada,
Maduro, reforzaba sus lazos para sobrevivir en:
-
China y Rusia: quienes le daban apoyo económico,
financiero y político.
-
Cuba e Irán: actores que ofrecieron apoyo
político al régimen.
Todo esto,
todavía podía leerse desde un escenario de multipolaridad. Pero llegarían los
eventos del 3 de enero: en un primer abordaje, podemos decir lo siguiente:
-
Estados Unidos, ha ejercido una acción militar,
capturando a Maduro, para concretar los cargos que ya hemos mencionado.
-
En América Latina, las reacciones han sido
mixtas, lo que refleja entre otras cosas, las divisiones ideológicas en el
subcontinente.
-
Rusia y China: condenaron la acción como
violación del derecho internacional y de la soberanía.
Si vemos el arresto de Maduro,
desde los clásicos “Modelos de Allison”, encontraremos lo siguiente:
-
Indudablemente la acción de Estados Unidos,
busca maximizar sus intereses, reafirmando su hegemonía regional (Esto unido a
sus actos en Argentina, Honduras, El Salvador). He aquí: el modelo racional.
-
El ejercicio del poder militar antes mencionado,
puede enmarcarse en el modelo organizacional: la operación responde a
capacidades y rutinas del aparato militar.
-
Desde el modelo de política burocrática, no se
puede negar que hubo negociaciones internas y entre actores políticos.
Si complementamos esto, con la
Teoría de Toma de Decisiones de Alexander George, entonces:
-
Esta fue una toma de decisiones bajo condiciones
de crisis.
-
¿Se tomaron en cuenta riesgos geopolíticos?
-
¿El impacto en la competencia entre las grandes
potencias?
En otro orden de cosas, este
arresto plantea tensiones graves en Relaciones Internacionales y Derecho
Internacional:
-
Se estaría violando el principio de no
intervención con base en la Carta de la ONU.
-
Los Estados Unidos, se estarían escudando en las
acusaciones penales, pero ellas, no anularían la soberanía.
En términos geopolíticos:
-
Hay una interpretación y reinterpretación de la
“Doctrina Monroe” (Esto nos debe decir mucho a los costarricenses, pues ella,
no dejó de ser base de la invasión de William Walker a Centroamérica en 1856 –
1857).
-
Desde la Escuela del Realismo Político, ella,
sale gananciosa: la tesis del “respeto al Derecho Internacional”, es pura
retórica, lo que importa es la fuerza (Trump, dijo que, solo el ejército de
Estados Unidos, pudo haber realizado esta operación militar).
-
El tema del ajedrez mundial: ¿Cómo quedan las
potencias que apoyaron a Maduro?; ¿incidirá este evento, en la lucha por la
hegemonía internacional (entre, China, Estados Unidos, Irán y Rusia)?
Con esto claro, el arresto de
Maduro, no puede verse como un hecho aislado, ni tampoco, como un hecho aislado
de la política exterior estadounidense. Por ello, insistimos en una lectura
multidimensional: como hemos podido ver, tanto Chavismo como Madurismo, se
pueden ver desde sus semejanzas, pero también desde sus diferencias (Política
comparada).
Pero, además, de seguido, veremos
que, para muchos analistas políticos e internacionalistas, se concretan la
tensión, entre diversos enfoques:
-
Los normativos (Lo que “debe ser” la democracia,
“lo que deben ser”, las relaciones internacionales).
-
Los empírico – institucionales (¿Cómo funcionan
los sistemas políticos?)
-
Los enfoques críticos (¿Cómo opera el poder
real?)
La socialdemocracia y otras
fuentes del pensamiento social (Giner), sostienen que la democracia no es solo
política (No es solo procedimental), es decir: la legitimidad, es histórica,
simbólica y social. No es solo cosa de “técnica jurídica”.
Desde Habermas, el análisis
normativo, exige condiciones de comunicación, deliberación y reconocimiento.
Pese a ello, el Chavismo y el Madurismo, muestran los límites del idealismo
político. El poder, puede invadir el espacio comunicativo, vaciar las formas
democráticas, sin abolirlas.
Aún más, desde Giner y Habermas,
pese a los defectos del “Punto Fijo”, por medio de éste, se lograba una
concertación (¿Consenso?), sobre lo que se entendía por democracia, ella, con
las siguientes características:
-
Institucionalista.
-
Pluralista.
-
Racional – legal.
Pero de nuevo: Jesús Ibáñez
tendría razón: se llegaría al rompimiento, del discurso político y la
experiencia social. Entonces, el Chavismo:
-
Redefine el sujeto político: el Pueblo (Laclau y
Mouffe; para Bobbio, cuando el pluralismo se sustituye por una voluntad única,
la democracia se transforma en lo contrario).
-
Lo que es y será “la verdad política” (Dice
Keane: esto se logra por la saturación informativa).
-
Quien tiene autoridad para interpretarla: Hugo
Rafael Chávez Frías.
De este modo, trataría de volver
a resolver la complejidad política (Luhmann), pero por medio de la polarización
populista: Pueblo / enemigo: aquí es, donde la realidad – real, se distancia de
la realidad creada por el Chavismo.
Es Chávez el que crea la
realidad, su realidad; aquí es donde entra el formalismo legal de la
Constitución de 1999, ella, será el recipiente de la realidad Chavista. Todo en
el marco del liderazgo carismático (Weber). Al final, nos dice Sartori: “se
personaliza de manera extrema el poder, lo que, en realidad, va en contra de
una democracia constitucional”. El mismo Sartori, vería la Constitución de
1999, como: “una ingeniería constitucional al servicio del poder”. Krauze es
quizás más preciso: “se convierte el carisma en ley, se busca institucionalizar
el mito”. En este momento, desaparecen
los canales institucionales, el conflicto se radicaliza, se vuelve violento.
Con Maduro, esto cambiará (El
liderazgo carismático), una vez más: “ante la ausencia de carisma, aumento de
coerción”. Desde Bauman, el régimen entra en una fase de precariedad extrema,
la política se vuelve liquida, pero el tema es: “la calidad de esa liquidez”:
improvisada, reactiva. Desde Luhmann, esto es parte de la “auto referencialidad”,
perdiendo capacidad de aprendizaje.
Maduro y su grupo:
-
Negaron sistemáticamente datos empíricos
(Económicos y sociales).
-
Descalificaron el conocimiento experto.
-
Criminalizaron del disenso (Dice Enrique Krauze,
que, cuando el pueblo, se convierte en una entidad mística, la discrepancia se
transforma en herejía.).
Con esto reiterado, si regresamos
a las Relaciones Internacionales: estamos en lo que se conoce como: “Caso
Frontera”:
-
Había una democracia formal, pero no,
sustantiva.
-
El discurso Chávez – Madurista, hablaba de
soberanía, pero con el segundo, se perdía más.
-
El Derecho se esgrime, mientras se viola
selectivamente.
III
Si volvemos a la escuela de
Ciencias Políticas francesa, todo lo dicho, demuestra como el sistema
venezolano, deja de ser un sistema de partidos, para convertirse en un sistema
de dominación personal sostenido por coerción. Para Meynaud, es el colapso de un
Estado, que perdió capacidad de legitimarse interna y externamente. Desde
Sartori, el régimen avanza hacia una dinámica sin alternancia real, para
Bobbio: “las reglas existen, pero no se respetan”.
Entonces: el caso venezolano,
demuestra una tesis central de las Ciencias Políticas, a saber: sin partidos
representativos, no hay democracia; y cuando el poder se totaliza, deja de ser
garante, del orden, en realidad se convierte, en una de sus principales
amenazas.
Por otra parte, desde Norberto
Bobbio, la democracia no se define por sus fines declarados, sino, por las
reglas que permiten la resolución pacífica de los conflictos. Cuando esas
reglas se erosionan, a pesar de mantener las formas, la democracia deja de ser
tal. Venezuela, desde el “Caracazo”, hasta el arresto de Maduro, era: “una
democracia, sin garantías democráticas”. Esto, al contrario de aquella tesis
inicial de Rómulo Betancourt: el respeto al adversario, como condición mínima
de orden democrático. Por su parte, nos recordaría Enrique Krauze, que este
punto es clave: sin pluralismo real, la política degenera en mitología
redentora.
Y claro está, mucho más alejado
de la tesis de Rafael Caldera, en el sentido de “una ética de responsabilidad
frente al poder”; esto, nos recuerda a Bobbio una vez más: la democracia, no se
puede separar del Estado de Derecho. Krauze, nos dice que, esa ética de la que
hablaba Caldera, siempre está amenazada, esto por la tentación del caudillismo:
es decir, la creencia de que un hombre providencial, puede sustituir a las
instituciones.
Precisamente, ese Estado de
Derecho, daba, diría Sartori, un sistema de partidos funcional, la competencia
(Del grado que fuera), no buscaba destruir el sistema, sino, que lo sostenía.
En suma, como lo expresara una vez más, Bobbio: Venezuela, era democracia
procedimentalmente imperfecta (“Toda democracia es un proceso”, decía Rodolfo
Cerdas Cruz), pero operativa. Para Krauze, este fue un raro momento en la
historia de Venezuela, la idea era “desacralizar el poder”, sometiéndolo a reglas
e instituciones. En suma: con defectos, se trataba de romper con el ideal del
“caudillo redentor”.
En este ensayo, hemos pretendido
recorrer el camino, del ascenso de Chávez al arresto de Maduro, arresto que
demuestra: como un sistema político, termina rompiendo sistemáticamente su
Estado de Derecho (Bobbio); para Sartori, lo que hemos visto, es el colapso de
un sistema político, que destruyó sus propias bases de legitimación.
Una vez más si escuchamos a
Bobbio: “sin derechos, sin límites, sin reglas, no hay democracia, aunque haya
elecciones” …
Si escuchamos a Sartori: “sin
sistema de partidos funcional y sin pluralismo efectivo, el poder se
personaliza y degenera” …
Al regresar a Krauze, Chávez,
representaba “al redentor populista”, un líder que prometía “purificación
moral”, concentrando en su persona, la voluntad colectiva. Para este autor, el
populismo, va más allá de un estilo político (Laclau), es una teología secular
del poder, el líder es un intérprete exclusivo del pueblo: divide entre puros e
impuros (Lo que, desde la Teología del Antiguo Testamento bíblico, recuerda el
judaísmo de aquellos tiempos). Así, la política, se convierte en “una cruzada
moral”. Esto conduce a la sacralización del poder: el líder ya no gobierna,
redime.
Con Maduro, las cosas cambian: el
mito redentor se vacía, pero el aparato represor permanecía. Así, desde Krauze,
estaríamos con un ciclo final de un período clásico de populismo
latinoamericano: la caída del falso redentor y el descrédito del mito.
La pregunta es: ¿Se resuelve de
este modo el conflicto político estructural?: creemos que no. Desde la Teoría
de la Paz, Johang Galtung, distingue entre paz negativa (La ausencia de
violenta directa) y la paz positiva (Existencia de justicia social, legitimidad
institucional, resolución estructural de conflictos).
El Chavismo, se presentó como un
proyecto de paz positiva:
-
Justicia social.
-
Inclusión.
-
Reparación histórica.
Pero en los hechos, terminó
siendo un proyecto de paz negativa, derivando en autoritarismo:
-
Coerción.
-
Polarización.
-
Eliminación del adversario.
Este patrón, que hemos
identificado en otros análisis, transforma el conflicto social en narrativa
permanente. Así, esa narrativa, es o se convierte, en parte de la violencia
estructural, esto, porque se destruyen los mecanismos que permitirían la
resolución pacífica.
Chávez fue pues, un populista o
un neo populista de izquierda: él no canalizó las tensiones sociales, las
redefinió, como una guerra política permanente; el adversario (La oposición,
las oposiciones), ya no compiten, pasan a ser enemigo o enemigos del pueblo
(con lo que se cumple el segundo criterio que hemos mencionado de Levitsky y
Ziblatt).
Desde Galtung, el conflicto
político, pasa a ser conflicto cultural (El riesgo de este postulado, es que
pueda ser confundido con las categorías del marxismo cultural o de sus
detractores); lo que quiere decir es, que los lenguajes, los relatos, los
símbolos, justifican la exclusión.
De nuevo, como hemos dicho en
otros análisis, aquí, la comunicación política, no se usa para des escalar el
conflicto, sino, para mantenerlo activo: la polarización funciona: “si
polarizo, me mantengo en el poder”, el problema es que, en términos de paz,
esto impide una transición hacia una paz positiva: el conflicto, se convierte
en recurso político.
Esta es la herencia de Chávez a
Maduro: un sistema polarizado, pero “el carisma no se hereda”; por ello: la
hegemonía del Chavismo en el conflicto, se pierde con la llegada del Madurismo:
el poder no se legitima (Ni con demagogia); sino, que se impone.
Entonces con Nicolás, se
intensifica la violencia directa y estructural (Galtung):
-
Represión.
-
Persecución política.
-
Deterioro de los derechos sociales.
-
Colapso económico.
Por otro lado, ya hemos dicho
que, con Chávez, el “deber ser” de la paz positiva, pasó en “el ser” a ser paz
negativa. Con Maduro, ella, es más frágil, más cotidiana: retornando a Krauze:
“Chávez es el redentor, pero, Maduro se convierte en el ‘administrador del
miedo’”. Aquí, es donde hacemos un aporte clave en el análisis: cuando el
populismo o neo populismo, pierde legitimidad social, aumenta su agresividad
discursiva e institucional.
Así las cosas, una vez más: el
arresto de Maduro, no lleva a la transición hacia la paz, pero por ahora, se
estaría cerrando un conflicto mal gestionado, lo que queda por delante es:
-
Escenario 1: que no pase nada, es decir, que se
reproduzca el conflicto existencial.
-
Escenario 2: que se reconstruyan las
instituciones capaces de transformar el conflicto, en competencia democrática.
De seguido, se debería, despolarizar el espacio público, restituyendo la
legitimidad institucional, como condición para una paz duradera.
En suma, desde las teorías del
conflicto y de la paz: ella, no puede darse sin instituciones, sin justicia,
sin pluralismo, sin conflicto productivo (El propio de la política, diría
Duverger) …
IV
Reiteremos: Rafael Caldera, desde
el socialcristianismo de COPEI, decía que ella, era una ética de
responsabilidad, frente al poder. Pero también hemos visto cómo Teodoro
Petkoff, señalaba que, con el ascenso de Chávez: la derrota de AD y COPEI, no
era solo política, era ética.
Por su parte, nos recuerda a
Bobbio una vez más: la democracia, no se puede separar del Estado de Derecho.
Krauze, nos dice que, esa ética de la que hablaba Caldera, siempre está
amenazada, esto por la tentación del caudillismo: es decir, la creencia de que
un hombre providencial, puede sustituir a las instituciones.
Esto, nos lleva a los fundamentos
ético – políticos del poder: en este punto abrazaremos:
-
La Doctrina Social de la Iglesia Católica.
-
La reflexión teológico política del catolicismo
contemporáneo.
Para ello, debemos reiterar que,
particularmente en América Latina, la tradición cristiana ha influido,
históricamente en la cultura política (Pablo Deiros, Enrique Dussel, Pablo
Richard); desde la reflexión teológico política, además, los Papas, no son solo
figuras religiosas, sino, que tienen un rol político, desde la estructura de la
Santa Sede.
Así las cosas, desde Juan XXIII, hasta
León XIV, los Papas, han tenido una teología política crítica del poder
absoluto. Esto los lleva a la compatibilidad con la democracia constitucional
(Duverger); el pluralismo y la resolución pacífica de conflictos.
Ya hemos visto las definiciones entre
paz negativa y paz positiva de Galtung, esto embona con las tesis de Juan XXIII
en la Encíclica “Pacem in Terris” (1963). Aplicado al caso venezolano, el
Chavismo invocó retóricamente el tema de “la justicia social”, pero luego
debilitó los derechos civiles, la independencia judicial y la legalidad
institucional.
Desde la óptica de Juan XXIII, al
final: Hugo Rafael Chávez Frías, negó estructuralmente la paz, pues ningún
proyecto político (De derechas o izquierdas), puede justificarse, si sacrifica
la dignidad humana y los derechos fundamentales en nombre de la categoría de
“pueblo”.
Aquí hay un puente, con lo dicho
por Bobbio: sin derechos, sin reglas garantizadas, no hay democracia, no hay
paz. La concentración del poder, la erosión del pluralismo político venezolano,
cae en contradicción con una dinámica de paz auténtica.
En el caso de Pablo VI, en la
Encíclica: “Popolorum Progressio” (1967), se introduce una noción central para
las Ciencias Políticas, las Relaciones Internacionales, la Doctrina Social de
la Iglesia y los modelos de Teología Histórico – Crítica y la Teología
Latinoamericana de la Liberación.
Esa noción es: “El desarrollo es
el nuevo nombre de la paz”. Esta afirmación, conecta directamente, con las
categorías de la teoría del conflicto estructural: la pobreza, la exclusión, la
desigualdad, no son solo problemas sociales, son fuentes de conflicto
permanente.
El Chavismo se presentó como un
proyecto de justicia social, de desarrollo inclusivo, pero para Pablo VI, el
desarrollo debe ir más allá de discursos, debe ser promoción integral de la
persona (Libertades políticas, participación y responsabilidad institucional).
En esta línea, hemos dicho que,
los neo populismos tienden a reducir la política social, a un instrumento de
control simbólico, debilitando las capacidades autónomas de la ciudadanía. En
términos del Papa Montini, esto no construye paz, sino, dependencia y conflicto
latente, pues el desarrollo sin instituciones sólidas se vuelve insostenible.
Con Juan Pablo II, la teología
política, adquiere un énfasis, en la libertad como núcleo de la dignidad
humana. En la Encíclica, “Centesimus Annus” (1991), el Papa polaco advierte que
los sistemas políticos que sacrifican la libertad en nombre de la justicia
social, terminan produciendo nuevas formas de opresión.
Está crítica es altamente
pertinente en el caso venezolano, ningún proyecto histórico (El Chávez –
Madurismo), no puede absolutizarse, el Estado no puede convertirse en
conciencia moral, ni presentarse como redentor colectivo (Pero ya hemos visto
desde autores como Weber, que la persona, el carisma, es la que sustituye la
moral, la redención, el Estado). Aquí el intercambio con Krauze es claro, es
directo: el populismo redentor, transforma al líder, en mediador entre el pueblo
y la historia. Esto es, anulación del pluralismo.
Desde la teoría del conflicto de
Juan Pablo II, la paz solo es posible, si es gestionada por medio de la verdad
y el reconocimiento del otro, como sujeto libre (Eco de Bobbio); la
polarización radical del Chávez – Madurismo: “pueblo versus enemigos”, destruye
la base moral, convierte, ya lo hemos dicho, el conflicto político en “una
cruzada moral total”, incompatible con la paz democrática.
En el caso de Benedicto XVI, en
tanto “Papa Teólogo” por excelencia, hizo una crítica sofisticada al poder
político, desvinculado de la razón ética. Al estudiar “Cáritas in Veritate”
(2009), se ve que la política sin verdad, degenera en voluntarismo; y la
justicia, sin instituciones racionales, se convierte en arbitrariedad.
Desde estos lentes, el Chávez –
Madurismo, es una patología del poder: hemos visto que, ese presunto proyecto
político, pasó por el liderazgo carismático, llegando a la coerción descarnada,
es decir, ya no había carisma ni legitimidad social: lo que quedaba era la
instrumentalización del Derecho (Lo que nos hace recordar a Marx, aunque este
sea distante de Ratzinger – Benedicto XVI: el Estado, el Derecho y la
Ideología, son parte de la súper estructura económica).
Benedicto XVI, advierte que, cuando
la política pierde su vínculo con la razón, y el Derecho, el conflicto se
vuelve permanente y la paz se torna imposible. Evidentemente, estas tesis,
coinciden con nuestro análisis sobre la fase terminal del neo populismo: al
perder aceptación, el régimen intensifica la polarización y el control
profundiza el conflicto, éste ya, como mecanismo de supervivencia (Diría Keane:
esta es la fase de una “dictadura adaptativa del siglo XXI”). Desde Benedicto
XVI, esto es un signo de crisis moral del poder, no solo institucional.
Yendo de nuevo al arresto de
Nicolás Maduro, hemos tratado de dibujar algunos escenarios, cuando menos, con
trazos gruesos, pero lo cierto es que, si tornamos una vez más a Niklas
Luhmann, lo que está pasando es que aumenta la incertidumbre.
Desde la Teología Política
Contemporánea, este momento, no se puede interpretar como el triunfo de un
bando (El que podríamos denominar de “la nueva derecha”, con la politóloga
argentina, Antonella Marty).
Si se quiere, desde la Doctrina
Social de la Iglesia, se puede abrir una palestra para reconstruir un orden
político justo. Juan XXIII, exigiría restaurar los derechos; Pablo VI,
reorientar el desarrollo hacia las personas; Juan Pablo II, garantizar la
libertad y Benedicto XVI, recomponer el vínculo entre: razón, derecho y
política.
En convergencia con Bobbio,
Krauze, nosotros y Sartori, estas perspectivas, acuerdan en un punto
fundamental: no hay paz sin pluralismo, no hay justicia sin instituciones; y no
hay política legítima, sin límites al poder.
Así las cosas: Venezuela continúa
con una crisis de gobierno, continúa con una crisis ética del poder (De hecho,
el Chávez – Madurismo, no fue totalmente descabezado): la pregunta es común y
clave: ¿Cuál será el desenlace?: trataremos de decirlo de manera elegante:
decía el politólogo costarricense, Rodolfo Cerdas Cruz: “La Ciencia política es
buena para diagnosticar, pero, mala para predecir”. Lo cierto es, que hay una
dependencia de la capacidad de transformar el conflicto destructivo, en competencia
democrática y reconciliación política.
En el caso del Pontificado de
Francisco, se da un giro decisivo en la Teología Política Contemporánea, se
avanza de las tesis ya expuestas de Benedicto XVI (Orden institucional), hacia
la ética del conflicto social, del pueblo y de la paz, como proceso histórico.
En la Exhortación Apostólica:
“Evangelii Gaudium” (2013) y en la Encíclica “Fratelli Tutti” (2020),
Francisco, dice que el conflicto, no debe negarse ni absolutizarse, sino,
asumirse, transformarse y resolverse en el plano superior. Esto, nos hace
regresar a las ideas de Galtung, pero suma una dimensión política clave: en el
numeral, 244 de “Fratelli Tutti”, se dice que: el conflicto, no se puede
ignorar, ni disimular, pero de quedar atrapados en él, se pierden las
perspectivas y los horizontes se cierran.
Bajo estas ideas, en efecto
(Volvemos a Krauze), el Chávez – Madurismo, sacralizó el conflicto. Éste fue
identidad política permanente; con ello, era imposible una nueva síntesis
democrática (Álvaro Montero Mejía); Francisco, expresaría, que esto rompe “la
amistad social”, condición básica, para la paz política.
Repetimos: en otros análisis,
hemos dicho que, los neo populismos, necesitan la polarización permanente, en
esto, coincidimos con el Papa argentino, el liderazgo que divide
sistemáticamente al pueblo, no construye justicia, sino dominación (Que desde
la Teología Histórico – Crítica, implica, una política y una economía egoístas
y una cultura opresiva).
Asimismo, uno de los principales
aportes de Francisco, es la distinción entre pueblo y populismo: contrario a
los liderazgos redentores analizados por Krauze, Francisco, dice que el pueblo
no es, un bloque homogéneo, sino una realidad: conflictiva, histórica y plural.
En “Fratelli Tutti”, el Papa Bergoglio,
advertía explícitamente contra el uso demagógico del pueblo, cuando este se
convierte en un instrumento de poder: la interpretación personal de los
populistas, lo reducen a una categoría ideológica.
Como es lógico, esta crítica es
totalmente aplicable al Chávez – Madurismo, tanto Hugo Rafael, como Nicolás,
convirtieron al pueblo, en fundamento místico del poder, anulando a la
ciudadanía plural. Desde Bobbio, esto destruye la democracia procedimental,
desde Sartori, rompe la competencia legítima, a lo que complementa Krauze,
reinstala el mesianismo; remataría Francisco: niega la fraternidad política.
Francisco, en la línea de Pablo
VI, insiste: no hay paz, sin justicia social. Pero, tampoco hay justicia sin
instituciones; esta doble afirmación es clave en el caso de “la tierra de
Bolívar”: con Chávez, puede decirse que, inicia la erosión de la
institucionalidad democrática, pero ella colapsa en manos de Maduro, de ahí, la
injusticia estructural (D.H. Cámara) y la violencia política, esta es la máxima
negación de la paz (Galtung).
Desde esta óptica, volvemos a
decir: el arresto de Maduro, no es equiparable a la reconciliación. Francisco
fue claro: “la paz, no es revancha ni castigo”; es reconstrucción del tejido
social, que debe cubrir:
-
Verdad.
-
Justicia.
-
Diálogo político real.
Esto se encarna en la categoría
de “justicia transicional”.
En el caso de León XIV, nos
parece fundamental, el análisis que realiza el sacerdote – periodista, Mateo
González Alonso:
-
El Papa, es fiel al estilo diplomático del
Vaticano, sin nombres, ni referencias, en sus declaraciones.
-
El Pontífice, es estadounidense – peruano y su
Secretario de Estado, Pietro Parolin, sirvió en Venezuela, al equipo se suma:
Edgar Peña Parra: primer venezolano en ser Nuncio (Embajador del Vaticano),
actualmente, parte de la Secretaría de Estado.
-
El Papa usa la clave del “bien común del
pueblo”, para leer la coyuntura.
-
Para lograrlo se debe reconocer la dignidad
humana (Para decirlo de algún modo, incluso la de Maduro).
-
En pro de ese “bien común del pueblo”, no solo
se deben recorrer los caminos de la paz, se debe garantizar la soberanía del
país (Cosa que por ahora no es así, Trump, ha dicho que, prácticamente, Estados
Unidos, gobernará Venezuela).
-
Precisamente en este tema de la soberanía, es
que las estructuras partidarias de la Escuela Idealista, están haciendo presión
(La ONU).
-
La mención de la categoría de Soberanía, es una
crítica de León XIV a Trump, pero también es una categoría clave para el
futuro, que ya sabemos es incierto en Venezuela.
Ahora, demos un paso más:
abordemos el tema, desde la Teología Latinoamericana de la Liberación, para
ello, asumiremos desde la teoría hacia la praxis (Al contrario de la
recomendación de ese modelo teológico), dos obras claves del filósofo argentino:
Enrique Dussel:
-
Ética de la Liberación.
-
Política de la Liberación.
Iniciamos con una idea clave de
la Teología de la Liberación, América Latina, está marcada por la pobreza
estructural, la exclusión política y la dependencia internacional; desde este
contexto, Dussel, genera una ética desde las víctimas del sistema, no desde el
poder constituido.
En el libro: “La Ética de la
Liberación”, Dussel sostiene que la legitimidad política, no se origina en el
procedimiento, ni en el carisma, ni siquiera en la legalidad formal, sino, en
la capacidad del sistema político, para producir una vida digna, de los sujetos
históricamente oprimidos. Cuando el sistema deja de hacerlo, pierde legitimidad
ética, aunque tenga formas jurídicas.
En el caso del país suramericano
que nos ocupa, esta tesis, permite una lectura crítica en doble dirección:
A) “El Punto Fijo”, pese a sus
logros democráticos, fue éticamente incompleto, pues no logró integrar
plenamente a los sectores populares que quedaron excluidos, de ahí, la crisis
de legitimidad histórica (En esto coincide con Petkoff).
B) El Chavismo, aunque se
presentó como liberación de los excluidos, terminó traicionando el principio
ético fundamental de la Teología de la Liberación: “la vida concreta del
pueblo, fue sacrificada en nombre del poder”.
Desde el Marxismo, Dussel
expresa: “Todo poder que se absolutiza, incluso en nombre del pueblo, se
convierte en fetiche”; aquí es donde se cruza el filósofo argentino con Krauze:
“El Chavismo encarna el fetichismo del poder redentor”; complementaría Dussel:
“desde una retórica de liberación”.
Para Dussel, esta es la forma más
peligrosa de dominación: “se legitima moralmente, pero destruye materialmente
la vida social”. Esto nos hace retornar a su vez, a la Teología Histórico –
Crítica (Borg y Crossan): “se fortalecería la cultura opresiva, que alimentaría
a la política y a la economía egoístas”.
En su libro: “Política de la
Liberación”, Dussel, introduce una distinción clave que diferencia el ciclo
Chávez – Maduro:
-
“Potentia”: Poder que emerge del pueblo como
comunidad viva.
-
“Potestas”: poder institucional delegado,
siempre revocable.
El problema del Chavismo, no fue
solo institucional, fue ético – político: la “Potestas”, se independizó de la
“Potentia”: esto fetichizó a la primera: el liderazgo carismático de Chávez y
el poder coercitivo de Maduro, dejaron de derivar de la “Potentia”, comenzaron
a hablar en su nombre: regresando al Marxismo: “ideologizaron la Potestas”.
Esto nos hace coincidir con el
marco teórico aquí presentado, de las Ciencias Políticas y la Doctrina Social
de la Iglesia:
-
Sartori: colapso de la democracia competitiva.
-
Bobbio: destrucción de “las reglas de juego”.
-
Habermas: clausura del espacio comunicativo.
-
Francisco: absolutización del conflicto.
-
Quien esto escribe: Neo populismo como sustituto
de la representación.
Y quizás, desde Dussel, el
diagnóstico sea más radical: el régimen se volvió éticamente ilegitimo, incluso
antes de volverse autoritario: para ser precisos, ya en la etapa final de
Chávez y todo el periodo de Maduro, se dejó de garantizar la reproducción
material de la vida (Alimentación, migración forzada, salud).
Por otra parte, no deja de
sorprendernos (Cosa de mantener el asombro), el que ciertos analistas
históricos y políticos, sean indulgentes con el tema del populismo (En este
caso de izquierdas). Dussel, es claro en señalar que: “el liderazgo por
aclamación, cambia la deliberación y ya abandona la dinámica propia de la
política” (En esto coincide con Duverger).
Así, el populismo Chávez –
Madurista, cayó en una lógica plebiscitaria, ella ligada al culto al líder (La
sacralización del líder diría Krauze; “Estalinización”, definiría M.
Gorbachov); unida a la identificación del pueblo como un sujeto único: al
final, se destruyó la pluralidad, condición básica de la política.
En esto Dussel converge con
Laclau, pero también se distancia de él, críticamente:
-
Coinciden en la construcción histórica del
pueblo (A ello se uniría Francisco desde la Teología del Pueblo).
-
Laclau habla del escenario de la captura del
pueblo por un líder redentor. Aquí es donde Dussel se distancia.
En el caso venezolano, el pueblo
fue redefinido como:
-
Lealtad política.
-
Identidad ideológica.
-
Dependiente material del Estado (En esto
insisten autores de derecha con tenacidad).
Desde “La Ética de la
Liberación”, esto es una forma de violencia estructural (Teorías del conflicto
y la paz), porque niega la autonomía del sujeto popular. En este contexto, si
la fase Chavista, fue el poder fetichizado, la fase Madurista, fue la manifestación
terminal del fetiche.
El poder ya no se podía
legitimar: ni ética, ni simbólicamente: es Maduro, ejerciendo la coerción
sistémica. El escenario de esa coerción es:
-
Hiperinflación.
-
Colapso sanitario.
-
Migración masiva.
-
Criminalización del disenso.
Desde las categorías del filósofo
argentino de la liberación, estas son las consecuencias de la negación directa
de la vida; en términos de legitimidad ética, “el medidor le marcaba a Nicolás
Maduro”: 0.
Esto nos lleva a un cruce con
Galtung: no solo hay violencia directa, hay violencia estructural (Esto a su
vez, embona con las categorías propias de Dom Hélder Cámara) y como lo exponen
Borg y Crossan, hay violencia (Dominación) cultural.
Desde la Teología de la
Liberación, este fracaso, va más allá de lo político, “los que decían liberar,
fueron parte del pecado estructural” (Pablo VI); el sistema Chávez – Madurista:
“proclamaba la vida, pero, producía la muerte social”.
Véase que, Dussel, no propone la
sustitución de la democracia liberal (Lo que sería propio del Marxismo
clásico), sino su radicalización ética (Lo que coincide con lo que
recientemente ha propuesto el teólogo de la Liberación, Juan José Tamayo).
Esto, de nuevo, coincide con el marco de las Ciencias Políticas y de la Doctrina
Social de la Iglesia, aquí propuesto:
-
Bobbio: reglas.
-
Sartori: competencia.
-
Habermas: deliberación.
-
Francisco: fraternidad.
-
Quien esto escribe: representación real.
La salida del conflicto
venezolano desde la Teología de la Liberación exige:
-
Reconstrucción institucional desde las víctimas.
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Democratización real del poder
(Democratización real de “la Potestas”. A esto, hay que unir, una tesis de la
Ciencia Política moderna, reforzada por Moisés Naím: el poder, ya no se ejerce
exclusivamente desde el Estado).
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Paz como justicia material, no solo ausencia de
violencia (Esto se une al concepto de democracia social, del socialismo
democrático y el socialismo cristiano).
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Rechazo definitivo al redentorismo político.