REFLEXIÓN DE ADVIENTO.

 

REFLEXIÓN DE ADVIENTO.

Ocean Castillo Loría.

 

I

 

Desde el 27 de noviembre, hemos iniciado un nuevo año litúrgico, esto con el tiempo preparatorio para la Navidad, que es el Adviento. Esta preparación debe darse con un importante énfasis en la oración. Nótese que de lo que se trata es de buscar el verdadero sentido de la navidad en el silencio de la meditación.

 

Este tiempo no es solo recordatorio histórico del nacimiento del niño Jesús, es una llamada a mantenernos vigilantes ante la segunda venida de Cristo. Esta venida, es punto alto de este tiempo inaugurado por Jesucristo mismo, y anunciado por los profetas. Es un recordatorio de que con Jesús nos unimos en la gloria por venir.

 

En este tiempo, pedimos a Dios su manifestación en medio de su pueblo, en medio de sus problemas y dificultades, es por ello que cantamos con el salmo: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

 

Se nos recuerda que tenemos un compromiso con quienes comparten nuestra fe, del mismo modo, debe tenerse presente que Cristo viene constantemente a nosotros, en aquellos que aceptan su señorío, en la fuerza y sabiduría que nos imparte, en la misma oración.

 

Pero Jesucristo también viene cuando se manifiesta la justicia y la esperanza, para aquellos que sufren de injusticia y desesperanza, para aquellos crucificados en nuestra historia. Y es que, si las y los creyentes manifestamos su Espíritu, somos las manos y los pies de Jesús que está al servicio del mundo.

 

Pero para ser sus manos y sus pies, debemos estar despiertos, despiertos para no caer en el desánimo, para resistir la corrupción y la tentación del maligno, ya lo decimos en el Padre Nuestro: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.

 

Este tiempo, es momento para Cristificarnos, para encarnar a Cristo, ya lo dijo San Pablo: “Vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí”. Para cumplir este ideal debemos permitir que Jesucristo se adueñe de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestra vida entera. Jesús llama a poner en práctica lo que dice.

 

Cristo no enseña un conocimiento, no muestra una teología, nos invita a hacer la experiencia que él vivió. No basta invocar a Jesucristo como expresión solemne de fe: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor! Entrará en el Reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo” (Mateo 7: 21)

 

¡Cómo hemos olvidado que el verdadero seguidor o seguidora de Jesús es el que realiza buenas obras como fruto de su fe!

 

 Hoy es fuerte el desafío, porque dondequiera volteamos, lo que predomina es el egoísmo y la injusticia individual y social. Precisamente, es el que practica la justicia social por medio de obras de amor cristiano, quien se consagra como el que encarna al Señor.  

 

Cristificarse, trata de confiar al grado de abandonarnos sin apoyarnos en nuestros pensamientos y fuerzas, entregándonos a la palabra y al poder de Cristo. He aquí un desafío de humildad a nosotros, que gracias al avance científico y tecnológico somos cada vez más prepotentes.

 

Hoy más que nunca la humanidad debe reconocer que las respuestas de la ciencia, la economía o la política, son insuficientes para salir adelante, se necesita de la Palabra de Dios. Hoy más que nunca, la humanidad necesita del fuego que Jesucristo ha encendido en los corazones de quienes le aman y le siguen.

 

Los sabios y los entendidos creen saber, pero el conocimiento humano ignora lo más importante. El dios del que hablan no es más que una sombra del verdadero Dios, Dios que se manifiesta en Jesús y que debe manifestarse en nosotros.

 

El llamado en este tiempo, es un llamado universal: el mundo entero está cobijado por la promesa de un reino de paz, este reino es lo que comienza a construir Cristo con su primera venida y que, tendrá su culminación en su regreso. Ya lo dice el salmo: “den gracias al Señor porque es bueno… que lo digan… los que reunió… del este y oeste, del norte y sur”.

 

Cuando se habla de paz en el Reino de Dios, se habla del bienestar de los seres humanos. Este es un buen momento para pensar como nuestras sociedades buscan la satisfacción de las necesidades de sus habitantes, este es un buen momento para señalar que aquellas colectividades que tienen como prioridad la guerra, están lejos del Reino de Dios.

 

Este es un buen momento para reflexionar sobre el grado de seguridad en nuestros campos y ciudades. Resulta lamentable que en sociedades que se consideran cristianas, lo que gobierne es el miedo y la violencia. Si las y los creyentes, manifestamos a Jesucristo como la luz del mundo, por ende, debemos procurar ser constructores de la paz.

 

Se nos recuerda en adviento que Jesús es el llamado a establecer un gobierno de justicia, que tiene como frutos la paz y la armonía. Para lograr un gobierno de este tipo se requiere el poder y la asistencia de Dios que capacita para gobernar. En Cristo se encuentra la sabiduría necesaria para gobernar sobre la humanidad. Este conocimiento va más allá del ámbito intelectual. Implica el reconocer el señorío de Dios en la vida y en la conducta personal. Hoy, nuestros gobernantes deben pedir la presencia de Jesucristo en sus corazones, para poder gobernar conforme a la voluntad de Dios.

 

Solo de esta manera, quienes tienen el poder político podrán asegurar un orden social justo y defender el derecho de los marginados. Jesús encarna justicia y rectitud. Sea este el modelo de aquellos que deben guiar los destinos de la humanidad.

 

Dicho modelo presenta gran claridad en los objetivos de un gobierno justo: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver; para despedir libres a los oprimidos” (Lucas 4: 18)

 

Este ejemplo de gobernante tiene plena conciencia del derecho de los débiles a vivir; y el que la justa distribución de la riqueza permite a todos, el derecho básico al alimento. Está en nuestras manos el construir el Reino de Dios. No basta con orar por nuestros gobernantes. Debemos poner nuestros mejores esfuerzos porque nuestros países sean más igualitarios, justos y solidarios.

 

En adviento se nos presenta la oportunidad de recordar que la fuerza del evangelio transforma a los seres humanos, y los lleva a Cristo que es la verdad, y esa verdad, ese santo nombre de Jesucristo, derrota a Satanás:  nuestro enemigo, padre de la mentira, de la falsa libertad y del ídolo de las riquezas materiales.

 

Los que aceptan a Jesús, saben que Él es la gran riqueza. Por medio de Él, Dios salva a la humanidad. Por eso quienes creen, abrazan la salvación, porque vivir en Cristo, es experimentar la vida eterna.

 

El tiempo de adviento es tiempo de evangelizar, pero evangelizar significa que las y los creyentes en Jesucristo, debemos ser capaces de sanar a los seres humanos de sus opresiones. Por ser testigos de la buena nueva, debemos dar gracias a Dios, quien nos capacita para llevar su salvación.

 

Evangelizar es animar, reconfortar, levantar la moral de la gente. Nuestros pueblos necesitan consuelo, ser reanimados en la esperanza. No debemos esperar signos extraordinarios, pero si debemos dar razones para vivir y para confiar en Dios.

 

Lo hemos dicho y lo repetimos, los que aceptan a Jesús saben que Él es la gran riqueza. No hay nada que envidiar a aquellos personajes que tuvieron su adviento, desde los Patriarcas hasta los profetas. A nosotros nos ha tocado lo mejor: la encarnación del Hijo de Dios. Y puesto que nos ha tocado lo mejor, el adviento es tiempo de gozo, gozo que no es alegría pasajera, porque brota del corazón.

 

 

II

 

 

Por medio de Cristo la humanidad se reconcilia, y se reconcilia porque este Jesucristo que esperamos, es buen pastor que cuida sus ovejas: “Como pastor pastorea a su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Isaías 40: 11)

 

 Este Jesús que esperamos, es el anfitrión que nos invita a ser homenajeados en un gran banquete, que es su Reino, con lo que se muestra su amor y fidelidad.

 

Nos ha tocado lo mejor, Cristo es copa y mesa, nos unge con su Santo Espíritu, nos permite vivir la resurrección desde ya, en comunión con el Padre. Este Jesucristo que esperamos, aniquila la muerte, para vivir la comunión con Dios para siempre.

 

Nos ha tocado lo mejor, quien esperamos, nos permite compartir el banquete de su Reino como una sola comunidad de hermanas y hermanos, sin distingo de raza o procedencia religiosa, porque quien esperamos, que repetimos, es buen pastor, padece con nosotros nuestras limitaciones.

 

Es por ello que con toda propiedad podemos cantar en este tiempo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

 Dios nos salva de la muerte y nos resucita, elige a los pobres y despreciados por este mundo, para llevar adelante su Reino.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Dios nos ama, nos escucha y es nuestra salvación.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Confiamos en ti, en medio de los peligros.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

El Señor es nuestra luz y nuestra salvación.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

En medio de las luchas de esta vida, no nos desanimamos, porque tenemos esperanza en ti, porque nos reservas la victoria en medio de esta lucha.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Que las luchas, las pruebas y las tentaciones, no nos hagan olvidar que nuestro objetivo es estar junto a Dios.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Permite que comprendamos las inmensas riquezas del corazón de Jesús, para que tengamos en Él, un lugar de refugio, donde siempre podamos estar.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

“Es tu rostro Señor lo que busco”.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Confiamos sin temor. Aunque nos abandonen hasta los más íntimos, el Señor nos recibirá.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Eres amparo y refugio.

 

“Bendito el que viene en nombre del Señor”.

 

Eres defensor, padre y madre.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Que se acerquen a ti, aquellos que entre tropiezos y con desesperación, te buscan cargados de su pecado.

 

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

 

Este es tiempo de espera, pero esa espera debe fortalecernos en valentía y esperanza.

 

Esperanza, porque el que está por venir, ha vencido los poderes del mal y de la muerte.

 

El Hijo del Hombre nos da su paz y no como la da el mundo, Él nos alimenta con su palabra y con su mismo cuerpo hecho pan, pan que nos alimenta con la vida eterna. Es por ello que podemos ser sus testigos ante la gente.

 

Este es tiempo de espera, un buen momento para alabar a Dios. Él es el dueño del universo.

 

Es un tiempo para reflexionar sobre como poner nuestras virtudes al servicio de la humanidad. Quien sigue a Cristo, debe consolar a la humanidad herida y trasmitir el mensaje del llamado de Dios.

 

Debemos continuar la obra misericordiosa de Jesucristo, entre aquellos que fueron sus beneficiarios, los marginados de la sociedad. A estos debe dirigirse la acción de la iglesia. Aquí está la verdadera credibilidad de la comunidad creyente.

 

Jesús viene a consolarnos. Consolarse no es resignarse, es cobrar ánimo para seguir adelante en la misión que nos ha encomendado. Debemos cumplir esa misión a pesar de las dificultades.

 

 Nosotros ya hemos sido testigos de la misericordia del Señor, es por ello que también le suplicamos su ayuda y tenemos plena conciencia de la paz que nos otorga, y la plenitud de sus bendiciones.

 

Por tal razón, podemos compartir la buena nueva de la venida de Cristo. Buena nueva que significa ir mostrando la vida y obra de Jesucristo, buena nueva que es la posibilidad de cambiar en lo más profundo de nuestro ser.

 

Este cambio implica un camino, un tránsito, un andar, y esa acción es un volver a Dios. Así como Juan el Bautista predicó en el desierto, nosotros debemos recorrer el desierto de nuestra vida en busca de Dios. Solo de esta manera, viviremos nuestra liberación. Adviento es tiempo de hacer conciencia y preparación. El adviento es tiempo de decantar nuestra actitud de cara a la venida del Mesías, donde se manifestará su gloria.

 

El tiempo de la dominación del pecado ha terminado, Dios nos conduce a la libertad por medio de su Hijo. Esto es lo que debemos proclamar a quienes desconocen esta maravillosa noticia. Debemos proclamar que, aquel que viene pagará nuestras culpas. Por aquel que viene somos perdonados. Es por esto que reconocemos a Dios como Dios.

 

Debemos proclamar que con Jesús viene una salvación que une al cielo con la tierra, que une a Dios con el ser humano. Cristo es plenitud de Dios en la tierra. Jesucristo inaugura una obra de la que, como ya hemos dicho, somos parte.

 

Esta unión del cielo con la tierra, tiene como signo la encarnación de Jesús en María, su madre. Por este acto es que confiar en Dios significa confiar en el ser humano. No se puede amar a Dios sin amar al hombre.

 

Por eso, a pesar de la profunda crisis y sinsentido en que vive el mundo, podemos decir: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. Dios es salvación que se acerca y Gloria que habita en nuestra tierra. Es claro que debemos esperar y tener esperanza hasta el tiempo de la gran manifestación de nuestro Salvador.

 

Seguimos insistiendo, esta espera, no puede ser pasiva, si vivimos en santidad podemos facilitar el regreso de Cristo. Nuestra misión es que el mundo camine por sendas de honestidad, paz y reconciliación.

 

Así las cosas, podemos cantar a Dios un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. La senda de nuestra liberación queda marcada por la venida de Dios hecho hombre Jesucristo, y por su resurrección.

 

En este tiempo de las comunicaciones, estamos invadidos por la palabra y por las palabras, pero la que debemos buscar es la palabra de Dios y esa palabra, es de compromiso, esperanza y amor.

 

El centro de esa palabra es Jesús. Por medio de Él, Dios está con nosotros. Por medio de Él, Dios nos salva. Cristo lo deja todo para venir a salvar a sus preciados hijos e hijas: la humanidad entera.

 

Es gracias al amor que Dios nos tiene, que nos elige, así lo explica San Pablo a los Efesios. Este llamamiento y elección, nos debe orientar a la santidad. Este tiempo de adviento debe hacernos recordar que, por la gratuidad de Dios, somos el “nuevo Israel”, pueblo de Dios.

 

Y es como Pueblo de Dios, que debemos, como lo hizo María ante el anuncio del ángel, alegrarnos con verdadero júbilo: Dios viene entre su pueblo. El Espíritu Santo desciende sobre María, lo que la hace madre de Jesucristo y es por ese mismo Espíritu, que la comunidad de fe es madre de los creyentes, de aquellos que reciben el Espíritu de Jesús por medio del bautismo.

 

De aquí se deriva que la base de nuestro optimismo y esperanza en la oferta de salvación de Dios, no depende de nuestros méritos, sino que su Santo Espíritu viene a nosotros para fortalecernos en nuestras debilidades y precariedades.

 

Y precisamente, porque la iglesia es conciente de sus debilidades y precariedades, es que debemos preguntarnos: ¿Nos hemos preocupado por aquellas y aquellos que en algún momento compartieron con nosotros la fe, y hoy están extraviados?

 

El adviento es tiempo de hacer examen de conciencia. No podemos seguir despreciando a los que buscan a Cristo, no podemos seguir esperando a que lleguen a las puertas de la comunidad. ¡hay que salir a buscarlos! Debemos ser garantía de amor para los que están extraviados.

 

¡Que grande es la obra de Dios que estamos esperando!

 

Debemos festejar alegremente la llegada del Señor que viene a establecer su reino de justicia y verdad. Debemos comprender que la mayor gloria de Dios es que nuestros pueblos basen sus relaciones en la justicia. La ambición desmedida del ser humano, ha arruinado la creación de Dios, pero todo cambia cuando descubrimos en Dios nuestra razón de ser.

 

¡El Señor es rey!

 

Los dioses ante los que hoy nos postramos, sobre todo el dinero, no son nada frente a la majestad del que viene. Estará entre nosotros con su santidad, adorémosle como se lo merece, porque todo el poder y la gloria le pertenecen.

 

En este tiempo de adviento renovemos nuestro deseo que venga el Reino de Dios, volvemos a recordar el Padre Nuestro: “Venga a nosotros tu Reino”. Sepamos que este Reino está cada vez más cerca.

 

Este deseo debe fundamentarse en una clara convicción: Dios es todopoderoso, ninguna fuerza humana es capaz de impedir que Él cumpla sus planes de salvación. Por eso podemos decir: “Bendice, alma mía, al Señor”, te damos gracias por tu bondad y tu amor, porque perdonas y llenas de bendiciones a quienes te son fieles. Es indudable que lo propio de Dios es “tener misericordia y perdonar”.

 

No olvidemos que Dios comprende nuestras debilidades, tan las comprende, que se hace hombre en Cristo Jesús, padeciendo sufrimiento, tentación y hasta la muerte. No podemos olvidar que el niño que esperamos terminará en una cruz, símbolo de redención por encima de la historia y del mundo. Este que esperamos, nos lleva a la vida eterna. Este que esperamos, se juega la vida por su misión. Él terminó en una cruz. Nuestro cristianismo es nada si no denunciamos lo incorrecto y anunciamos la esperanza, nuestro cristianismo no es nada, si en nuestro horizonte no vislumbramos la cruz.

 

Creemos y esperamos en Dios por los testigos que nos han precedido y por nuestra propia experiencia de relación con Él. Por eso celebramos su gran gloria.

 

Bendecimos a Jesús, porque Él es nuestro descanso de los trabajos y cargas de esta vida. Bendecimos a Cristo, porque nos hace descubrir en la vida y en nuestra propia cruz, el amor de Dios. Bendecimos a Jesucristo, porque en su humildad nos enseña que el propósito de Dios es conducirnos a Él.

 

Lo hemos dicho y lo repetimos: ¡Que grande es la obra de Dios que estamos esperando!

 

Dios sigue actuando en la naturaleza y en la historia. Es el ser humano quien se cansa, Jesús nos muestra que su Padre sigue trabajando. Pese a ello, Cristo nos dice: “Vengan a mí los que están trabajados y cansados, que yo los haré descansar”. Dios sigue actuando, mostrando su amor paternal.

 

Dios sigue actuando, por eso lo alabamos en los momentos de alegría y también en las horas de tristeza, en nuestros momentos de vigor o de gran fragilidad. Por eso Jesucristo nos ha mostrado el rostro de Dios, el lenguaje para invocarlo y el camino que nos lleva a Él.

 

Mas para ver su rostro, conocerle y entenderle, debemos ser sencillos, confiar plenamente en Jesús y sin ningún tipo de egoísmos, entregarnos a su señorío.

 

Dios sigue actuando, Él es redentor, viene a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de sus consecuencias. Alabémoslo porque es un rey justo y poderoso, lleno de compasión y misericordia.

 

Él es redentor, protector del oprimido, tal y como nos lo enseñó Cristo. Él es agua de vida, justicia, fidelidad, bondad, omnipotencia. Descubramos en adviento la inmensa riqueza de Dios, en sus hechos, en su revelación y en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Él rescata a los pobres, los perdidos y los aislados. Además, necesita de ellos para transformar el mundo.

 

Hemos dicho que, debemos renovar nuestro deseo por la venida del Reino de Dios. Debemos comprender que este Reino es la fuerza que hace progresar la historia, y aunque este avance sea rápido o lento, las y los creyentes, como también lo hemos subrayado, estamos llamados a participar en esa transformación individual y social. Es claro: Con los ojos de la fe, vemos como Dios “está haciendo las cosas nuevas” para salvarnos.

 

El llamado de Dios sigue patente, el llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. Estemos atentos, no vaya a ser que nos arrepintamos por el destino que pudimos haber tenido a lado de Dios, pero lo rechazamos.

 

El llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. No rechacemos las insinuaciones del Señor. Que el testimonio de Jesús que viene, nos sea salvación y no condenación: “Si hoy escuchas su voz, no endurezcas el corazón”.

 

En este tiempo también se nos plantean los dos clásicos caminos. Tenemos que ser responsables de nuestras vidas, lo que sembramos eso cosechamos. Seguir el camino de Dios, nos depara la felicidad en la vida, su rechazo es simple y terriblemente la muerte. Cristo nos sirve de ejemplo perfecto de los frutos que brinda el servicio a Dios, los frutos de su Santo Espíritu, que son irreprochables.

 

¿Por cuál camino vamos transitando como sociedad? Nos hemos dejado tentar siguiendo otros dioses: el poder, el placer y el tener. Tal parece que el Señor no nos interesa. He aquí la principal razón de nuestro fracaso histórico. Quizás hemos dicho sí al Señor y no le hemos cumplido. A pesar de esto, el llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. Este llamado nos muestra como Cristo encarna la sabiduría de Dios, y sus hechos confirman que Él es quien esperamos.

 

La gran cuestión es si queremos o no queremos comprometernos en el proyecto de Dios. Cuestionémonos si estamos instalados en un conformismo religioso que nos impide la construcción del Reino de Dios.

 

Este es un buen momento para que como país hagamos una súplica dada la grave situación que vivimos: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. “Oh Dios manifiéstate”. Si fracasamos como cristianos, Jesucristo habrá fracasado: Señor, “¡Haz que volvamos y conviértenos!”. La mirada de Dios es salvadora, también en tiempos actuales.

 

 

 

III.

 

Jesús ha sido consagrado por Dios como rey y sacerdote, esta unción también le da la dimensión de profeta: Él anuncia la esperanza y denuncia lo incorrecto. Él anuncia el Reino de Dios y denuncia la explotación y esclavitud que implicaba la religión de su tiempo, y que aún subsiste en el nuestro.

 

Como profeta, Cristo habla y muestra signos de la liberación de los oprimidos. He aquí un tiempo de júbilo, un tiempo de perdón de deudas y la devolución de libertad a los esclavos. Inclusive, es válido pensar en este tipo de salidas para muchas de las problemáticas socio – económicas del mundo de hoy.

 

De nuevo viene a nuestra mente el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas (deudas), como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (deudores)”. Debemos perdonar para ser perdonados. ¿A quién o a quiénes debemos perdonar? El tiempo de adviento es buen tiempo para ejercer el perdón.

 

Por otro lado, nuestra sociedad está llena de esclavitudes y esclavos: muchos creen ejercer poder, pero son esclavos de la ambición y el deseo de dominación. Muchos creen que tienen control de las cosas que dan placer, pero son esclavos de ese placer y no tienen dominio propio sobre sus apetitos. Muchos creen que en el poseer hay poder, autoridad y prestigio, pero las posesiones los dominan. Todas estas personas, piensan que son libres, pero son esclavos. A ellos, se les proclama la libertad.

 

Esta es la misión de Jesucristo. Socorrer a los pobres y humildes, y hacer entender que los ricos no podrán entrar en el Reino de Dios; hacer ver que somos objeto del favor de Dios. La pobreza es más que una situación económica y social, es una actitud humilde ante Dios. Debe tenerse la actitud de quienes no tienen nada y están dispuestos a recibirlo todo. La pobreza es condición para buscar a Dios, los pobres son los que esperan encontrar a Dios.

 

  Los poderosos conducen la historia bajo criterios de poder, tener y dominio, dejando como saldo una inmensa cantidad de empobrecidos, excluidos y marginados. Dios actúa, al contrario, los protagonistas son los ignorados de una sociedad intrínsicamente injusta.

 

La misión de Cristo es la liberación de las estructuras injustas que por medio y en nombre de Dios (Que en realidad sería un dios, en minúscula), mantienen al pueblo en el abandono, la discriminación y el hambre. He aquí una gran verdad: no se puede seguir creyendo que la pobreza es voluntad del Todopoderoso y que hay que resignarse. A partir de aquí, es claro que debemos esforzarnos con nuestra lucha para cambiar las situaciones injustas que vive nuestra sociedad. No podemos seguir aceptando la corrupción, no podemos seguir pensando que la violencia y la injusticia son cosas cotidianas.

 

Ya lo dice el salmista: “Dichoso el pueblo que tiene al Señor por Dios”. Si actuamos conforme a su voluntad, sabemos que Él tiene sus ojos puestos en los que le respetan.   

 

 Una vez más, debemos insistir que, si los creyentes somos continuadores de la obra de Jesucristo, debemos orar sin cesar por el cumplimiento de su voluntad, debemos pedir discernimiento para poder llevar adelante la misión en medio de las dificultades. Solo a los ojos de la fe, podremos ver la panorámica del proyecto de Dios en medio de los problemas. Pese a estas dificultades, no debemos desesperarnos. Aun en las situaciones más difíciles, cuando hay desgracias, inquietud o excesivo pecado, tenemos de nuestro lado el poderosísimo amor de Dios.

 

Ese amor está sellado con la entrega de Jesús. En esa entrega hay certeza de que Dios no abandonará a su pueblo. Se presenta aquí la alianza entre Dios y la humanidad que celebramos siempre en nuestros Cultos. Este tiempo es apto para no olvidar este mensaje de nuestras celebraciones.

 

Una de las dificultades a la que nos enfrentamos tiene que ver con los “falsos cristos”. El tiempo de adviento es momento de fijar nuestros ojos en el verdadero Señor. El Cordero de Dios, quien derrota el pecado, el que está ungido por el Espíritu. La manifestación última de Dios.

 

Ahora bien, hay algo que resulta esencial: Cristo nos da la posibilidad de ser hijos de Dios, por medio de creer en su nombre. Es decir, creer en Jesucristo Dios y hombre verdadero. Y esta creencia y experiencia de Jesús, es una invitación a conocer y escuchar la voluntad de Dios para ponerla en práctica. Solo en esta práctica, se puede recuperar la vida humana. Esta recuperación implica saber que el Señor gobierna todas las cosas con amor, justicia y sabiduría.

 

Es tiempo de adviento, tiempo de preparación. Es tiempo de conversión. Es tiempo de reconocer nuestros pecados. Solo de esta manera, se nos abrirá el Reino de Dios y podremos conocer el rostro de Dios Padre.

 

Quienes vivan la conversión estarán por delante de aquellos que creen tener un lugar privilegiado ante Dios, aquellos que están indiferentes frente al anuncio del que viene. Cuando descubrimos nuestra miseria y el perdón de Dios, estaremos listos para empezar su Reinado.

 

La restauración de nuestra sociedad comenzará por la relación sincera con Dios, después podremos dar un testimonio que transformará a los demás, y Dios mismo cambiará internamente al pueblo. Esta es nuestra esperanza, esta esperanza está aparejada al amor de Dios.

 

Hemos hablado de una relación sincera con Dios. Esto significa que la honra a Dios no implica observar ritos externos, se trata de hacer su voluntad. El amor hecho realidad no depende de ortodoxias teológicas, depende del compromiso.

 

Dios conoce los secretos de nosotros, lo importante es practicar la justicia. Una relación sincera con Dios está basada en el compromiso. Las apariencias de obediencia, son solo palabras huecas, no crean relaciones genuinas. El adviento es tiempo de alcanzar una relación sincera con Dios. Esto, no significa grandilocuencia:  Dios se fija en el corazón de los seres humanos y en los detalles más pequeños. En estos detalles, se expresa el deseo ardiente de amar a Dios y de hacerle amar por encima de todo. Estos detalles son fruto de la verdadera reconciliación.

 

Es adviento, estamos esperando al Rey de la paz. El que hará justicia a los humildes. Es adviento. Estamos esperando la paz universal. Después de tanta sangre, de tanto conflicto, de tanta muerte…

 

¡Sí, ven Señor Jesús!

 

Instaura tu Reino…

 

“Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”

 

Permítenos ver los signos de tu gobierno.

 

La fortaleza de los deseos de justicia y paz para la humanidad entera.

 

¡Sí, ven Señor Jesús!

 

En ti se cumplen las promesas de unidad de las naciones.

 

Permítenos entregarnos totalmente a ti para que nos bendigas.

 

Perdona nuestros pecados. Ábrenos las puertas de tu Reino.

 

Derrota el pecado, fortalece nuestra esperanza.

 

Eres el gobernante perfecto, al servicio de la justicia, al servicio de los pobres y los desvalidos. Que todos participen de las riquezas de la tierra.

 

El Reino de Dios es el Reino eterno.

 

Reino universal de justicia y paz.

 

Cristo vencerá a los opresores.

 

Jesucristo, Rey del universo…

 

Ayúdanos a construir una sociedad más igualitaria, justa y solidaria.

 

Jesús, gracias por encarnarte en nuestra realidad de promesas, esperanzas, fragilidad y pecado.

 

Gracias por encarnarte entre lo bueno, lo frágil, el éxito, el fracaso, el dolor, el sufrimiento.

 

Gracias por venir a nuestra historia, historia de padres, de sabios, de visionarios… historia de gobernantes honrados y corruptos, historia de trabajadores, campesinos, desterrados, esclavos, nativos, migrantes y prostitutas.

 

Nos has hecho parte de tu familia sin exclusión.

 

Nos has hecho partícipes de las promesas que Dios Padre le hizo a la humanidad.

 

Es por eso que podemos cantar: “El Señor es nuestra victoria”. Él es nuestra victoria porque es rectitud, sol de justicia, salvación y liberación. Él es nuestra victoria porque es “Dios con nosotros”.

 

“El Señor es nuestra victoria” porque en Él se han cumplido las palabras de la Escritura.

 

Adviento es tiempo de colocarnos frente al misterio de los designios de Dios… este misterio es tal, porque sobrepasa nuestro saber y entender, es por ello que en esta situación debemos discernir nuestra vocación para ponernos al servicio de Dios.

 

Este discernimiento se da en muchos de nuestros países de América Latina en medio de la persecución y la adversidad, pero los hombres y mujeres que las sufren, tienen firme su confianza en el Señor y acuden a Él, para pedirle ayuda y protección. Con esta protección Dios hará justicia; y los cómplices de la maldad serán avergonzados.

 

Recordemos en este tiempo como hemos conocido la misericordia de Dios, recordemos todas las maravillas que ha hecho por nosotros. Pidámosle que en todo momento de nuestra vida nos otorgue el verdadero consuelo. Tal consuelo solo es posible si nos tornamos pobres o humildes ante Dios. Solo de esta manera, nuestras oraciones serán respondidas.

 

Al ser humildes ante Dios, podremos ser ejemplo de arrepentimiento y austeridad en medio de una sociedad invadida por las tentaciones de pecado, y el excesivo amor al materialismo y al consumismo.

 

Asimismo, al ser ejemplos de humildad ante Dios, podremos ser signos de reconciliación de la humanidad por medio de la justicia y la fidelidad a la ley del amor. Esto parece complicado, pero nada es imposible para Dios. Para lograr esto, debemos permitir que el Espíritu Santo, sea un elemento dinámico en nuestras vidas. Este Espíritu no dejará quietud a sus siervos, que serán movidos de manera imprevista para que cumplan su misión. Él nos sostendrá, nos instruirá y nos dará confianza. A lo largo de nuestra vida veremos la protección maravillosa de Dios.

 

Este desafío de humildad, nos permitirá ser signos de cómo Dios reivindica a los marginados. En estos signos los demás descubrirán la forma en que Dios se solidariza en personas marginadas y se presenta en medio de la cotidianidad de la vida, como refugio y fortaleza. He aquí un mensaje claro de este tiempo de adviento: Dios siempre se manifiesta allí donde menos se piensa, en las personas que no cuentan para nada ni para nadie.

 

En este adviento se nos presenta un símbolo: las cosas de Dios no se entienden de una vez, somos lentos para entender a Dios, pero con fe y humildad en el corazón, los actos de Dios pueden ser comprendidos.

 

El Ángel le dice a María: “alégrate”. Dios viene a estar entre su pueblo, “alégrate”, es el llamado para este tiempo. Resulta muy lamentable que en estas épocas confundamos esta alegría con la simple satisfacción de necesidades materiales.

 

Dios viene a estar entre su pueblo, en Jesús se cumplen las promesas hechas desde hace muchísimo tiempo: Él es nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo, si permitimos que Él gobierne en nuestros corazones.

 

Este Reinado es fruto de la misión de Cristo, siervo que sufre por los pecados de sus hermanas y hermanos, y la última palabra es dada por Dios, quien le resucita de entre los muertos, permitiendo la reconciliación de la humanidad con el Señor.

 

El mismo Dios que hizo el universo, que ha desplegado en éste sus riquezas, no ha terminado su obra hasta que visite a la humanidad, y hasta que fruto de esta visita, nazca el ser humano nuevo, hijo de Dios.

 

Dios ya viene a visitarnos, por eso podemos cantar con el salmista: “va a entrar el Señor, él es el rey de la gloria”. Lo mejor es que si nosotros le seguimos con rectitud, y sinceridad de corazón, podremos entrar con Jesús en la gloria misma.

 

Para lograr esto, debemos ser morada de Dios. Y para ello, debemos recibir su gracia, que es la sanidad de nuestra alma por parte de Dios. A partir de allí, podemos creer, conocer la verdad y amar verdaderamente.

 

Toda esta experiencia nos conduce a la vivencia del encuentro de ese “otro” que es Dios: creador, santo y excelso; pero ante todo, amor, amor que arde por salirnos al encuentro, por estar siempre con nosotros.

 

La humanidad está deseosa por la venida de Dios, pero es la humanidad golpeada por el abandono, la marginación y el rechazo, quien más le añora, y es este sector en el que se pronuncia la palabra de Dios. Entre los autosuficientes, los soberbios y egoístas, Dios no tiene espacio, no puede expresarse. Dios no puede expresarse entre aquellos que no buscan ni practican la justicia, entre aquellos, que entregan su vida ante ídolos que no son el Señor.

 

 

IV

 

 

¡Jesucristo es rey!

 

Él es hijo de Dios.

 

Está sentado a la derecha del Padre.

 

En Jesús se complace el Padre.

 

Por eso decimos con el salmista: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

 

Estamos a la espera.

 

Dios ha escogido entre los humildes a sus siervos, somos comunidad de fe escogida por el Padre para sembrar en nosotros al Espíritu Santo, y poder tomar en nosotros a Cristo, Verbo de la vida, fruto de nuestra inmensa alegría.

 

Como lo dice San Pablo a los Romanos, Dios tenía un misterio que ahora nos revela (Romanos 16: 25 – 27), es la salvación que se concreta por el nacimiento, vida y cruz de Jesucristo. Todos estamos llamados a esta salvación. Este misterio de Dios tiene como punto máximo el que Jesucristo restaure el universo y sea su cabeza.

 

Esta es la bendición del Padre por medio de Jesús.

 

Por medio de Él, se reúnen las ovejas dispersas.

 

Él vence a este mundo, dando la paz que nos ha conquistado.

 

Él es siervo de Dios, que sigue el camino de su Padre, trayéndonos la salvación.

 

Él nos es ejemplo de cómo Dios es fiel, de cómo construye la historia y dirige nuestra vida de acuerdo a sus promesas que nunca fallan.

 

Quizás en tiempos como los que hoy vivimos, el creyente se pregunte: ¿Dónde está nuestro Salvador que debía darle gloria y prosperidad a su pueblo?, ¿Dónde están sus promesas?, ¿Porqué no hay pan para tus hijos?, ¿Dónde está tu justicia?, ¿Porqué tu Iglesia no vive según tu Evangelio?

 

Desde esta perspectiva, podría ser que no tuviéramos mucha esperanza, no podemos olvidar que Cristo sufrió su propio fracaso al morir en una cruz, pero de nuevo, su historia no se cierra ahí, la última palabra de Dios, es la resurrección. Esa es parte de nuestra esperanza.

 

Ya lo hemos dicho y lo repetimos: si creemos en Jesucristo, si poseemos su Espíritu, seremos las manos y los pies del Señor en este mundo.

 

¡Que en este tiempo de adviento estemos abiertos a la acción del Espíritu Santo!

 

Solo por medio de Él podremos cantar la humillación de los soberbios y la exaltación de los humildes – no en balde es Padre de los pobres -. Solo Él puede humillar y exaltar, porque Él es creador de todo y todo está bajo su dominio. Y puesto que Él es Señor de todo lo creado, da vida a los muertos y la esperanza a los que no la tienen.

 

Adviento es un tiempo para comprender de forma definitiva que Dios, es Dios de salvación de los desamparados. La gloria Dios se manifiesta en el cambio de las diferencias que existen en la humanidad.

 

Dios no es Dios de los autosuficientes y egoístas. Dios es Dios de quienes hacen causa común con los débiles, que construyen el mundo en solidaridad y se construyen a sí mismos junto a Dios.

 

Este es el Dios que esperamos y que se manifestará en Jesús, quien deposita en el Padre su propia vida. Jesús, nace pobre y vive entre los pobres, porque éstos entienden que no hay otro mundo digno para la humanidad que aquel en que haya dignidad y alimento para todos.

 

Adviento es un tiempo para comprender en forma definitiva que las cosas pueden cambiar, porque el amor de Dios siempre cumple sus promesas; y este cambio, implica un vuelco de las condiciones humanas. Es claro que esta transformación la inicia Jesucristo y sigue en nuestro tiempo.

 

En el triunfo de los débiles se muestra la soberanía del Señor. Los arrogantes y malvados morderán el polvo, los de abajo representan la humildad y unión con Dios.

 

Adviento es tiempo para la verdad, para descubrir ante Dios nuestras responsabilidades.

 

¿Cuál es la situación de nuestro país?: estancamiento, decadencia social, religiosa y política. Este es un buen tiempo para profundizar la evolución hacia un proyecto de pueblo conforme al plan de la justicia y de la vida al que el Señor nos ha llamado.

 

Adviento es tiempo de oración, servicio y agradecimiento.

 

Estas acciones conducen a que los planes de muerte no anulen el plan de vida, que, en muchas ocasiones, debe penetrar por los resquicios de la cultura de la muerte. Lo importante es que al final vencerá el bien.

 

Adviento es tiempo para derrotar el pesimismo y la indolencia. Es tiempo de acción confiada en la intervención liberadora de Dios. El Dios de Cristo vive con los pobres y desprotegidos.

 

En esta etapa de nuestra reflexión de adviento, volvemos sobre puntos que hemos referido en otro momento, a esta altura, debemos subrayar que, al acercarse cada vez más el nacimiento de Jesucristo, debemos volvernos a Dios, cambiar nuestra manera de pensar.

 

Necesitamos un cambio radical de actitud ante el pecado individual y social (En vez de buscarlo, debemos renunciar a él). Necesitamos regresar a Dios, como regresó el hijo pródigo.

 

Cada vez se acerca más el nacimiento de Jesús, por eso podemos decir con el salmista: “Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Esa liberación significa que Dios nunca nos abandonará. Al compartir el cuerpo y la sangre de Jesús, adelantamos la experiencia de la vida eterna.

 

Cada vez se acerca más el nacimiento de Cristo, nuestro peregrinar por el desierto va llegando a su fin. Jesucristo es camino, verdad y vida. La invitación está en pie, para conocer y escuchar la voluntad de Dios y llevarla a la práctica.

 

Cada vez se acerca más el nacimiento de Jesús, el desierto va llegando a su fin, pero la denuncia cristiana debe agudizarse. Denuncia a los hipócritas que, bajo falsas vivencias religiosas, en vez de liberar oprimen. Denuncia a los materialistas que proclaman: “Comamos y bebamos, pues mañana moriremos”.

 

Pidamos en oración la dirección de Dios por sus caminos y veredas, que son caminos de verdad y de justicia. Solo de esta forma la humanidad será recuperada.

 

Adviento es tiempo de preparación a la navidad. Dios intervendrá en bien de su pueblo. Vendrá un poderoso Salvador. Dios se complacerá en Él. Ya viene el nuevo día. ¡Aleluya!, ¡Aleluya!

 

¡Aleluya, Dios es fiel! Su amor perdura a pesar de todo.

 

¡Aleluya, Dios es leal!

 

¡Nos viene una estrella que trae su luz!

 

Dios nos está abriendo el camino de la paz.

 

El perdón de los pecados nos traerá la justicia y la justicia la paz.

 

Cada vez se acerca más el nacimiento de Cristo.

 

¡Viene una transformación histórica y cósmica!

 

¡Jesucristo es el ungido!

 

¡Él vence sobre el caos del pecado!

 

¡Feliz adviento!

 

Abramos el corazón a Dios que viene.

 

Meditemos en su palabra para poder hacer su voluntad.

 

Meditemos para poder conocer, celebrar y vivir la esperanza cristiana.

 

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